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II
Sólo que Gordon Lish borró todo. Ni qué
decirlo, tenía talento. Hasta en los más pequeños
indicios, quita a Jerry su pasado, incluidos
los últimos minutos del asesinato.Quiere que la
tragedia, congelada, esté puesta sobre la mesa
en las últimas cuatro líneas. Nada de anticipaciones,
please. Se perdería el efecto. Resultado:
de allí nace American Psycho. Pero Carver, él,
¿qué tiene que ver?
¿Puedo permitirme una nota más técnica?
Bien. Carver es grande también por ciertos
estilemas que, quizá sin que el lector se dé
cuenta, construyen de manera subterránea
aquella mirada mortífera por la cual se ha
vuelto famoso. Trucos técnicos. Por ejemplo
los diálogos. Muy secos. Acompasados por
aquel extenuante y obsesivo "dijo" que, en la
prosa, termina volviéndose una especie de
batería que da el tiempo, con exactitud implacable.
Un ejemplo: exactamente el diálogo
citado arriba entre Bill y Jerry, en el coche. En
la edición oficial es un bello ejemplo de estilo
carveriano:
"Mira allá", dijo Jerry,moderando la marcha.
"A ésas me las echaría con ganas."
Jerry continuó más o menos por un kilómetro
y luego se paró. "Volvamos atrás'',
dijo. "Probemos."
"¡Cristo!", dijo Bill. "No sé."
"Yo me las echaría", dijo Jerry.
Bill dijo: "Sí, pero yo no sé."
"¡Oh, Cristo!", dijo Jerry.
Bill dio una mirada al reloj y luego miró
alrededor.Dijo: "¿Les hablas tú? Yo estoy
enmohecido."
Limpio, veloz, rítmico, ni una palabra de más.
Como un bisturí. Pero es la versión de Gordon
Lish.El diálogo escrito originalmente por Carver
suena diferente:
"¡Mira allá!", dijo Jerry moderando la marcha.
"Podría hacer algo con aquellas
cosas."
Continuó por el camino,pero los dos voltearon.
Las dos muchachas los miraron y
se echaron a reír, continuando a pedalear
en la orilla de la calle.
Jerry avanzó otra milla, después se paró
en una placita."Regresemos.Probemos."
"¡Jesús! No sé.Deberíamos regresar a casa.
Y además, ¿son demasiado jóvenes, no?"
"Bastante viejas como para sangrar, bastante
viejas para...¿Conoces el dicho, no?"
"Sí, pero no sé."
"¡Cristo!, tenemos sólo que divertirnos un
poco con ellas,hacerles pasar un mal
rato."
"Claro." Dio una mirada al reloj y luego al
cielo. "Habla tú."
"¿Yo? Yo estoy manejando. Háblales tú.
Además están del lado tuyo."
"No sé, estoy un poco enmohecido."
¿Sutilezas? No tanto.Si uno construye buques
petroleros, no les comprueba los tornillos. Pero
si hace relojes, sí. Carver era un relojero.
Trabajaba hasta en lo más mínimo. El detalle es
todo. Además, las palabras de un diálogo son
como pequeños ladrillos: si cambias uno no
pasa nada,pero si continúas cambiando, al final
te encuentras con una casa diferente. ¿Dónde
acabó el mítico "dijo"? ¿Dónde acabó la batería?
¿Y la regla del nunca una palabra de más?
¿Dónde acabó aquel que llamamos Carver?
Para la crónica: conté los "dijo" añadidos por
Gordon Lish al texto de Carver en aquel cuento.
Treinta y siete. En doce cuartillas de las que
casi la mitad no son diálogos y por tanto no
cuentan. Trabajaba fino Gordon Lish, nada
que objetar.
Fin de la nota técnica
(No del artículo,porque tengo todavía
un ejemplo colosal)
El último cuento de la colección De qué
hablamos cuando hablamos del amor es brevísimo:
cuatro páginas.Se titula "Todavía una cosa".
Formidable,por lo que yo entiendo.Una sacudida
eléctrica. Es una pelea. Por un lado, un marido
borracho. Por el otro, la esposa con una hija
jovencita. La mujer no puede más y le grita al
marido que desaparezca para siempre. Él dice
algo. Se gritan cosas. Casi no hay acción, sólo
voces que exhalan miseria, y dolor, y rabia,
rumiando odio al ritmo de los obsesivos "dijo".
Lo que te tiene con la respiración en suspenso
es que todo está en vilo sobre la tragedia. La
violencia del marido parece que está por explotar.
Es una bomba encendida. Hay un instante
en que todo se vuelve casi insoportablemente
filoso.El lanza un tarro contra una ventana. Ella
le dice a la hija que llame a la policía. Pero lo
que pasa luego es que él dice: "Está bien, me
voy" y va a su cuarto a hacer la maleta.Regresa
a la sala.La mecha de la bomba parece siempre
más corta. Últimos compases, de odio puro. El
marido ya está en el umbral. Dice: "Sólo quiero
decir una cosa." Punto y aparte. Última frase:
"Pero luego no logró pensar lo que podía ser."
Fin.
Es el clásico Carver.Miserias de una humanidad
desarmada y sin palabras. Nada sucede y todo
podría suceder. Final mudo. El mundo es una
tragedia estática.
En la Lilly Library tomé el escrito de Carver.Lo
leí. Llegué hasta el final. El marido está en el
umbral. Se voltea y dice: "Sólo quiero decir una
cosa." Bien. ¿Saben qué pasa? Allí, en aquel
escrito, lo dice.Y como si no bastara,¿saben qué
dice? Aquí está:
"Escucha,Maxine.Recuerda esto.Te amo.
