III

Sobrepasar la acidez

Teresa Fornaris

Por más que sobre la delgadez del tallo, o del extremo más alejado de la rama, aparezca –única– la flor; por más que su simetría momentánea intente sorprendernos,o sea el modo caprichoso en que las inflorescencias se disponen; es en el fruto donde confluyen los deseos.

La necesidad primigenia de alimentarnos, quizás, dar de comer a otros, compartir la veleidad de los sabores, el aroma, las texturas distintas, nos ha traído ciertas displicencias –o marcas más profundas que todavía conservamos. ¿Por qué se dispone ante nosotros el fruto? ¿Por qué nos ha sido mostrada su carne olorosa, delicadamente picoteada por aves? ¿Cuál es la necesidad de ponernos a prueba? Acaso sea peor la indiferencia. El más reciente poemario de Laura Ruiz, Los frutos ácidos, merecedor del Premio de la Crítica Literaria 2008, deja en el aire las respuestas.

Exacto, meditativo hasta en sus acciones más simples, Los frutos ácidos pone al descubierto la duda razonable: ¿Cómo saber que será otro el destino? En la naturalidad de la palabra, Laura coloca todas las turbulencias, un desplazamiento medular del individuo que recientemente se revela, abre los ojos. Quizás, este descubrimiento, siempre arriesgado, constituya el medio, la vía por donde ha decidido –sin demasiadas argucias, que no literarias y sí de la existencia– transitar. El fruto, en su imagen, no habla de la maduración. Con todo, la autora de estos versos lo intuye inacabado, incompleto, ácido. Aún así lo desea, pues no será el anhelo superficial de un sabor sobre otro, sino la consecución de eventos que le han hecho voltear su prisma y percibir la esencia del proceso, antes, incluso, de su culminación.

Sin más intermediarios que su propia experiencia, con la humildad que causa el dolor repetido, la reflexión sobre lo que avizora inalcanzable se asienta en el interior de estos poemas. Es el reflejo de sus elementos, la caja de resonancia del país. Aquello que tras duros esfuerzos se ha ganado –o se merece– y no llega, no es motivo de angustia llorosa. Las carencias o despedazamientos, la han llevado a notar el impulso de un orden diferente.

La costumbre, los apegos, el molde de las impresiones colectivas nos clasifican de modo invariable. Pese a ello, cada camino podrá ser tomado en dos sentidos, ¿uno a la vez?, ¿al mismo tiempo?: la inflexibilidad nos lleva sólo a las malas estancias. Pero se necesita algo más para que no nos mate la caída del cielo. Laura Ruiz no ceja fácilmente.

Los frutos ácidos, publicado en la Colección Puentes de Ediciones Matanzas durante el pasado año, tuvo edición al cuidado de Alfredo Zaldívar y Boris Badía, y diseño de Johann E. Trujillo. La delicadeza y elegancia de la entrega van en total armonía con el modo refinado de su escritura, tranquila, profunda, confesional.

Tal vez, para protegernos de la vida agraz que Laura Ruiz desmantela en sus poemas, sea necesario desfasarse en el tiempo,adelantarse a la maduración, cuestionar lo oculto en la matriz, volver a la pregunta: ¿será realmente ácido el fruto? Y luego, sobrepasarnos en la entrega.

En un vuelo crecido

Frank Castell

Las publicaciones que parten de premios nacionales no siempre arrojan textos de valores éticos-literarios. Sin embargo, después de disfrutar la lectura de Vuelo Crecido, de Jorge Luis Peña Reyes (Puerto Padre, 1977) me encuentro con un poemario maduro donde cada verso corrobora que la literatura para niños tiene en este autor a uno de sus exponentes más atendibles hoy en Cuba.

Romances, décimas y prosas poéticas se entrelazan para dejarnos ante un volumen limpio de lugares comunes y con una profundidad conceptual que rinde homenaje a Excilia Saldaña y "La Noche. Carta a Excilia" establece un paralelo:

Mi abuelo tenía las manos repletas
de surcos y callos.
En cambio tu abuela, tejía las nubes
en sus manos tiernas.
Tu abuela se ha ido con la primavera.
Abuelo en la lluvia dejó su promesa.
Se fueron a un sitio, a buscar
respuestas.

Verso a verso está presente una relación hermosa entre un niño y su abuelo, quien lo guía como una luz por los ásperos senderos de la vida. Poemas de excelente factura como "¿El miedo?" demuestran que Jorge Luis le entrega a los niños las herramientas para que se abran paso desde la palabra:

El miedo nació de pronto
en los ojos de un cobarde
que vio las sombras perdidas
meciéndose por delante.

El autor fragua desde la poesía su visión sobre el miedo hasta que deja bien claro su mensaje:

El miedo es un gato oscuro
que nos cruza por delante.

La musicalidad está implícita en sus ochenta y seis páginas, así como el poder de seducir al lector para que lea sin detenerse. Jorge Luis Peña es dueño de un estilo donde el humor se adentra en la psicología de sus personajes (léase Donde el jején puso el huevo, Premio Regino E. Botti y publicado por la editorial El mar y la Montaña en 2004; o La corona del rey, editado por Sanlope en 2005). Sin embargo, en Vuelo Crecido se evidencia la necesidad de trasmitir un mensaje más lírico. Niño y abuelo hacen de este libro una muestra de que el discurso escrito por los jóvenes está matizado por sólidas bases no sólo en lo conceptual sino en la forma de decir. Temas duros como el alcoholismo hacen que el niño vuele con la imaginación, pero también está más cerca de la realidad que se vive en muchos hogares. En Vuelo Crecido, según Magaly Sánchez Ochoa, "hay belleza formal, pero sobre todo, […] una sobreabundancia conceptual nacida del asombro frente a la hondura de la realidad que nos rodea". El "Rap de los Borrachos" es un ejemplo de cuán profunda puede ser la visión del sujeto:

Los borrachos, los borrachos
retozan sobre el contén.
Se mecen como las hojas
(sin querer)
(…)
Los borrachos no son malos,
pero cuando tienen sed
sus palabras son cuchillos.
Y después…
Tienen casa, tienen hijos
pero no tienen mujer.
(…)

Confío en que este libro, ganador del Premio Abril, se abra paso por sí solo, a fuerza de imágenes. Su autor acierta en la ubicación de los poemas, algo difícil y que, de no precisarse, puede dispersar la idea central. En las cinco partes de Vuelo…, se corrobora que detrás de cada texto hay una voz que incita a ser mejores seres humanos.

Espero que quienes se adentren en el mundo que Jorge Luis propone, encuentren la infancia, las historias del abuelo, la belleza de recordar esos instantes maravillosos de descubrir el mundo desde la lectura cuando dice:

Este es el libro del abuelo que seré.
Lo hice a retazos con abuelos que
encontré.
Yo soy el nieto, ese niño que tal vez
hizo preguntas que yo mismo
contesté.
Envejecí y vuelo a ser
casi tan niño como el nieto que
fui ayer