
Las intermitencias de la muerte
José Saramago
En un país sin nombre, de pronto ocurre algo extraordinario: las personas dejan de morir. ¿Cuántos problemas traerá consigo esta nueva realidad? Con su reconocida mirada literaria, social y política, José Saramago nos entrega en esta novela –Las intermitencias de la muerte, que la Editorial Arte y Literatura ofrecerá a nuestros lectores en la próxima Feria Internacional del Libro– una sátira de nuestro mundo y de la propia existencia humana.
De José Saramago (Portugal, 1922), Premio Nobel de Literatura en 1998, se han publicado en Cuba, entre otras, las novelas Memorial del convento, Historia del cerco de Lisboa, El evangelio según Jesucristo y Ensayo sobre la ceguera.
Al día siguiente no murió nadie. El hecho, por absolutamente contrario a las normas de la vida, causó en los espíritus una perturbación enorme, efecto a todas luces justificado, basta que recordemos que no había noticia en los cuarenta tomos de la historia universal, ni siquiera un caso para muestra, de que fenómeno semejante hubiera ocurrido alguna vez, que pase un día completo, con todas sus pródigas veinticuatro horas, contadas entre diurnas y nocturnas, matutinas y vespertinas, sin que hubiera ocurrido un fallecimiento por enfermedad, una caída mortal, un suicido llevado a buen término, nada de nada, lo que se dice nada. Ni siquiera uno de esos accidentes de tránsito tan frecuentes en ocasiones festivas, cuando la alegre irresponsabilidad y el exceso de alcohol se desafían mutuamente en las carreteras para decidir sobre quién logrará llegar a la muerte en primer lugar. El fin de año no había dejado tras de sí el habitual y calamitoso reguero de funerales, como si la vieja Átropos de dentadura amenazadora hubiera decidido enfundar la tijera por un día. Sangre, no obstante, hubo, y no poca. Alucinados, confusos, afligidos, dominando a duras penas las náuseas, los bomberos extraían de la amalgama de los destrozos míseros cuerpos humanos que, según la lógica matemática de las colisiones, deberían estar muertos y bien muertos, pero que, a pesar de la gravedad de las heridas y de los traumatismos sufridos, se mantenían vivos y así eran transportados a los hospitales, al compás de las desgarradoras sirenas de las ambulancias. Ninguna de esas personas moriría por el camino y todas desmentirían los más pesimistas pronósticos médicos, Ese pobre diablo no tiene ningún remedio, ni vale la pena perder el tiempo operándolo, decía el cirujano a la enfermera, mientras esta le ajustaba la mascarilla a la cara. Realmente, tal vez no hubiera salvación para el infeliz el día anterior, pero lo que quedaba claro es que en este la víctima se negaba a morir. Y lo que sucedía aquí sucedía en todo el país. Hasta la medianoche en punto del último día del año todavía hubo gente que aceptó morir en el más fiel acatamiento a las reglas, sea las que se referían al fondo del asunto, esto es, que se acabe la vida, sea las relativas a las múltiples modalidades de que él, el referido fondo del asunto, con mayor o menor pompa y solemnidad, acostumbra revestirse cuando llega el momento fatal. Un caso sobre todos interesante, obviamente por tratarse de quien se trataba, fue el de la ancianísima y veneranda reina madre. A las veintitrés y cincuenta y nueve minutos de aquel día treinta y uno de diciembre nadie sería tan ingenuo que apostara un cabo de cigarro por la vida de la real señora. Perdida toda esperanza, rendidos los médicos a la implacable evidencia, la familia real, jerárquicamente dispuesta alrededor del lecho, esperaba con resignación el postrer suspiro de la matriarca, acaso unas palabritas, una última sentencia edificante con vistas a la formación moral de los amados príncipes, sus nietos, tal vez una bella y pulida frase dirigida a la siempre ingrata retentiva de los súbditos venideros. Y después, como si el tiempo se hubiera detenido, no sucedió nada. La reina madre ni mejoró ni empeoró, se quedó allí como suspendida, balanceando el frágil cuerpo al borde de la vida, amenazando a cada instante caer hacia el otro lado, pero atada a este por un tenue hilo que la muerte, sólo podía ser ella, no se sabe por qué extraño capricho, continuaba sosteniendo. Ya habíamos pasado al día siguiente y en él, como se informó ya desde el comienzo de este relato, nadie moriría.
