Rigoberto Rodríguez Entenza

(Sancti Spíritus, 1963). Ha publicado, entre otros, los libros de poesía Sitios cruzados, Último día del naufragio,Otras piedras talladas en silencio y Manera obsesiva. Su obra ha sido incluida en numerosas antologías de la poesía cubana contemporánea. Los textos que publicamos pertenecen al poemario Se fue anoche, que obtuvo el Premio Fundación de la Ciudad de Matanzas 2009.

 

 

 


Cuchillos de un mismo fin

Los muchachos de mi barrio cuando van a sus asuntos
llevan ya el cielo áspero de tanto
preguntar por la vida.
Los de mi barrio traen en la voz cierta
pausa, un atajo
donde convergen las señales que les
va dejando el silencio.
Los de mi barrio hablan con sus
navajas
y no sienten compasión
por la cabeza que rueda en la cuerda.
Los de mi barrio, sin una brecha para
el asombro
ven arder la sangre del día
y en la sombra se despojan
de sus ropas.
Los muchachos de mi barrio cruzan
sigilosos
y dicen no hay miedo.
Qué miedo van a tener
si salió el sol y se puso
y mañana seguirá el mismo cuento.
Qué miedo van a tener
si viven después de la línea
y como los sacos marcados
caen al mar después de pagar
su cuenta.
Los de mi barrio, digo
y dos pañuelos, cuchillos de un mismo
un fin
entran a la historia
al camino rajado por el sol.
Los muchachos de mi barrio saben
que nada cambiará el ánimo
ni la costumbre de jugar hasta
la última carta

 

El rostro de mi país

He entrado en el agua
mis pies asediados por signos
peligrosos
rozaron el fondo de arena
la fineza minada por alegorías
tributos de quienes abren la boca
sacan la lengua plateada
y con su hoz
humedecen la ferocidad del martillo.
He salido del agua
y luego visto el rostro de mi país
afincado sobre las dunas.
Con el alma húmeda
he tatuado una verdad ilegible
he atestiguado el claroscuro
de la noche
la criptografía de la humanidad
cuando se va de sus casas o cuando
regresa.
Con el alma todavía húmeda
camino por los granos de la memoria
olas del silencio, abrazo ancestral
del agua.

En la vitrina

En aquellos años, cuando mi padre
faltaba
al humo de su taza, tuvimos un carné
como consuelo.
En la vitrina, al lado del platillo de
porcelana
había una pequeña caja de madera
y dentro: el librito rojo
y dentro del librito: su foto de hombre
decente
aherrojado, curtido en las milicias, las
zafras del pueblo
las noches, los ojos de los hijos que
dormíamos juntos
para aliviar el miedo y entrar de frente a
los predios oscuros.
Puedo ver ese tiempo, el agua
cascada de la soledad, puedo ver
el chorro apurado
desde las manos de mi madre
hasta las palabras cortadas de sus hijos.
Puedo, todavía puedo ver
los siglos de estrellas atravesando
el cielo.
Lo puedo ver, todavía lo puedo ver
aunque eso fue hace mucho tiempo
atrás
en aquellos años difíciles, cuando aún
no tenía país y la única esperanza
era sembrar mi inocencia en el vacío de
la pequeña caja.