II

De modo que yo hacía lo mismo por mi cuenta y trataba de sacar mis ventajas de situaciones comunes cuando el hecho de saber jugar se convertía en herramienta para matar el tedio y resolver dinero o beber cerveza gratis en el Skvier de Tashkent. Salía a veces con Reinaldo y con Landy cuando estábamos aburridos en el albergue y el sol brillaba en las hojas de los robles del parque Zhimadar. Mirábamos las frondas del parque desde la ventana y teníamos deseos de ir a comer shashlik de carnero en sus varillas de aluminio, o el palov uzbeco que se cocinaba en grandes ollas de hierro bajo los robles, o quizá un plato de kaurmá-lagmán acompañado con tirillas de blinís y abundante pimienta roja. Desde la ventana veíamos subir el humo entre los robles. Toda la agradable variedad de la cocina uzbeca subía con el humo y nosotros sentíamos ese deseo intenso de ir allá y hacer el juego con los encargados. Pero el parque Zhimadar no era un buen lugar para nosotros por ser retiro habitual de uzbecos puros y de mujeres que vestían sus ropas nacionales y nunca enseñaban las rodillas. El parque Zhimadar no era sitio para extranjeros. Preferíamos el centro de Tashkent porque allá era posible conversar con las muchachas rusas y armenias, o tártaras y bashkiras de las estepas que habían llegado a la ciudad y nos miraban con sus ojos entornados, ligeramente oblicuos, que las hacían parecer seres irreales de piel muy blanca y rasgos orientales tan marcados en el rostro.

–Pero tengo que conseguirme una uzbeca –decía Landy–. Quiero saber de qué están hechas. Necesito saber.
Buscarse una uzbeca no era aconsejable, sin embargo, por la cara que ponían los varones cuando nos descubrían hablando con alguna (hubo casos en que el transgresor se veía acorralado en una esquina, rodeado por un grupo de jovencitos envalentonados que mascullaban sus amenazas en el idioma natal y dejaban asomar las empuñaduras de sus kinzhales bajo la camisa) Era mejor y más seguro entretenerse con las armenias del Cáucaso, con las rusas de pelo largo y rubio, o las tártaras de ojos rasgados y piel blanca, o con las bashkiras de grandes ojos luminosos, ligeramente oblicuos, de mirada extraña y cuerpo absolutamente lampiño, o hacer el juego con los turistas que se hospedaban en el hotel Uzbekistán y salían por las tardes a dar sus vueltas por el bulevar y a tomar cerveza negra en las glorietas del Skvier.

En el Sheremétievo estaba haciendo lo mismo y me sentía bien. Me sentía tranquilo y cómodo mirando los aviones y haciendo ver que no me preocupaba demasiado lo que ocurría alrededor. Pero atendía con los ojos a cualquier movimiento en el salón, a cualquier extranjero que fuera fácil de abordar y que me pagara un trago de coñac o whisky en el bar del aeropuerto, o que se enterneciera con mi triste historia de estudiante cubano obligado a hablar en ruso, alejado de las playas del Caribe hasta una distancia considerable. El juego salía bien si el extranjero se metía la mano en el bolsillo y me daba veinte dólares. No me resultó esa noche con la mujer que tenía los ojos de Sofía Loren. La olvidé por un momento y me concentré en otros pasajeros, pero después de los finlandeses no apareció más nadie. En el salón vacío sólo estaban los turcos y la pareja de monjes ortodoxos con sus altos gorros negros y sus anchas cruces plateadas sobre el pecho.

