
Uno siente que siempre le queda algo por comunicar
(Conversación con Julio Travieso Serrano)
Katia Gutiérrez
Julio Travieso es un escritor de extensa trayectoria,
es serio, sensato, acucioso, autor de textos agudos
y sagaces, no del todo conocidos por el gran
público. No obstante, la referencia a su obra es
ineludible. Cauto, que medita (esta entrevista es
prueba de ello), responde –escribe todo– y deja
clara su toma de partido por la literatura.
Su necesidad de expresarse, ¿la ha llenado
con la narrativa y el ensayo crítico? ¿Ha intentado
incursionar en otros géneros?
Eso que llamamos necesidad de expresarse,que
también pudiera denominarse necesidad de
comunicarse o de trasmitir ideas, nunca se llena,
porque uno siente que siempre le queda algo por
comunicar y se mantiene un sedimento de insatisfacción.
Por supuesto,me gustan la poesía y el teatro.
Hace muchos años, cuando publiqué mi primer
libro de cuentos,comencé a escribir una obra
de teatro y llegué hasta el segundo acto.La falta de
tiempo me impidió continuar.
No recuerdo bien,pero creo que me enviaron a
un trabajo voluntario o algo por el estilo y ahí
mismo murió, por suerte o por desgracia, mi obra
teatral. Luego, cuando regresé del trabajo, nuevas
urgencias me imposibilitaron retomarla.He ahí un
serio problema, las urgencias y la falta de tiempo.
Ese es un problema mundial de los escritores,pero
creo que entre nosotros se agudiza.Por lo general,
en la sociedad hay el criterio de que el escritor es
un señor capaz de escribir a cualquier hora y en
cualquier momento,a quien se le puede interrumpir
constantemente con pedidos, ruidos, órdenes,
como una especie de botón de la electricidad.
Usted toca el botón, le pide luz y él da luz, sin
importarle los ruidos externos,las peleas,los escándalos
y hasta los cañonazos.
Habría que ver cuántos talentos se han perdido o
cuántos escritores no han llegado a ser grandes o
no abarcaron más géneros,por la falta de tiempo.
Quizá una de las generaciones de escritores más
afectadas por ese fenómeno sea la mía,la del sesenta,
es decir la de aquellos que comenzamos a publicar
a partir de los años sesenta. Habría que llamarnos
la-generación-del-tiempo-perdido-y-no-recobrado.
Perdido en todo tipo de tareas no literarias,
útiles a veces,pero a veces sin sentido.No obstante,
creo que,a pesar de todo,logramos crear una obra.
Hay que reconocer que, últimamente, ha variado
un poco la situación,con el otorgamiento de becas
a la creación,pero el problema sigue vigente.
Ha escrito prólogos a dos novelas de
Carpentier, El acoso y Los pasos perdidos, ¿con
qué visión cree usted que un escritor joven
debería asumir hoy a un clásico?
No me gusta mucho contestar esta pregunta
porque cualquier respuesta puede oler a regla de
comportamiento o monserga, sobre todo si esta
dirigida a personas más jóvenes.De todas maneras,
intentaré decir algo,sin caer en un recetario.
¿Qué entendemos por "clásico"? Para no entrar
en largas disquisiciones,busco el Diccionario de la
RAE, que registra varias acepciones del vocablo,
una de las cuales nos dice que clásico es "aquello
que no se aparta de lo tradicional ni de las reglas
establecidas". Lo de la tradición está muy bien, en
el sentido de salvaguardar los valores seculares de
una sociedad,pero cuando nuestro joven escritor
comienza a escribir, lo que pretende es dejar su
propia huella,ser original,novedoso.Originalidad y
novedad no se avienen muy bien con tradición y
reglas preestablecidas. Entonces tendrá que romper
los muros tradicionales, abrir una brecha y
plantar su propia bandera.Si no actúa así correrá el
riesgo de convertirse en un joven viejo.
Un manantial,al brotar por primera vez,busca su
propio cauce.Quizá se convierta luego en un río,en
un lago o en una charca, pero ese es otro asunto.
Todas las vanguardias nacieron, precisamente, a
partir de su negación del pasado, de la tradición y
de las reglas preestablecidas. Por supuesto, no
estoy descubriendo nada desconocido.