Te amo pase lo que pase.Y también te
amo a ti, Bea. Las amo a las dos." Se quedó
de pie en el umbral y sintió que los labios
le empezaban a temblar mientras las
miraba en la que,pensó, sería la última
vez. "Adiós", dijo.
"A esto tú llamas amor", dijo Maxine y
soltó la mano de Bea.Cerró la suya en un
puño. Luego sacudió la cabeza y hundió
sus manos en las bolsas. Lo miró y dejó
caer la mirada, cerca de los zapatos de él.
A él le vino a la mente, como en un shock,
que iba a recordar para siempre aquella
tarde, y a ella parada de aquel modo.Era
horrible pensar que en todos los años
venideros ella iba a ser para él aquella
mujer indescifrable, una figura muda
metida en un traje largo, de pie en el centro
del cuarto, con los ojos mirando al
suelo.
"Maxine", gritó. "¡Maxine!"
"¿A esto lo llamas amor?", dijo ella, levantando
los ojos y mirándolo.Sus ojos eran
terribles y profundos, y él los miró, todo el
tiempo que pudo.
Leí y releí este final. ¿No es extraordinario?
Es como descubrir que, en su versión original,
Esperando a Godot termina con Godot
que efectivamente llega, y dice cosas sentimentales,
o sólo sensatas. Es como descubrir
que en la versión original de Los novios, Lucía
echa a Renzo y termina con un discurso anticlerical.
No sé.
Le dice "Te amo", ¿entienden? Aquel silencio
suyo en el umbral de su casa parecía la última
estación de la humanidad y de la esperanza. Y
sólo era un hombre que retomaba el aliento,
con el corazón despedazado, para encontrar la
forma de decir a la mujer que la ama, que a
pesar de todo la ama.No es el silencio del desierto
del alma. Sólo tenía que tomar aliento.
Encontrar el valor. Sólo eso.
Los Apocalipsis no son como los de antes
El artículo en el Magazine del New York Times reconstruía el caso, y luego entrevistaba a unos
addetti ai lavori (especialistas), preguntándose
con qué derecho el trabajo del editor se sobrepone
al trabajo del autor y, naturalmente, si
todo eso redimensiona o no la figura de Carver.
Por cierto, el problema es interesante, y también
en Italia podría tomarse como pretexto
para volver a reflexionar sobre la figura de los
editores y hasta para descubrir alguna sabrosa
intriga del país. Pero otro es el punto que me
parece más interesante. Descubrir que uno de
los máximos modelos de la cultura narrativa
contemporánea es un modelo artificial. Nacido
en laboratorio. Y sobre todo: descubrir que el
mismo Carver no estaba capacitado para mantener
aquella mirada impasible sobre el mundo
que sus cuentos ostentan. Más bien, en cierto
modo tenía el antídoto contra aquella mirada.
La esbozaba, quizás hasta la haya inventado,
pero después, entre líneas y sobre todo en los
finales, la cuestionaba, la apagaba. Como si
tuviera miedo. Construía paisajes de hielo pero
luego los veteaba de sentimientos, como si
tuviera necesidad de convencerse que, a pesar
de todo aquel hielo, eran habitables.Humanos.
Al final, la gente llora. O dice te amo. Y la tragedia
es explicable. No es un monstruo sin
nombre. Gordon Lish tuvo que intuir, por el
contrario, que la visión pura y simple de
aquellos desiertos helados era lo que aquel
hombre tenía de revolucionario. Y era lo que
los lectores tenían ganas de que se les narrara.
Borró minuciosamente todo lo que podía
calentar aquellos paisajes y, cuando era necesario,
añadía aún más hielo. Desde un punto
de vista editorial él tenía la razón: construyó la
fuerza de un verdadero y propio modelo
inédito. ¿Pero el punto de vista editorial es el
mejor punto de vista?
El último día, en la Lilly Library, releí de corrido
los dos cuentos en la versión original de Carver.
Bellísimos.De manera distinta, pero bellísimos.
¿Saben qué había de diferente? Que al final tú
estabas de parte de Jerry y del marido borracho.
Hay compasión por ellos y una comprensión
de ellos, que logra la acrobacia insensata
de hacerte sentir de parte del malo. Yo conocía
al Carver que sabía describir el mal como
cáncer cristalizado sobre la superficie de la
normalidad. Pero en el original era distinto.
Era un escritor que buscaba desesperadamente
hallar el revés humano del mal,demostrar que el
mal es inevitable;dentro de él hay un sufrimiento
y un dolor que son el refugio de lo humano –el
rescate de lo humano– en el paisaje glacial de la
vida.Debía saber bastante de personajes negativos.
Él era un personaje negativo.Hasta me parece
natural, ahora, pensar que haya buscado
obsesivamente hacer aquello y nada más que
aquello: rescatar a los malos. En el último cuento,
el de la pelea,Gordon Lish cortó casi todas las
palabras de la hija, y aquellas palabras son afectuosas,
son las palabras de una muchachita que
no quiere perder a su padre,y que lo ama.Ahora
me parecen la voz de Carver. Y, en cierto
momento, hay una parte, siempre cortada por
Lish,en la que el padre mira a aquella muchachita,
y lo que dice es de una tristeza y de una dulzura
inmensas: "Tesoro, me duele. Me encolericé.
Olvídame, ¿quieres? ¿Me olvidarás?"
No sé. Se necesitaría ver todos los otros cuentos,
estudiarlos seriamente. Pero regresé con la
idea de que aquel hombre, Carver, tenía en la
cabeza algo terrible pero también fascinante. La
idea de que el sufrimiento de las víctimas es insignificante.
Y que el residuo de humanidad que
hierve bajo esta zona glacial está custodiado por
el dolor de los verdugos. ¿Si así fuera, no residiría
en esto su grandeza?

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