II

La escritura desde lo cotidiano

Rebeca Murga

Mientras relataba la historia previa a la escritura de Operación Masacre, Rodolfo Walsh insistía en la imposibilidad de olvidar: “[…] Después no quiero recordar más, ni la voz del locutor en la madrugada anunciando que dieciocho civiles han sido ejecutados en Lanús, ni la ola de sangre que anega al país hasta la muerte de Valle. Tengo demasiado para una sola noche. Valle no me interesa, Perón no me interesa, la revolución no me interesa. ¿Puedo volver al ajedrez?”

Lo demás sería escribir el testimonio de “sobrevivientes, viudas, huérfanos, conspiradores asilados, prófugos, delatores presuntos, héroes anónimos”. Escribir la impresionante historia sobre un muerto que habla y que ¿contradictoriamente? lograría el silencio de la prensa.

“¿Puedo volver al ajedrez?” podría ser la estilización poética de lo que llamamos la imposibilidad de olvidar; como lo son los versos de Francisco Urondo en “La pura verdad”: “Si ustedes lo permiten, prefiero seguir viviendo” o la expresión de Haroldo Conti para referirse a “Un buen día, un día que jamás recordaré”.

Las armas y el oficio es, también, la estilización poética de lo que llamamos la imposibilidad de olvidar. Son historias de crímenes y desaparecidos, historias de dictaduras y luchas políticas reunidas en cinco reportajes cuyo enlace es la denuncia.

En el prólogo a Las armas y el oficio, el escritor Luis López Nieves comenta: “Sospecho que no hay una manera única de enfrentar estos textos, ante los cuales cada lector reaccionará según sus propias vivencias”. En el caso del lector cubano me gustaría añadir: polémicas y contradictorias vivencias; que el escritor y periodista Rafael Grillo, quien como dice el prologuista “incorpora libremente y con maestría los recursos que necesita cuando los necesita… y no le pide permiso a nadie”, alimentará con los ingredientes de la narrativa y el periodismo.

El reportaje “La noche que cazaron a Haroldo Conti” es la historia del presagio; la escritura de un nuevo cuento comenzado ayer y que tal vez deba llamarse “A la deriva”; la rutina del magisterio; las labores cotidianas; la cena con el amigo que llega desde Córdoba justo a tiempo, vaya casualidades, para el estreno de El Padrino II. Así hasta el silencio, y la violencia de los cinco minutos pasada la medianoche.

“Francisco Urondo: La palabra fusilada” es el dolor de los amigos. Rodolfo Walsh se encerrará a llorar durante veinticuatro horas; Miguel Bonasso anotará en su diario la muerte, el asesinato de los hombres con quienes se había construido una vida; en Roma, Juan Gelman padecerá deseos imposibles al intentar trocar su suerte con la de su compañero; Julio Cortázar escribirá: “Mi tristeza y mi rabia son y serán una razón para seguir haciendo lo posible en esta lucha”.

“El violento oficio de Rodolfo Walsh” es el incuestionable retrato de la violencia en forma de desaparecidos, persecuciones, puntapiés y pistolas automáticas. Lo demás es una idea fija, escrita en las páginas de un libro: “Muchos pensamientos duros el hombre se lleva a la tumba”.

“Vivos incómodos” es el peligro de sobrevivir, de correr el riesgo e ir contra la corriente. Paco Taibo, quien como Walsh es “fiel al compromiso de dar testimonios en tiempos difíciles” y a quien conocemos como hombre de usar (como Pancho Villa) primero la cabeza y más tarde los huevos, se arriesga a escribir una novela con el Subcomandante Marcos. Por su parte, [en palabras de Eduardo Galeano] “Marcos, el portavoz, ha dicho que él es zapatista en México y también es gay en San Francisco, negro en África del Sur, musulmán en Europa, chicano en Estados Unidos, palestino en Israel, judío en Alemania, pacifista en Bosnia, mujer sola en cualquier metro a las diez de la noche, campesino sin tierra en cualquier país, obrero sin trabajo en cualquier ciudad”. Y allá va eso: una propuesta y dos cartas; un “Ay, no mames” típico de Taibo; un nuevo título, reglas y subreglas; cartas, mensajes electrónicos y correspondencia secreta; no verse ni hablarse hasta que, al fin, aparece una novela policiaca que es fiel a las palabras del Subcomandante Marcos: “…en lugar de ley, tenemos nuestra resistencia, nuestra rebeldía, nuestra dignidad”.

