
El autor y el héroe
en la actividad estética (fragmento)
Mijaíl Bajtín(Orel, 1895 - Moscú, 1975)
El hombre es una condición de la posibilidad de
cualquier visión estética, da lo mismo si ésta
halla una determinada encarnación en una obra
artística acabada o no; sólo en esta última aparece
un determinado héroe, al tiempo que algunos
factores pueden estar estetizados y no tener una
relación inmediata con él, sino con el hombre en general,
como en nuestro ejemplo de la animación directa
de la naturaleza independientemente de la fábula de
su incorporación al acontecimiento de la vida de un
determinado héroe. El héroe ya no es una condición de
la posibilidad, sino también un objeto concreto de la
visión estética, cierto es que un objeto par excellence,
porque expresa la esencia misma de él, pero es que al
hombre es posible enfocarlo desde un punto de vista
que no sea el del valor de la realidad dada humana (el
homo sapiens de la biología, el hombre del acto ético, el
hombre de la historia), y a la inversa: desde el punto de
vista de la realidad dada humana se puede mirar cualquier
objeto, y esta mirada será estética, pero en ella no
habrá héroe propiamente dicho. Así, la contemplación
estética de la naturaleza está humanizada, pero no
tiene un determinado héroe (por lo demás, tampoco un
determinado autor, aquí hay un autor coincidente con
la contemplación [?], pero es extremadamente pasivo y
receptivo [?], aunque el grado de pasividad es diferente).
Es posible también una obra artística sin un héroe
expresado de manera definida: la descripción de la
naturaleza, la lírica filosófica, el aforismo estetizado, el
fragmento en los románticos, etc. Particularmente frecuentes
son las obras sin héroe en otras artes: casi toda
la música, el ornamento, el arabesco, el paisaje, la nature
morte, toda la arquitectura, etc.
Es verdad que la frontera entre el hombre –la condición
de la visión– y el héroe –el objeto de la visión– a
menudo se vuelve movediza: el asunto está en que la
contemplación estética como tal tiende a aislar a un
determinado héroe, en este sentido cada visión encierra
una tendencia al héroe, una potencia de héroe; es
como si en cada percepción estética del objeto dormitara
una determinada imagen humana, como en el bloque
de mármol para el escultor. En el enfoque mitológico, no
sólo el factor éticohistórico, sino también el puramente
estético, hicieron prever en la madera la dríada, la oréada
en la piedra, hicieron levantarse de las aguas a las
ninfas, ver en los acontecimientos de la naturaleza
acontecimientos de la vida de determinados participantes.
Sólo con respecto a un determinado héroe se
pueden definir completamente [ilegible] los acontecimientos
y la orientación emocional-volitiva del autor.
Por eso se puede afirmar que sin héroe no hay visión
estética ni obra artística, y sólo se debe distinguir al
héroe real, manifiesto, y el potencial, que, diríase, aspira
a abrirse paso a través de la cáscara de cada objeto de
la visión artística. En efecto, para dilucidar la posición
valórica del autor con respecto al todo estético y a cada
factor del mismo, será importante, allí donde no hay un
héroe determinado, actualizar las visiones de la potencia
del héroe ínsitas en el objeto hasta que devengan
una imagen determinada en cierto grado. Más adelante
veremos que en la base de las concepciones semifilosóficas,
semiartísticas, del mundo –como son la concepción
de Nietzsche y, en parte, la de Schopenhauer–
se halla el acontecimiento vivo de la actitud del autor
hacia el mundo, semejante a la actitud del artista hacia
su héroe, y para la comprensión de tales concepciones
es necesario hasta cierto punto un mundo antropomorfo
–el objeto del pensamiento de las mismas. Con todo,
más adelante distinguiremos rigurosamente el héroe
propiamente dicho y el hombre –condición de la visión
estética– del héroe en potencia, porque la estructura
del héroe real tiene un carácter completamente especial
e incluye toda una serie de factores de importancia
primordial que el héroe potencial no conoce; además,
el héroe real está colocado en un mundo en parte ya
estetizado por el héroe potencial y no suprime [?] el
trabajo de este último (lo mismo que en nuestro ejemplo
está estetizada la naturaleza); después, las determinaciones
formales y de contenido de las variedades
del héroe –el carácter, el tipo, el personaje, el héroe
positivo, el héroe lírico, y sus subdivisiones– son casi
inextensibles al héroe potencial, al referirse principalmente
a los factores de su actualización en lo real.
