Los días del juego
Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2009
Emerio Medina
El relato que publicamos a continuación, “Los días del juego” del escritor cubano de la provincia de Holguín, Emerio Medina, obtuvo el Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar 2009. El Jurado que lo otorgó estuvo presidido por la reconocida escritora argentina Luisa Valenzuela, e integrado además por los cubanos Miguel Mejides y Alberto Garrandés. En su Acta destacó que esta narración “hace con éxito una especie de viaje de regreso a las virtudes clásicas de la fábula, al arte de contar historias, y, al mismo tiempo, emulsionar con mucho vigor la experiencia sentimental del sujeto en un mundo lejano y, a la vez, cercano”. Otorgó además una primera mención a “Las lecciones del vampiro”, del habanero Miguel Terry Valdespino; y menciones a “Lo bello y lo sublime” de la argentina Marcela Solá, a “Mallorca y todos tus fantasmas”, del cubano Michel Encinosa, y a “Los que fueron al bosque de avellanos”, del también cubano Rufo Caballero.
Este año el concurso contó con la mayor cantidad de obras participantes desde su creación: más de 500 llegadas de países de América y Europa, y en su mayoría de un buen nivel de calidad.
Recordemos que la creación de este premio se la debemos a la editora y escritora lituana Ugnès Karvelis, quien fue la compañera del gran escritor argentino durante muchos años. Este concurso destinado a todos los narradores iberoamericanos es auspiciado por el Instituto Cubano del Libro, la Casa de las Américas y la Fundación Alia.
En realidad ella podía ser de cualquier país de América o Europa. Tenía los ojos de Sofía Loren y algo de La Gioconda en el rostro. Las suaves curvas del mentón y la nariz le daban un fino aire de duquesa flamenca. El pelo, en cambio, hacía recordar las actrices italianas que yo había visto en las comedias que ponía el cine Saravshán cuando dejaba solos a los muchachos en el Café Molochniy del Skvier de Tashkent y me iba con Dilya Karímova en las tardes de domingo a ver las películas de Adriano Chelentano.
Ella se presentó como empresaria de Milán radicada en Buenos Aires. Dijo que trabajaba en algún asunto de inversiones en la industria inmobiliaria que nunca quedó claro para mí.
–Francesca Risi –dijo, y extendió la mano.
Coincidíamos en el aeropuerto Sheremétievo en una de esas largas jornadas de espera mientras se miran los aviones desde el salón y se busca una forma de matar el tiempo después de haber leído y releído las revistas que el servicio internacional pone al alcance de los viajeros. Ella volaba desde Buenos Aires hacia Roma vía Moscú, y yo había llegado desde Tashkent el día anterior y esperaba mi vuelo a La Habana. Éramos viajeros atrapados en el salón enorme aclimatado con grandes rejillas de impulsión que dejaban caer sobre nosotros un aire templado y disperso, suficiente en el verano ruso que apenas comenzaba.
