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II
Aunque la palabra crisis no sea ciertamente la más apropiada para caracterizar los singularísimos sucesos que hemos venido narrando, visto que sería absurdo, incongruente y atentatorio contra la lógica más ordinaria que se hable de crisis en una situación existencial justamente privilegiada por la ausencia de la muerte, se comprende que algunos ciudadanos, celosos de su derecho a una información veraz, anden preguntándose a sí mismos, y unos a otros, qué diablos pasa con el gobierno que hasta ahora no dio la menor señal de vida. Es cierto que el ministro de salud, interpelado de pasada en el breve intervalo entre dos reuniones, había explicado a los periodistas que, teniendo en consideración la falta de elementos de juicio suficientes, cualquier declaración oficial sería forzosamente prematura, Estamos recopilando informaciones que nos llegan de todo el país, agregó, y realmente en ninguna de ellas se mencionan fallecimientos, pero es fácil imaginar que, tomados de sorpresa como todo el mundo, aún no estemos preparados para enunciar una primera idea sobre los orígenes del fenómeno y sobre sus implicaciones, tanto las inmediatas como las futuras. Se podría haber quedado ahí, lo que, tomando en cuenta las dificultades de la situación, sería motivo para agradecer, pero el conocido impulso de recomendar tranquilidad a las personas venga o no a cuento, de mantenerlas calmadas en el redil sea como sea, ese tropismo que en los políticos, en particular si son gobierno, se convirtió en una segunda naturaleza, para no decir automatismo, lo llevó a rematar la conversación de la peor manera, Como responsable de la cartera de salud, aseguro a cuantos me escuchan que no existe ningún motivo de alarma, Si bien entendí lo que acabo de escuchar, observó un periodista en tono que no quería parecer demasiado irónico, en opinión del señor ministro no es alarmante el hecho de que nadie esté muriendo, Exacto, aunque con otras palabras, fue eso mismo lo que dije, Señor ministro, permítame que le recuerde que todavía ayer había personas que morían y a nadie le pasaría por la cabeza que eso fuera alarmante, Es natural, la costumbre es morir, y morir sólo se vuelve alarmante cuando las muertes se multiplican, una guerra, una epidemia, por ejemplo, Esto es, cuando se salen de la rutina, Podría decirse así, Pero, ahora que no se encuentra quien esté dispuesto a morir, es cuando el señor ministro viene a pedirnos que no nos alarmemos, convendrá conmigo en que, por lo menos, es bastante paradójico, Fue la fuerza de la costumbre, reconozco que el término alarma no debería haber sido aplicado en este caso, Qué otra palabra usaría entonces el señor ministro, le hago la pregunta porque, como periodista consciente de mis obligaciones que me precio de ser, me preocupa emplear el término exacto siempre que sea posible. Ligeramente molesto con la insistencia, el ministro respondió secamente, No una, sino cuatro, Cuáles, señor ministro, No alimentemos falsas esperanzas. Habría sido, sin duda, un bueno y honesto cintillo para el periódico del día siguiente, pero el director, después de consultar con su redactor jefe, consideró no aconsejable, también desde el punto de vista empresarial, lanzar ese balde de agua fría sobre el entusiasmo popular. Póngale lo mismo de siempre, Año Nuevo, Vida Nueva, dijo.