Un asunto distinto es el significado de "un clásico".
Clásico, en este sentido, sería un autor (u obra)
que se tiene por modelo digno de imitación. Esta
es una definición algo diferente de la anterior.
Entonces,puedo "imitar" a alguien en particular sin
tener que aceptar reglas generales. De hecho,
cuando comenzamos a escribir, todos imitamos
(que no es lo mismo que copiar), seguimos el
ejemplo de uno –o de varios– escritores anteriores.
Eso es lo que eufemísticamente llamamos
"influencia".Cuando comencé a escribir fui por las
sendas de Hemingway, Babel, Rulfo, Vargas Llosa.
Más adelante,de Carpentier que es un gran clásico.
No los imité, pero sí estuvieron muy presentes en
mí,con su visión del mundo y su estilo,Lev Tolstoi,
Chéjov,Dos Passos.
En lo que se refiere a escritores cubanos anteriores
a mí,que se pueden considerar clásicos en la cultura
cubana, como Montenegro, Novás Calvo,
Labrador Ruiz, Mañach, Serpa, Onelio Jorge, entre
otros,aunque no los seguí,siempre tuve por ellos el
mayor respeto,porque habían logrado producir una
obra importante y, de una forma o de otra, algo
nuevo me habían mostrado.Lamentablemente,esa
consideración no siempre ha sido guardada.
Recordemos que en el Diccionario de la Literatura
Cubana los nombres de los dos primeros no aparecen.
Afortunadamente,hoy se aprecia un mayor respeto
hacia sus obras. Incluso se publican aquellos
que estuvieron silenciados por muchos años.
A partir de su propia experiencia,¿cómo ve a
Carpentier y el vínculo social de la novela?
Toda obra literaria tiene, per se, un vínculo social
porque se alimenta de lo que ocurre en la sociedad
y se dirige a los miembros de esa sociedad. Esa
obra no se basa en las hormigas, los tiburones y
otros animales, a no ser que estos se inserten en
sus relaciones con los humanos. Ahora bien, si la
cuestión es de qué tipo es ese vínculo y qué relación
hay y debe de haber entre literatura y sociedad,
este es ya otro asunto. Entonces se abre un
amplio abanico que incluye múltiples escuelas y
corrientes literarias,bien conocidas.Lo importante
es que la forma de ese vínculo no se le dicte al
escritor y que este tenga libertad para decidir,
como creador, la manera y el tema con los que
aborda el fenómeno social. El abandono de este
punto llevó al realismo socialista, manifestación
casi infecunda (digo casi porque ciertamente
hubo algunos buenos escritores dentro de esa
corriente) como ya todos,o casi todos,reconocen
Narrar es una forma de expresar opiniones y
patrones propios,¿cree posible la objetividad?
Aquí saltan las preguntas: ¿objetividad en qué:
en la descripción de la naturaleza, en el ambiente
qué nos rodea, en la narración de los procesos
sociales y de la psicología de los humanos? Me
parece imposible ser objetivos porque si algo nos
caracteriza es nuestra individualidad.Eso hace que
cada uno vea y describa cualquier fenómeno,
natural o social,de acuerdo con su psicología,posición
social y gustos personales. La ciudad que yo
describo es diferente a como la vería otro escritor,
e igual sucede con los procesos y manifestaciones
sociales que se reflejan en nuestras obras.
Dostoievski preso en Siberia no podía tener la
misma visión del mundo que Tolstoi en Yásnaya
Poliana.
No se le puede pedir objetividad al escritor,pero
sí que sea honesto y serio,y que describa al mundo
tal y cual él lo ve y siente.Que tenga valentía y escriba
no de acuerdo con modas,ni con las demandas
de cierto público que pide sexo,diversión y frivolidad
en las obras, ni para agradar a tales o cuales
personajes o instituciones.Por supuesto,es fácil de
decir,pero difícil de practicar cuando sabemos que
después de cada libro, después de cada página,
puede haber recompensas (muy jugosas a veces)
o rechazo.
Sus novelas y cuentos anteriores tenían como
escenario Cuba y ahora ha escrito una novela
que no trata de temas cubanos.¿Por qué?