El sol ascendía lentamente sobre los campos verdes de Rusia. Los aduaneros de turno se retiraban ya. Un nuevo grupo debía estar entrando en la mañana. Mi vuelo hacia La Habana había avanzado en la tablilla luminosa del itinerario que anunciaba salidas y llegadas. En cinco horas diría adiós al Sheremétievo y tomaría la ruta de Irlanda del Norte en una línea recta sobre Europa sentado en el salón lleno de gente de un liner IL-72 de la compañía Aeroflot. Llegaría a La Habana quince horas después y durante cuatro meses olvidaría a los tártaros y a los bashkires de ojos oblicuos, a los uzbecos y a Dilya. Olvidaría el juego que aprendí con las muchachas bajo las pérgolas del segundo piso del hotel Uzbekistán. Me sentiría confiado y libre en mi barrio oscuro, lejos del confort occidental, lejos de las varillas de shashlik y de los extranjeros que miraban con desprecio la sobria instalación del aeropuerto. Olvidaría, sobre todo a la mujer con cara de Gioconda que me miró con desdén cuando quise entablar una conversación con ella. Por un momento me había hecho sentir insignificante y aplastado sobre el asiento cómodo del salón, y me había dejado fuera del juego.

Pero el juego no había terminado todavía. El juego recomenzó cuando un oficial de la aduana me tocó en el hombro.
–¿Tú eres cubano? –preguntó en ruso.
Me pidió acompañarlo a las oficinas de seguridad (me lo pidió en esa forma desenfadada de los rusos más simples, como si hubiera estado conversando con un amigo viejo, con un vecino que pasaba cerca y se le pedía por favor que entrara a tomar el té) Me explicó en el camino que tenían una situación (la palabra situación es tan ambigua que puede ilustrar cualquier evento, sea desagradable o no, sea un hecho simple con ventajas evidentes o sea un suceso más formal, acaso con peligros y amenazas, o acaso con matices llanos y prometedores) y necesitaban un traductor de español. Con sorpresa (o quizá todo fue sin sorpresa, si se atiende a que el problema era común en los extranjeros que viajaban vía Moscú desde las grandes capitales de Occidente y América hacia el Japón o Asia Oriental, o hacia el Oriente Medio y África, o hacia Roma o Los Balcanes, como en este caso) descubrí que La Gioconda lloraba en uno de los asientos reclinables de la oficina del Oficial Jefe (lo llamaré Vládik, o Vitya, o quizá Seriozha) Los ojos de Sofía Loren aparecían llenos de lágrimas. Se los estrujaba con un pañuelo de seda y levantaba la cabeza para soltar sobre los oficiales largas miradas que variaban del desprecio a la angustia. Vitya (o Vládik, o Seriozha) lo explicó todo.

–Vino a reclamar ¿Te imaginas ese cuadro? A reclamar. Y nosotros aquí, ¿lo ves?, no somos bobos. No somos nada bobos –dijo Vitya en el acento cavernoso de los Urales.

La situación (¿El juego? ¿Acaso no era todo un juego? ¿Acaso no somos todos jugadores y nos toca perder o ganar en algún momento?) era sencilla. La Gioconda había declarado una cierta cantidad de dinero a su entrada al Sheremétievo de Moscú. Los agentes de la Aduana contaron los billetes y asentaron en la declaración el monto en dólares. Sólo el monto, sin especificar las denominaciones.

–Cosa de rutina –me explicaba Vitya (¿Vládik? ¿Seriozha? ¿Vanya fumándose un cigarro Prima o Bielomor sin filtro, escupiendo nervioso las virutas de tabaco, dejando ver los dientes amarillos?) –Se escribe la cantidad según el procedimiento, pero no se escriben los números de los billetes ni el desglose por unidades.

