La forja de un oficio
Enrique Cirules
Si del oficio de escritor se trata,la cultura cubana
nos ofrece uno de esos paradigmáticos ejemplos:
de un autor que, con disciplina y voluntad creadora,
atravesó por un laberíntico proceso, hasta
conformar una excelente obra literaria.Me refiero
al ilustre santiaguero José Soler Puig.
Soler es un novelista al que hay que leer
reflexivamente, si deseamos penetrar en los
espacios más medulares de su obra. En él
asombran las circunstancias que rodearon su
actividad, en búsqueda perenne dentro de
sus propias fuerzas, en la medida en que tejía
su dramática y fascinante hazaña.
En primer lugar, la formación intelectual de
José Soler Puig no se debió a un contacto directo
con un clima cultural, universitario, tal y como
suele ocurrir actualmente. En el caso suyo, su formación
implicó un enorme desafío.La forja de su
entramado narrativo tuvo que conquistarlo,crearlo,
asumirlo en condiciones muy difíciles, hasta
alcanzar en 1960 el Premio Casa de las Américas.
Traducida a más de cuarenta idiomas,Bertillón
166 es una de esas novelas que se reveló como
un clásico de nuestra época. Un ilustrativo y
formidable texto, expresión del carácter indoblegable
de los santiagueros, en su batallar contra
la tiranía batistiana.
Esta novela Soler la construyó cuando tenía
44 años de existencia y 27 de un riguroso entrenamiento,
que inició con la escritura de sus primeros
cuentos,muchos de los cuales nunca llegaremos a
conocer, porque fueron textos que su autor
destruyó, decidido como estaba a convertirse
en un verdadero escritor.
Fatigosa empresa, auxiliado de una libreta y un
lápiz, copiando una y otra vez algunas de las más
afamadas novelas de Balzac, Víctor Hugo o
Dostoievski.Las copiaba no con el fin de apoderarse
de un estilo, ni con la intención mimética de
apresar personajes, tramas o escenarios. No. Lo
hacía simplemente como una manera de sentir
que estaba dentro de un entorno literario, en una
Cuba donde no existían editoriales, ni bibliotecas,
ni movimientos culturales, ni aliciente alguno
capaz de alentar las ilusiones que lo conducirían
a transitar el prodigioso entorno de un cronista
de su tiempo, a través de la suprema excelencia
del oficio.
Transcurrían los años treinta,y Soler se alejaba
de sus actividades:el remo,el fútbol,los estudios
formales, para enfrascarse en las más diversas
ocupaciones: dependiente, cortador de caña,
vendedor ambulante, pintor de brocha gorda,
empleado,recogedor de café,sin dejar de cargar
en su mochila alguno de los libros que alimentaron
su vocación literaria.Así recorrió zonas de
Guantánamo,Baracoa, Isla de Pinos,procesando
de manera artesanal líquido de freno o aceite
del coco; o cuando no, asumiendo la más socorrida
actividad: el típico buscavidas cubano,
entre avatares, imprevisiones y desventuras, sin
apartarse de las inquietudes de su generación,
primero en la Juventud Socialista y más tarde
desde las filas del Movimiento 26 de Julio.
Este genial autor que devino en uno de los más
importantes novelistas cubanos, nació en 1916 en
su entrañable Santiago de Cuba.Allí realizó sus primeros
estudios,adentrándose después en los vericuetos
de la contaduría (en el colegio La Salle) y en
la teneduría de libros (en la Academia Milanés),algo
que siempre resultó para él un asunto fallido.
Luego, apenas cumplidos los diecisiete años,
tuvo la osadía de enfrascarse en la escritura de un
primer cuento, que publicó en la revista Cúspide,
que se editaba en el central Merceditas,en la provincia
de La Habana.Un cuento que títuló "Noche
infernal".
Es a partir de ese momento que, con una furia
casi obsesiva, se entrega por completo a la escritura
de cuentos y relatos, algunos de los cuales
aparecieron en las revistas Carteles, Galería y
Antorcha, firmados por José Magín Soler.
Pero no sería hasta mediados de los años cuarenta,
mientras permanecía en la región de
Yateras, que emprendió su desafío mayor: la
construcción de una primera novela, cuyo tema
eran los emigrantes haitianos que plagaban las
zonas cañeras del Oriente cubano.
De esta novela nunca tendremos una idea
precisa, exacta; quizás porque se extravió, o fue
entregada a un editor que no devolvió los originales;
o simplemente, ocurrió lo más dramático:
que Soler la abandonara en alguno de los
barracones del oriente cubano, para no dejar
rastro de su aprendizaje.
Conocí a José Soler Puig a mediado de los
años sesenta, mientras el santiaguero realizaba
una visita a la antigua Santa María del Puerto
Príncipe.Camagüey era una ciudad que lo fascinaba,
con sus calles y callejones estrechos, sus
plazas, parques y plazoletas, incontables iglesias y
conventos,además de los míticos parajes vinculados
a la Avellaneda, a Guillén, a Ballagas...
Había ya publicado Bertillón 166, 1960; En el año
de enero, 1963; y El derrumbe, 1964; y era notable
que arrastraba otros muchos proyectos.
