Raza e historia

Claude Lévi-Strauss

El antropólogo francés Claude Lévi-Strauss, fallecido recientemente a la edad de cien años, es uno de los grandes teóricos contemporáneos que transformaron radicalmente las ciencias sociales a partir de mediados del siglo XX, al introducirles un enfoque y un análisis estructuralista, al igual que ocurrió entonces con las ciencias del lenguaje, a partir de los estudios de F. Saussure. En su homenaje reproducimos ahora un fragmento de uno de sus textos más memorables, Raza e historia, publicado en 1952.

Nacido en Bruselas en 1908, Lévi-Strauss fue catedrático de filosofía y enseñó en Francia y en Brasil, país en el que entró en contacto con las poblaciones y culturas aborígenes. Durante la Segunda Guerra Mundial, por su origen judío emigró a Estados Unidos. En 1949 obtuvo el cargo de subdirector del Museo del Hombre de París y, a partir de 1950, ocupó la cátedra de Religiones Comparadas de los Pueblos sin Escritura, en la Escuela de Altos Estudios de París y, en 1959, la de Antropología social, en el Colegio de Francia. Fue el primer etnólogo elegido miembro de la Academia Francesa, en 1973.

Entre sus principales obras cabe señalar Estructuras elementales del parentesco (1949), Tristes trópicos (1955) –la más célebre–, Antropología estructural (1958), El pensamiento salvaje (1962) y los cuatro tomos de la serie Mitológicas (publicados entre 1964 y 1971).

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Diversidad de culturas

Para comprender cómo, y en qué medida, las culturas humanas difieren entre ellas, si estas diferencias se anulan o se contradicen,o si concurren para formar un conjunto armonioso,primero hay que intentar elaborar un inventario. Pero aquí es donde comienzan las dificultades, ya que debemos darnos cuenta de que las culturas humanas no difieren entre ellas de la misma manera, ni en el mismo plano. Primero, estamos en presencia de sociedades yuxtapuestas en el espacio, unas próximas y otras lejanas, pero mirándolo bien, contemporáneas. Seguidamente debemos contar con las formas de vida social que se han sucedido en el tiempo y que nos es imposible conocer por experiencia directa.Cualquier hombre puede convertirse en etnógrafo e ir a compartir in situ la existencia de una sociedad que le interese.Por el contrario, aunque llegue a ser historiador o arqueólogo, no entrará jamás en contacto directo con una civilización desaparecida si no es a través de los documentos escritos o los monumentos diseñados que esta sociedad –u otras– hayan dejado a este respecto. En fin, no hay que olvidar que las sociedades contemporáneas que no han conocido la escritura y que nosotros denominamos "salvajes" o "primitivas", estuvieron también precedidas de otras formas cuyo conocimiento es prácticamente imposible, ya fuera éste de manera indirecta. Un inventario concienzudo debe reservarse un número de casillas en blanco sin duda infinitamente más elevado que otro,en el que somos capaces de poner cualquier cosa. Se impone una primera constatación: la diversidad de culturas humanas es, de hecho en el presente, de hecho y también de derecho en el pasado, mucho más grande y más rica que todo lo que estamos destinados a conocer jamás.

Pero aunque embargados de un sentimiento de humildad y convencidos de esta limitación,nos encontramos con otros problemas.

¿Qué hay que entender por culturas diferentes? Algunas parecen serlo,pero si emergen de un tronco común,no difieren de la misma manera que dos sociedades que en ningún momento de su desarrollo han mantenido contactos. Así, el antiguo imperio de los Incas del Perú y el de Dahomey en África difieren entre ellos de manera más absoluta que, por ejemplo el de Inglaterra y Estados Unidos hoy, aunque estas dos sociedades deben tratarse también como distintas.

Por el contrario, sociedades que han entrado recientemente en contacto muy íntimo parecen ofrecer la imagen de la misma civilización a la que han accedido por caminos diferentes que no debemos dejar de lado. En las sociedades humanas hay simultáneamente a la obra, unas fuerzas que trabajan en direcciones opuestas: unas tendentes al mantenimiento e incluso a la acentuación de los particularismos, mientras las otras actúan en el sentido de la convergencia y la afinidad. El estudio de la lengua ofrece ejemplos sorprendentes de tales fenómenos: así, igual que lenguas del mismo origen tienden a diferenciarse unas respecto de las otras (tales como el ruso, el francés y el inglés), las lenguas de orígenes varios aunque habladas en territorios contiguos, desarrollan caracteres comunes. Por ejemplo, el ruso se ha diferenciado en ciertos aspectos de otras lenguas eslavas para acercarse, al menos en ciertos rasgos fonéticos a las lenguas fino-húngaras y turcas habladas en su vecindad geográfica inmediata.

Cuando estudiamos tales hechos –y otros ámbitos de la civilización como las instituciones sociales, el arte y la religión, que nos darían fácilmente otros ejemplos similares–, uno acaba preguntándose si las sociedades humanas no se definen en cuanto a sus relaciones humanas, por cierto optimum de diversidad, más allá del cual no sabrían ir,pero en el que no pueden tampoco ahondar sin peligro. Este estado óptimo variaría en función del número de sociedades, de su importancia numérica, de su distanciamiento geográfico y de los medios de comunicación (materiales e intelectuales) de que disponen. Efectivamente, el problema de la diversidad no se plantea solamente al considerar las relaciones recíprocas de las culturas; también en el seno de cada sociedad y en todos los grupos que la constituyen: castas, clases, medios profesionales o confesionales, etc., que generan ciertas diferencias a las cuales todos conceden una enorme importancia.Podemos preguntarnos si esta diversificación interna no tiende a acrecentarse cuando la sociedad llega a ser desde otros puntos de vista, más voluminosa y más homogénea; tal fuera quizá, el caso de la antigua India, con la expansión de su sistema de castas tras el establecimiento de la hegemonía ariana.

Vemos pues que la noción de la diversidad de culturas humanas no debe concebirse de una manera estática.Esta diversidad no es la de un muestreo inerte o un catálogo en desuso. Sin ninguna duda, los hombres han elaborado culturas diferentes en función de la lejanía geográfica, de las propiedades particulares del medio y de la ignorancia que tenían del resto de la humanidad.Sin embargo, esto no sería rigurosamente cierto a menos que cada cultura o cada sociedad hubiera estado relacionada o se hubiera desarrollado aisladamente de las demás.Ahora bien, este no es nunca el caso, salvo quizás en los ejemplos excepcionales de los Tasmanios (y aun aquí por un período limitado).

Las sociedades humanas no están jamás solas;cuando parecen estar más separadas que nunca,lo están en forma de grupos o bloques.De esta manera,no es una exageración suponer que las culturas norteamericanas y sudamericanas hayan estado casi incomunicadas con el resto del mundo por un período cuya duración se sitúa entre diez mil y veinticinco mil años.Este amplio fragmento de humanidad desligada consistía en una multitud de sociedades grandes y pequeñas, que tenían contactos muy estrechos entre ellas.Y junto a diferencias debidas al aislamiento, hay otras también importantes, debidas a la proximidad: el deseo de oponerse, de distinguirse, de ser ellas mismas.Muchas costumbres nacen,no de cualquier necesidad interna o accidente favorable, sino de la voluntad de no quedar como deudor de un grupo vecino, que sometía un aspecto a un uso preciso, en el que ni siquiera se había considerado dictar reglas.En consecuencia,la diversidad de culturas humanas no debe invitarnos a una observación divisoria o dividida. Esta no está tanto en función del aislamiento de los grupos como de las relaciones que les unen.

Continua...