La Gioconda (seguía siendo La Gioconda para mí, seguía teniendo los ojos de Sofía Loren aunque estuviera llorando, aunque las lágrimas le rodaran por las mejillas y empañaran su limpia imagen de duquesa flamenca) se había sentado en el salón y había pensado una variante de estafa de aeropuertos (¿No es todo el mismo juego, acaso? ¿No es la misma situación que puede darse en el gabinete de un ministro en México DF, o en las pandillas de los barrios bajos del Bronx, o en la oficina del gerente de un banco suizo, o en un café de Tashkent? ¿No es la idea que antecede al hecho y obliga a actuar cuando uno menos se lo espera?) Esta vez el juego consistía en esconder una parte del dinero y hacer una reclamación formal con muchas lágrimas y mucho teatro aduciendo que los aduaneros le robaron en el conteo de los dólares y sólo después (sólo después, sentada en el salón, cuando había logrado reponerse de la impresión por el primer contacto con la maldita tierra rusa, cuando se había tomado un refresco de manzanas para alejar el malestar del viaje, cuando había mirado con los ojos propios un pedazo del territorio comunista y había oído por primera vez unas palabras en esa lengua extraña, tan alejada de los tonos graves de cualquier idioma americano o europeo) había contado el dinero con calma (con mucha calma, Dios mío, con mucho aplomo y una serenidad total) y había detectado el problema (¿La situación? ¿El juego? ¿Otra vez el juego haciéndose notar en un evento serio, tan demasiado serio, tan peligroso que podía empañar la imagen de un aeropuerto importante y complicar la vida de las mujeres y los hombres que ejecutaban con rigurosidad marcial la acción tan necesaria?) y por eso recurría a la buena voluntad de los aduaneros que debían, Por favor, Please, Please, Prego, Prego, enmendar su error y devolverle (¿Cuatrocientos dólares americanos? ¿Quinientos quizá?) íntegramente el dinero sustraído antes que los denunciara ante una comisión internacional y publicara un artículo explosivo en cualquier periódico de Occidente (en cualquiera, ¿lo oyeron bien? ¿Tienen idea de lo que puede hacer la prensa en las democracias del mundo libre? ¿No han visto nunca un ministro destituido de su cargo y una empresa millonaria que cerró sus puertas por culpa de una simple nota en el periódico indicado?) de modo que pedía resolver con prontitud el caso al tiempo que agitaba los billetes ante la cara de los oficiales asustados.

Vitya (¿Vládik? ¿Seriozha? ¿Vanya fumándose otro cigarro Prima o Bielomor sin filtro, escupiendo nervioso las virutas de tabaco, dejando ver los dientes amarillos?) había actuado con la sangre fría de un profesional. Ordenó contar el dinero otra vez. Faltaban quinientos dólares en la cartera de La Gioconda. Vitya lanzó lejos el Prima (Bielomor) sin filtro. Dijo Tfú a la manera en que un oficial de la aduana podía decir Tfú cuando descubría que era víctima del juego.

–Pero yo mismo había contado el dinero –me diría después, cuando estábamos sentados en la oficina y tomábamos té verde con bizcochos de arándano que la funcionaria Mashka sirvió en tazas aplastadas– ¿Lo puedes entender? Yo mismo le había contado los billetes. Me veía allí como un idiota cuando ella agitaba el dinero ante mis ojos y amenazaba con denunciar el maltrato ante la prensa occidental, y entonces, mirando las denominaciones, me di cuenta del engaño.

Vitya lo había dicho todo en una sola expiración sonora y ronca. Parecía disfrutar del momento y hacía una pausa para sorber el té y partir un bizcocho con los dientes. Pero me miró de pronto y sonrió ampliamente.

–Veo que no lo entiendes –y Vitya rió otra vez–. Los cubanos sólo vienen a Moscú a partir culitos en los albergues mixtos de los politécnicos ¿No entiendes que los billetes no eran los mismos? Ella los había cambiado por otros que llevaba escondidos. Tenía que llevarlos escondidos. Seguramente se metió en el baño y preparó la operación. No tuvo en cuenta las denominaciones, y ahí mismo, cuando agitaba el dinero frente a mí y amenazaba con denunciarlo todo, se le acabó el maldito juego.

