
Desafío a la identidad
Paul Bowles(Nueva York, 1910 - Tánger, 1999)
A juzgar por las reseñas o por los encomios de los editores, ya sea aquí
o en Inglaterra (donde el género es más próspero), parece que quienes
escriben acerca de libros de viajes no están seguros de quiénes los leen,
¿los que se quedan en casa,o los aventureros? Suponiendo que estas dos
categorías definan dos tipos de temperamento, y tomando en cuenta
que muchos viajeros en potencia no logran realizar sus planes de conocer
el mundo a causa de las circunstancias, a mí me parece que los libros
de viajes son leídos casi exclusivamente por los aventureros –los que ya
han viajado y los que desean viajar– pero, desafortunadamente, hoy en
día son leídos sólo por un pequeño porcentaje de éstos.
Aun tan recientemente como hace un siglo, viajar era una especialidad.
Como los lugares remotos estaban fuera del alcance de todos menos un
grupo de afortunados y resistentes, era natural que el deseo de contacto
con lo exótico se satisficiera a través de las experiencias de otros,por medio
de la lectura.Hoy,cuando en teoría cualquiera puede viajar a cualquier sitio,
el libro de viajes tiene otra función; el énfasis se ha desplazado de los lugares
en sí al efecto que éstos tienen en la persona.El libro de viajes se ha vuelto,
por necesidad, más subjetivo, más "literario". Pero esto tiende a dejar al
escritor de viajes sin su lector natural. El aventurero suele ser extrovertido,
alguien que desprecia las experiencias de segunda mano. Si quiere ir a
Sudamérica –aun si sólo sueña con ir– no está deseoso de conocer las
impresiones de Isherwood antes de haber ido.Quiere un volumen conciso
con información acerca de la historia, el clima, las costumbres y los lugares
más interesantes de cada república. Hasta es vagamente consciente de
haber decidido formarse sus propias ideas, y al diablo con lo que otros
hayan sentido al encontrarse cara a cara con el Aconcagua.
¿Qué es un libro de viajes? Yo diría que es el relato de lo que le ocurrió a
una persona en determinado lugar,y nada más que eso;no contiene información
acerca de hoteles y carreteras, ni listas de frases útiles, estadísticas
o sugerencias acerca de la clase de ropa que el visitante podría necesitar.Es
posible que tales libros estén condenados a la extinción. Espero que no,
porque no hay nada que yo disfrute más que leer el relato de un escritor
inteligente acerca de lo que le ocurrió lejos de casa.
El tema de los mejores libros de viajes es el conflicto entre el escritor y el
lugar. No importa quién lleve la mejor parte, siempre que el combate sea
narrado con fidelidad.Para lograr esto es necesario que el escritor esté bien
dotado para describir situaciones, lo que tal vez explica por qué muchos de
los libros de viajes que no han huido de mi memoria fueron producidos por
escritores expertos en el arte de la novela. Uno recuerda la indignación de
Evelyn Waugh en Etiopía; la impasibilidad de Graham Greene en África
Occidental; cómo Aldous Huxley se dejó deprimir por México,o cómo Gide
descubrió su conciencia social en el Congo,mucho tiempo después de que
otros relatos de viaje igualmente precisos se han hecho borrosos o se han
desvanecido.Dada la habilidad novelística de estos escritores, es quizá perverso
de mi parte preferir sus libros de viajes a sus novelas,pero lo hago.
Los libros de viajes que tratan de una misión o una búsqueda definida,lo
mismo que las crónicas de conquistas o exploraciones, tienen su encanto
especial,pero el lector recuerda demasiado a menudo que los autores eran
viajeros que también escribían y no escritores que también viajaban.
(Smara,de Michel Vieuchange, es una ilustre excepción,y la razón es que su
búsqueda era fundamentalmente interior; buscaba el éxtasis, y como no
encontró más que sufrimiento físico,se vio obligado a usar las páginas de su
diario como un alambique para obrar la transformación.)
Existe una categoría que,por el enfoque y por el tema,se parece más a la
autobiografía que al libro de viajes pero, como trata de personas desplazadas
a sitios más o menos extraños, se reconoce como parte de la literatura
de viajes.Son relatos íntimos de la vida diaria del escritor durante su prolongada
residencia en el extranjero.Tengo varios favoritos en este grupo: Viva
México!, de Flandrau; Hindoo Holiday, de Ackerley; Memorias de África, de
Dinesen; The Alleys of Marrakech, de Peter Mayne. Son libros en los que la
personalidad del autor es el elemento decisivo;su encanto proviene de este
claro énfasis puesto en las actitudes y las reflexiones personales.
