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II
–Por esta importante declaración que, para mí como viajero, es
extraordinariamente interesante –explicó el estrafalario sujeto y
alzó un dedo,lo cual podía significar muchas cosas.
Por lo visto,la importante declaración produjo una fuerte impresión
en el viajero pues,asustado,miró hacia las casas de los alrededores,
como si en cada ventana temiera ver a un ateo.
"No,no es inglés",pensó Berlioz.
Desamparado se dijo: "Qué curioso, ¿dónde habrá aprendido a
hablar el ruso así?",y de nuevo frunció el entrecejo.
–Pero, permítanme preguntarles –dijo el huésped extranjero
luego de una inquieta meditación–,¿qué hacer con las pruebas de
la existencia de Dios, las cuales, como se sabe, son exactamente
cinco?
–Bueno,ninguna de esas pruebas vale nada y hace tiempo que
la humanidad las envió al archivo –respondió Berlioz desencantado–.
Usted estará de acuerdo conmigo en que, dentro del campo
de la razón,ninguna demostración de la existencia de Dios es posible.
–¡Bravo! –gritó el extranjero–. ¡Bravo! Usted ha repetido exactamente
lo dicho por el inquieto anciano Immanuel sobre este asunto.
Sin embargo,es curioso,él destruyó con limpieza las cinco pruebas
y luego, como burlándose de sí mismo, elaboró su correspondiente
sexta prueba.
–La prueba de Kant –el educado Berlioz sonrió con finura–
tampoco es convincente. No por gusto, Schiller dijo que el
razonamiento de Kant en este tema sólo puede
satisfacer a los esclavos y Strauss se reía de ella.
Mientras hablaba, Berlioz se preguntaba: "¿A
fin de cuentas quién es este hombre y por qué
habla tan bien el ruso?"
–Por tales pruebas a ese Kant habría que echarle tres años en
Solovski –soltó de repente Iván.
–¡Iván! –susurró Berlioz confundido.
Ahora bien,la propuesta de enviar a Kant a Solovski no sorprendió
al extranjero,sino que,incluso,lo entusiasmó.
–Eso mismo,eso mismo –gritó y su ojo izquierdo verde con el que
miraba a Berlioz brilló–. Ese es su lugar. Ya se lo dije yo entonces
durante el desayuno: "Usted, profesor, ha imaginado algo absurdo.
Puede ser inteligente, pero demasiado incomprensible. Se burlarán
de usted".
A Berlioz se le saltaron los ojos.
"¿Durante el desayuno...con Kant? ¿Qué es lo que esta diciendo?",
pensó.
–Pero –prosiguió el extranjero,dirigiéndose al poeta sin reparar en
el asombro de Berlioz– enviarlo a Solovski es imposible por la sencilla
razón de que,hace ya más de cien años,él vive en lugares mucho
más lejanos que Solovski y de ninguna manera es posible sacarlo de
allí.Se lo aseguro.
–Qué lastima –replicó el poeta con agresividad.
–Yo también lo lamento –afirmó el desconocido y los ojos le brillaron–.
Pero algo ahí me preocupa. Si, efectivamente, Dios no existe,
entonces surge la pregunta:¿quién conduce la vida de la humanidad
y todo el orden en la Tierra?
–El mismo hombre la conduce –se apresuró a contestar
Desamparado molesto ante una cuestión no muy clara.
–Disculpe –dijo con suavidad el desconocido–, para conducir
algo se necesita, de alguna manera, tener un plan exacto de un
plazo más o menos razonable. Permítame preguntarle ¿cómo
puede el ser humano dirigir si está privado de la capacidad de
formular cualquier plan, incluso de breve duración, bueno, digamos
mil años, él, que ni siquiera puede estar seguro de su propio
día de mañana? En realidad –aquí el desconocido se volvió hacia
Berlioz– imagínese que usted,por ejemplo,comienza a dirigir y a
disponer de los demás y de sí mismo. En general, por así decir, le
toma el gusto y de repente... bueno... se le presenta un sarcoma
pulmonar –el extranjero sonrió dulcemente, como si la idea del
sarcoma le produjera satisfacción–. Sí, un sarcoma –repitió la
sonora palabra y entornó los ojos igual que un gato–, y he aquí
que vuestra dirección terminó. Ningún otro destino, con la
excepción del suyo propio, le interesará. Sus seres queridos
comienzan a mentirle.Usted, comprendiendo que algo no anda
claro, se arroja en los brazos de los sabios médicos, luego de los
charlatanes e incluso de videntes. Tanto lo primero, lo segundo
como lo tercero no tiene sentido y usted mismo lo sabe. Y todo
termina trágicamente. Aquel que, poco tiempo atrás, pensaba
que dirigía, de repente yace, inmóvil,en una caja de madera y los
que le rodean, comprendiendo que ya no es nadie, le incineran
en un horno. A veces es peor. El hombre se dispone a viajar a
Kislovoks –el extranjero miró de reojo a Berlioz– lo cual parece
un asunto banal, pero no puede hacerlo porque, por una causa
desconocida,resbala y cae bajo un tranvía.No me dirá usted que
él mismo decidió esto. ¿No es más correcto pensar que fue otro
quien decidió sobre él? –aquí el extranjero se rió haciendo una
mueca.
