Sobre un burdel
japonés
Jorge Enrique Lage
Se cuenta que,en sus tiempos de estudiante,allá
por 1920, Yasunari Kawabata iba cada vez que
podía a Asakusa,conocido como el distrito rojo de
Tokio: cafés, clubes, hoteles, fauna cosmopolita,
diversiones y perversiones,ebullición del consumo
y culto a lo occidental. O sea, más o menos lo que
es hoy la capital japonesa en su totalidad. Un día
vio allí al dandy local, Junichiro Tanizaki (que era
trece años mayor y ya disfrutaba de la fama como
escritor), rodeado de muchachas hermosas. La
anécdota es reveladora. Según Kawabata, ese fue
el día en que decidió convertirse en escritor.Y en
efecto, se convirtió en el autor que hoy conocemos:
el autor de delicadas piezas de porcelana
oriental como La bailarina de Izu, País de nieve y El
maestro de go; el representante por excelencia del
espíritu milenario de su país, el sabio mentor de
Yukio Mishima y el primer Nobel japonés.No deja
de ser curioso que el detonante de todo eso fuera
un grupo de muchachas y una cultura urbanista
esencialmente marginal.
En el 2008 la editorial Arte y Literatura, en su
colección de folletos Ala de Colibrí (cuyo catálogo,
por cierto,también incluye a Mishima y Tanizaki,los
otros dos autores mencionados en el párrafo anterior),
dio a conocer al lector cubano uno de los relatos
más famosos de Kawabata: La casa de las bellas
durmientes. Con ese título, y un autor japonés, es
lógico esperar una narración de alto voltaje, sexo,
terror,fantasmas y cosas por el estilo.Pero no.O no
exactamente.O quizás sí. Quizás lo mejor de este
relato es que nos incita a buscar a Kawabata en su
distrito rojo particular.
Las bellas durmientes son jóvenes vírgenes,desnudas
y narcotizadas para que no se despierten;la
casa es una posada adonde acuden ancianos que
pagan por dormir con ellas. El protagonista es
Eguchi, un anciano que pasa varias noches en la
casa y,tendido junto al cuerpo de la bella durmiente
de turno, rememora a las mujeres de su vida, le
da vueltas a los recuerdos, tiene sueños y pesadillas.
El erotismo, más o menos explícito (en ciertas
zonas del texto es inevitable la sospecha de que
algo se trastocó o se perdió en la traducción),es el
combustible de la historia.El autor toma este motivo,
jóvenes dormidas y ancianos que no pueden ni
despertarlas ni poseerlas,y explora con cautela sus
alrededores. La historia, que es el desarrollo de
esa tensión, se resuelve de manera fácil pero con
cierto misterio y un punto gótico (diálogo con el
paisaje incluido) que garantizan la eficacia.
A Kawabata suele vinculársele de inmediato a la
estética tradicional japonesa y a efectos tales como
"minimalismo", palabra que trae consigo imágenes
de pincelada y jardinería.Una lectura previsible
de La casa de las bellas durmientes pondrá en primer
plano cuestiones más o menos arquetípicas
y/o alegóricas: la virginidad junto a la vejez, la
juventud perdida (accesible sólo en tanto memoria),
la experiencia seudozen ("dormir con un Buda
secreto"),la soledad,la incomunicación,el saldo de
nuestra vida, el miedo a la muerte, etcétera. Todo
eso está muy bien.Pero vale anotar que hay otros
planos de lectura, no precisamente secundarios,
que revelan a un Kawabata procesando de otro
modo.Adelantándose a su tiempo,como se dice.
Y es que más allá de los mitos y las metáforas, la
casa es un negocio y las bellas por muy dormidas
que estén no dejan de ser prostitutas.El escenario
atemporal del relato (fechado en 1961) es también
el Japón de hoy en día.Allí están,esbozados,algunos
rasgos que hacen de la industria del sexo japonesa
un portal aparte en la wikipedia sexual contemporánea:
el culto a la adolescente convertido en una
subcultura, la gothic lolita, los locales destinados a
satisfacer todo tipo de prácticas fetichistas, la –para
criterios occidentales– increíble especialización de
la oferta y la demanda de placer... Hay negocios
donde el cliente acude sólo a oler y a tocar.Hay sexshops
donde es posible alquilar muñecas eróticas
y revistas dedicadas enteramente
a las CandyGirls, las muñecas eróticas
que parecen reales. ¿Está
muy lejos eso de La casa de las
bellas durmientes?
¿Cuál es la distancia que separa a
las bellas durmientes de las bellas
muchachas que vio Kawabata en el
distrito rojo de Tokio? Yo diría que ninguna.