La tarde andaba ya muy adelantada cuando comenzó a correr el runrún de que, desde la llegada del nuevo año, más exactamente desde las cero horas de este día primero de enero en que estamos, no había constancia de que se hubiera producido en todo el país aunque fuera un solo fallecimiento. Se podría pensar, por ejemplo, que el rumor hubiera tenido origen en la sorprendente resistencia de la reina madre a desistir de la poca vida que aún le quedaba, pero la verdad es que el habitual parte médico distribuido por el gabinete de prensa del palacio a los medios de comunicación social no sólo aseguraba que el estado general de la real enferma había experimentado visible mejoría durante la noche, sino también daba a entender, escogiendo cuidadosamente las palabras, hasta la posibilidad de un completo restablecimiento de la importantísima salud. En su primera aparición, el rumor también podría haber salido con toda naturalidad de una agencia de pompas fúnebres, Por lo visto, nadie está dispuesto a morir el primer día del año, o de un hospital, Aquel tipo de la cama veintisiete no acaba de decidirse, o del portavoz de la policía de tránsito, Es un auténtico misterio que, habiendo ocurrido tantos accidentes en las carreteras, no haya ni siquiera un muerto para ejemplo. El runrún, cuya fuente primigenia nunca se descubrió, sin que, por otra parte, a la luz de lo que sucedería después, eso importara mucho, no tardó en llegar a los periódicos, a la radio y a la televisión, e hizo espabilar inmediatamente las orejas a directores, adjuntos y jefes de redacción, personas no sólo preparadas para olfatear a distancia los grandes acontecimientos de la historia del mundo, sino también entrenadas en el sentido de hacerlos todavía mayores siempre que les convenga. En pocos minutos, ya estaban en la calle decenas de reporteros haciendo preguntas a cuanto fulano se les pusiera enfrente, al mismo tiempo que en las enfebrecidas redacciones las pizarras telefónicas se agitaban y vibraban en idénticos frenesís indagadores. Se hicieron llamadas a los hospitales, a la cruz roja, a la morgue, a las funerarias, a las policías, a todas ellas con la comprensible exclusión de la secreta, pero las respuestas iban a dar a las mismas lacónicas palabras, No hay muertos. Más suerte tendría aquella joven reportera de televisión a quien un transeúnte, mirando alternativamente hacia ella y hacia la cámara, contó un caso vivido en persona y que era la exacta copia del ya citado episodio de la reina madre, Estaba justamente dando la medianoche, dijo, cuando mi abuelo, que parecía estar ya a punto de morirse, abrió de repente los ojos antes de que sonara la última campanada en el reloj de la torre, como si se hubiera arrepentido del paso que iba a dar, y no murió. La reportera quedó a tal punto trastornada con lo que acababa de oír que, sin atender a protestas ni súplicas, Señora mía, por favor, no puedo, tengo que ir a la farmacia, el abuelo está allá esperando la medicina, empujó al hombre dentro del móvil de reportajes, Venga, venga conmigo, su abuelo ya no necesita medicinas, gritó, y enseguida ordenó arrancar hacia el estudio de televisión, donde en ese preciso momento se estaba preparando todo para un debate entre tres especialistas en fenómenos paranormales, a saber, dos brujos calificados y una famosa vidente, convocados a toda prisa para que analizaran y dieran su opinión sobre lo que ya se empezaba a llamar, por algunos graciosos de esos que nada respetan, la huelga de la muerte. La confiada reportera laboraba en la más lamentable de las equivocaciones, puesto que había interpretado las palabras de su fuente de información como que significaban que el moribundo, en sentido literal, se había arrepentido del paso que estaba a punto de dar, esto es, morir, partirse, estirar la pata, y en consecuencia había decidido dar marcha atrás. No obstante, las palabras que el feliz nieto había pronunciado efectivamente, Como si se hubiera arrepentido, eran radicalmente diferentes de un perentorio Se arrepintió. Unas cuantas luces en sintaxis elemental y una mayor familiaridad con las elásticas sutilezas de los tiempos verbales habrían evitado el quid pro quo y la consecuente invectiva que la pobre muchacha, roja de vergüenza y humillación, tuvo que soportar de su jefe inmediato. Mal podrían imaginar, él y ella, que la dichosa frase, repetida en directo por el entrevistado y nuevamente escuchada en grabación en el telediario de la noche, se comprendería de la misma equivocada manera por millones de personas, lo que tendrá como desconcertante consecuencia, en un futuro muy próximo, la creación de un movimiento de ciudadanos firmemente convencidos de que por la simple acción de la voluntad será posible vencer a la muerte y que, por consiguiente, la inmerecida desaparición de tanta gente en el pasado se había debido sólo a una censurable debilidad de volición de las generaciones anteriores. Pero las cosas no quedarán por ahí. Una vez que las personas, sin que para ello tengan que hacer algún esfuerzo perceptible, continuarán sin morir, otro movimiento popular de masas, dotado de una visión perspectiva más ambiciosa, proclamará que el mayor sueño de la humanidad desde el principio de los tiempos, esto es, el gozo feliz de una vida eterna aquí en la tierra, se había convertido en un bien para todos, como el sol que nace todos los días y el aire que respiramos. A pesar de que se disputaban, por así decir, el mismo electorado, hubo un punto en que los dos movimientos supieron ponerse de acuerdo, y fue haber nombrado para la presidencia honoraria, dada su prominente cualidad de precursor, al valiente veterano que, en el instante supremo, había desafiado y derrotado a la muerte. Hasta donde se sabe, no se atribuirá particular importancia al hecho de que el abuelito se encuentre en estado de coma profundo y, según todos los indicios, irreversible.
Continua...
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