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II
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El etnocentrismo
Y, sin embargo, parece que la diversidad de culturas se presenta
raramente ante los hombres tal y como es: un fenómeno natural,
resultante de los contactos directos o indirectos entre las sociedades.
Los hombres han visto en ello una especie de monstruosidad o de
escándalo más que otra cosa.En estas materias,el progreso del conocimiento
no ha consistido tanto en disipar esta ilusión en beneficio
de una visión más exacta,como en aceptar o en encontrar el medio
de resignarse a ella. La actitud más antigua y que reposa sin duda
sobre fundamentos psicológicos sólidos,puesto que tiende a reaparecer
en cada uno de nosotros cuando nos encontramos en una
situación inesperada, consiste en repudiar pura y simplemente las
formas culturales:las morales,religiosas,sociales y estéticas,que estén
más alejadas de aquellas con las que nos identificamos.
"Costumbres salvajes","eso no ocurre en nuestro país","no debería
permitirse eso", etc., y tantas reacciones groseras que traducen
ese mismo escalofrío, esa misma repulsión en presencia de maneras
de vivir, de creer, o de pensar que nos son extrañas. De esta
manera confundía la Antigüedad todo lo que no participaba de la
cultura griega (después greco-romana), con el mismo nombre de
bárbaro. La civilización occidental ha utilizado después el término
salvaje en el mismo sentido.Ahora bien, detrás de esos epítetos se
disimula un mismo juicio: es posible que la palabra salvaje se refiera
etimológicamente a la confusión e inarticulación del canto de
los pájaros, opuestas al valor significante del lenguaje humano. Y
salvaje,que quiere decir "del bosque",evoca también un género de
vida animal, por oposición a la cultura humana. En ambos casos
rechazamos admitir el mismo hecho de la diversidad cultural; preferimos
expulsar de la cultura,a la naturaleza,todo lo que no se conforma
a la norma según la cual vivimos.
Este punto de vista ingenuo, aunque profundamente anclado en
la mayoría de los hombres, no es necesario discutirlo porque este
capítulo constituye precisamente su refutación. Bastará con comentar
aquí que entraña una paradoja bastante significativa.Esta actitud
de pensamiento,en nombre de la cual excluimos a los "salvajes" (o a
todos aquellos que hayamos decidido considerar como tales) de la
humanidad,es justamente la actitud más marcante y la más distintiva
de los salvajes mismos.
En efecto, se sabe que la noción de humanidad que engloba
sin distinción de raza o de civilización a todas las formas de la
especie humana, es de aparición muy tardía y de expansión
limitada. Incluso allí donde parece haber alcanzado su más alto
desarrollo, no hay en absoluto certeza –la historia reciente lo
prueba– de que esté establecida al amparo de equívocos o
regresiones. Es más, debido a amplias fracciones de la especie
humana y durante decenas de milenios, esta noción parece
estar totalmente ausente. La humanidad cesa en las fronteras
de la tribu, del grupo lingüístico, a veces hasta del pueblo, y
hasta tal punto, que se designan con nombres que significan
los "hombres" a un gran número de poblaciones dichas primitivas
(o a veces –diríamos con más discreción– los "buenos", los
"excelentes", los "completos"), implicando así que las otras tribus,
grupos o pueblos no participan de las virtudes –o hasta de
la naturaleza– humanas, sino que están a lo sumo compuestas
de "maldad", de "mezquindad", que son "monos de tierra" o
"huevos de piojo". A menudo se llega a privar al extranjero de
ese último grado de realidad, convirtiéndolo en un "fantasma"
o en una "aparición".Así se producen situaciones curiosas en las
que dos interlocutores se dan cruelmente la réplica. En las
Grandes Antillas, algunos años después del descubrimiento de
América, mientras que los españoles enviaban comisiones de
investigación para averiguar si los indígenas poseían alma o no,
estos últimos se empleaban en sumergir a los prisioneros blancos
con el fin de comprobar por medio de una prolongada vigilancia,
si sus cadáveres estaban sujetos a la putrefacción o no.
Esta anécdota, a la vez peregrina y trágica, ilustra bien la paradoja
del relativismo cultural (que nos volveremos a encontrar
bajo otras formas): en la misma medida en que pretendemos
establecer una discriminación entre culturas y costumbres, nos
identificamos más con aquellas que intentamos negar. Al
rechazar de la humanidad a aquellos que aparecen como los
más "salvajes" o "bárbaros" de sus representantes, no hacemos
más que imitar una de sus costumbres típicas.El bárbaro, en primer
lugar, es el hombre que cree en la barbarie.
Sin lugar a dudas,los grandes sistemas filosóficos y religiosos de la
humanidad –ya se trate del Budismo,del Cristianismo o del Islam;de
las doctrinas estoica, kantiana o marxista– se han rebelado constantemente
contra esta aberración. Pero la simple proclamación de
igualdad natural entre todos los hombres y la fraternidad que debe
unirlos sin distinción de razas o culturas,tiene algo de decepcionante
para el espíritu,porque olvida una diversidad evidente,que se impone
a la observación y de la que no basta con decir que no afecta al
fondo del problema para que nos autorice teórica y prácticamente a
hacer como si no existiera.Así,el preámbulo a la segunda declaración
de la UNESCO sobre el problema de las razas comenta juiciosamente
que lo que convence al hombre de la calle de que las razas existan,es
la "evidencia inmediata de sus sentidos cuando percibe juntos a un
africano,un europeo,un asiático y un indio americano".
Las grandes declaraciones de los derechos del hombre tienen
también esta fuerza y esta debilidad de enunciar el ideal,demasiado
olvidado a menudo,del hecho de que el hombre no realiza su naturaleza
en una humanidad abstracta,sino dentro de culturas tradicionales
donde los cambios más revolucionarios dejan subsistir aspectos
enteros,explicándose en función de una situación estrictamente
definida en el tiempo y en el espacio.Situados entre la doble tentación
de condenar las experiencias con que tropieza afectivamente y
la de negar las diferencias que no comprende intelectualmente, el
hombre moderno se ha entregado a cientos de especulaciones filosóficas
y sociológicas para establecer compromisos vanos entre
estos dos polos contradictorios,y percatarse de la diversidad de culturas,
cuando busca suprimir lo que esta conserva de chocante y
escandaloso para él.
No obstante,por muy diferentes y a veces extrañas que puedan ser,
todas estas especulaciones se reúnen de hecho, en una sola fórmula
que el término falso evolucionismo es sin duda el más apto para caracterizar.
¿En qué consiste? Exactamente, se trata de una tentativa de
suprimir la diversidad de culturas resistiéndose a reconocerla plenamente.
Porque si consideramos los diferentes estados donde se
encuentran las sociedades humanas, las antiguas y las lejanas, como
estadios o etapas de un desarrollo único,que partiendo de un mismo
punto,debe hacerlas converger hacia el mismo objetivo,vemos con claridad
que la diversidad no es más que aparente.La humanidad se vuelve
una e idéntica a ella misma;únicamente que esta unidad y esta identidad
no pueden realizarse más que progresivamente,y la variedad de
culturas ilustra los momentos de un proceso que disimula una realidad
más profunda o que retarda su manifestación.
Tomado de: Claude Lévi-Strauss, Raza y cultura, Altaya, Madrid,
1999,pp.37-104.

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