Con gran atención escuchó Berlioz el desagradable relato del sarcoma
y el tranvía,y ciertos pensamientos intranquilizantes comenzaron
a molestarlo.
"No es extranjero...no es extranjero",se dijo,"es un sujeto rarísimo...,
¿quién será en realidad?"
–Veo que desea fumar –sorpresivamente el desconocido se dirigió
a Desamparado–.¿Qué prefiere?
–¿Quizá tenga algo diferente? –dijo sombrío el poeta a quien se le
habían acabado los cigarrillos.
–¿Cuáles prefiere? –repitió el desconocido.
–Bueno,Nuestra Marca –contestó Desamparado con irritación.
Con rapidez el extranjero sacó una pitillera del bolsillo y se la ofreció
a Desamparado.
–Nuestra Marca.
Berlioz y el poeta se asombraron no tanto de encontrar los cigarrillos
Nuestra Marca en la pitillera,sino de ella misma.Era de gran tamaño,
enchapada en oro y,al ser abierta,en su tapa brillaba con luz azul
y blanca un triángulo de diamantes.
Aquí los literatos pensaron de manera diferente.Berlioz se dijo:"Sí,
es extranjero" y Desamparado:"Que se lo lleve el Diablo".
El poeta y el dueño de la pitillera comenzaron a fumar y Berlioz que
no era fumador no quiso hacerlo.
"Es necesario contradecirle de esta manera", pensó Berlioz, "sí, el
hombre es mortal.Nadie niega eso.Pero el asunto es..."
Sin embargo,no tuvo tiempo de expresar esas palabras porque el
extranjero se le adelantó.
–Sí,el hombre es mortal,pero eso es sólo la mitad de la tragedia.Lo
malo es que,a veces y de repente,es mortal.He ahí el truco.En general,
no se puede decir qué hará él hoy por la tarde.
"Qué manera tan absurda de formular la cuestión",pensó Berlioz y
replicó:
–Bueno, ahí hay una exageración. Este atardecer me es conocido,
más o menos.Claro,si en la calle no me cae un ladrillo en la cabeza...
–Un ladrillo no viene al caso –le interrumpió el desconocido–,
nunca y a nadie le cae en la cabeza. En especial, le aseguro que a
usted no le aguarda ese peligro.Usted fallecerá de otra muerte.
–¿Quizás sepa usted cuál es,precisamente,y me la diga? –respondió
Berlioz con abierta ironía,dejándose arrastrar a una conversación
en verdad absurda.
–Con mucho gusto –contestó el desconocido.
Después observó a Berlioz como si se dispusiera a coserle un traje,
entre dientes, murmuró algo así como: "Uno, dos... Mercurio en la
segunda Casa… La luna partió...Seis...Desgracia...La tarde… Siete",y
con alegría anunció en alta voz:
–A usted le cortarán la cabeza.
Furioso, Desamparado miró con rabia al impertinente desconocido.
–¿Quién precisamente? ¿Los enemigos? ¿Los interventores? –preguntó
Berlioz con torcida sonrisa.
–No –respondió su interlocutor–,una mujer rusa,komsomola.
–Anjá –gruñó Berlioz, irritado por la broma del desconocido–,
bueno,eso,perdone,es poco probable.
–Por favor, discúlpeme, pero es así –contestó el extranjero–.
Quisiera preguntarle algo,si no es secreto.¿Qué hará esta tarde?
