Felices encuentros

María Elena Llana

Si los cuentos de Nancy Alonso, pensados, elaborados, bien dichos, no tuvieran estos valores, podemos hallar en ellos la decisión de abordar el mundo homoerótico sin tapujos, como hecho en sí que puede prescindir de intelectualizaciones, cualquiera sea su signo.Con esto cuenta su libro Desencuentros (Ediciones Unión, 2009) cuenta este elemento como valor raigal en las anécdotas de la mayoría de los doce relatos que lo integran, centrados más que en la sexualidad, en el entorno sicológico y emocional de sus personajes.

El citado desembozamiento se precisa en el caso del hombre maduro que valora desde la pasión y el sentido común su relación con un alumno. Y en la mujer que besa dulcemente a su compañera en los labios, sin saber que un malentendido ha minado la relación. Todo dicho sin fanfarrias.

Justo por la pulcritud de los ambientes, que avala la instalación del tema en el imaginario cotidiano de la mayoría de los lectores, Desencuentros resulta un libro hermoso en su valentía.

No hay que ir a una ciudadela en vías de derrumbe o arriesgarse por una calle maloliente donde se trafica con todo, para encontrar esta manifestación del erotismo que, por el contrario, puede codearse con preocupaciones tan delicadas como la celebración de un aniversario amoroso. Es decir, tan cerca de la vida de pareja socialmente pautada, que se confunde con ella.

Lo mismo puede decirse del lenguaje, que partiendo de la fuente del idioma bien manejado, llevado a los fines específicos de cada relato, nos resulta familiar, sin préstamos de la marginalidad y sin más violencia que la de los sentimientos heridos o maltratados real o imaginariamente.

Sin estridencias, Nancy Alonso parece hablarnos confidencialmente, “contarnos” en el más estricto sentido de la palabra, manejando su osadía como fondo más que como forma, para lograr impactos como el cuento “Confesión” que lleva el tema del amor materno a extremos de difícil valoración. Y no es que la autora no quiera “choquear” al lector, sino que sabe dosificarle sus propuestas como parte integral de una anécdota, sin tremendismos gratuitos.

Y justo el tono coloquial se torna clarinada en la implicación social de “Créditos finales”, que advierte sobre la existencia de derechos hasta ahora legalmente desamparados:

Mientras esperan que una vieja lesbiana muera, los parientes preparan la forma de desalojar a su pareja de la casa en que han vivido juntas durante años. Para dar el golpe, cuentan a su favor que la sobreviviente, “presa del más profundo abatimiento”, ni lo sospecha.

Llegada a la narrativa tras ejercer su profesión de bióloga durante años, en esta autora se aprecia un ascenso ininterrumpido en el manejo de los recursos del género.

Nancy Alonso sabe lidiar con sus estructuras sin sobrevalorarlas y es capaz de sorprender con los buenos finales que caracterizan al cuento desde sus albores, de lo que es buen ejemplo “Aniversario”, cuya anécdota maneja, sin mostrar una sola costura, hasta revertirla totalmente en un final sorpresivo.

Otra característica de este volumen y, en general, de la obra de Nancy Alonso, es su estrecho vínculo con el acontecer nacional, en zonas que pueden considerarse límites, como el internacionalismo o la bifurcación familiar, si bien ninguno de los dos aspectos está magnificado, ni mucho menos retorizado.

En “Domicilio desconocido”, el rol protagónico se le asigna a la nostalgia, que el autobiográfico personaje se siente obligado a prefabricarse en vísperas de una misión en África. Esta circunstancia ensanchará su percepción del ser cubano, la noción de la identidad común sobre cualquier contingencia.

El punto de vista salta de párrafo en párrafo, en “La paciente”, en dos introspecciones simultáneas sobre una misma base de desencuentro, con la muerte en acecho para que ya nada pueda ser, una forma de “malgastar el precioso tiempo de la vida”, según feliz acotación de Villiers de L´isle-Adam en su cuento “Vera”, joya al fin obsequiada al lector cubano en reciente antología de Alberto Garrandés.

Se trata, en este caso específico, de una intertextualidad, más válida cuanto menos deliberada, pues se desliza por cauces tan inasibles como el planteamiento de la autora y el eco que puede despertar en el lector, condicionado por sus propias lecturas.

“Mala suerte” también redimensiona temas banalizados como el gato negro y el martes trece, al llevarlos a un azar mayor, imprevisible, que parece desembocar en la indefensión del ser humano ante misterios enmascarados en lo cotidiano.

En general, Nancy nos invita al análisis sucesivo con una simple observación: “un rostro anodino hasta en su carencia de fealdad”. O en una situación concreta: las penurias de la mujer ante el machismo, “ya sea cristiano o musulmán”.

Ah, y como según refiere la autora en uno de sus relatos “mis amigos dicen que hago los cuentos interminables”, baste recordar que eso forma parte de la “macumba”, el arte de contar del narrador tribal, algo que precisamente demuestra la riqueza de la fuente.

Los anteriores libros de Nancy Alonso son Tirar la primera piedra (1997) y Cerrado por reparación (2002), que posteriormente tuvo una traducción al inglés. Y aunque esta nueva entrega se llame Desencuentros, la autora se está garantizando con él que el lector quiera seguir esperando otros felices encuentros con su literatura.

