De la soledad
Félix Schwartzmann
Tensas formas de expectación y prolongados
ensimismamientos, pueden expresar la índole del
vínculo a través del cual el hombre pugna por
incorporarse a su mundo social circundante.
Ahora,cuando acontece que la actitud de expectación
–que bien puede permanecer oculta en la
juvenil euforia o dormir bajo el ensimismamiento–,
posee como referencia interior la imagen de todo
el curso de lo humano, ocurre también que la
experiencia de la soledad se actualiza vivamente.
Ahondando en tal comportamiento, observaremos
que aquélla está condicionada por un ideal
del hombre que,por exigencias de su misma naturaleza,
constriñe con especial rigor al refugio del
individuo en la vida íntima; o condicionada por la
impotencia expresiva frente al prójimo que la personal
mediatización determina.
La soledad del americano señala la más profunda
y esencial valoración del hombre,representa un
agudo encontrarse sensibilizado para la presencia
de lo humano.De ahí que no corresponda la americana
a una soledad de solitarios, apareciendo
sólo como fenómeno aislado la solitariedad con
voluntad de yermo, (de amador del yermo, como
diría Petrarca).Ya se trate de las soledades literarias,
de las soledades que acompañan al soñar diurno o
de la solitariedad del individuo que de ningún
modo huye de la sociedad, sus motivos los configura
siempre la raigal mediatización ante el hombre,
su impotencia expresiva y,en no menor grado,
el intransigente anhelo de aprehender al hombre
en sí mismo.
"Para la configuración de un grupo es esencial el
saber si dicho grupo favorece, o hace posible al
menos, la soledad en su seno", escribe acertadamente
Simmel.Pero no basta tal conocimiento.Es
necesario saber de qué tipo de aislamiento se
trata.No se manifiesta la soledad americana,desde
luego,por una huida de la sociedad,sino que,más
bien,se revela como un "encuevarse" dentro de sí,
simultáneo al curso de la convivencia.Se trata,por
ejemplo, de ese "encuevarse" del llanero, de que
habla Rómulo Gallegos.Mas,si el individuo decide
huir a la soledad, en tal fuga se oculta una afirmación
del hombre frente al hombre y de ningún
modo algo negativo (y por atender al movimiento
íntimo, al dinamismo de tal afirmación, empleamos
el término "solitariedad",para diferenciar esta
lucha y movilidad de lo solitario extático).
Al estudiar los motivos de la soledad en la poesía
española,Karl Vossler diferencia tres formas de
aislamiento: la mística, la ascética y la mundana.
Aunque ascética, la soledad del americano no
revela afinidad con los tipos mencionados. Ni la
gozosa contemplación de la naturaleza, ni la
búsqueda del éxtasis religioso, y, por último, ni
purificaciones de anacoreta, integran el peculiar
fenómeno de la soledad americana. No obstante,
esta solitariedad es ascética, de un "ascetismo
irracional",que en su puro apuntar hacia lo humano,
aparece como indeterminado por la carencia
de un ritual que exorcice presencias. Pues, para el
ideal americano del hombre,no sólo el aislamiento,
sino que, hasta la experiencia de la autoaniquilación
constituye un signo positivo del ser cabal del
hombre, por manifestarse en ella la fortaleza que
denota el vivir y sufrir en el límite mismo de lo compatible
con la vida.Pero,como esta valoración de la
fortaleza de la persona se extiende, también, a la
necesidad de una expresión no coartada, la real
impotencia expresiva, contra la que el americano
lucha, le hace huir y ensimismarse. El saberse
mediatizado ante el prójimo,le hiere tanto como la
visión del paisaje inhóspito.
El cultivo de la soledad parece revelar, además
de fortaleza, libertad personal. "Pero por sobre
todo y contra todo –nos cuenta Güiraldes–, Don
Segundo quería su libertad. Era un espíritu anárquico
y solitario,a quien la sociedad continuada de
los hombres concluía por infligir un invariable cansancio".
"Como acción, amaba sobre todo el andar perpetuo;
como conversación, el soliloquio". Don
Segundo Sombra ama la soledad y el silencio
como fuerzas,como manifestaciones de la naturaleza;
los ama como revelación de vitalidad personal.