En el comunicado oficial, finalmente difundido ya entrada la noche, el jefe de gobierno ratificaba que no se había registrado ninguna defunción en todo el país desde el comienzo del año nuevo, pedía sensatez y sentido de responsabilidad en las evaluaciones e interpretaciones que del extraño hecho se fueran a elaborar, recordaba que no se podía excluir la hipótesis de que se tratara de una casualidad fortuita, de una alteración cósmica meramente accidental y sin continuidad, de una conjunción excepcional de coincidencias intrusas en la ecuación espacio-tiempo, pero que, por sí o por no, ya se habían iniciado contactos exploratorios con los organismos internacionales competentes encaminados a habilitar al gobierno para una acción que sería tanto más eficaz cuanto más coordinada fuera. Enunciadas estas vaguedades pseudocientíficas, destinadas ellas también a tranquilizar, por lo incomprensible, el alboroto que reinaba en el país, el primer ministro terminaba afirmando que el gobierno se encontraba preparado para todas las eventualidades humanamente imaginables, decidido a enfrentar con valentía y con el indispensable apoyo de la población los complejos problemas sociales, económicos, políticos y morales que la extinción definitiva de la muerte inevitablemente suscitaría, en el caso, que todo parece indicar como previsible, de que se confirme. Aceptaremos el reto de la inmortalidad del cuerpo, exclamó en tono arrebatado, si esa fuera la voluntad de dios, a quien por siempre agradeceremos, con nuestras oraciones, que haya escogido al noble pueblo de este país como su instrumento. Esto significa, pensó el jefe de gobierno al terminar la lectura, que estamos metidos hasta el pescuezo en una camisa de once varas. No podía imaginar hasta qué punto le iba a apretar el nudo de la corbata. Todavía no había pasado media hora cuando, ya en el automóvil oficial que lo llevaba a casa, recibió una llamada del cardenal, Buenas noches, señor primer ministro, Buenas noches, eminencia, Lo telefoneo para decirle que me siento profundamente molesto, También yo, eminencia, la situación es muy grave, la más grave de cuantas el país tuvo que enfrentar hasta hoy, No se trata de eso, De qué se trata entonces, eminencia, Es deplorable desde todo punto de vista que, al redactar la declaración que acabé de escuchar, el señor primer ministro no se haya acordado de lo que es el basamento, la viga maestra, la piedra angular, la clave de bóveda de nuestra santa religión, Eminencia, perdóneme, temo no comprender adónde quiere llegar, Sin muerte, óigame bien, señor primer ministro, sin muerte no hay resurrección, y sin resurrección no hay iglesia, Diablos, No entendí lo que acaba de decir, repita, por favor, Estaba callado, eminencia, probablemente habrá sido alguna interferencia provocada por la electricidad atmosférica, por la estática, o incluso un problema de cobertura, el satélite a veces falla, decía su eminencia que, Decía lo que cualquier católico, y el señor no es una excepción, tiene obligación de saber, que sin resurrección no hay iglesia, además, cómo se le ocurrió que dios pueda querer su propio fin, afirmarlo es una idea absolutamente sacrílega, tal vez la peor de las blasfemias, Eminencia, yo no dije que dios quería su propio fin, De hecho, con esas palabras exactas no, pero admitió la posibilidad de que la inmortalidad del cuerpo resultara de la voluntad de dios, no será necesario estar doctorado en lógica trascendental para comprender que quien dice una cosa dice la otra, Eminencia, por favor, créame, fue una simple frase de efecto destinada a impresionar, un remate de discurso, nada más, bien sabe que la política tiene tales necesidades, También la iglesia las tiene, señor primer ministro, pero nosotros sopesamos mucho antes de abrir la boca, no hablamos por hablar, calculamos los efectos a distancia, nuestra especialidad, si quiere que le dé una imagen para que comprenda mejor, es la balística, Estoy desolado, eminencia, En su lugar, yo también lo estaría. Como si estuviera midiendo el tiempo que la granada tardaría en caer, el cardenal hizo una pausa, después, en un tono más suave, más cordial, continuó, Me gustaría saber si el señor primer ministro puso la declaración en conocimiento de su majestad antes de leerla a los medios de comunicación social, Naturalmente, eminencia, tratándose de un asunto tan sensible, Y qué dijo el rey, si no es secreto de estado, Le pareció bien, Hizo algún comentario al terminar, Estupendo, Estupendo qué, Fue lo que