Pedro Juan Gutiérrez

Víctor Fowler

Aunque mucho más conocido por su obra como narrador, Pedro Juan Gutiérrez es poeta de larga trayectoria. La obra narrativa de Pedro Juan, fuertemente conectada con la literatura picaresca del medioevo español, rastrea ambientes en los que predominan lo derruido, escatológico, el grotesco y donde el cuerpo es envuelto en una continua espiral de violencia y sexo. La obra poética presenta no pocos de los anteriores elementos, mas aquí lo principal es la voz reflexiva del autor. Donde una voluntad expone y despliega monstruosidad, la otra se concentra en la pequeñez de detalles y construye al sujeto como un ente que filosofa la realidad que le rodea. Escritor-viajero, los textos de Pedro Juan suelen llevar al pie el nombre y fecha de las ciudades donde el poema fue escrito; un espacio externo que encuentra transparente oposición en otras dos zonas de su poesía, la que retrata ambientes de la Centro Habana donde vive y la que bucea en momentos de la infancia y el pasado familiar. Esta última, en particular, suele llevar asociada la reflexión sobre la muerte y necesita ser conectada con la escritura poética del erotismo, quizás la cuarta zona dentro de la cual esta poesía trabaja.

En el poema “Oh mi libido exacerbada me arrastra”, de Pedro Juan Gutiérrez, el erotismo es construido desde la memoria de acontecimientos de la niñez del autor. La imagen de la primera mujer hacia la que experimentó atracción sexual, resulta renacer en cada mujer nueva que encuentra a lo largo de su vida. Puesto que aquella tenía “mucho vello negro en las axilas”, el autor requiere de las mujeres de su vida que no se rasuren tampoco ellas las axilas, “aunque sea por unos días” y ellas le responden que es “un puerco”. A primera vista, es claro que el poema habla del erotismo en una triple dimensión, pues si bien atraviesa la escena toda correspondiente al pasado y se extiende encima del presente, hay una complejidad nueva cuando consideramos que la continua re-actualización de la infancia (que el personaje nos describe que ha sido su vida erótica) ocurre a la vez que nos distanciamos de allí; dicho de otro modo, el poema, realidad, nos habla del reverso del erotismo: la muerte, el punto donde aquellos amantes que fueron imposibilitados por la edad (la mujer ni siquiera conoció el atractivo que ejercía sobre el niño) volverán a reunirse. El ambiente del pasado, signado por la miseria, la soledad y la desesperación (préstese atención al detalle de la mujer cuyo marido “nunca estaba en casa”, que “vivía casi desnuda/ entre el calor y la humedad”, que tiene “dos hijos pequeños” y que, tal vez como un sutil impulso suicida, “A veces se recostaba en la baranda del patio/ a mirar la bahía/ y se perdía durante horas”), es también un componente simbólico de esa muerte, y miseria (de la desposesión absoluta y definitiva) que aguarda a quien escribe.

Ni el deseo encuentra cumplimiento cuando surge en el Ser por ocasión primera, ni podemos recuperar el tiempo; de manera que, entonces, la búsqueda se realiza mediante repeticiones que nunca alcanzan aquella eclosión primera, que sobrevive a cualquier otro episodio de vida. Pero la marca de la desmesura (cinco masturbaciones diarias, semen lanzado a dos metros de distancia) es ambigua porque es tanto afirmación de la vida –cuando los episodios tenían lugar– como aviso de la muerte, dado que no sólo la mujer deseada envejece, sino también el sujeto que hoy rememora y escribe. Según la pequeña teoría erótica aquí contenida, todo deseo presente esconde la carga de aquella primera emanación que no consigue cumplimiento; de modo que cualquier aparente entrega en el presente, transcurre encima de un momento no expresado, de una palabra que jamás se dice y que, hemos de imaginar, pudiera suceder para los dos amantes. ¿Qué erotismo es este que intenta recuperar, a través de cualquier cuerpo actual, la amplitud que supone en el objeto de deseo que no alcanzó?

Si pudiéramos tocar ese deseo pasado, sólo lo haríamos saliendo del presente, de manera que el esquema propone, de modo implícito, un estado de fuga (en dirección a aquello que ya sucedió) y una permanente dispersión (respecto al hoy). ¿Cómo reconciliar ambos movimientos? ¿En qué momento decir que se ha llegado? La sorprendente paradoja es que la plenitud recordada sólo puede volver en la plenitud de ese otro erotismo que es morir; donde no es ya al objeto de deseo a lo que se regresa (el único encuentro posible que –aún cuando sea una imposibilidad– resta, como metáfora, a los frustrados amantes), sino al silencio del vientre, a la Madre.

Excelente poema.

Oh mi libido exacerbada me arrastra

Oh mi libido exacerbada me arrastra
y renace
la primera mujer que trastornó mi paisaje
Apenas descubría mi sexo
y ella ama de casa y vecina y patios comunes
alta delgada con sus grandes y hermosos pechos
y mucho vello negro en las axilas
y su rostro de virgen diabólica
y sus dos hijos pequeños
y su marido que nunca estaba en casa
Ella con sus batas de tela ligera
casi transparentes
arrebatando mi imaginación
ante la carne desconocida
Ah el instinto animal
Yo el pequeño salvaje
A veces se recostaba en la baranda del patio
a mirar la bahía
Y se perdía durante horas
en la enorme bahía de Matanzas
Los piratas todavía se refugian allí
en las noches de luna
Ella miraba el mar
y yo entre las arecas y los crotos
la miraba en silencio

 

Yo el adolescente casi niño
el vecino infantil marcado para siempre
Algunos días tuve
hasta cinco masturbaciones
y lanzaba mi semen a dos metros
Aprendiz de Sade
Aquella mujer era un pájaro audaz y silencioso
Vivía casi desnuda
entre el calor y la humedad
Sólo ahora comprendo su anhelo sensual
y su entrega
Desconocía las fronteras del Edén
Me gustaba aquella mujer
cierro los ojos
y me gusta aquella mujer
Después me fui de la ciudad
Ella debe estar muy vieja o muerta
no quiero saber
Su fantasma me persigue
Su fantasma lujurioso jamás me abandona
y a mis mujeres siempre les pido
oh déjate los vellos de las axilas
no te rasures
aunque sea por unos días
y ellas me dicen eres un puerco
Y no se imaginan
Nada saben.