–Secreto no es.Ahora iré a mi casa y luego,sobre las diez,a una reunión
del Massolit que presidiré.
–No,eso es imposible –afirmó el extranjero con firmeza.
–¿Por qué?
–Porque –con los ojos entornados el extranjero observó el cielo
donde,presintiendo el frío del anochecer,volaban negros y silenciosos
pájaros–, Annushka ya compró el aceite de girasol y no sólo lo
compró, sino que incluso lo derramó.Así que la reunión no se celebrará.
En ese instante, y como es comprensible, bajo los tilos se hizo el
silencio.
–Disculpe –dijo Berlioz luego de esa pausa y miró al extranjero que
decía tales tonterías–, ¿qué tiene que ver aquí el aceite de girasol...y
quién es esa Annushka?
–Sí, ¿por qué el aceite de girasol aquí? –saltó de repente
Desamparado que,por lo visto,decidió declarar la guerra al desconocido–.
Ciudadano,¿nunca ha tenido que visitar un manicomio?
–¡Iván! –exclamó por lo bajo Mijaíl Alexándrovich.
Sin ofenderse en lo más mínimo,el extranjero rió divertido.
–He estado, he estado y no una sola vez –respondió, riéndose, sin
apartar del poeta su dura mirada–.¡Dónde no he estado! Sólo lamento
no haberle preguntado al doctor qué es la esquizofrenia.Por favor,
pregúntele usted mismo,Iván Nikoláyevich.
–¡¿Cómo sabe usted mi nombre?!
–Hágame el favor, Iván Nikoláyevich, ¿quién no lo conoce a
usted? –del bolsillo, el extranjero extrajo el último número de
la Gaceta Literaria y Desamparado vio su retrato en la primera
página y sus versos debajo. Pero tal prueba de popularidad y
fama, que ayer le produjera satisfacción, no alegró al poeta en
ese instante.
–Disculpe –dijo y su rostro se ensombreció–. ¿Me permite un
momento? Tengo algo que decirle al camarada.
–¡Cómo no! –exclamó el desconocido–. Aquí, debajo de los
tilos, es muy agradable y, además, no tengo prisa por llegar a
ninguna parte.
–Oye,Misha –le susurró el poeta a Berlioz,llevándolo aparte–,no es
ningún "inturista", sino un espía.Un ruso emigrante infiltrado.Pídele
sus documentos que se nos va...
–¿Tú crees? –murmuró Berlioz alarmado y él mismo pensó:"Quizá
tenga razón".
–Hazme caso –le cuchicheó el poeta en el oído–,se enmascara de
tonto para conocer algo. Ya ves lo bien que habla ruso –el poeta
hablaba y miraba de reojo por si el extranjero escapaba–, detengámoslo
que se nos va.
Por la manga,el poeta haló a Berlioz hacia el banco.
El extranjero estaba de pie cerca del banco y en la mano sostenía
un librito de una encuadernación gris oscura, un sobre grueso de
buen papel y una tarjeta de visita.
–Discúlpenme de que,en la pasión de nuestra discusión,me haya
olvidado de presentarme. Aquí están mi tarjeta, mi pasaporte y la
invitación de viajar a Moscú para unas consultas –dijo muy serio,
mirando con ojos penetrantes a ambos literatos que quedaron confundidos.
"Diablos, lo oyó todo", se dijo Berlioz y con gesto educado le hizo
ver que no era necesario mostrar los documentos.
Mientras el extranjero le extendía los documentos a Berlioz, el
poeta pudo leer en la tarjeta de visita la palabra "Profesor", impresa
con letras extranjeras,y la letra inicial del apellido:la V.
–Mucho gusto –musitó el sorprendido Berlioz y el extranjero
escondió los documentos en el bolsillo.
De esta manera la relación fue reestablecida y los tres se sentaron
de nuevo en el banco.
–¿Profesor,ha sido usted invitado en calidad de consultante? –preguntó
Berlioz.
–Sí,de consultante.
–¿Es usted alemán? –inquirió Desamparado.
–¿Yo? –el profesor se quedó pensativo de repente–. Sí, por favor,
alemán.
–Usted habla muy bien el ruso –hizo notar Desamparado.
–¡Oh!,en general soy políglota y conozco una gran cantidad de lenguas
–respondió el profesor.
–¿Y cuál es su especialidad? –quiso saber Berlioz.
–Soy especialista en magia negra.
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