II

¿A qué se debe, en su opinión, que la poesía y el ensayo sean géneros marginados por el mercado editorial mientras la novela prevalece?

No tengo una respuesta definitiva sobre este aspecto, pero sí algunas ideas, y la primera es que hay cierto tipo de ensayo, más bien político, sociológico, de actualidad, que vende muchísimo, en ocasiones mucho más que la mayoría de las novelas. Así que habría que deslindar los diferentes tipos de ensayos a que nos referimos, y si me preguntas por el ensayo literario la respuesta sería que ese tipo de texto siempre ha sido y será minoritario e incluso cuando se vende bien (Umberto Eco sería un ejemplo) no todos lo que lo compran lo leen, pues sigue siendo literatura para entendidos, iniciados, especialistas. Por lo tanto sus niveles de venta corresponden con sus niveles potenciales de lectura, que son menores, respecto a la novela.

Con la poesía la historia es diferente. Cierto que la poesía puede ser considerada como la máxima expresión literaria por su elaboración de las imágenes y del lenguaje. Pero esa esencia misma de la poesía levanta un muro entre el escritor y muchos posibles lectores, que se pueden sentir abrumados por una forma literaria de más difícil asimilación. Yo mismo, que a mi pesar no soy un gran lector de poesía, a veces me impongo leer a determinados autores y, la mayoría de las veces, la experiencia es placentera y constructiva. Pero yo soy un profesional y no un lector común. Para ir más allá y saber por qué los lectores leen poca poesía o la leen mal, o incluso la rechazan, habría que penetrar en las condiciones sociales, en las calidades de los sistemas educativos, en las intenciones de las grandes fuerzas que mueven las sociedades y terminan por preferir como modelos culturales desde el cine de Hollywood hasta el reguetón. Pero el caso es que, sin lectores no hay editores y por ahí anda el dilema de la poesía.

La novela, por su lado, tiene características que la hacen el género preferido del lector contemporáneo, incluso por encima del relato breve. Una de esas condiciones es su capacidad de fabulación, de crear mundos y de organizarlos, al menos estéticamente. Y el lector se siente más identificado con esa lógica. También está el hecho de su continuidad, de su capacidad de crear una complicidad, de levantar una expectativa que sólo se resuelve en el acto de la lectura y al cabo de varios días. Y por último –entre otras muchas cualidades que distinguen a la novela– está su gran poder de comunicación, que no sólo es atribuible al lenguaje, sino a su posibilidad de recrear épocas, de fraguar historias de vidas (personajes), de contar historias que enriquecen la vida de los lectores... Gracias a todas esas capacidades –artísticas cada una de ellas– es que la novela se ha convertido en el género más leído de la modernidad –incluso de la post–, con ventaja sobre el ensayo y la poesía.

En el caso específico de Cuba, donde es tan difícil hablar de un mercado editorial, ¿a qué leyes obedecen la promoción y la distribución del libro?

Más que difícil, es imposible hablar de un mercado editorial en Cuba, pues no existe: razones económicas, políticas, culturales, de concepto, no permiten que exista ese mercado, aunque exista lo más difícil de tener, que son los consumidores (y en este caso consumidores cautivos, pues Cuba tampoco importa libros). A mi juicio la publicación de libros en Cuba responde a dos factores esenciales: uno cultural, otro político. Se editan textos que tengan algún valor cultural o que tengan un valor político. Ahora bien, lo que se promueve es otra cosa, pues ahí el valor político puede llegar a superar los valores culturales y el libro promovido –oficialmente promovido– lo es por esa carga específica. Y lo mismo suele ocurrir con la distribución, pues los libros escogidos políticamente muchas veces tienen ediciones de varios miles, mientras obras más literarias y de notable calidad se editan y distribuyen una, dos veces, en cantidades más modestas.

En principio el sistema editorial cubano es proteccionista respecto a sus autores. Publica todos los géneros, los autores de las más diversas calidades, paga unos derechos que, respecto a los salarios del país, no es demasiado bajo. Pero al ser monopólico, políticamente monopólico –a pesar de la dispersión de los últimos años, con tantas pequeñas casas editoriales en provincia– su diversidad no es total y, por ser pobre, apenas publica autores foráneos y con eso se elimina un factor informativo y competitivo muy importante.