Me pregunto, si estuviera escribiendo un libro de viajes,¿me comportaría
de manera distinta de la que me comporto ahora? Estoy sentado en un
banco en un parque muy pequeño que domina la ciudad de Lisboa. Los
sonidos del puerto suben hasta aquí,y son audibles entre los agudos gritos
de los niños que juegan cerca sobre la hierba.La luz es muy intensa,aunque
el sol está oculto tras un velo de niebla, y el olor del aire es una mezcla de
insinuaciones de primavera imposibles de identificar. La pelotita roja con
que juegan los niños rebota de pronto en la verja de hierro forjado y va a
caer más allá del parapeto a un patio entre muros mucho más abajo. Hay
una serie de regaños y gritos a raíz de este acontecimiento,y luego los jóvenes
deportistas se dispersan, todos menos uno,el dueño del juguete perdido,
evidentemente, quien se queda agarrado a los barrotes de la cerca
mirando hacia abajo con anhelo. Ahora tengo la respuesta. Si tuviera que
escribir un libro de viajes, lo llamaría y conversaría con él, le ofrecería dinero
para comprar otra pelota. Pero como no es así, me quedo sentado y sigo
imaginando, si quisiera escribir ese libro, cómo lo haría.
No creo que un libro de viajes pueda escribirse de manera suficientemente
precisa si se hace después de los hechos, si el autor ha estado viviendo a
su antojo durante el tiempo sobre el cual se propone escribir,sin tomar notas
y sin percatarse de su función como instrumento receptivo. El recuerdo mal
definido de sus reacciones emotivas es siempre más intenso que la memoria
puntual de lo que las causó.Confiar en la memoria es lo indicado para determinar
la sustancia de una novela, pero no es aconsejable en este caso,pues
es demasiado probable que altere la consistencia de la escritura.
El escritor debe tomar la decisión de ser escrupulosamente honesto al hacer
su relato.Cualquier distorsión voluntaria equivale a hacer trampa en un juego
de solitario: el juego pierde sentido.El relato debe ceñirse lo más posible a la
realidad,y me parece que la forma más sencilla de lograr esto es proponerse
ser exacto al describir sus propias reacciones. El lector puede hacerse una
idea de cómo es en realidad un lugar sólo si conoce los efectos que éste ha
tenido en alguien acerca de cuyo carácter tiene alguna noción y cuyas preferencias
le son familiares.De modo que parece esencial que el escritor ponga
cierto empeño en presentar objetivamente su propia personalidad;esto facilita
al lector una clave interpretativa para valorar por sí mismo la importancia
relativa de cada detalle,como la escala al pie de un mapa.
El problema de dar al relato de viajes una estructura lineal no es esencialmente
literario.El escritor tiene que asegurarse de que las experiencias
que constituirán su material lleguen a producirse.Escribe una historia que
antes debe vivir, y si el curso que la historia sigue exige ciertos elementos
que hacen falta en su vida, tendrá que arreglárselas para reorganizar
su existencia con el fin de obtener esos elementos. Debe usar su poder
de invención para enfrentarse, no con la escritura en sí, sino con la relación
entre sí mismo y el mundo real a su alrededor.
No hace falta decir que cada intento de hacer accesible un lugar a los
turistas es un obstáculo en el camino del escritor, y si éste logra establecer
contacto con el lugar es a pesar de ellos y no gracias a ellos. El propósito
de los servicios oficiales para visitantes es hacer innecesaria la
investigación personal. En varios países, las oficinas de turismo patrocinadas
por el Estado llevan además una mira más siniestra: impedir las
relaciones personales entre residentes y forasteros. Los escritores son
particularmente sospechosos, desde luego, pero sortear este tipo de
dificultades es una de sus tareas rutinarias. "No necesita hablar con
nadie –me aseguraba un policía de un país africano–. En nuestra oficina
de turismo venden guías a precios fijos, y le darán gratis un folleto especial
en inglés donde encontrará toda la información necesaria.
"
Y de nuevo:"¿Cómo sé que usted es en verdad un turista?",me preguntó
una empleada de un consulado sudamericano en Londres cuando fui
a solicitar un visado
.
–¿Cómo, qué otra cosa iba a ser?
–No sé –contestó–. En su pasaporte dice "escritor". ¿Cómo sé yo lo que
irá a hacer?
–Quién sabe –le dije,y en vez de ir a Sudamérica me fui al Lejano Oriente.
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