Efectivamente. En Para matar al lobo está la
lucha clandestina en la Habana;en El polvo y el oro,
la historia de Cuba a lo largo de doscientos años;en
Llueve sobre la Habana, la vida de una jinetera y
otros marginales durante el Período especial. Sin
embargo,en A lo lejos volaba una gaviota hay diez
relatos, de ellos cinco que transcurren en Cuba y
cinco en México.Me gusta cambiar de temática y
no repetir siempre la misma, me gusta trabajar
bajo diferentes envolturas. El agua sin correr se
corrompe.
Vivimos en un mundo globalizado.Eso es malo,
por una parte,pero lo cierto es que cada día estamos
más y más interconectados con personas de
otros lugares.Hoy, gracias a Internet, usted puede
ver desde su computadora la calle tal de tal ciudad
a miles de kilómetros de distancia, con sus casas,
sus contornos,etc.¿Entonces,por qué no situar una
trama en la calle tal de la ciudad tal, máxime si se
conoce esa ciudad y lo que en ella sucede? En el
caso concreto de mi novela, conozco muy bien
Moscú y el Distrito Federal,ciudades en las que viví
algunos años y en las cuales se desarrolla parte de
la trama.
Ese es un fenómeno que sucede de un tiempo a
esta parte,el de los escritores escribiendo no necesariamente
de sus países,sino del mundo.Por cierto,
¿cuántas novelas y relatos de Carpentier tienen
sus escenarios fuera de La Habana? Antes de
Carpentier lo que dominaba era la literatura de la
tierra, de temas locales,y él trascendió esas fronteras.
Lo anterior no quiere decir que deje de escribirse
sobre temas nacionales o locales.Nada de eso.
Tan importante puede ser una novela que se desarrolle
en Camagüey, como en La Habana, o en
Madrid.Como dijera Pasternak:"la grandeza de un
escritor no tiene nada que ver con el tema en sí".
Por mi parte,la novela que voy a comenzar a escribir
se desarrolla en La Habana.
Precisamente ubicándonos en otros contextos,
sabemos que en la próxima Feria del Libro
saldrá una nueva edición de la novela El
Maestro y Margarita, de Mijaíl Bulgákov, traducida
y prologada por usted.¿Cuáles son las claves
que la hacen imprescindible?
En Cuba, El maestro y Margarita sólo se publicó
una vez, en 1989, y me parece que es importante
que los lectores más jóvenes conozcan esta joya
de la literatura mundial.Varias son las causas que
motivan su carácter de gran obra y el éxito, no
pasajero,que ha tenido.En primer lugar,yo señalaría
la burla, la sátira, presentes en ella. Burla, sátira,
parodia son elementos presentes en grandes
obras de la literatura mundial.Quizá el mejor ejemplo
sea El Quijote, pero también tenemos a
Gargantúa, al Lazarillo de Tormes, a Swift con su
Historia de una bañadera y la serie sobre Gulliver.A
los lectores les encanta ese tipo de obra.También
tenemos lo que yo llamaría su gran desmesura en
las situaciones y en el tono, en el más puro estilo
pantagruélico. Burla, sátira, parodia, desmesura,
todo en un gran carnaval para describir los años de
la década del treinta en Rusia,con sus grandes purgas
y represiones de miles de personas, y del
naciente burocratismo, bajo Stalin. Alguien me
podrá decir que fue también la época de un desarrollo
industrial acelerado del país, así como de
otras conquistas, y yo estaré de acuerdo, pero
sobre ese desarrollo se escribieron decenas de
libros, mientras que Bulgákov se ocupó del lado
oscuro de la historia.No es casual que terminara de
escribir la novela en 1939 y sólo se pudiera publicar
en 1967. Esto da, por supuesto, un toque de
encanto y aprecio extraliterario hacia Bulgákov.Y
no hablo del lenguaje porque todos sabemos que
la prosa de Bulgákov es extraordinaria.
¿Le parece que la literatura rusa, más allá de
los clásicos, haya tenido alguna influencia en
nuestras letras?
Esta es una pregunta muy actual, controvertida
y de varias aristas. Últimamente nos hemos preguntado
si la URSS,después de treinta años (1960-
1990),de estrechas de relaciones con Cuba dejó su
huella aquí,tanto en la cultura como en la vida cotidiana.
Ahora,la pregunta es,específicamente,en la
literatura.