En el libro, “Todo un Wolfe” es, también lo creo, el contraste. Su vida no peligra y cuenta con el apoyo de los medios de comunicación y las editoriales. “[…] aplauden a Wolfe y le celebran sus rebeldías… a nosotros, los pueblos dominados, nos persiguen y matan por ellas”, argumenta en el prólogo Luis López Nieves.

Historias de crímenes y desaparecidos, de dictaduras y luchas políticas, los cinco reportajes de Las armas y el oficio sustentan su denuncia en licencias literarias y reescrituras que transitan desde sentencias como: “Cierta idea del periodismo, como búsqueda de la verdad a todo riesgo, como testimonio de lo escondido y doloroso, fracasa en mi conciencia”; hasta el recelo ante un fragmento de la novela de Wolfe, Todo un hombre: “No necesitas preocuparte del incalculable lujo que es la literatura. Hay civilizaciones enteras que se han fundado sin literatura y sin que nadie la echara de menos. Sólo más tarde, cuando hay una clase compuesta por zánganos lo bastante indolente como para escribir y leer esas cosas, aparece la literatura”.

Mientras relataba la historia previa a la escritura de Operación Masacre, Rodolfo Walsh insistía una y otra vez en la imposibilidad de olvidar: “Tampoco olvido que, pegado a la persiana, oí morir a un conscripto en la calle y ese hombre no dijo: ‘Viva la patria’, sino que dijo: ‘No me dejen solo, hijos de puta’.”

“Del otro lado”, Francisco Urondo escribiría: “Cuando estuvimos desesperados, alguien contó la historia”, mientras Conti aseguraba: “Por estos lados los muertos están más vivos…” y su esposa Marta, según relata el periodista y escritor Rafael Grillo en Las armas y el oficio, hablaba: “Por favor, no rompa las cosas que están sobre el escritorio. Deje la hoja de la máquina de escribir…”

Enamorarse de Ana

Atilio Caballero

Si yo o cualquiera de ustedes fuésemos lectores comunes (por suerte, o tal vez por desgracia, no lo somos), y alguien nos pidiera que relatáramos en pocas palabras el argumento de la novela, publicada por Capiro, Enamorarse de Ana de Alejandro Cernuda seguramente diríamos, más o menos: es la historia de un extranjero que llega a Ciego Montero con la doble intención de terminar de escribir un libro y de averiguar algo sobre la vida de su padre, oriundo de ese lugar según le han dicho y a quien apenas conoció. El extranjero –Elliot Kleinn– conoce a Ana, la muchacha simple que vive con su marido en la casa donde se hospeda, y se enamora de ella. Ana sueña con París, y Kleinn la deslumbra con sus relatos sobre la Ciudad Luz. La muchacha, aburrida y un poco hastiada del machismo de su marido, no tarda en entregarse al forastero. El marido de Ana, debidamente celoso y por tanto suspicaz, los sorprende en pleno acto de infidelidad (o "haciendo la bestia de dos espaldas", como seguramente habría dicho Shakespeare… pero él no era un lector común), y los mata a puñaladas. Fin del cuento.

Visto así, este argumento podría parecerse mucho a otros tantos, un melodrama con final trágico y previsible. Solo que –y en esto radica la primera diferencia, la feliz diferencia de esta novela–, aquí nada parece ser lo que es. Kleinn es algo más –mucho más– que un simple turista; el libro que escribe no es un libro como otro cualquiera, sino una nueva versión de las Escrituras; el verdadero origen de su supuesto padre se pierde en un tiempo oscuro; nunca estuvo en París, Ana es un magma tormentoso que parece atraer todo aquello que se mueve a su alrededor, y al final, es el marido ultrajado quien único parece morir realmente.

Lo que podría suponerse un frívolo juego de equívocos se transforma sutilmente en una estructura lúdica aunque permeada de tonos macabros, "detalles" que van conformando con perspicacia ese ambiente enrarecido, extraño, por momentos críptico o tal vez misterioso en que se mueve la mayoría de los personajes. "Un no se qué que queda balbuciendo", para decirlo a la manera de Fray Luis de León, parece flotar sobre todo. Y este enrarecimiento –qué duda cabe– es consecuencia de la llegada de Elliot Kleinn, que viene de Bosnia, al tranquilo pueblecito de aguas puras. Un personaje que parece haber sido creado por la sagacidad y la hondura psicológica de Henry James, la sutil y espeluznante caracterización de un Robert L. Stevenson y la rica agudeza y espíritu transfigurador de Lezama Lima, el Lezama de Oppiano Licario, para ser más exacto. Esta mixtura, lejos de parecer un pastiche, hace de Kleinn un personaje sencillamente magistral. Y el empaste de estos tres grandes nombres no es fortuito: Enamorarse de Ana posee esa rara –en nuestro contexto literario– y muy apreciable cualidad de aunar con absoluta credibilidad y honestidad lo universal con lo nacional, siendo a un mismo tiempo una novela cubana y cosmopolita, autóctona y ecuménica, de Ciego Montero y del mundo, paisaje o contexto que imbrica genuinamente atmósferas góticas con arroyos de campiña criolla, misterios esenciales con brujerías locales, matizado todo ello por un fino sentido del humor, una ironía o un cinismo travieso y perspicaz que redimensiona todo, otorgándole tal vez un nuevo valor.

