II

¿Existe en Cuba una crítica seria?

La característica decisiva de la crítica literaria en este país y en el presente consiste en su condición fantasmal. Apenas se le ve, apenas se le lee, y por tanto, carece de influencia. Me refiero a la crítica literaria como yo la entiendo, dentro de un radio limitado de acción: la crítica de libros en las publicaciones periódicas, y si estas dejaran de existir, desaparición que se anuncia, en Internet y correos electrónicos. La concibo como la crítica literaria por excelencia. La que hicieron grandes críticos, Sainte-Beuve y Baudelaire, Edmund Wilson y Virginia Woolf. El resto es el ensayo, la monografía, el estudio, el libro consagrado a una figura o un movimiento.

Como hablamos de una especie casi inexistente entre nosotros, resulta difícil determinar si es seria o frívola. Durante nuestro siglo XIX, pese a la feroz censura colonial, con sus períodos suavizados, estudiados por Ramón Meza, la crítica de la que hablo se practicaba en las numerosas publicaciones periódicas, principalmente en la última década de la Colonia. La Habana era una ciudad pequeña, en parte rodeada por murallas, mal alumbrada, con numerosa población analfabeta, y sin embargo en ella se publicaban varios periódicos y revistas, en buen papel e ilustrados. Cada uno tenía a honra cumplir un deber para con sus lectores, mantener secciones fijas, dominicales, donde aparecían varias críticas de libros. Un grupo de ensayistas brillantes (Enrique Piñeyro, Varona, Bobadilla, Sanguily, Justo de Lara) ejercía el ministerio de la crítica. No se podría afirmar que todas eran certeras (Varona dedicaría tres a la poesía de Casal, decisivamente obtusas), pero eran la manifestación de una vida cultural activa, la relación entre un autor, el crítico y su lector, adiestramiento de su gusto o su disgusto, tanto del crítico como del lector. No creo que sea necesario aclarar que no existían editoriales parecidas a las que conocemos, eran impresores modestos, pero que hacían bien su trabajo. Todavía sorprenden su destreza tipográfica, el papel excelente, la encuadernación, las viñetas encantadoras, ejemplares que uno se complace en acariciar. Ya que he citado a Casal, si el lector de esta entrevista –es una hipótesis– ha visto sus hermosas ediciones, que parecen recién salidas de la imprenta, comprenderá lo que digo.

Imposible en el curso de una entrevista trazar los avatares de la crítica literaria, pero sí una síntesis: durante la República el oficio continuó ejerciéndose, a semejanza de lo ocurrido en la Colonia, y después de la Revolución, en sus primeros años, tras la fundación de varias editoriales, continuó con cierta vitalidad y frecuencia, según demuestra la consulta de publicaciones periódicas, desapareciendo durante el período gris, sin que haya recuperado, en mi opinión, el dinamismo que antes tenía.

Me interesa destacar una reveladora cuestión numérica: un libro podía contar con tres o cuatro críticas, y en corto tiempo. ¿Eso ocurre ahora? Debo responder que no. Miles de libros cubanos no tienen, no digo tres o cuatro, ni una crítica, negativa o positiva. Miles de títulos pasan, diré, por debajo de la puerta. ¿No hay nada interesante en ellos? ¿Para qué o por qué fueron publicados entonces, gastando papel y dinero? Cuando se entrega anualmente el Premio de la Crítica, ocurre algo grotesco: numerosos jurados, tal vez los más impositivos en el curso de las deliberaciones, son completamente vírgenes: nunca sus libros han sido enjuiciados por la crítica y, lo que aumenta el grotesco, decenas de obras premiadas jamás han recibido una sola. Nadie se ha ocupado de ellas, ni para bien ni para mal. Y puede vaticinarse, con poco margen de error, que nadie se ocupará en el futuro. Esto, además de grotesco, es altamente contradictorio: ¿cómo darle a una obra el Premio de la Crítica, cuando no ha obtenido en el curso del año de su publicación ni siquiera una crítica?

Sin duda la urgencia por juzgar y ejercitar el criterio, la relación dinámica y creadora entre el leer y el criticar, ha dejado de existir. A esto agrego la indiferencia, que puede renunciar al juicio, ante los libros extranjeros de venta en las librerías, inexistente en otros tiempos, autores a quienes ocurre lo mismo, nadie opina sobre ellos. ¿No te parece desoladora esta inopia?

Lo que he dicho hasta ahora se relaciona principalmente con el lector. Como a la crítica le falta la presencia, por tanto, ni forma ni deforma, ni el lector encuentra conciliación entre estos opuestos. No descubre nada, ni enseña a gustar de un autor ni a despreciarlo, determinaciones dramáticas que un buen lector sabrá realizar. Ante una crítica así, el lector carece de orientación, adiestramiento, discusión silenciosa, sabe y no sabe qué opinar sobre esas pilas de libros que se acumulan en nuestras librerías. ¿Cuál deberá comprar? ¿Cuál podrá interesarle? ¿Cuál debe dejar en el estante? Esta falta de compañía es desoladora para el lector. Suelo visitar –todavía– algunas librerías habaneras. Paseo por ellas, toco y huelo los libros, miro, compro alguno. Durante esas visitas ciertos lectores se me acercan para preguntarme si deben o no comprar tal libro. Quieren saber, gastar su dinero –ya no valen cuarenta centavos, valen pesos– con cierta seguridad de que se llevan algo bueno a casa. También los he visto preguntarse entre sí, indagar con el librero, leer y releer las solapas. Muy pocas veces, casi ninguna, conocen una crítica que los oriente o muy pocas veces, casi ninguna, van a comprar a la librería después de conocer una que los ha estimulado a gastar su dinero.