Yo la había visto salir por la puerta de llegadas y de alguna forma me quedé mirándola, sopesándola con los ojos, tratando de determinar edad y origen. Una parte del juego (y para mí siempre fue un juego desde que Dilya Karímova me confundió con un armenio en el lago Komsomólskoye. Ella tomaba sol en bañadores minúsculos esa tarde. Andaba con una amiga de Oremburgo que había llegado de visita al barrio estudiantil y se fueron las dos al lago. Se quedaron mirándome y hablando por lo bajo. Dilya era una tártara de veintidós años que estudiaba traducción del idioma inglés en la Universidad Estatal de Tashkent) consistía en examinar largamente a la persona y aventurar un juicio aproximado sobre el origen probable. Después se buscaría un tema de conversación y las cosas derivarían hacia un final controlado, hacia unos tragos o una comida gratis, o hacia un regalo que se esperaba con paciencia, dándole vueltas a la persona hasta lograr el fin que se buscaba. El juego sólo funcionaba si se tenía esa habilidad de observarlo todo. Mirando a la mujer enseguida supe que no era eslava. No era, por tanto, rusa ni polaca. Acaso búlgara porque se parecía a una muchacha de Sofía que anduvo conmigo en el otoño y tenía los mismos ojos y el pelo similar, ondeado con paciencia en la boutique del hotel Uzbekistán, pero aquella era de la parte de los Balcanes donde alguna vez se asentaron los gitanos, y no debía ser la segunda mujer de la misma región minúscula que me encontrara en el año. Ya había aprendido que esas cosas no pasaban nunca. Aun en una ciudad cosmopolita como Moscú era improbable encontrarse con dos personas de orígenes idénticos. No podía ser, salvo si esas dos personas andaban juntas, y no era el caso. Descarté, por supuesto, a las gitanas búlgaras, y me concentré en la mujer que arrastraba su maleta de viaje y tomaba un jugo de manzanas mientras buscaba con los ojos un lugar para sentarse. Llevaba altos zapatos cerrados y un blusón de borlas ambarinas que la hacía parecer un tanto gruesa. Por las arrugas acentuadas en el cuello quedaba claro que pasaba de cincuenta años. Por la forma en que miraba alrededor se podía saber que estaba sola, por primera vez en territorio ruso, por primera vez expuesta a la contaminación soviética. Movía la cabeza en esa forma vaga de la gente que se disgusta con lo que ve, y lo que ella veía podía no ser totalmente de su agrado. La sobria instalación del aeropuerto estaba lejos del confort que los occidentales exigían en sus países, lejos de los servicios de primera clase y de cualquier asomo del consumismo norteamericano o europeo.
La observación (la comparación) me la hicieron dos periodistas colombianos radicados en España cuyos nombres no recuerdo. Me hablaron de cuanto debe saber un viajero en materia de aeropuertos cuando estábamos sentados en el Skvier de Tashkent, en mi primer verano en una ciudad extraña donde una simple conversación en español con un desconocido se agradecía infinitamente. Tomábamos un refresco a la sombra de las encinas en aquellas magníficas glorietas en forma de cúpulas brillantes que los viejos jardineros uzbecos se encargaban de alistar después de las nieves del invierno. El diálogo en el idioma familiar me había hecho volver la cara y enfrentar al grupo de turistas que bajaba la escalinata del hotel Uzbekistán.
–Todos los aeropuertos no son iguales –dijo uno de los periodistas cuando el tema salió.
Para mí estaba claro que no eran iguales, y lo dije. Hablé de las edificaciones funcionales (las pocas que había visto en alguna escala técnica en Shannon y Odesa, y otras, muy contadas, las del aeropuerto de Tashkent y el viejo Vnúkovo de Moscú, sin hablar de la Terminal de Vuelos de La Habana, por supuesto) concebidas para usos, volúmenes y servicios diferentes. El otro colombiano se me quedó mirando, empujó hacia mí la caja de cigarros Parliament de filtro tubular (claro que nunca había visto cigarros como esos. Lo más común era fumar cigarrillos búlgaros Opal o Stewardess con filtro de esponja, o los Gallant indios que sabían a hierba y se vendían barato en cajetillas crush-proof de colores brillantes, o compraba un paquete de Dunhill International cuando tenía dinero suficiente, o acaso Ronhill, el invento yugoslavo que hacía recordar las finas cajas coloridas de Chesterfield o Pall Mall) y me hizo señas que cogiera uno.
–Tú eres cubano –dijo–. No tienes ni la más puta idea de lo que es un aeropuerto.