Ya con los clásicos sería suficiente para decir
que sí. ¿Qué escritor puede negar que la lectura
de Gógol, L. Tolstoi, Dostoievski, Chéjov no lo
influyó? Esos son los grandes pilares de la literatura
rusa (además de Pushkin), pero hay
muchos más. ¿Qué decir de Bulgákov,
Pasternak, Bunin, Nabókov, Solzhenitsin, entre
otros? Por ejemplo, uno de los primeros libros
que yo leí fue El desafío de Kuprin que me dejó
profundamente impresionado. Sin duda, esta
es una literatura de luminarias.
Ahora bien, ¿qué sucedió con el resto de los
escritores rusos,con aquellos que no son considerados
clásicos? ¿Cuándo se recibieron en Cuba y
qué impacto tuvieron en nosotros? La historia de
la llegada de la literatura rusa y su continuadora,la
soviética, a nuestro país es interesante.Más allá de
los clásicos,los autores rusos que se dieron a conocer
a principios del siglo XX entraron en Cuba de la
mano de algunas editoriales españolas, digamos
Zeus, que en 1930 publicó Veinte cuentistas de la
nueva Rusia,Yagues que bajo el título de Los grandes
cuentistas de la nueva Rusia dio a conocer a
jóvenes autores, entre ellos Máximo Gorki.
También Revista de Occidente publicó a esa hornada
de creadores.No hay que olvidar a las editoriales
argentinas,por ejemplo,Biblioteca de la Nación,
que en una fecha tan temprana como 1907 publica
la obra de Dimitri Merejkovski La muerte de los
dioses. Sin embargo, en una publicación vanguardista
como Revista de Avance no hay, si mal no
recuerdo, ningún trabajo de los nuevos autores
rusos. ¿Influyeron en los escritores cubanos de la
época,en Carrión,Loveira,Ramos,Hernández Catá
y otros? En mi opinión,no.
Luego viene el gran silencio,pues la Guerra Civil
Española silencia a las editoriales y el franquismo
termina por liquidar a aquellas que eran progresistas
o se atrevieron a publicar a los autores soviéticos.
Por otra parte en Cuba,en medio de la guerra
fría nadie,con excepción de los comunistas y unos
pocos más, se atrevía no ya a publicar, sino ni
siquiera comentar o leer a los autores soviéticos.
Por supuesto que de los clásicos se siguió hablando,
pero sólo de ellos. La meca de la literatura era
en aquel entonces Francia, seguida por los EE.UU.
Ni siquiera a los autores rusos emigrados se les
prestó mucha atención, a pesar que uno de ellos,
Bunin, obtuvo en 1933, el premio Nobel. Así, por
ejemplo, en un catálogo de la librería Martí, de
1956, sólo aparece en venta Merejkovski, con sus
novelas completas (1053 páginas) –por cierto, al
muy razonable precio de $4.80.Cierto que algunas
editoriales mexicanas como Pavlov o argentinas,
como Platina,que editó las poesías de Maiakovski,
siguieron publicando a los soviéticos,pero no creo
que hayan entrado muchos ejemplares de esas
ediciones a Cuba.
Entonces viene la Revolución cubana y,de repente,
salidos a la luz por la Imprenta Nacional, aparecen
o reaparecen autores como Babel, que ya he
dicho influyó en toda una generación de cubanos
con sus cuentos de Caballería roja, seguido de
Shólojov, con su saga del Don, Dimitri Furmanov
con Chapaev,Nicolás Ostrovski con Así se templó el
acero. Estos dos últimos influyeron, sobre todo, a
miles de milicianos que querían conocer las proezas
de los personajes de esos autores.
Luego,aunque las editoriales cubanas continuaron
publicando a los rusos,la mayor parte de la literatura
rusa nos llegó por las editoriales soviéticas
como Literatura extranjera,Progreso,Raduga,etc.A
Cuba entraron (o siguieron entrando) buenos
autores,Gorki, Shólojov, Zóschenko, Fedin, Kataev,
pero también muchos otros, pésimos escritores,
improvisados sobre la marcha, cuyo mayor"mérito"
era que contaban las proezas realizadas en la granja tal, en la fábrica más cual, la valentía de
unos osados exploradores en la tundra o en el
Ártico y de los soldados soviéticos durante la
Guerra Patria.No era que aquello fuera,necesariamente,
mentira, pues muchos héroes hubo en la
URSS;pero por acumulación,redundancia,exageración
y mala escritura (y frecuentemente malas
traducciones), llegó a abrumar y cansar. A mi
entender,ese fue un problema en la literatura oficial
soviética, el querer mostrar sólo el aspecto
hermoso de una sociedad y mantener oculto el
lado oscuro de ella, en olvido de que todo tiene
un lado hermoso y otro feo, y este no se debe
ocultar.Cuando se le mostraba era sólo para decir
que lo bueno siempre triunfaba sobre lo malo, y
en ese triunfo había una moraleja educativa para
el lector.