Y después Vitya (¿Vládik? ¿Seriozha? ¿Vanya fumándose un tercer cigarro Prima o Bielomor sin filtro, escupiendo nervioso las virutas de tabaco, dejando ver los dientes amarillos?) me contó que había ordenado a la funcionaria Mashka Grishkova (pómulos ribeteados en carmín, labios de cereza de Pomorie, veintiocho años bien vividos en la aldea Vtúshkino antes de entrar en el servicio aduanero) revisar a La Gioconda con el rigor que precisaba el caso, partes privadas incluidas. La operación (a pesar de las protestas en inglés y español y serias amenazas de denuncia ante organismos internacionales y un lloriqueo final que podía enternecer los ojos fríos de un metropolita) se realizó en un cuarto especial de las oficinas y reveló la existencia de un cinturón escondido bajo el blusón de borlas ambarinas con una suma superior (muy superior) al monto declarado.

–Ahí fue cuando nos hizo falta un traductor ¿Lo ves? Fue ella misma quien nos dijo que había un cubano en el salón. Te describió muy bien. Pero ahora todo está claro. Todo el dinero ha sido confiscado y ella tendrá que buscarse cualquier funcionario de la embajada italiana que interceda. Cualquiera puede hacerlo, no me importa quién. Siempre aparece alguno cuando pasan estas cosas. Ella quedará retenida en el hotel de tránsito hasta que algún diplomático se haga cargo. Perderá su avión y su cita en Milán, pero así es el procedimiento.

Y entonces, por uno de esos azares del juego, (por una de esas situaciones sin solución probable que añaden interés al desenlace y obligan a seguir jugando aunque se sepa de antemano que ya el juego se perdió sin remedio) yo le pedí a Vitya que dejara libre a La Gioconda.

–¿Tú estás loco? –preguntó Vitya después de darle una chupada a cualquier cigarro Prima o Bielomor sin filtro, después que escupió las virutas de tabaco y enseñó los dientes largos y amarillos–. No, de verdad, tú tienes que estar loco. Todos los cubanos tienen que estar locos.

Pero el juego no era una simple suma de causa y consecuencia. Yo lo sabía, y sabía que una conversación inteligente podía derribar las puertas más sólidas. Le dije a Vitya que no perdería nada si se hacía el bobo y desviaba la atención de un caso tan insignificante. Porque (y en eso Vitya me daría la razón un poco después, cuando el juego se puso interesante y Mashka Grishkova repartía otra tanda de té y bizcochos de arándano) la mujer no había hecho nada. Lo había intentado, y eso no se podía negar. Había montado su teatro (¿Su juego? ¿Su mascarada perfectamente realizable, previamente ensayada quizá, perfeccionada hasta convertirse en arte, o quizá improvisada en un momento último y desesperado por razones oscuras, ajenas al razonamiento superficial de un estafador común?) ante las narices de aduaneros experimentados, pero la operación había sido frustrada por el celo y la profesionalidad de los agentes (de Vitya, en primer lugar, que había mostrado el aplomo y la preparación de un oficial verdadero aunque fuera un simple campesino de los Urales sin ambiciones visibles, y lo vi levantar la cabeza y los ojos cuando dije eso), de modo que no había reclamación posible y estaban a mano La Gioconda y el poderoso aparato aduanero del gran país soviético.

–Tú estás loco –dijo Vitya–. Todos los cubanos están locos. Siempre están cargando mercadería barata hacia su isla y uno cree que lo hacen para ayudar al país, pero después te das cuenta que todo lo hacen por una mujer, una que les guiñó los ojos en el Metro y les dio pan con jamonada en el desayuno en cualquier mañana de invierno.

Tuve que aguantar el sermón y decir que sí a todo lo que Vitya mascullaba en su dialecto de los Urales, a veces tan perfecto y claro como el discurso limpio y elegante de los rusos puros del barrio de Yunus Abad, y a veces retorcido y siseante como el habla casi gutural de los trabajadores de la estación de descarga del ferrocarril central de Tashkent. Pero al final el cariz del juego cambió a mi favor (y a favor de la Gioconda, en consecuencia) y Vitya se dejó enternecer y decidió que no ganaba nada con obligar a la mujer a quedarse en tierra por una simple formalidad aduanera.