Hasta ahora nuestra exposición pone en claro solamente
las funciones generales del hombre –las condiciones
de la visión artística que tiene lugar también donde
no hay un héroe determinado, y sólo en parte se adelanta
a la función del héroe real en la obra, porque
ellos, realmente, tienden el uno al otro y a menudo se
convierten el uno en el otro de manera directa. El hombre
es el centro valórico formal y de contenido de la
visión artística, pero en el centro de una obra artística
dada puede no hallarse un héroe determinado; puede
no haberlo del todo, puede retroceder a un segundo
plano ante el tema. […] Pero precisamente a consecuencia
de la afinidad íntima de un determinado héroe
al principio mismo de la visión artística –a la humanización–
y de la mayor claridad de la actitud creadora del
autor en ella, siempre se debe comenzar el análisis a
partir del héroe, y no del tema; de lo contrario, podemos
perder con facilidad el principio de la encarnación
del tema a través del héroe-hombre potencial, es decir,
perder el centro mismo de la visión artística y sustituir
su arquitectónica concreta por un razonamiento prosístico.
Debemos decir, además, que el lenguaje, que en considerable
medida ya es hallado al llegar por el artista de
la palabra, está profundamente estetizado, es mitológico
y antropomórfico, tiende hacia el centro valórico: el
hombre; por eso el esteticismo penetra todo nuestro
pensamiento, y el pensamiento filosófico, hasta en sus
alturas, es hasta ahora humano con parcialidad; eso
está justificado, pero sólo dentro de ciertos límites, que
a menudo son traspasados; también el lenguaje –o, más
exactamente, el mundo del lenguaje–, diríase, tiene su
héroe potencial, que en el enunciado de la vida se
actualiza en mí y en el otro, y sólo cuando se especializa
y se separa de otras tendencias, la orientación estética,
en su separación y lucha con otras tendencias, comienza
a diferenciarse, y se presentan el héroe y su autor, y el
acontecimiento vital de esta diferenciación, lucha e
interrelaciones de ellas desborda entrando en la obra
artística acabada y se congela en ella.
[…]
La creación estética supera la infinitud y la condición
de dado como tarea de lo cognoscitivo y lo ético remitiendo
todos los factores de la existencia y de lo dado
como tarea de sentido [smyslovoi zadannosti] a la realidad
dada concreta del hombre –como acontecimiento
de su vida, como destino de él. Un hombre dado es el
centro valórico concreto de la arquitectónica del objeto
estético; en torno a él se realiza la unicidad de cada
objeto, su variedad concreta total (casual y fatal [?]
desde el punto de vista del sentido), y todos los objetos
y elementos se unen en el todo temporal, espacial y de
sentido del acontecimiento concluido de la vida. Todo
lo que entra en el todo artístico, representa un valor,
pero no previamente dado y significativo en sí mismo,
sino realmente significativo para un hombre dado en el
destino del mismo, como aquello con respecto a lo cual
él tomó una posición objetual emocional-volitiva. El
hombre es una condición de la visión estética; si él
resulta un objeto determinado de ella –y él siempre y
de manera esencial aspira a eso–, es el héroe de la obra
dada. Cada valor concreto del todo artístico es dotado
de sentido en dos contextos valóricos: en el contexto
del héroe –cognoscitivo-ético, vital– y en el contexto
conclusivo del autor –cognoscitivo-ético y formal-estético–;
además, esos dos contextos valóricos se interpenetran,
pero el contexto del autor tiende a abarcar y cerrar el
contexto del héroe.
La elección de cada significado objetual, la estructura
de cada imagen y cada tono entonativo-rítmico están
condicionados y penetrados por ambos contextos valóricos
interactuantes. La reacción estéticamente formadora es
una reacción a una reacción, una valoración de una
valoración.
El autor y el héroe convergen en la vida, entran uno
con otro en relaciones puramente vitales, cognoscitivoéticas,
luchan entre sí –aunque se encuentren en un
solo hombre–, y este acontecimiento de su vida, de su
relación tensa y seria, y de su lucha se congela en el
todo artístico en la relación formal y de contenido
arquitectónicamente estable, pero dinámicamente viva
entre el autor y el héroe, esencial en grado sumo para
la comprensión de la vida de la obra.
Traducción del ruso: Desiderio Navarro
Tomado de Criterios, La Habana, no. 31, enero-junio
de 1994, pp. 109-130. |