Respecto a la promoción de lo que se publica hay una incapacidad muy notable, diría que trágica, de presentar la literatura cubana, sus autores y sus obras, con una proyección comercial y cultural adecuada. Para empezar, sólo en casos muy aislado los autores cubanos consiguen que sus libros publicados en Cuba accedan al mercado internacional –al contrario de los autores mexicanos y colombianos, etc., que parten de su medio para alcanzar una proyección fuera de él. Para seguir, acá dentro mismo, no se valoriza a los escritores suficientemente y tal parece que luego de Lisandro Otero, Miguel Barnet y Antón Arrufat no hayan surgido autores en Cuba, o por lo menos no se les considera y promueve con el mismo énfasis. ¿No te da la impresión de que hace 40 años no surge un buen escritor en Cuba?... Hay aquí elementos del carácter cubano que también funcionan, como la mezquindad al reconocer el éxito ajeno, pero también hay una falta de voluntad y de estructuras empeñadas en darle el realce social y artístico que el escritor puede merecer. En otros sitios los escritores tienen columnas importantes en los periódicos, se les pide la opinión para temas esenciales de la vida del país, son integrantes de los debates nacionales... y su prestigio social se solidifica, aumenta. En Cuba si acaso se les usa para apoyar campañas que ellos no han ideado y poco más... Faltan mecanismos de promoción serios, no sólo encaminados a vender libros o a adornar una feria del libro nacional o internacional, sino para hacer del escritor el intelectual activo y presente que debería o podría ser –ojo: según los intereses de cada uno.

Habría que revisar, por ejemplo, el valor –social, sobre todo– de un reconocimiento como el Premio Nacional de Literatura, y categorizar mejor a nuestros escritores. Pero es que uno de los elementos que regula –mal, pero lo hace– esa categorización es también el mercado, la prensa especializada, los medios, y en Cuba no lo hacen o lo hacen muy mal. Creo, sinceramente, que el escritor está muy lejos de tener la representatividad social que debería tener en un país como el nuestro, donde un reguetonero que se llama –creo– Baby Loren, o un periodista oportuno (oportunista, en realidad, la más de las veces) es una figura de alcance público y receptor de más beneficios promocionales y hasta materiales que un escritor serio y responsable.

La aparición de Internet y su rápido desarrollo como un nuevo espacio cultural, más dinámico y participativo, ha tenido un impacto social extraordinario en todo el mundo, redefiniendo las relaciones humanas a tal extremo que se habla ya de “sociedades de la información”. En Cuba, sin embargo, por muchas razones el acceso a los servicios de Internet es extremadamente limitado. Me gustaría saber cuáles, a su juicio, son las consecuencias de esa limitación para nuestro pueblo y, en especial, para los creadores.

Es una limitación muy, muy grave, pues en la sociedad actual quien no esté informado está al margen, y ya bastante trabajo nos cuesta acceder a determinados productos culturales para, además, tener limitaciones de acceso a la información. Ya sé que ante todo se aducen motivos económicos para justificar que el uso privado de Internet sea tan reducido, pero también es por motivos económicos que nuestros lectores, en general, y los escritores, en particular, no tengan acceso o lo tengan muy limitado a la lectura de autores como Cormac McCarthy, Henning Mankell, John Le Carré, Antonio Muñoz Molina, Almudena Grandes, Javier Cercas, Jean-Claude Izzó y un larguíiiiisimo etcétera (¡Paul Auster!). Si no podemos leer a esos autores, algunos de los más activos y leídos en el mundo actual (una opción más cara, cierto, pero medio mundo ha leído y está leyendo a Stig Larsson y en la isla casi nadie lo conoce), y tampoco podemos acceder a Internet (una opción más barata), los niveles de desinformación van a ir creciendo geométricamente y nos será muy difícil insertarnos en el mundo que nos rodea y que, más tarde o más temprano, llegará a Cuba.

En todo esto, por demás, veo una contradicción, pues la propaganda se encarga de hablar de los altos niveles educativos e ideológicos de los cubanos; se habla de la potencia de nuestra universidad de ciencias de la informática; se dice una y otra vez que somos un país informado. Pero lo cierto es que hasta hace un año no se vendían computadoras a los cubanos y que Internet se mantiene en niveles de uso bajísimos. Sinceramente, creo que se debe revisar el discurso o cambiar las reglas de juego, de acuerdo a las posibilidades económicas, pero cambiarlas.