La crítica más practicada entre nosotros es la que se escribe para leer en voz alta, ante el autor y el público, durante lanzamientos o presentaciones. Si no ha muerto, lo que suele sucederle a un autor, se encontrará sentado junto a su presentador. Concluida la ceremonia, indica la costumbre por boca del autor el recuento de los agradecimientos, que van desde la mención del director de la editorial hasta el diseñador de portada, pasando por la del propio presentador, para cerrar luego el acto con alguna confidencia sobre la composición de su libro, contar anécdotas o soltar dos o tres chistes. Este orden es variable: a veces se prefiere comenzar por los chistes, manifestando sus dones para la eutrapelia. En aquellos casos en que el presentado es un poeta, procederá, de inmediato, a la lectura de varios poemas de su libro.

Esta presencia del autor, y con frecuencia el hecho de que él mismo haya organizado el lanzamiento o la presentación, término que está en vías de sustituir al verbo de resonancias beisboleras, condiciona el ejercicio del criterio y lo mediatiza. Hablar del autor, con el autor delante, limita la crítica a la simple descripción, la valoración cómplice, al reclame, cuando el presentador tiene cierto equilibrio, cuando no, ditirambos y comparaciones con clásicos universales o grandes obras, brotan de su boca sin cordura. Tales comparaciones, a las que es propensa la crítica cubana, dejan dañada la imagen de un escritor y sirven de motivo al choteo y la burlería criolla. Pero el autor acepta este ceremonial, lo propicia en parte: sabe que solamente así tendrá al menos una crítica su libro. Después, el presentador o el propio autor se ocuparán de entregarla para su publicación.

Haré a continuación un tanto íntima la respuesta: hablaré de la relación entre la crítica y lo que escribo. Era joven cuando conocí a Rilke, su prosa me interesó más que sus poemas. Sentí una devoción, que aún perdura después de tantos años y tantos avatares, por los Cuadernos de Malte. En las Cartas a un joven poeta encontré una advertencia descomunal: por principio no conocer nada, ninguna opinión escrita, sobre lo que uno ha hecho. Es una advertencia que ningún creador puede cumplir en toda su extensión. Hay que adiestrar más la displicencia que la curiosidad. Si no seguí el consejo de Rilke, y conocí algunas de las críticas que se hacían a mis primeros libros, no obstante seguí al pie de la letra la advertencia un tanto más moderada de Luis Cernuda: resistir, en este caso con fuerza, también descomunal, la opinión crítica de nuestros contemporáneos, los menos calificados para juzgarse entre sí. Confieso que no es orgullo ni seguridad absoluta en lo que escribo, de las que no padezco: cada nueva obra la comienzo y suelo terminarla como si nunca antes hubiera escrito nada, como el que carece de experiencia. Si yo soy un experimentador, un aventurero, experimentos y aventuras terminan en sí mismos, sin contaminar a los que están por venir.

Lo que ocurre, y la advertencia de Luis Cernuda de seguro debe haber contribuido, es que padezco de cierta curiosa prevención que me defiende del criterio ajeno. Sobre todo si es el de un profesional de la crítica literaria. Estoy prevenido, parezco estar de regreso. Las valoraciones del crítico profesional han sido entresacadas de la tradición o de la contemporaneidad de otras obras ya escritas y consagradas, y uno está tratando de escribir, a menudo sin conseguirlo, una obra diversa o diferente. Sin duda puede resultar una ilusión, pero como creador, suelo armarme con las más poderosas ilusiones. “Siempre que me siento a escribir –me decía Virgilio Piñera– creo que voy a hacer La divina comedia”. Me forjo previamente una idea muy elevada de lo que me propongo realizar. Si no es para escribir una gran obra, ¿para qué sentarme? Las realidades vendrán después, pero ya la obra estará realizada.

La crítica que más aprecio y la que más escucho es la de mis colegas, cuando los aprecio, por supuesto. Esa crítica un tanto velada, temerosa de perder la amistad con el otro, con sus matices de envidia, dicha en una frase, en dos, en una ironía, incluso con un chiste, esa crítica que un escritor formula al oído del otro, resulta de utilidad extraordinaria. Se me queda durando un tiempo en el oído. Suele decirse de pronto, después de un silencio envolvente, y como si no fuera importante. Si la crítica la creemos acertada, nos confirma, y si es antagónica, nos esclarece el camino que hemos tomado, mediante la contradicción. Lo he dicho con frecuencia, es la función creadora del antagonista. Ver a través del otro, que no se nos parece, algo que misteriosamente es nuestro.