–Bien –dijo–. Dejaré que se vaya. A fin de cuentas es como tú dices. Aquí no ha pasado nada.
Claro que después (media hora después, cuando La Gioconda y yo conversábamos en el salón como amigos viejos que se hubieran encontrado por accidente y ella retocaba el maquillaje con una mota minúscula y se alistaba para abordar) surgió la idea de regalarle veinte dólares a Vitya. Yo había pensado en esa posibilidad cuando estábamos sentados en la oficina de la aduana y tomábamos el té con bizcochos de arándano que Mashka Grishkova repartía para todos los presentes sin distinción de grados militares, ni edad, ni complexión. Pero no se lo dije a Vitya entonces. No lo quise mencionar porque yo no tenía el dinero. Faltaba conversar con La Gioconda y exponerle el caso. Se lo expuse luego, cuando ella fue puesta en libertad, cuando se le devolvió íntegramente el dinero y ella tomó los dólares escondiendo la mirada, cuando salió por el hueco de la puerta hacia el salón y me buscó entre los asientos con los ojos y arrastró la maleta de viaje hacia el lugar donde yo la esperaba.

–Francesca Risi –dijo, y extendió la mano.
Seguía teniendo los ojos de Sofía Loren y el aire superior de una duquesa flamenca, pero algo en las curvas de su rostro había cambiado. La línea dura de los labios (fuerte expresión que retomaría más tarde, cuando ya estaba a punto de alejarse para siempre de la inhóspita tierra soviética, de los estúpidos aduaneros rusos que no hablaban español y le habían echado a perder el juego) había cedido el paso a una sonrisa incipiente y coqueta. La luz del sol que entraba por los cristales le había devuelto algo del brillo que perdiera en la madrugada cuando lloraba en la oficina de Vitya, y en general ella misma parecía otra. Había cambiado el blusón de borlas ambarinas por una simple yacka de campesina tirolesa, y llevaba sandalias de cuero en lugar de zapatos, y llevaba el pelo anudado sobre la espalda con una cinta de terciopelo azul.

–Te quería dar las gracias –dijo en español con un fuerte acento rioplatense que sonaba muy bien en su voz de tonos medios–. Por todo gracias. Por la traducción y por todo lo demás.
Siguiendo las reglas, yo debía omitir cualquier mención sobre el incidente con Vitya y los aduaneros (Dilya me había dicho siempre que las cosas desagradables debían ser olvidadas al momento y no debían jamás ser mencionadas en presencia de los afectados si se quería seguir adelante y ganar el juego) Pero otra vez, por alguna cláusula maldita que obligaba a cambiar las reglas y hacer lo menos aconsejable, le dije a La Gioconda (seguía siendo La Gioconda aunque su aspecto hubiera desmerecido tanto) que no debía darme las gracias por nada, que debía agradecer a la buena voluntad de los funcionarios de la Aduana, que se habían portado bien y merecían una compensación.

–¿Cuánto? –preguntó ella abriendo el monedero, una cartera minúscula hecha de piel y rematada con láminas doradas en el cierre y los bordes.

Me dio los veinte dólares y me pidió agradecer a los rusos en su nombre. Después pareció olvidar el incidente y empezó a preguntarme cosas personales, alguna información sobre mi vida y mi presencia extraña en un sitio tan remoto. Se asombró cuando le dije que estudiaba ingeniería mecánica en el instituto de automóviles de Tashkent.

–¿Tashkent? –preguntó–. No conozco ese nombre. En realidad, no conozco nada de Rusia.
Tuve que explicar que la ciudad no estaba en Rusia. Pareció interesarse en la conversación cuando le hablé de Uzbekistán, de las vastas llanuras arenosas del desierto de Kizilkum donde el soleado Tashkent se asentaba por siglos, de la antigua ruta de la seda y la invasión de los tártaros mongoles, de los viajes de Marco Polo y del fuerte terremoto que destruyó la ciudad. Aun así el sitio no le resultaba familiar. No conocía los campos de algodón de Namangán, extensos como praderas nevadas, ni los minaretes de Samarcanda que brillaban bajo el tórrido sol del Asia Central, ni las suaves lipioshkas saladas que se cocían en hornos de piedra en las aldeas del valle de Ferganá, ni los perros-lobo de orejas recortadas que pastoreaban miles de ovejas en las laderas de los montes Chimgán. La antigua casta del doctor Avicena y el poeta Ulugbiék se revelaba ante La Gioconda como una noticia sin importancia y una información sin utilidad adicional.