El hecho (y es bueno decir que la puta idea debe ser lo primero: todo lo demás puede venir después; la sorpresa, incluso, también forma parte de la idea, y no del hecho en sí, como pudiera pensarse. Tómese, por ejemplo, la nieve: cuando se haya tocado con la mano propia quedará por dentro una suerte de desilusión momentánea, aun cuando se haya esperado ese minuto muchos años y se haya visto miles de metros de película donde los personajes se revuelcan en el hielo como si no tuvieran frío) de ser cubano me excluía abiertamente. Dicho con pocas letras, la puta idea de un aeropuerto moderno de Occidente no podía caber en la cabeza de un habitante del Caribe comunista que veía limitadas sus posibilidades de vuelo a un viaje de estudiante becado en las universidades del Este o del país soviético. Asumí que ese estudiante era yo y me quedó claro que la puta idea no podía caber en mi cabeza. Pero me sirvió la conversación aunque en algún momento los colombianos me parecieran petulantes.
–Ni se te ocurra comparar esa mole de hierro y vigas prefabricadas que es el aeropuerto de Tashkent con un aeropuerto de verdad –seguía diciendo el periodista–. Hay algo en el gusto estético occidental que responde a otras normas. El aeropuerto de París, por ejemplo, es una ciudad pequeña. Nada que ver con las terminales de vuelos que los rusos han levantado en este país enorme. Y el aeropuerto de San Francisco no tiene nada que envidiarle aunque sea más pequeño. Y el de Bogotá tiene la misma clase y el mismo estilo aunque no disponga de tantas comodidades.
Yo recordaba la conversación con los colombianos mirando a la mujer que volvía la cabeza para lanzar miradas de desprecio sobre los asientos y las instalaciones del salón. Yo la veía acercarse y temía que ella pasara de largo y se alejara hasta una distancia inalcanzable, pero quiso la suerte que el puesto libre más cercano estuviera junto a mí. La mujer hizo un giro gracioso sobre el granito del piso, enderezó la maleta y los pasos y vino a sentarse a mi lado. Durante diez minutos esperé que girara la cabeza en mi dirección, que se dignara mirarme y preguntar alguna cosa. En cualquier caso, yo tenía la ventaja del idioma. La gran ventaja. El hecho de hablar ruso con absoluta libertad. Esperaba, por tanto, que la mujer necesitara alguna ayuda en la traducción. Debía necesitarla. No era común que los funcionarios de la aduana pudieran comunicarse en un idioma diferente al inglés. En alemán, acaso, pero los alemanes del Este que viajaban a Moscú odiaban abiertamente al pueblo ruso. Lo culpaban del desarrollo alcanzado por sus vecinos del Oeste. No se mezclaban, por tanto, ni manifestaban nunca la más remota intención de parecer amistosos. Cumplían sus itinerarios con absoluta rigidez para no verse obligados a preguntar nada. Los funcionarios de la aduana, sin embargo, los trataban bien.
–¿Habla español? –le pregunté cuando ya no me quedó más remedio, cuando la leve esperanza de entablar una conversación se diluía con los últimos rayos del sol que empezaban a morir detrás de los cristales del aeropuerto.
La mujer giró la cabeza y me lanzó una mirada gélida, nunca tan fría como las miradas de las matronas uzbecas que veían en cualquier extranjero una amenaza para sus jóvenes muchachas, pero terrible, en cualquier caso, distanciadora y abiertamente hostil. Las suaves curvas del rostro se endurecieron y ya entonces ella perdió el aire de La Gioconda y los ojos de Sofía Loren. Se convirtió rápidamente en una profesora de Mecánica Teórica que yo había tenido en el segundo año, una hebrea gorda de apellido Kleiman que me miraba igual cuando yo no podía resolver sus ecuaciones complejas y ridiculizaba con dos palabras al estudiante amedrentado por sus grandes ojos negros.