Padura, sé que le estoy haciendo preguntas difíciles, algunas tal vez escabrosas, y quisiera desde ahora agradecerle sus respuestas. Aunque no seamos expertos en los temas de Internet, medios masivos o política cultural, creo que estas son cuestiones pertinentes, tanto más cuando el pensamiento crítico cubano en torno a la cultura suele ignorarlas. ¿Qué le pediría usted a este pensamiento?

Tus preguntas pueden ser difíciles, pero son necesarias, pues creo que se impone, cada vez que sea posible, debatir temas tan esenciales a la creación artística, a la edición de libros, al acceso y uso de la información. Yo no creo que mis respuestas sean la única verdad, pero es al menos una parte de la verdad o pueden servir, en la confrontación con otras, para acercarnos a la verdad. Lo escabroso en realidad es que muchas veces, cuando das una opinión, alguien –oficial o paraoficialmente– pueda llegar a acusarte de lo que se le ocurra para tratar de dañarte o devaluarte, y eso yo lo he sufrido en carne propia.

El pensamiento cultural cubano cada vez más rodea y toca esos grandes temas. Varias revistas cubanas han publicado textos muy fundamentados y agudos sobre problemas de esta especie. En Cuba, además, es posible hacer preguntas escabrosas y responderlas, o intentar responderlas. Pero pienso que mucha gente ha perdido fe en el valor de las palabras: la falta de resultados o la agresividad con que se reciben sus ideas los hace pensar dos veces las cosas antes que insistir. En los últimos años se ha discutido sobre el problema de la marginación cultural que se produjo en los años 1970, o sobre el tema del negro en la sociedad cubana, por citar dos ejemplos. Pero habría que ir más allá, porque la sociedad cubana está viviendo un momento de una profunda transformación social sobre la cual apenas se reflexiona públicamente. Hay sectores de la juventud, sectores importantes, que se refugian en filosofías y modos de vida muy peculiares –emos, frikis, rastas y hasta vampiros–, otros muchos que emigran, otros muchísimos que hace tiempo cerraron los oídos a los discursos políticos. Hay, también, problemas gravísimos de marginalidad, violencia, corrupción. Hay pobreza, falta de posibilidades de acceso a necesidades elementales como la vivienda. Hay un desbalance social cada vez más notable... y nadie dice nada o casi nada, que no es lo mismo pero es casi igual. Y una sociedad que está cambiando cuando el mundo está cambiado exige pensarse a sí misma...

¿Qué le pediría a la crítica literaria?

Siempre le pido lo mismo: seriedad, honestidad, valor, información... Jamás he sido de los que menosprecian la crítica, porque, de hecho, la practiqué durante años y si no lo hago ya activamente es por una decisión ética. Pero, aunque la gente la lea menos, la función de la crítica no ha desaparecido, y en países como Estados Unidos, Gran Bretaña, Alemania, Francia, una buena crítica a un libro es algo que todos los autores aprecian. En Cuba la práctica de la crítica casi ha desaparecido –se ha esfumado de los medios de prensa de mayor presencia: periódicos, televisión– y ha quedado, si acaso, algún comentario o saludo por parte de un especialista más o menos prestigioso o desprestigiado. Pero la crítica literaria como tal, es tan poca que a veces da vergüenza. Yo mismo he sufrido esa sequía y novelas mías ganadoras del Premio de la Crítica han tenido una, dos, y hasta ninguna crítica en Cuba, mientras que los files de recortes de prensa con críticas, entrevistas y comentarios sobre esos libros que me envían de Alemania, Italia o Francia son de una pulgada de alto.

Pero es que con la crítica ocurre la misma falta de motivación que se produce en otros sectores del pensamiento. O, algo peor, en ocasiones se ha prostituido, como en ciertos sectores de las artes plásticas, donde los críticos reciben obras de arte y hasta efectivo por realizar entrevistas o comentarios de exposiciones, y eso lo sabe todo el mundo en este país... pero esas críticas y comentarios se publican y, luego, se utilizan como ganchos para el mercado.