El caso es que, en mi opinión, se produjo un
rechazo hacia ese tipo de literatura,la del realismo
socialista, donde el héroe siempre predominaba.
Lamentablemente algunos, mal informados –y
aquí estoy pensando no en los escritores, sino en
los lectores en general–, llegaron a creer que ese
era el modelo de literatura rusa,en olvido de toda
la gran y maravillosa literatura rusa. Cierto que,
entre col y col, se publicó, en 1965, Un día de Iván
Denísovich ,y más tarde algunos leyeron al Doctor
Zhivago, de Pasternak,editado en España en 1958,
a Brodsky y a Nabókov,en especial,de este último,
Lolita y Ada o el ardor; pero se me hace difícil determinar
exactamente su influencia sobre nuestros
escritores,aunque creo que sí la hubo,en especial
entre los más jóvenes.
La prueba de que el héroe abrumaba, la tenemos
en la saga del espía soviético Stirlitz, escrita
por Y.Semionov,que tanto cautivó a lectores y tele
espectadores cubanos,al presentarnos a personajes
negativos (como los agentes nazis), que no
eran estúpidos y podían ser hasta simpáticos.Esa
saga influyó en nuestros autores de obras policiacas.
Luego,después de 1990,se interrumpió la llegada
de literatura rusa a Cuba y su publicación
por las editoriales cubanas.Sólo ahora,con la próxima
Feria del libro volveremos a encontrarnos
con los escritores rusos. En ella se presentarán
autores desconocidos o casi desconocidos en
Cuba, tanto del pasado (Pilniak, Romanov,
Zamiatin) como modernos de la actual literatura
rusa,que ha dado excelentes narradores.
Para terminar, y volviendo a Cuba y a su
propia obra, en breve se presentará su novela
El enviado, y usted ha dicho que en ella ha
tratado de reflexionar sobre el bien y el mal.
Háblenos de esto.
Soy de la opinión de que una buena obra narrativa
debe abarcar tres aspectos:narrar una aventura,
darse a través de un buen lenguaje e incitar a la
reflexión.No creo ser el primero en haber dicho lo
anterior,pero lo mantengo como mi poética.
En esta novela,que ahora saldrá en Cuba,por
Letras cubanas, con el nombre de El Enviado,
he intentado seguir tal regla. Del lenguaje juzgarán
lectores y críticos. Aventura es, pues
comienza en el siglo I y finaliza en la actualidad,
y transcurre en tres grandes escenarios:
Nueva York,Moscú y México, con sus crímenes
de mujeres en Ciudad Juárez. Es una aventura
en la que propongo una interrogante que invita
a la reflexión: ¿qué es el Mal? Para los ateos
no hay duda en la respuesta: según unos es la
consecuencia del tipo de sistema social en que
vivimos –recordemos que, al final del tiempo
"la tierra será el paraíso bello de la humanidad"–;
según otros el Mal depende de la psiquis,
del trato recibido en algún momento en
la infancia,etc.Para los creyentes en algún dios,
la respuesta se hace más complicada: ¿Por qué
un dios (o dioses), hacedor del bien y misericordioso,
permite el sufrimiento de sus criaturas
y les somete al mal? Como sucedió, digamos,
en los campos de exterminio nazi; con las
matanzas de tutsis, macheteados por los
humus; en las cárceles clandestinas de los militares
argentinos. ¿Acaso un dios maligno rige
al mundo? Filósofos y teólogos han dado sus
respuestas. Sin embargo, la interrogante sigue
planteada, sobre todo en la actualidad.Los lectores
no hallarán respuesta en el libro, pero sí
una incitación a buscarla por sí mismos. |