Lo que restaba era apartarme. Apartar los ojos y la cara y seguir el juego con otra gente que había entrado al salón, una pareja nórdica (después supe que eran especialistas finlandeses que viajaban hacia los campos de petróleo de Nízhniy Nóvgorod a cumplir con un contrato millonario de la compañía Sievernieftprom) de edad mediana que se sentó cerca y abrió un mapa de Rusia Central. El juego funcionó cuando los oí hablar en su idioma. Descarté a los polacos y a los húngaros y fue fácil abordarlos en inglés. Me alejé de La Gioconda que barría el salón con mirada de Sofía Loren y me fui a tomar café con los escandinavos en el salón del segundo piso. Ya era de noche y la conversación se tornó intensa. Una parte importante del juego (parte fundamental, por si alguien quiere hacer lo mismo) consistía en apartarse de los temas folklóricos (nunca se debía preguntar si les gustaba el país. Esa era una pregunta que predisponía a los extranjeros. Si les gustaba la ciudad y la gente ellos mismos buscarían la oportunidad para decirlo) y concentrarse en aquellos temas de interés general. La profesión, por ejemplo, era el tema mejor.
Lo habíamos comprobado en el Skvier de Tashkent una tarde en que andábamos Landy, Reinaldo Méndez y yo sin un centavo en el bolsillo y mirábamos las piernas de las muchachas que bajaban por el bulevar a tomarse un helado en el Café Molochniy. Landy estudiaba Ingeniería Civil y dominaba muy bien los temas de la construcción. Un grupo de turistas españoles subía a pie desde el restorán Shajtiar. Landy entrevió la oportunidad de hacer el juego (lo había aprendido por su cuenta con alguna armenia del reparto Visokovóltniy que anduvo un tiempo con él en el invierno, una de esas mujeres que sólo era posible encontrar en una ciudad de razas mezcladas como Tashkent. Parecía moldeada de manera especial dentro de su cubierta muy poco común de piel canela y grandes ojos verdes, y cantaba las canciones de Alla Pugachova con verdadero sentimiento y con una entrega que la hacía llorar en los momentos más sublimes) era un juego diferente al mío, pero era el mismo juego. Abordamos a los españoles en la esquina de la tienda universal y ellos se mostraron contentos de encontrar hispanohablantes en el centro de Asia. El juego parecía ir bien y los españoles nos invitaron a tomar cerveza cara en la terraza del hotel. Hablábamos del tiempo y las mujeres, de la imposibilidad de comprar cigarros Ducados en ninguna tienda de la ciudad, de la mezcla rara de rusos y tártaros de la estepa, de las adivinadoras gitanas que arrastraban a sus hijos entre las mesas blancas de la terraza, y de tanta gente y tantos rostros diferentes en la calle. Los españoles se mostraban interesados y dispuestos, pero entonces Landy preguntó si les gustaba el país, si habían mirado, por ejemplo, los minaretes de las Cúpulas Azules y las casas de barro del Stariy Gorod, o acaso la mole de concreto del Hotel Cosmos y la extraña maravilla que era el Alaiskiy Bazar, y los españoles nos miraron con recelo y dijeron que todo eso estaba bien. Pero se recogieron un poco y recordaron de pronto que tenían otra excursión planificada a la estación Usbekistánskaya y a la Dirección General del Metro, a donde nosotros, por supuesto, no podíamos ir por tratarse de un acto oficial y otras razones comprensibles.
–España, uno; Cuba, cero –dijo Reinaldo Méndez parafraseando al fútbol.
Esa tarde aprendí que uno debía jugar su propio juego y no dejarse llevar por las reglas de otro. Seguí andando con Landy y con Reinaldo, sin embargo, pero en algún momento los dejaba solos y me iba al barrio estudiantil a buscar a Dilya y pasábamos las tardes de domingo mirando las comedias de Adriano Chelentano en el cine Saravshán.
–Tienes que aprender de Chelentano –decía Dilya–. Ese es un pícaro con suerte. Tienes que aprender de él, y tienes que saber diferenciar los acentos y las inflexiones regionales.
