II

Posmodernidad con una roja caperucita

Enid Vian



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A multiplicidad polémica, tema interesante y con miles de aristas. Ese es el caso de la literatura infantil, que no es tan pueril como cree el ignaro, sino que tiene a los niños como destinatarios. Es una modalidad literaria que tiende a generar puntos de vista diferentes y hasta opuestos, según un conjunto de consideraciones éticas, estéticas, literarias, epocales y de todo tipo.

También, en este ámbito, hay sorpresas para los pedagogos, como el arraigado gusto por las soluciones mágicas, sin esfuerzos, a los problemas reales que tienen muchos niños –por no decir la mayoría–, soluciones probadas desde una muy antigua tradición. Y hay también cosas extrañas, a veces inexplicables, como el hecho de que cuentos horripilantes, como el de la Caperucita Roja, todavía deleiten y complazcan a los más pequeños de todas las latitudes, que saben instintivamente que los lobos y la ferocidad existen, y no les importa el contexto antiguo en que ocurren los hechos, porque en el fondo el peligro esencial –y la muerte– son los mismos, en cualquier tiempo y lugar. Y el peligro, y la muerte, generan interés y emoción, al parecer, desde la infancia.

La fragilidad del ser humano frente a la fiereza, el engaño, la violencia, e incluso las leyes naturales, son comunes a todos los humanos, en todas las latitudes, y hasta cierto punto, en todas las épocas. Los niños tiemblan de emoción, sí. Y piden que les cuenten Caperucita otra vez, reclinados en la seguridad de su almohada. Quizás también por ese mismo contraste entre el peligro y la seguridad que nos hace sentir más vivos, desde edades tempranas.

Por otra parte, aunque parezca paradójico, los niños captan que los cuentos –aunque tocan puntos cardinales de lo que los rodea– no son más que eso, historias con sus convenciones y fantasías, y se dan a la exaltación que produce un relato bien hecho con tanta o más entrega que el adulto. En general, hay esencialidades eternas. Pero, en mi opinión, hay cosas que sí han cambiado y son específicas de la modernidad; y otras que podemos ver, decididamente, desde otros ángulos, con las nuevas perspectivas sociales y científicas de nuestro tiempo y con las especificidades nacionales que nos identifican.

De todos modos, hay sin dudas secretos, vibraciones en la psicología humana por descifrar. Y hay circunstancias propias de la literatura dedicada a los niños y jóvenes que debemos poner en la palestra. Al ser literatura, debe interpretar –y traducir a un hecho estético– las nuevas realidades, los cambios que vivimos y nos transforman, lo que nos hace hombres de este siglo, y de algún modo, proponer nuevas miradas al mundo y abrir imaginación y horizontes. Hacer pensar y sopesar.

Pero, ¿cómo poner en palabras sencillas, con recursos y estructuras descifrables, con flexibilidad, belleza, inteligencia y humor suficientes, episodios esenciales de la vida del hombre y la sociedad modernos, inmersos en la incertidumbre y la supervivencia, en crisis foráneas y propias, en la violencia, las guerras y los cambios de todo tipo? Todo ello influye en el comportamiento de la familia, el individuo y la sociedad, y se revierte en influencia también para los más jóvenes.

El adulto es un paradigma para los niños; pero el adulto está sujeto a sus circunstancias, que en cierta medida lo modelan a él. Y este círculo vicioso de interinfluencias –y otras muchas, incluidas las lecturas, la escuela, los medios– no se pueden ignorar ni minimizar sus huellas.

Por otra parte, ¿cómo ajustarse a una experiencia limitada del entorno y la sociedad, por el tiempo breve que llevan sobre la tierra los niños, teniendo en cuenta, además, la variedad de intereses, gustos y psicología? ¿Cómo medir la dosis y la forma en que se deben abordar ciertos temas que, aunque los más conservadores quieran ocultar o suprimir de la vida, son parte de nuestra realidad disímil y rica?

¿Habrá que mostrarles una y otra vez experiencias crueles y violentas a los niños –que las hay de sobra en este mundo– sin dosificación alguna, aún corriendo el peligro de contribuir a hacerles creer que sólo ese es el modelo del mundo, que la conducta violenta, el interés desmedido, el egoísmo llevado a su máxima expresión, son legítimos y apropiados?