En estos días está por salir su más reciente novela, El hombre que amaba a los perros, de la cual leyó un fragmento en el espacio Jardín, que conduce Marilyn Bobes en el Centro Cultural Dulce María Loynaz. Ha invertido alrededor de cinco años en esta novela, que aborda la existencia de uno de los más polémicos líderes del marxismo, Liev Trotski, y de su no menos polémico victimario, el agente stalinista Ramón Mercader, quien vivió en Cuba la etapa final de su vida. ¿Qué lo motivó a escribir este libro?

El primer motivo fue la conmoción que me produjo entrar en la casa de Liev Trotski, en Coyoacán, la primera vez que estuve allí, hace exactamente veinte años. En esa casa, donde Trotski vivió dos años, y donde fue asesinado por órdenes directas de Stalin, existía y existe el Museo del Derecho de Asilo pero, sobre todo, es la muestra más gráfica de cómo la persecución criminal de Stalin sobre millones de hombres pudo convertirse en una realidad de la que ni la distancia, ni las vigilancias, ni los miedos podían salvarte, porque nadie tenía escapatoria: ni siquiera Trotski. Luego, cuando a algunas pocas lecturas que había hecho por aquella época (1989) fui agregando otras que pude hacer gracias a la apertura de archivos y la posibilidad de información que se produjo tras la extinción de la Unión Soviética y las “democracias populares” europeas, mi visión del mundo cambió radicalmente: fue como si abriera los ojos y redescubriera los colores. Todo esto fue un proceso, largo, doloroso, en el que mucho tuvo que ver la forma en que vivimos en Cuba durante los años 90, con más carencias materiales pero con mayor libertad artística e informativa. Paralelamente había un gran misterio que, desde que conocí algunos detalles sobre el asesinato de Trotski, me habían provocado la curiosidad: y ese misterio era la personalidad y la vida de su asesino, Ramón Mercader. Y creo que todo explotó y la semilla de la novela empezó a crecer justo cuando supe que aquel personaje macabro y perdido en la historia, había vivido los cuatro años finales de su vida en Cuba, en el más férreo anonimato.

A lo largo de muchos años fui leyendo sobre Mercader, Trotski, su época, la vida soviética en los años 20, 30, 40, la realidad oculta de la Guerra Civil Española y el papel de los soviéticos en ella... y sólo después de la experiencia literaria que significó la escritura de La novela de mi vida, me sentí en condiciones (informativas, técnicas, personales) de meterme en esta novela en la que hay un tema central: las razones y hechos que provocaron la perversión de la gran utopía del siglo XX, la sociedad de los iguales.

A través del exilio y persecución de Trotski, de la larga y cuidadosa preparación de su asesinato (por la inteligencia soviética) y su ejecución por el republicano español Ramón Mercader, y a través de lo que significó para la vida de este hombre y de un personaje de ficción que le construí en la parte cubana de su trayectoria vital, trato de meterme en los entresijos de esa historia sórdida pero ejemplar que me demuestra de manera palpable –al menos a mí– las razones de ese gran fracaso que fue el socialismo al modo soviético... o debería decir al modo estalinista, pues todo lo que existió en ese país fue creado o raptado por José Stalin. Ya te podrás imaginar que es una novela compleja en todos los sentidos: histórico, político, literario, estructural, idiomático, en fin, un esfuerzo de investigación y escritura que me ha llevado cinco años y que, espero, pronto podrán leer los lectores cubanos... pues es una novela esencialmente cubana, en la que todo parte y termina en la isla, a pesar de que la historia atraviese muchos escenarios de Europa y América.

¿En qué nuevos proyectos está trabajando?

Todavía estoy bajo los efectos paralizantes del síndrome Trotski... a lo que le decían “el soplo de Trotski en la nuca”. Pero ya estoy empezando a pensar una nueva novela, otra vez con Mario Conde, pues quiero que el personaje se vaya moviendo conmigo por el tiempo, físico e histórico, y me permita usarlo para reflexionar sobre un presente tan peculiar como el cubano. Será, seguramente (como ya me viene ocurriendo) cada vez menos policial y más social y existencial, y eso me gusta, porque reta mi capacidad de escritor: ¿cómo escribir una novela policial sin policías y casi sin crímenes? Hacia allá me dirijo... creo.