¿Quién es Elliot Kleinn, realmente? No lo podría decir. Y si lo supiera tampoco lo diría, por dos razones fundamentales: siempre estaría corriendo el riesgo de equivocarme, y además les rompería la magia y el encanto de descubrirlo por ustedes mismos (si es que pueden). Lo único que sabemos a ciencia cierta, y eso porque nos lo dice el propio personaje, es que Elliot Kleinn no es Elliot Kleinn. El verdadero Kleinn, un judío converso, ya está muerto. Muerto por el mismo ser que en este momento usurpa su cuerpo. Ahora se trata de alguien que ha asumido su antigua personalidad, sus rasgos físicos exteriores. Metido dentro de esa estructura anatómica puede haber un ángel caído, un escribano al servicio de Mefistófeles, un vampiro, un ente demoníaco, travestimento sin embargo que no podemos analizar según nuestra habitual concepción del mal. Sometido a fuerzas que le son superiores, debatiéndose entre un escabroso y difuso pasado y el encuentro con nuevas y seductoras sensaciones, como el descubrimiento del placer y la sensualidad, Kleinn se debate entre la misión que le ha sido asignada –algo que sabremos solo al final del relato– y la seducción que esa muchacha de encanto pueblerino ejerce sobre él. Como Oscar Wilde, Kleinn parece poder resistirse a todo menos a las tentaciones (recordar también a Niestzche: el hombre de verdad quiere dos cosas: el peligro y el juego. Por eso ama a la mujer, el juguete más peligroso). Aquí, fuerzas superiores se interponen entre el deber y el deseo, fuerzas contenidas en el enigma alegórico que representa el personaje de Agustín (Dios y el Diablo combatiendo sin descanso en ese campo de batalla que es el corazón del hombre), fuerzas mediadas de alguna manera por ese personaje "bisagra", catalizador, que encarna Caridad, quien entra como sin querer en la historia, revestido de un secular exotismo lugareño (loco-brujo-borracho-misterioso y por tanto figura pública), y quien parece ser el único en salir indemne de esta truculenta trama.

En este sentido, creo que uno de los mayores aciertos de Enamorarse de Ana está en la construcción de los personajes. Como llevados por una mano segura y aguda, entran y salen de la historia exponiendo sus puntos de vista, sus maneras de ver las cosas, sus miedos, ansias, dudas, revelaciones, y ello va conformando el entramado de situaciones y sucesos que avanza a ritmo frenético hacia un destino inevitable (como todo destino que se respete…). Una estructura que, como bien sugiere Marcial Gala en la pequeña nota de contracubierta, recuerda mucho al Faulkner (bien asimilado) de Mientras agonizo, y que a mí se me ocurre comparable también con la contextura narrativa de Rashomón, el grandioso filme de Kurosawa.

Lo que más estimo, sin embargo, en esta primera novela publicada por Alejandro Cernuda, es su capacidad de escritura. Escribir bien, eso que más o menos todos, de una forma u otra sabemos o intuimos qué es pero que con dificultad podremos explicar, y que, muy personalmente, tanto echo de menos en la narrativa cubana contemporánea. A juzgar por este texto, Cernuda parece ser de aquellos pocos que tienen algo que decir y saben decirlo bien. Difícil conjunción, terrible paradoja, desvelo de todos los que hacemos de la literatura el sentido principal de nuestras vidas. Elíptico, preciso, sugerente, intenso e inteligente son algunos de los atributos con los que me gustaría clasificarlo. Algo que ya había podido descubrir en algunos de sus relatos, aún inéditos, y que ahora confirma en esta breve y deleitosa historia de amor y perversión. Asumo por tanto la absoluta responsabilidad de recomendarles esta novela, con la convicción de que algo quedará palpitando dentro de ustedes una vez terminada la lectura, "ese –otra vez– no se qué que queda balbuciendo", intranquilo, ambiguo, incierto y perturbador, en fin, como toda buena literatura.