–Pero conozco Bakú, sin embargo –dijo retocando el maquillaje–. Tuve un amigo que vivió unos años allá. Un ingeniero del petróleo. Me regaló un libro de Yesiénin ¿Se dice así? Nunca podré pronunciar esos nombres. Un gran poeta ruso, según creo, y nació en Bakú. Debió ser uno más entre tantos poetas, pero se casó con Isadora, y eso ya es algo. Eso lo hace interesante aunque sea ruso.

Yesiénin, claro. Siempre Yesiénin y el hombre que curaba con alcohol la sífilis que recibiera en las estepas de Kirguizia. Dilya me había leído sus versos una tarde bajo los nogales griegos del parque Yuri Gagarin, junto al Anjor. Yo miraba a Dilya desde el suelo y la veía recortarse contra el cielo de Tashkent, contra las luces de la tarde que iba muriendo en el verano, sólo unas semanas atrás, cuando le dije que viajaría pronto y ella me respondió que ya había andado conmigo un tiempo suficiente y no le parecía bien que me fuera cuatro meses y la dejara sola.

–¿Haces vida social allá? –preguntó La Gioconda, y enseguida se lo respondió ella misma–. Lo veo difícil. Será difícil vivir entre todos esos musulmanes mojigatos. Tú tienes cara de cualquier otra cosa. A ver si te casas con la hija de un sultán y le haces diez hijos.

Ella parecía haber olvidado completamente que sólo una hora atrás estuvo involucrada en un asunto de contrabando de dólares. Un feo asunto para una mujer como ella. O quizá era un asunto común y ella estaba acostumbrada a montar su teatro en los aeropuertos del mundo, en las terminales aéreas de América y Europa donde seguramente todos los viajeros hacían lo mismo y no había que ruborizarse demasiado por que un agente de la aduana descubriera el engaño.

–Trabajo en el negocio inmobiliario –dijo–. Tengo inversiones en Milán y Buenos Aires. Pero tú eres demasiado joven para entender esas cosas, y yo tengo que irme ya. Quizá nos encontremos otra vez.
Yo también dije que quizá. Un quizá que sólo pretendía condescender y seguir el juego, el fino vuelo de las palabras, los tonos y los visos de una conversación que nunca debió tener lugar por ser nosotros tan diferentes y a la vez tan similares. La acompañé hasta la puerta de abordaje y le arrastré la maleta mientras ella volvía los ojos al salón para lanzar miradas de desprecio sobre los asientos y las instalaciones. Ya en la puerta se detuvo y me miró sonriendo con un aire de duquesa. Abrió otra vez el monedero minúsculo, sacó un billete de a cien dólares y lo extendió hacia mí en un acto breve y simple, tan inesperado que abrí la boca y me tardé bastante en levantar el brazo y recoger el dinero.

–Te lo ganaste –dijo–. Te portaste bien. No esperaba encontrar un joven tan bien dispuesto en este lugar remoto.
Pero yo tenía una pregunta que hacerle todavía. Yo le había dado vueltas al asunto y no entendía una parte del juego. Ella volvió a sonreír cuando le pregunté cómo había sabido que yo era cubano.
–Eres muy joven todavía –dijo cuando se alejaba–. Eres tan joven que no podrías darte cuenta de nada.
No entendí a qué se refería, sin embargo, y me quedé mirándola, largamente mirándola, tratando de buscar alguna clave en las palabras mientras ella se alejaba por el pasillo y la amplificación del aeropuerto anunciaba en cuatro idiomas la salida hacia Roma del vuelo de Aeroflot correspondiente a las ocho de la mañana. Estaba seguro que nunca volvería a verla pero de alguna forma sabía también que me llevaría mucho tiempo olvidar lo que pasó. Levanté la mano y miré el billete al trasluz. La cara del Presidente Franklin parecía sonreír desde el papel, o de verdad reía, o simplemente le brillaban los ojos con una complicidad silenciosa y calmada que yo lograba descubrir y me obligaba a levantar la cabeza y a mirar otra vez al pasillo por donde había visto desaparecer a La Gioconda.