De los autores cubanos presentes y pasados, ¿con cuáles se siente más identificado?

Sentirse identificado con otro escritor, pasado o presente, depende de una suerte de parentesco espiritual entre ambos. Aunque la gente no lo crea, debido a que es muy incrédula cuando se trata de reconocer que existe alguien que piensa diferente, no me preocupa demasiado mi propio conocimiento, sobre mí –si tal “mí” o tal “yo” existen y no son irreconocibles– tengo escasas ideas claras y distintas, como decía Descartes, al que solía leer en mi juventud. Discurso del método es en cierta medida una gran autobiografía espiritual. Es el filósofo que escribe como un memorialista. Ya que hablamos de esto, y por esas secretas asociaciones entre los temas, quizá por eso lo cité. Lo traje de allá dentro, de la cisterna. A esa cisterna no me gusta bajar. Prefiero que lo oscuro permanezca siendo oscuro, y que solamente se aclare un tanto con la escritura. Escribo cosas que ignoro de dónde salen, y supongo que debe ser de tal cisterna. Por lo demás, no me desvela descubrir de dónde proceden. Las escribo como si alguien me las dictara, con frecuencia me las dictara mal, confusamente, y tuviera que aclararlas con la lógica puntual de cada día. La lógica que Descartes empleó en su discurso para aclararse de dónde surgían las ideas.

Para volver a la pregunta, identificación no, pues las identificaciones nacen, me figuro, del conocimiento propio, del “sí mismo” socrático. Entonces hablemos de algo más seguro y claro, hablemos del gusto, de lo que me han gustado algunos autores cubanos, pueda o no identificarlos conmigo. La mayoría en nada se parece a ese yo dudoso, y por eso me gustan y frecuento sus obras. Creo que observaba Paul Valéry que el deseo de releer una obra es un modo de valorarla, por igual, y más sencillo, recodar lo que hemos leído, recordar de pronto, de repente, como hago yo ahora, sin mucha deliberación, es por igual una valoración.

Por más de diez años, entre el 60 y el 70, siendo joven, pasé muchas horas leyendo en la Colección Cubana de la Biblioteca Nacional a los escritores del siglo XIX, y revisando colecciones de revistas y periódicos. Versos, títulos, escenas, fragmentos se me agolpan ahora, y me vienen a la boca. Pasan Zenea, Martí, Milanés. El soneto “Lo que yo quiero”, de Plácido. Cuando encontré la palabra “mujer” escrita en el último verso, me dejó sorprendido que un poeta de mediados del XIX, y en una colonia, se decidiera a escribir esa palabra en lugar de musa, esposa, virgen… Dos novelas de inmediato, Mi tío el empleado, de Ramón Meza, donde por primera vez en la literatura cubana el tiempo es una experiencia circular. Sin duda, de las pocas obras maestras que un cubano ha escrito. La otra novela es de la Avellaneda, Dos mujeres, quizá tan magistral como la de Meza, aunque limitada al análisis, muy agudo por cierto, del conflicto del amor entre tres personas. Viene ahora una pieza teatral, de la que recuerdo escenas enteras. Verso lleno de gracia, dinamismo escénico, donde la transcripción de la palabra hablada es un milagro verbal. Claro, no puede ser otra que El becerro de oro, que Luaces escribiera hace más de ciento cincuenta años, edad que apenas se le nota. Un gran pintor, Carlos Enríquez, le dejó al lector una gran novela La vuelta de Chencho. Vienen José Manuel Poveda, con sus prosas descomunales, como “Juan Peña”, y Regino Boti, con esas mañanas en que la noria nos lleva de nuevo al juzgado. Dos sonetos, el de Llés sobre el volador y las estrellas y el de Pichardo a la amiga muerta. De Miguel del Carrión, aunque parezca sorprendente, me gusta mucho La esfinge, inconclusa, sin revisar, a ratos cursi, pero que explora un misterio sentimental: el amor por reminiscencia. Creo que Lino Novás Calvo escribió narraciones excelentes, y una grande, “Visión de Tamaría”. Prefiero detenerme aquí. Creo que tal repertorio memorioso, arbitrariamente personal, revela gustos individuales, de escaso valor crítico.

Me trato con numerosos artistas jóvenes. Nos sentimos bien, muy bien entre nosotros. Verdaderas relaciones creadoras, en las que nos pasamos experiencias, lecturas, opiniones, fobias y pasiones artísticas, mutuamente. Relaciones en dos sentidos, van y vienen, como las carreteras. Son también difíciles, como sucede siempre entre escritores, gente irritable y de reacciones inesperadas. Son novelistas, poetas, dramaturgos. No los trato como un viejo maestro, como un premiado, ni ellos me tratan como discípulos, actitud que aborrecemos, nos tratamos como iguales. Tan sólo cuando salimos a pasear la ciudad ellos tienen que moderar el paso.

¿Le gustaría pasar a la posteridad o prefiere ser leído en vida?

Sé lo que es ser leído en vida. Algunos amigos, algunos lectores, ciertos críticos me han comentado sus opiniones sobre lo que escribo. Lo que será ser leído por la posteridad es un hecho que me gustaría conocer.