Sobrepasar
la acidez
Teresa Fornaris
Por más que sobre la delgadez del
tallo, o del extremo más alejado de la
rama, aparezca –única– la flor; por más
que su simetría momentánea intente
sorprendernos,o sea el modo caprichoso
en que las inflorescencias se disponen;
es en el fruto donde confluyen los
deseos.
La necesidad primigenia de alimentarnos,
quizás, dar de comer a
otros, compartir la veleidad de los
sabores, el aroma, las texturas distintas,
nos ha traído ciertas displicencias
–o marcas más profundas que
todavía conservamos. ¿Por qué se
dispone ante nosotros el fruto? ¿Por
qué nos ha sido mostrada su carne
olorosa, delicadamente picoteada
por aves? ¿Cuál es la necesidad de
ponernos a prueba? Acaso sea peor
la indiferencia. El más reciente poemario
de Laura Ruiz, Los frutos ácidos,
merecedor del Premio de la Crítica
Literaria 2008, deja en el aire las respuestas.
Exacto, meditativo hasta en sus acciones
más simples, Los frutos ácidos pone
al descubierto la duda razonable:
¿Cómo saber que será otro el destino?
En la naturalidad de la palabra, Laura
coloca todas las turbulencias, un desplazamiento
medular del individuo que
recientemente se revela, abre los ojos.
Quizás, este descubrimiento, siempre
arriesgado, constituya el medio, la vía por
donde ha decidido –sin demasiadas argucias,
que no literarias y sí de la existencia–
transitar. El fruto, en su imagen, no habla de
la maduración. Con todo, la autora de estos
versos lo intuye inacabado, incompleto,
ácido. Aún así lo desea, pues no será el anhelo
superficial de un sabor sobre otro, sino la
consecución de eventos que le han hecho
voltear su prisma y percibir la esencia del
proceso, antes, incluso, de su culminación.
Sin más intermediarios que su propia
experiencia, con la humildad que causa el
dolor repetido, la reflexión sobre lo que avizora
inalcanzable se asienta en el interior
de estos poemas. Es el reflejo de sus elementos,
la caja de resonancia del país.
Aquello que tras duros esfuerzos se ha
ganado –o se merece– y no llega, no es
motivo de angustia llorosa. Las carencias o
despedazamientos, la han llevado a notar el
impulso de un orden diferente.
La costumbre, los apegos, el molde de las
impresiones colectivas nos clasifican de modo
invariable. Pese a ello, cada camino podrá ser
tomado en dos sentidos, ¿uno a la vez?, ¿al
mismo tiempo?: la inflexibilidad nos lleva sólo
a las malas estancias. Pero se necesita algo más
para que no nos mate la caída del cielo. Laura
Ruiz no ceja fácilmente.
Los frutos ácidos, publicado en la Colección
Puentes de Ediciones Matanzas durante el
pasado año, tuvo edición al cuidado de Alfredo
Zaldívar y Boris Badía, y diseño de Johann E.
Trujillo. La delicadeza y elegancia de la entrega
van en total armonía con el modo refinado de
su escritura, tranquila, profunda, confesional.
Tal vez, para protegernos de la vida agraz que
Laura Ruiz desmantela en sus poemas, sea
necesario desfasarse en el tiempo,adelantarse a
la maduración, cuestionar lo oculto en la matriz,
volver a la pregunta: ¿será realmente ácido el
fruto? Y luego, sobrepasarnos en la entrega.
En un vuelo
crecido
Frank Castell
Las publicaciones que parten de premios
nacionales no siempre arrojan
textos de valores éticos-literarios. Sin
embargo, después de disfrutar la lectura
de Vuelo Crecido, de Jorge Luis Peña
Reyes (Puerto Padre, 1977) me encuentro
con un poemario maduro donde
cada verso corrobora que la literatura
para niños tiene en este autor a uno de
sus exponentes más atendibles hoy en
Cuba.
Romances, décimas y prosas poéticas
se entrelazan para dejarnos ante un
volumen limpio de lugares comunes y
con una profundidad conceptual que
rinde homenaje a Excilia Saldaña y "La
Noche. Carta a Excilia" establece un
paralelo:
Mi abuelo tenía las manos repletas
de surcos y callos.
En cambio tu abuela, tejía las nubes
en sus manos tiernas.
Tu abuela se ha ido con la primavera.
Abuelo en la lluvia dejó su promesa.
Se fueron a un sitio, a buscar
respuestas.
Verso a verso está presente una relación
hermosa entre un niño y su abuelo,
quien lo guía como una luz por los
ásperos senderos de la vida. Poemas
de excelente factura como "¿El
miedo?" demuestran que Jorge Luis le
entrega a los niños las herramientas
para que se abran paso desde la palabra:
El miedo nació de pronto
en los ojos de un cobarde
que vio las sombras perdidas
meciéndose por delante.
El autor fragua desde la poesía su
visión sobre el miedo hasta que deja
bien claro su mensaje:
El miedo es un gato oscuro
que nos cruza por delante.
La musicalidad está implícita en sus
ochenta y seis páginas, así como el
poder de seducir al lector para que lea
sin detenerse. Jorge Luis Peña es
dueño de un estilo donde el humor se
adentra en la psicología de sus personajes
(léase Donde el jején puso el
huevo, Premio Regino E. Botti y publicado
por la editorial El mar y la
Montaña en 2004; o La corona del rey,
editado por Sanlope en 2005). Sin
embargo, en Vuelo Crecido se evidencia
la necesidad de trasmitir un mensaje
más lírico. Niño y abuelo hacen de este
libro una muestra de que el discurso
escrito por los jóvenes está matizado
por sólidas bases no sólo en lo conceptual
sino en la forma de decir. Temas
duros como el alcoholismo hacen que
el niño vuele con la imaginación, pero
también está más cerca de la realidad
que se vive en muchos hogares. En
Vuelo Crecido, según Magaly Sánchez
Ochoa, "hay belleza formal, pero sobre
todo, […] una sobreabundancia conceptual
nacida del asombro frente a la
hondura de la realidad que nos rodea".
El "Rap de los Borrachos" es un ejemplo
de cuán profunda puede ser la
visión del sujeto:
Los borrachos, los borrachos
retozan sobre el contén.
Se mecen como las hojas
(sin querer)
(…)
Los borrachos no son malos,
pero cuando tienen sed
sus palabras son cuchillos.
Y después…
Tienen casa, tienen hijos
pero no tienen mujer.
(…)
Confío en que este libro, ganador del
Premio Abril, se abra paso por sí solo, a
fuerza de imágenes. Su autor acierta
en la ubicación de los poemas, algo
difícil y que, de no precisarse, puede
dispersar la idea central. En las cinco
partes de Vuelo…, se corrobora que
detrás de cada texto hay una voz que
incita a ser mejores seres humanos.
Espero que quienes se adentren en
el mundo que Jorge Luis propone,
encuentren la infancia, las historias del
abuelo, la belleza de recordar esos instantes
maravillosos de descubrir el
mundo desde la lectura cuando dice:
Este es el libro del abuelo que seré.
Lo hice a retazos con abuelos que
encontré.
Yo soy el nieto, ese niño que tal vez
hizo preguntas que yo mismo
contesté.
Envejecí y vuelo a ser
casi tan niño como el nieto que
fui ayer
|