Energía contracorriente para la divulgación científica

Rogelio Manuel Díaz Moreno

Los dos últimos trabajos del profesor José Altshuler, ingeniero y doctor en ciencias, (La Habana, 1929) continúan la labor encomiable de acercar información y conocimiento a todo el público interesado. Dan, además, fe de la amplitud de sus objetivos: Nadadores a contracorriente, aparecido bajo el sello de la Editorial Científico-Técnica, aborda aristas particulares de hombres de suma celebridad; por otro lado, La Energía y el hombre. Los primeros tiempos llega con la complicidad de la editorial Gente Nueva para ofrecer al público joven un panorama histórico simplificado sobre el empleo y aprovechamiento de las fuentes de energía por parte de las civilizaciones humanas, desde sus inicios hasta los albores de la Revolución Industrial.

El tema de la ética y los sabios ha desvelado a muchas personas de arrestos filosóficos. La idea más común, poco afortunada desde el punto de vista de este servidor, es que los sesudos tienden a ensimismarse en las nubes de la ciencia abstracta, indiferentes a la influencia de su obra sobre el bienestar del género humano. Para mayor desdicha, la imagen del científico loco, presa de un delirio maligno o al servicio de una potencia del mal, ha producido pingües dividendos al cine comercial y una pésima propaganda a la comunidad científica.

Menos conocidas entre los profanos son las posturas de principios humanistas que han sostenido figuras prestigiosas, con frecuencia merecedoras del premio Nobel y otros renombrados galardones. Una apreciación más integral de los legados de matemáticos, físicos, químicos, permitiría una mejor percepción de las huellas dejadas por algunas de estas personalidades en nuestras culturas y sociedades.

Este es el hilo conductor de Nadadores a contracorriente: poner de relieve aspectos y aportes éticos de algunas figuras por las que Altshuler siente especial estima y que unieron al trascendente impacto de sus contribuciones científicas, actitudes loables en el terreno de los valores humanos. Estos caracteres se manifestaron en un amplio diapasón de épocas y sociedades, desde el renacentista Leonardo de Vinci hasta el físico nuclear y premio Nobel de la Paz de 1995, Joseph Rotblat. Sobresalen las agudas contradicciones que acosaron a estos intelectuales, hasta el punto que varios de ellos estuvieron envueltos en proyectos ingenieriles y militares, mientras en su fuero interno anhelaban y públicamente exhortaban al uso pacífico y constructivo de las fuerzas naturales que contribuían a someter.

Niels Bohr y Albert Einstein fueron otras dos luminarias que no podían faltar en esta constelación. Los aportes a la física de estos colosos los consagran en la memoria de nuestra sociedad, junto con el reconocimiento por las ardientes arengas en pro de la paz y la fraternidad entre las naciones que sostuvieron a lo largo de sus vidas. De esta manera, a pesar de la seria influencia que sus aportes científicos tuvieron en el nacimiento de las armas atómicas, dejaron un legado de honestidad y responsabilidad social a expensas de amargos enfrentamientos con las fuerzas reaccionarias del mundo. Ambos mostraron notable entereza moral, entereza que se tornó en fuente de muchas lecciones para las personas del presente y el futuro.

Concluye Altshuler su relación con otro hombre excepcional, si bien no era estrictamente un científico. Esta otra persona poseía una poesía propia maravillosa y, aún así, encontraba una mayor en los libros de ciencia. De José Martí se recoge en este acápite una frase que sintetiza, como pocas, la vocación universal del héroe nacional cubano y que no podemos menos que admirar: “La felicidad existe sobre la tierra; y se la conquista con el ejercicio prudente de la razón, el conocimiento de la armonía del universo, y la práctica constante de la generosidad.”

Con Nadadores a contracorriente, José Altshuler nos ha aportado un meritorio argumento respecto a un consenso que paulatinamente se impone: la familiaridad con la ciencia y la técnica ocupan un lugar de tanta importancia para la civilización como los temas de artes y humanidades. Conocimiento y ética, es el llamado imperativo, han de ir de la mano.

El otro título mencionado, La energía y el hombre. Los primeros tiempos, es un cuaderno modesto, dirigido a los “locos bajitos”. En sus páginas se realiza una apretada síntesis del uso de las fuentes energéticas que el hombre ha puesto a su disposición, desde los tiempos prehistóricos hasta los principios de la Revolución Industrial en el siglo XVIII. Altshuler relaciona las fuerzas con que contó la especie en distintos periodos, desde que solo podía confiar en su musculatura, pasando por el descubrimiento y aprovechamiento de las ventajas del fuego, el auxilio que encontró en la domesticación de animales y el sistemático desarrollo de técnicas y herramientas en la actividad económica.

Ailín Parra Llorens tuvo a cargo la delicada tarea de editar La energía y el hombre…; y José Medina Soto se encargó de aportar las numerosas imágenes, elemento tan agradecido por el público al que se dirige. El ilustrador combinó acertadamente estilos asociados con las distintas épocas y fenómenos abordados, para lograr el mejor resultado posible acorde a la modesta factura del volumen. Siempre es de desear que textos como este, en la medida de las posibilidades de las editoriales, se realicen con un grado de atractivo visual superior, con lo que logran captar las fantasías e inteligencias de los niños y niñas, encauzándolas hacia el cultivo de sus mejores aptitudes. El talento de los creadores está demostrado.

Continua...