Soler era del criterio que a la hora de fraguar
una obra,el escritor debía plantearse construir la
mejor novela que se hubiera escrito; y que para
esto, lo primero era soñarla, fabricarla en la imaginación,
antes de proceder a encarnarla con
palabras; porque quien no estuviera persuadido
de que era capaz de edificar una excelente obra,
jamás podría escribirla.
Sostenía,además, que no existía universidad ni
escuela ni maestro capaz de enseñar a escribir
una buena novela; que todo tenía que surgir del
esfuerzo creativo del autor, para lo cual debía
entrenarse,aprender en la soledad,hasta encontrar
los senderos que lo condujeran a la conformación
de una verdadera obra de arte. Escribir no se
enseña –solía decir–; aunque, si se poseía realmente
la vocación literaria,era posible desarrollar
el talento:El talento,acompañado con una buena
dosis de terquedad y paciencia, era en extremo
útil para emprender el complejo y difícil proceso
de convertirse en un buen escritor.
Su premisa esencial para adentrarse en el oficio,
no era sólo estimular los deseos. Había que proponérselo,
decírselo a sí mismo; y para lograrlo,el
escritor debía estudiar profundamente su medio,
su cultura, su sociedad.Y en este punto, se hacía
evidente su cercanía a Ernest Hemingway,cuando
recomendaba que un escritor tenía que aprender
a observar,a oír,y estar siempre atento si deseaba
construir buenos personajes,excelentes situaciones,
y diálogos que resultaran creíbles.
Soler siempre prefería hablar de otros autores y
no de su obra; y si se veía obligado a comentar
alguna de sus novelas, lo hacía con una profunda
modestia. Ni siquiera conservaba ejemplares de
sus más de cincuenta ediciones extranjeras; consideraba
que sus amigos,sus lectores,serían capaces
de comprender lo que se había propuesto en la
urdimbre total de su narrativa,con esos personajes
llenos de revelaciones, afanes, nostalgias, contradicciones,
grandezas y mezquindades, ¿para que
explicar entonces las novelas?
Además, eran admirables esas valoraciones
suyas de los autores cubanos, digamos Cirilo
Villaverde, Carpentier, Lezama, Serpa... A Cofiño lo
consideraba como un joven de gran talento.
Corrían los primeros tiempos de nuestra amistad
y sus sabios consejos siempre estuvieron presentes.
Era motivo de admiración su método de trabajo.
Escogía las palabras cuidadosamente. Para él las
palabras no sólo tenían un significado; sino que
encerraban una especie de misterio, algo que
deseaba trasmitir a sus lectores. Lector voraz él
mismo, de las más diversas literaturas, experimentaba
por determinados autores un especial deslumbramiento.
De Juan José Arreola apreciaba
mucho las enseñanzas recibidas,desde que tuvo la
dicha de conocerlo en la Casa de las Américas.
Estudioso profundo de la obra de Julio
Cortázar, podía evocar de memoria páginas
enteras de Rayuela, a la que siempre le dedicó
una preferente atención. A Cortázar lo consideraba
un genio de la literatura contemporánea.
Veía en Rayuela una relación casi mágica con el
oficio de escritor.
Entre sus consejos,estaba el cuidado que había
que poner a la hora de conformar al personaje
narrador o a los personajes implicados en la
narración; porque a su juicio lo más importante
era encontrar la voz idónea.El novelista,si deseaba
conformar una obra de arte, debía encontrar el
tono preciso, el timbre adecuado, la voz deslumbrante,
para encarnar cada historia. Las palabras
–y esto lo subrayaba con una meridiana intención–
tenían un color, un encanto, una dimensión
peculiar, que era necesario conocer, dominar, si
uno deseaba alcanzar el tono persuasivo que
requería cualquier texto narrativo. No en balde
ya se había convertido en el magistral cronista
de Santiago de Cuba.
Estas eran algunas de sus concepciones acerca
del arte de novelar. La grandeza de José Soler
Puig era tal, que no podía escribir en otro sitio
que no fuera la cocina de su casa,en la mesa del
comedor,muy temprano en la mañana,con una
libreta y un lápiz,a mano. En esas circunstancias
construyó su saga narrativa, asumiendo a una
ciudad entera, con sus desafíos, sueños y esperanzas.
Múltiple y visionario fabulador, que
nunca proclamó su grandeza.
Cuando entregó Bertillón 166 algunos pensaron
que se trataba del advenimiento de un autor tardío,
cuya obra no sería capaz de rasgar con vigor
las dos próximas décadas. Sin embargo, resultó
una inusitada sorpresa:nos fue entregando una y
otra novela,hasta revelarse como un clásico de la
literatura hispanoamericana.
Después de El pan dormido,se mostró incontenible:
Un mundo de cosas, 1982; El nudo, 1983;
Ánima sola,1986;y finalmente Una mujer,1987.Así,
de manera excepcional,proyectó profundas claves
que subyacen en las páginas de su prodigiosa
escritura.Páginas donde los lectores pueden presentir,
avizorar, descubrir el dramático y delirante
universo de lo cubano. De esa manera, con la
fuerza imperecedera de los grandes narradores
de todos los tiempos, la obra de José Soler Puig
ha entrado en el siglo XXI. |