Además, ¿todos los niños maduran al mismo tiempo? ¿Todos tienen padres que se ocupan de que cultiven su intelecto? ¿Entre la deformación de la violencia televisiva y callejera, y la educación, tanto paterna como escolar, hay, en todos los casos, oposición o contraste a favor de la educación interior, espiritual y sana? Si a esas edades los niños están adquiriendo vocabulario, fijando estilos y formas de hablar, ¿cuán precisos y cuidadosos debemos ser con el lenguaje sin ser ni artificiosos ni aburridos?

Son sólo algunas interrogantes, y las opciones ante el que escribe para las primeras edades del hombre no parecen sencillas. No lo son si se entiende la literatura para niños y jóvenes como un ejercicio literario especial, sin subestimación ni sobreestimación del destinatario; si se quiere suscitar interés y, por supuesto, ser leído, que es el supremo fin de algo escrito.

Sin dudas un buen libro no es el que se queda en los estantes de las librerías –aunque hay notables casos de buenos libros no apreciados por las mayorías–, un buen libro no es el que se lee una vez y se desecha, un buen libro es para siempre, para sobrevivir las tendencias epocales, a causa de su esencialidad y su capacidad para dar disfrute tanto estético como intelectual.

Partiendo de que el niño y el joven están en formación, es preciso ser intérprete y contrapartida de la vida real, dar enfoques acertados y agudos; a la vez, eliminar el didactismo barato, los dogmas, la inflexibilidad tiránica ante las cosas, y la tendencia al prejuicio de las mentes poco elevadas, sin la más mínima concesión estética o literaria.

Por otra parte, la literatura aburrida o artificiosa no es útil, porque no se lee, y si se lee por obligación escolar, lejos de disfrutarla, se sufre. La literatura poco creativa, poco inteligente, pacata y sin elaboración, no es literatura para nadie, mucho menos para los niños. A mayor diversidad, a mayor calidad y penetración en la vida, la psicología y la esencia de las cosas; más riqueza y más contribución al desarrollo humano e intelectual de los niños y jóvenes.

Un ensayista acumula conocimientos sobre un tema, reúne una serie de datos que estudia con minuciosidad, bibliografías, opiniones de otros autores, su propia experiencia sobre el tema, una serie de intuiciones y opiniones propias, y configura sus tesis; un gran novelista desarrolla una posición estética propia y arma su obra, crea sus mundos –a veces de una gran complejidad estructural y lingüística–, sin tener en cuenta un lector preciso, una edad humana frágil, un momento de la vida del ser humano en la que se conforman la personalidad, los hábitos y el apego a una conducta social, que contribuirá al contenido de una futura actuación. El escritor para niños, por su parte, no tiene la máxima libertad, ni de tesis ni de forma, porque debe pensar en todos los requisitos enunciados antes y en muchos más. Y es no por condescendencia o por generosidad que debemos considerar la literatura para niños y jóvenes al menos con igual rango que la literatura escrita para adultos, sino por el convencimiento de su valor estético-literario y por ser una modalidad que exige más cuidado, sensibilidad y conocimientos.

En Cuba la literatura para niños y jóvenes se ha desarrollado notablemente. Se lee a José Martí, nuestro escritor cumbre, creador de una revista imperecedera. Pero también, hay escritores actuales muy destacados –tanto poetas como narradores– con mucho talento, que abordan en su obra temas de Cuba y el mundo en la posmodernidad.

Conviven en este empeño autores de varias generaciones. La enumeración de todos tomaría varias páginas. Algunos han alcanzado universalidad y son leídos más allá de nuestras fronteras, pero es preciso no desnaturalizar la modalidad, es preciso juzgar honestamente en los concursos, con conocimientos y experiencia. Es preciso respeto y transparencia para lo que hacemos. No se puede formar un buen lector, ofreciéndole estereotipos, lugares comunes, falta de creatividad, facilismos, subestimación.

Tampoco debemos ver la niñez mirando de reojo a nuestro pasado infantil. El niño de hoy tiene mayor, mejor y más rápido acceso a informaciones de todo tipo y está más con los pies en la tierra que un niño promedio hace cuarenta o ciencuenta años, aunque guste –y esto no es paradójico– de echar a volar su imaginación. Los temas “escabrosos”, en mi opinión, pueden y deben tocarse, pero hay que tocarlos a partir de una sensibilidad y de un dominio literario ciertos.

Como se ha dicho muchas veces, la literatura para niños –la verdadera, la que sobrevive– tiene los rasgos de audacia, originalidad, creatividad e ingenio, que atesora la literatura dirigida a los adultos, la cual reverencio, ejerzo y disfruto; pero tiene una ventaja, está despojada de artificios y se da el lujo de ser a menudo –algo que a veces nos falta ya–: poética, ingeniosa y tierna.