su majestad me dijo, estupendo, Quiere decir que también blasfemó, No tengo competencia para formular juicios de esa naturaleza, eminencia, vivir con mis propios errores ya es trabajo suficiente, Tendré que hablarle al rey, recordarle que, en una situación como esta, tan confusa, tan delicada, sólo la observancia fiel y sin flaquezas de las probadas doctrinas de nuestra santa madre iglesia podrá salvar al país del horrible caos que se nos viene encima, Su eminencia decidirá, está en su papel, Le preguntaré a su majestad qué prefiere, si ver a la reina madre agonizante para siempre, postrada en un lecho del que no volverá a levantarse, con el inmundo cuerpo reteniéndole indignamente el alma, o verla, por morir, triunfadora de la muerte en la gloria eterna y resplandeciente de los cielos, Nadie dudaría en la respuesta, Sí, pero, al contrario de lo que se cree, no son tanto las respuestas lo que me importa, señor primer ministro, sino las preguntas, obviamente, me refiero a las nuestras, observe que ellas acostumbran tener, al mismo tiempo, un objetivo a la vista y una intención que va escondida detrás, si las hacemos no es sólo para que nos respondan lo que en ese momento necesitamos que los interpelados escuchen de su propia boca, es también para que se vaya preparando el camino a las futuras respuestas, Más o menos como en la política, eminencia, Así es, pero la ventaja de la iglesia es que, aunque a veces no lo parezca, al regir lo que está en lo alto, gobierna lo que está abajo. Hubo una nueva pausa, que el primer ministro interrumpió, Estoy casi llegando a casa, eminencia, pero, si me permite, todavía me gustaría hacerle una breve pregunta, Diga, Qué hará la iglesia si nunca más nadie muere, Nunca más es demasiado tiempo, hasta tratándose de la muerte, señor primer ministro, Creo que no me respondió, eminencia, Le devuelvo la pregunta, qué va a hacer el estado si nunca más se muere nadie. El estado intentará sobrevivir, por más que yo mucho dude que lo vaya a lograr, pero la iglesia, La iglesia, señor primer ministro, se acostumbró de tal manera a las respuestas eternas, que no puedo imaginarla dando otras, Aunque la realidad las contradiga, Nosotros no hemos hecho otra cosa desde el principio que contradecir a la realidad, y aquí estamos, Qué dirá el papa, Si yo lo fuera, dios me perdone la estúpida vanidad de imaginarme tal, mandaría poner inmediatamente en circulación una nueva tesis, la de la muerte diferida, Sin más explicaciones, A la iglesia nunca se le pidió que explicara fuera lo que fuera, nuestra otra especialidad, además de la balística, ha sido neutralizar, por la fe, el espíritu curioso, Buenas noches, eminencia, hasta mañana, Si dios quiere, señor primer ministro, siempre si dios quiere, Tal como están las cosas en este momento, no parece que él lo pueda evitar, No se olvide, señor primer ministro, de que fuera de las fronteras de nuestro país se continúa muriendo con toda normalidad, y eso es una buena señal, Depende del punto de vista, eminencia, acaso allá fuera estén mirándonos como un oasis, un jardín, un nuevo paraíso, O un infierno, si fueran inteligentes, Buenas noches, eminencia, le deseo un sueño tranquilo y reparador, Buenas noches, señor primer ministro, si la muerte decidiera regresar esta noche espero que no se le ocurra ir a escogerlo a usted, Si la justicia en este mundo no es una palabra vana, la reina madre deberá ir primero que yo, Prometo que no lo denunciaré mañana ante el rey, Cuánto se lo agradezco, eminencia, Buenas noches, Buenas noches.
Eran las tres de la mañana cuando el cardenal tuvo que ser llevado al hospital con un ataque de apendicitis aguda que obligó a una inmediata intervención quirúrgica. Antes de ser succionado por el túnel de la anestesia, en aquel instante veloz que precede a la pérdida total de la conciencia, pensó lo que tantos otros han pensado, que podría llegar a morir durante la operación, después se acordó de que eso ya no era posible y, finalmente, en un último destello de lucidez, todavía le pasó por la mente la idea de que si, a pesar de todo, muriera, eso significaría que habría, paradójicamente, vencido a la muerte. Arrebatado por una irresistible ansia sacrificial, iba a implorar a dios que lo matara, pero ya no fue con tiempo de poner las palabras en orden. La anestesia lo salvó del supremo sacrilegio de querer transferir los poderes de la muerte hacia un dios más generalmente conocido como dador de la vida.

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