Lo decía por esa extraña mezcla de razas y dialectos que existía en Tashkent. La vieja ciudad uzbeca se había poblado con personas de todas las repúblicas después del terremoto. El ruso funcionaba como idioma común. Los tártaros de Kazán se mezclaron con los kalmucos de Siberia. Los uigures de la frontera se casaron con muchachas de Armenia. Los hebreos de grandes ojos negros habían perdido su castidad ancestral, habían sucumbido a los ofrecimientos de la vida y se habían mezclado con bashkires, con coreanos y con osetios. Los rusos puros ya no eran rusos puros y la ciudad exhibía una agradable visión de piel variada y ojos que miraban desde sus pupilas verdes, azules, negras y color café, todo en una fuerte procesión de lenguas diferentes y costumbres enraizadas que iban cambiando con el tiempo y mezclándose a su vez con la nueva oleada de estudiantes africanos, persas y latinos que llegaba a la ciudad.
–Pero tienes que aprender a diferenciar los acentos –decía Dilya–. Tienes que hablar el idioma tan perfecto y claro como el discurso impoluto de los habitantes de Yunus Abad, que son rusos puros porque llegaron hace poco y no se han mezclado todavía. Y tienes que imitar perfectamente el habla casi gutural de los trabajadores de la estación de descarga del ferrocarril central de Tashkent, que llegaron aquí en los tiempos de la reconstrucción después del terremoto y ya han tenido que variar sus costumbres y su forma de hablar.
La cuestión del idioma era una herramienta fundamental. Dilya Karímova, una tártara de veintidós años que estudiaba idiomas en la universidad, me enseñó eso. Ella hablaba uzbeco, ruso, inglés, tártaro, alemán, moldavo, algo de hebreo, bastante de francés, italiano suficiente, kazajo, persa y español en su variante insular americana. Ella podía discernir entre dos pieles y dos tonalidades de los ojos. Ella tenía ese don extraño que sólo abunda en las fronteras y en los lugares que por siglos han servido de puente entre las civilizaciones.
Siendo especialistas del petróleo, los finlandeses se abrieron ante la mención de los campos inexplorados del Altai, los nuevos gasoductos presurizados que atravesaban toda la parte oriental de Siberia, las estaciones de bombeo equipadas con sistemas automáticos de descarga. Ya habíamos consumido bastante (los tres, en una forma abierta y fácil de ordenar cerveza y entremés de jamón sin cuidarse demasiado de quién pagaría por todo) cuando llegó su turno de volar. Me dejaron sus teléfonos y sus vías de contacto. Algo de dinero también, para el café y los cigarros. Era noche avanzada en las llanuras verdes de Podmoscovie. Cuando volví a mi puesto en el salón del primer piso ya el sol comenzaba a iluminar el mundo hacia el oriente. Busqué a La Gioconda entre los pasajeros que dormían en el salón, pero no la vi. Debía estar en el restorán del aeropuerto comiendo hongos con cebollas (plato raro e insípido que los extranjeros perseguían cuando estaban en Rusia). O quizá había decidido pasar la noche en el hotel de tránsito y tomar una ducha y dormir las pocas horas que quedaban hasta que su avión partiera.
Me entretuve tratando de hacer el juego con otros pasajeros. Unos turcos se sentaron cerca y no me hicieron caso. Una pareja de monjes ortodoxos discutían algo en un idioma incomprensible. Me hicieron recordar a un matrimonio que encontré alguna vez bajo las pérgolas del segundo piso del hotel Uzbekistán. Los confundí con rumanos y se pusieron bravos.
–Somos vascos, coño –dijo el hombre, y después dejó claro que estaba hasta los pelos de gente como yo, de jovencitos tártaros que asediaban a los turistas para cambiar rublos rusos por divisas de Occidente. Quizá yo parecía un tártaro (muchas veces la gente me hablaba en tártaro o en uzbeco y cambiaban al ruso cuando descubrían el error. Incluso Dilya me presentaba a sus amigos como un tártaro de las colinas negras de Kazán que hablaba el ruso con el acento inconfundible de la estepa. Dilya decía que no había ninguna diferencia entre un tártaro y yo) O quizá yo parecía un osetio o un afgano. Para mucha gente yo era un afgano cuando andaba con Reinaldo porque hablábamos una lengua incomprensible y Reinaldo era trigueño y tenía la nariz afilada de los persas.