La solitariedad del solitario americano le hace
posible alternar, sin perder su íntima continuidad,
su actitud impasible con la cordial narración de
cuentos junto a un fogón. El llanero, el huaso, el
jagunco o el gaucho, elaboran su soledad en su
permanecer impasibles, en la contenida violencia
que duerme bajo sus expresiones y detenidos
anhelos. Es la soledad de la convivencia. Y quede
dicho que no se trata aquí de paradojas sociológicas,
o de ejercitar un malabarismo conceptual
entre tendencias primariamente opuestas, consistente
en armonizar, violentándolos, los contrarios
aislamiento y sociabilidad.La sombría obstinación
con que el silencio vincula al hombre de nuestras
tierras –y en el mismo sentido, pero fluyendo en
varias manifestaciones, aproxima tanto al sencillo
campesino como al individuo de la ciudad y al
intelectual–, antes que una huida representa una
honda afirmación. La propensión a la soledad
–que la vida ciudadana transforma de arcádico
mutismo en las más inextricables tensiones interhumanas–,
exterioriza una tendencia profunda
que pugna por expresarse. "Si el lenguaje fuese
lógico –escribe Vossler–, no se debería nunca
hablar sin más de soledad,sino siempre de inclinación
a ella o de desviación".
La particular dialéctica de lo íntimo, caracterizada
por el primario reobrar sobre el individuo de la
índole de los objetos a que apunta la voluntad de
unificación, confiere aquí el carácter diferencial a
esta forma de inclinación a la soledad. En el solitario
místico, por ejemplo, apareciendo como propensión
a identificarse con el Ser, reacciona sobre
el carácter de los vínculos y crea la más honda
unión entre su yo y el mundo de lo humano y lo
divino. "Tanto más interior se concibe la soledad,
con mayor rapidez se establece una unión psíquica
y espiritual del hombre con el Cosmos,del individuo
con sus semejantes y de las criaturas con el
Creador".Pero,cuando se aspira a captar al hombre
en sí mismo,no poseyendo esta referencia el trasfondo
de la naturaleza o de la divinidad,dicha sensibilización
frente al otro,subordinando incluso las
referencias a lo natural concebido como lo cósmico,
determina originales formas de convivencia.
La soledad americana,con su impronta de ensimismamiento
en la convivencia, responde a la
necesidad de establecer vínculos espontáneos
con el prójimo. Esto es, el anhelo de identificación
con lo puramente humano,el originario encontrarse
sensibilizado para la presencia de la persona, al
no poder expresar la alegría propia del natural despliegue
de la vida, conduce hacia el ensimismamiento
en el ánimo negativo.
No debe resultarnos entonces extraño que por
revelar el sentimiento de soledad que describimos;
soterrada voluntad de vínculo, se oculte cierta violencia
en su mutismo o en la intransigencia opuesta
a los requerimientos de una unión afectivoespiritual
más profunda. El silencioso y mutuo
rencor que parece circundar a las parejas del pueblo,
por ejemplo; el sombrío estar juntos el uno al
lado del otro;los relampagueos de recíproca suspicacia
que surgen,de pronto,desde el tenso comunicarse,
señalan la interior hostilidad propia de la
soledad de convivencia del americano.
Al tomar ella sus fuerzas de la necesidad de
plena identificación con los valores que encarna el
puro mundo de lo humano, deja entrever otro
rasgo positivo:la visión de un común destino.Pues,
la proclividad a identificarse sólo con el hombre
valorado en sí mismo,crea la honda solidaridad de
una conciencia colectiva que despierta, creadora.
El solitario por amor al hombre, interioriza en su
soledad a la sociedad toda y desde ella vive con
mayor hondura a su prójimo.Por eso,nuestros solitarios
se reúnen, pero conservando siempre el
interior aislamiento a que les obliga la propia
impotencia expresiva, extremada por efecto de la
misma titánica afirmación del "valor de lo humano"."
Si en alguna parte es cierto que el hombre es
la medida de sí mismo,es en la sabana ilímite –nos
dice Rómulo Gallegos en su Cantaclaro–, en cuya
brava soledad cada cual puede construirse su
mundo a sus anchas. Pero la sabana entra en los
pueblos y se mete en las casas: en cada llanero,
aunque viva en sociedad,hay siempre un hombre
aislado en medio del desierto..." Es lo infinito de la
sabana, y de la pampa que como un huracán
penetra de soledad todo cuanto toca. Es la visión
de las soledades pampeanas pintadas por Pedro
Figari.Pero también es la soledad del hombre.Del
hombre frente al hombre.De ahí que en sus óleos,
si bien lo humano se torna cósmico por transido
de infinito, lo cósmico también se hace humano
por la soledad de lo íntimo. Con su presencia –el
caballo, el rancho, la luna, el gaucho, el ombú–
acrecientan la impresión de soledad. "Las figuras
humanas y animales –escribe Giselda Zani, refiriéndose
a la pintura de Figari–, más que poblar
aquella soledad, la acentúan en su escueta relación
de gestos y actitudes".Ni siquiera los grupos
y su musicalidad, desenvolviéndose en ritmo y
baile en un pericón bajo un ombú, anulan su
soplo poderoso.