Cuatro meses después regresé a Tashkent. Landy había conseguido en el verano a dos uzbecas, dos gemelas idénticas muy jóvenes que se llamaban Shora y Fátima y tenían un apartamento propio en el Visokovóltniy.
–La que quieras es tuya –dijo Landy después que nos presentó en el Café Molóchniy del Skvier de Tashkent, después que las gemelas se pararon a bailar y nos quedamos mirándolas mientras hacían sus giros lentos con una melodía que Alla Pugachova vomitaba en la amplificación–. La que quieras. La que te guste más.
Con eso me quería decir que su juego estaba avanzado, que se había acostado con las dos y no se molestaba en diferenciarlas, y eso era mejor que toda mi historia de La Gioconda y el billete de a cien dólares. Pero yo supe que no lo decía en serio. De alguna manera lo supe. Le habían brillado los ojos con demasiada intensidad cuando le mostré el billete, y se le habían humedecido los labios de una forma que sólo podía significar envidia sana. Insistió en que una de las gemelas era mía. Podíamos irnos a beber cerveza al Dom Kinó y gastar un poco de los dólares.
–Nos comemos un kilómetro de varillas de shashlik y después nos vamos al Visokovóltniy a pasar la noche –dijo Landy, y la cara se le alumbró otra vez en esa forma vaga en que la cara se alumbra cuando se ha logrado imponer las condiciones del juego propio.

Pero yo pensaba en Dilya. Yo tenía en la cabeza el prado verde del parque Yuri Gagarin y los sauces llorones del Anjor donde había visto brillar sus ojos ligeramente oblicuos bajo las frondas densas de los nogales griegos. Comenzaba el otoño y el agua estaría fría. El cuerpo de la tártara se sentiría muy bien después de cuatro meses. Besaría sus labios sin pintura y nos meteríamos en el agua del canal a esperar la noche. Le dije a Landy que las gemelas quedarían para después, y antes que dijera cualquier cosa bajé las escaleras y salí a la calle. Desde el balconcillo me gritó que yo era un mal amigo y un traidor. Lo dejé que se desgañitara hasta quedar ronco y tomé un taxi en la esquina más lejana del Skvier de Tashkent.

Soplaba el viento de octubre desde las estepas arenosas. Yo quise besar a Dilya cuando estábamos sentados bajo los sauces. Lo intenté muchas veces y ella apartaba el rostro y seguía peleándome por no haberle escrito en cuatro meses. Amenazaba con marcharse a Oremburgo o a Kazán y buscarse nuevos amigos y nuevas relaciones.

–¿No sabes que puedo hacerlo? –preguntó–.¿No sabes que puedo irme lejos y dejarte solo con esos amigos tuyos que andan sin rumbo por la ciudad? Claro que lo sabes. Lo sabes bien, y aun así te vas por cuatro meses y te apareces contándome una estúpida historia de aeropuertos.

No tuve más remedio que regalarle los cien dólares a Dilya bajo las encinas y los nogales griegos del Parque Yuri Gagarin. Ella tomó el billete con sus dedos pálidos y lo miró al trasluz contra el cielo gris de Tashkent, y luego sonrió y se dejó besar. Yo besé largamente sus ojos y sus labios junto a los sauces del Anjor mientras el otoño avanzaba indetenible sobre el desierto de Kizilkum y los nogales griegos y las encinas de Israel y los cipreses abigarrados de la estepa perdían definitivamente las hojas y el prado verde se cubría de una alfombra rojo grana, ocre intenso y amarilla.