Hubo una noche de diciembre en que un grupo de uzbecos drogados con hatchís nos confundió con afganos en el trolebús. Reinaldo pudo huir por una ventanilla, pero yo pagué las culpas y los muertos de la guerra en aquel país vecino. La invasión soviética terminaba ya. Las tropas regresaban a sus bases del Círculo del Turquestán. Casi todos los soldados eran uzbecos por ser esa república el territorio más cercano a Afganistán. En el camino de regreso fueron hostigados por los talibs desde los campamentos de Kabul hasta la frontera. Muchos soldados murieron al detonar una mina. El deseo de desquitarse se hizo fuerte entre los jóvenes y comenzó en Tashkent una verdadera cacería de afganos. Me cazaron también esa noche de diciembre y me dejaron muerto (casi muerto, chorreando sangre por la nariz y por la boca, con una herida de destornillador o de kinzhal sobre la sien derecha y con suficientes golpes en la cabeza como para mandarme directo al cielo o al infierno) bajo las luces de neón del cine Iskra en el Stariy Górod, la zona vieja, peligrosa, donde vivían los uzbecos en sus casas ancestrales de adobe y tejas, la única parte de la ciudad que sobrevivió al terremoto de 1966. Me dejaron ahogándome en el charco de mi propia sangre mientras oía las risas y los gritos de hiena de mis ejecutores que anunciaban a los vecinos y a la gente la venganza consumada. Me salvé esa noche porque una rusa de cuarenta años pasaba cerca y se detuvo a investigar de quién era el cuerpo que rezumaba sangre en la cuneta. Se llamaba Liubóv, y después supe que era cirujana de Andizhán y pasaba un curso en el Hospital Docente. Me salvó la vida en un lugar donde la gente hacía muy poco caso de un herido (era común encontrar algún alcohólico muerto en un parque de la calle General Usákov o flotando en el agua fría del Canal Anjor, y era común también que la gente se alejara de cualquier evento oscuro, un muerto o un herido de puñal por cuestiones de dinero, una muchacha rusa violada en plena calle por jovencitos tártaros o la simple víctima de una estafa que amaneciera con los hígados por fuera en los jardines delimitados por setos de arándanos de restorán Dom Kinó) y nadie quería meterse en los problemas de nadie.
Y es que el juego a veces se volvía en mi contra y lo que parecía una ventaja terminaba por convertirse en trampa. El juego podía reservar una sorpresa desagradable. El escenario variaba rápidamente y los protagonistas actuaban en consecuencia. Se tomaba una salida imprevista y entonces todo salía mal, con desenlaces imprevisibles y muchas razones para ocultarse un tiempo mientras las cosas se arreglaban. Dilya Karímova me había dicho que tomaba tiempo acostumbrarse y jugar bien.
–Jugar bien, eso es lo importante –decía Dilya cuando estábamos una tarde de primavera avanzada bajo los sauces llorones del parque Yuri Gagarin, cerca del Canal Anjor, cuando me explicaba las diferencias entre el nogal común y el nogal griego, y entre la encina mediterránea y la encina de Israel, y entre los abedules de la taigá, de hojas grandes como la mano de un hombre, y el pobre abedul de la estepa, tan descolorido y mustio en el mejor de los veranos–. Jugar bien significa conocer las cosas. Las posibilidades. Las variantes que pueden surgir en una u otra situación. Saber las diferencias, por ejemplo, entre las hojas caídas de los árboles en el otoño. Determinar si son de roble o de nogal. Apartar el amarillo y el ocre intenso de la encina y admirar el verde muerte del ciprés. Sólo así podrás jugar como se debe. Y lo harás. Estoy segura que lo harás. Uno está obligado a jugar hasta donde se pueda, y, lo más importante, uno tiene que saber en qué momento debe retirarse.
Continua... |