Ya se trate de la soledad de los grupos o del individual
aislamiento, dicho sentimiento extiende su
horizonte de referencias hasta alcanzar una generalización
valorativa que abarca en una peculiar
intuición a la persona y al grupo.En la misma medida
en que se agudiza para el individuo la experiencia
de su espiritual aislamiento, se unifica, aunque
con sombríos tonos,su visión de la colectividad.En
efecto,tanto en el aislamiento del individuo condicionado
por la impotencia para crear vínculos
sociales espontáneos,como en el no poder captar
aquel la armonía existente entre vida y naturaleza,
en uno y otro caso,el sentimiento de soledad se va
transformando en el de una creciente unificación
afectiva con los demás.Y porque el motivo de la
soledad americana arraiga en una singular experiencia
de lo humano, la conciencia de solidaridad
en medio del aislamiento abre para estos pueblos
la posibilidad de conocer su destino colectivo, de
vivir lo colectivo, representando aquel motivo el
papel de un elemento diferencial. En otros términos:
al condicionar la soledad una máxima inhibición,
correlato de una afirmación extrema,la fortaleza
de esta intransigencia vital reacciona sobre el
sujeto confiriéndole fe profunda en sus designios y
determinando,al mismo tiempo,originales modos
de sociabilidad.La expectación de lo humano,
el ensimismamiento, la incertidumbre y
el desaliento, representan cristalizaciones
de esta soledad, verdadera forma vital primaria,
capaz de manifestarse en la vida
emocional, espiritual y social, con un despliegue
tan poderoso como el del amor o el
presagio de la muerte.
La soledad se vincula también a la experiencia
de lo temporal,en el sentido en que
Petrarca, por ejemplo, decía, en su De vita
solitaria,que el solitario mira "en lo porvenir,
provee con ánimo deliberado, no está suspenso
en el presente sólo..." Y porque la
juvenil afirmación de la vida arranca siempre
de un sentimiento de soledad que oculta
honda inquietud temporal, condiciona
como visión de lo futuro todo el ámbito
vital. Para ello, rechaza, con intransigencia,
algunos aspectos de la conducta colectiva
propios del presente.No obstante los motivos
de raíz colectiva que configuran los
nexos existentes entre el "yo" y el "tú", aún
pueden rastrearse en el típico despliegue de la
vida afectiva y social americana.Así,por ejemplo,al
surgir el amor en el tono primario del aislamiento,
no modula un alegre canto; surge ensombrecido,
rodeado de tristeza, pesadumbre y nostalgia. La
amistad, tampoco se desenvuelve como libre
vínculo en torno a valores juvenilmente postulados;
se fortalece, más bien, en la dolorosa y negativa
solidaridad que engendra la incertidumbre del
futuro (lo que ocurre especialmente entre los
"intelectuales").
Se observan particulares fenómenos en el orden
de la convivencia, dado un sentimiento de lo
humano que se rige,digámoslo así,por un imperativo
consistente en querer establecer sólo vínculos
inmediatos con el prójimo; de tal suerte dicha
necesidad coincide, además, con la creencia en la
ilimitada vitalidad y fortaleza personales. Resulta
natural,entonces, que la vida afectivo-espiritual se
agriete, abriéndose en contenida violencia o en
contemplativa impiedad, dirigida ésta, indistintamente,
contra sí mismo o el prójimo. Del mismo
modo, se comprende, también, que el motivo del
aislamiento, coincidiendo con la valoración casi
religiosa del hombre en su titanismo,condicione la
profunda discontinuidad que observamos en el
curso de nuestra vida. Por otra parte, en virtud de
leyes que regulan la acción recíproca operante
entre las posiciones vitales primarias,la soledad y la
amistad, por ejemplo, engranan la una en la otra
limitándose y deformándose. En el aspecto positivo,
el aislamiento actúa agudizando el sentimiento
de lo humano, por lo que obra como elemento
seleccionador de las relaciones; y en el aspecto
negativo,al proyectarse esta experiencia en el prójimo,
deforma la amistad, en el sentido de convertirla
en una dependencia temerosa y suspicaz.
Igualmente, la vida de la familia se resquebraja en
requerimientos tangenciales, desprovistos de un
profundo carácter ético y formador. En fin, el despertar
creador de la conciencia colectiva, que
apunta en el sentimiento de soledad, condiciona,
no obstante,los sombríos tonos de la vida emocional
americana, por lo que ella nos aparece como
desposeída de la alegre libertad del amor.
Ante el hombre y la naturaleza,al sentir el americano
desplegarse la violencia de todo su ser, cae
en el hermetismo.Y es el sentido de este hermetismo
–cuya complejidad se nos mostrará a través de
variados enfoques–,el que nos hace comprensible
su sentimiento de la naturaleza, al propio tiempo
que nos ilumina el curso contradictorio de sus
reacciones frente a la sociedad.
Tomado de: El sentimiento de lo humano en
América. Ensayo de Antropología Filosófica,
Biblioteca Virtual Universal, Buenos Aires, 2003. |