Y si vamos un poco más allá y
advertimos que la joven objeto de
deseo está a un paso de la joven
muerta y entramos en los tenebrosos
territorios del fantasy asiático,
ya podemos leer este relato de
Kawabata en relación con una muy
atractiva zona del cine actual,por ejemplo.No es
cierto que no entendemos Japón, como repite
cierta agenda de diálogo cultural. A Japón lo
entendemos perfectamente, y el manga y el
anime y todo lo demás. Lo que no se entiende
es por qué a veces pesa sobre Japón tanto
manierismo de alta cultura, tanto ceremonial y
protocolo.
El escritor mexicano Mario Bellatin formuló una
vez estas dos preguntas: "¿Qué puede pasar con
esa totalidad sospechosamente admitida que la
convención crítica llama con resignada etiqueta
clasificadora 'literatura japonesa', si alguien decide
erigir una cámara de vacío a su alrededor?
¿Qué pasaría si los hilos sentimentales que se
crean alrededor de la idea de determinada escritura
se deshicieran en el vacío?"
El discurso sobre los días de Maylén Domínguez
Pedro Llanes Delgado
El tiempo existe en lo discontinuo,en la formulación
que lo emplaza al sustituirlo más allá de lo
oscuro. Los días sobre el polvo de Maylén
Domínguez (poesía,Letras Cubanas,2008) trata de
forzar la tela del tiempo, corporizar sus múltiples
narraciones forzándolas a través de su eje.Al echar
a un lado ese eje,es decir,lo invisible,opera con un
cociente que se ha acrecentado. La poesía de
Maylén incluye lo petitorio, se sustenta en la desideración,
si entendemos como desideración lo
excluyente, el margen propuesto por el sujeto:
Entre sujeto y objeto surge la convergencia, los
semas escandidos se organizan en tercera e infinita
enumeración. Lo otro, de manera invariable personifica a esos semas, se sirve de esos símbolos
traspuestos por las palabras en una brusca
alternancia sensorial Los polos de comunicación
tienden a la complementariedad, han vaciado
sus sentidos porque –cito a Lacan– "el deseo del
sujeto es el deseo del otro".
Así por ejemplo,la casa,la ciudad se recubren de
diferentes simbolizaciones, "Hoy escribo ciudad
insospechada","Las casas nuestras que nunca nos
llegaron", "Pienso en esas ciudades que nada tienen
que ver con mi delirio", "Yo escribía 'Ciudad
Ambicionada'". Los enunciados (símbolos) desconvergen
del contraste relacionante, nos sumergen
en evaluaciones discontinuas de sus discursos
donde sigue imperando la desideración, pero por
analogía en una abundosa perspectiva.
La ciudad se reviste de requisitorias, meta en sí
misma, metatopos, la cara opuesta serían los pueblos
vistos de acuerdo con traslaciones peyorativas
"en los pueblos que nunca he soportado" –aclara. La casa,la ciudad,se diptongan en los trenes,los
viajes "No hay nada como el tren que arrastra
nuestra vida".
Si la cronología de Los días sobre el polvo apela al
diario angustioso del tiempo interior, este es ya
monotípico al haberse objetuado. "Así pasan los
días, los meses y los años" nos dice evocando a
María Villar Buceta, incómoda paráfrasis de Horae
cedunt et dies, et menses et anni nec praeteritum tempos revertitur. Los topoi, al contrario dan la
impresión de escindirse,de cerrarse a la monotipicidad:
lo otro, entonces al ser desideración se ha
convertido en el duplo entre imagen y contraimagen,
un terreno de nadie donde el sujeto forma y
no forma parte de las apelaciones,al existir angustiosamente
fuera de nosotros.Maylén Domínguez
ha publicado,no sin éxito,poemarios como Noche
Magna, De lo que fue dictado por el fuego, Bajo la
noche móvil,a lo que habría que agregarle su obra
narrativa distinguida en certámenes y antologías.
II
Las proposiciones enumeran "la casa", "las
bibliotecas más tristes de este mundo", la fragmentación,
los trenes. Los poemas van construyendo
un imaginario cercano a lo fotográfico,
son fotografías, hojas con cierta direccionalidad.
Entramos por la ciudad aclamada por la abuela.
Es de mañana y así tal vez, lo desearía Maylén.
Imagino el sol entrevisto desde los resquicios,
las ramas, las hojas cayendo vertiginosamente.
Hay una muchacha que se ha asomado a la ventana
para ver las hojas, está triste, sus manos
tiemblan llevadas aquí y allá por la luz.De pronto
aparece el padre y el espacio se redimensiona,
es como si todo comenzara a nacer. Él la
llama mientras abre los ojos a lo alto, parece llevársela
hacia algún sitio desconocido, la tristeza
para ella es partir. Maylén Domínguez abre la
casa al señor del vacío, la puedo entrever a través
de los cristales para preguntar por la luz, la
noche se transparenta en los campanarios, en
los trenes que marchan al sur. "Soy como una
casa vieja que ha muerto", y nos dice también:
"Qué lejos puedo estar mirándome en el agua".
Las fotos giran en el viento nocturno de Aúcar,
el viento las hace girar al compás de la lluvia.
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