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II
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Recuérdese que desde los tiempos de Bello y
su "Alocución a la poesía", el llamado a los intelectuales
para que exorcizaran los fantasmas de
Europa y asumieran un papel protagónico en la
"grande escena" americana se consideraba un
paso ineludible en el recién iniciado camino de
la descolonización cultural. Las nuevas formas
de autoconciencia tenían a menudo un basamento
estético (el caso de los poetas y los
narradores, que tomaban posesión simbólica
del territorio "nacional" a través del paisaje, los
personajes y las jergas locales) y eran parte del
proceso discursivo orientado a la construcción
de identidades.En la discreta relación especular
que solemos establecer entre los binomios
Europa/América, ciudad/campo, sociedad/
Naturaleza, no podemos dejar de advertir la
impronta de Rousseau y los románticos franceses.
Fueron ellos,en efecto,quienes aportaron al
Imaginario criollo ciertas nociones que con el
tiempo se convertirían en fundamentos ideológicos
del regionalismo y la estética criollista.
Para Rousseau los verdaderos reservorios de la
identidad nacional eran las zonas rurales. "No
están los franceses en París, sino en la Turena
–decía–; los ingleses son más ingleses en Merci
que en Londres, y los españoles más españoles
que en Madrid,en Galicia." De ahí la conveniencia
de estudiar a los países lejos de sus ciudades,
porque "el campo es lo que forma el país, y el
pueblo del campo el que forma la nación".
Afirmaciones de esa índole remiten también a
los nexos entre lo particular y lo general en el
terreno de la cultura. La idea, convertida en
axioma desde los tiempos del Quijote,de que lo
universal está contenido en lo local –o a la
inversa, de que un poeta americano, como
pensaba Martí, no tiene por qué hacer suyo el
chaleco de Gautier o la melena de Zorrilla–
había fraguado como estética de la Identidad
en el caldo de cultivo del Volksgeist y del
Romanticismo, que exaltó el tipo de cohesión
social no impuesta por las leyes sino derivada
de la pertenencia a una cultura. El escenario
adquirió entonces valor estético como garantía
de la "autenticidad" del producto artístico. En
1840, Del Monte amonestaba a Milanés a
propósito de cierta pieza dramática que éste
acababa de enviarle, advirtiéndole que los
amigos lamentaban que su desprecio a la
tierra "eminentemente poética" (sic) en que
vivía le hiciera ir "a buscar imágenes e inspiraciones
al otro lado del mar".
Si es usted dado a la poesía histórica
española, si tanto ha fascinado su mente
de usted las creaciones de Lope y de
Calderón, que no ve en el mundo otra poesía
que la de los españoles del siglo XVI y XVII
–comentaba Del Monte–, registre nuestros
oscuros anales cubanos de entonces,
estúdielos con amore, [y] muchísimo tendrá
que aprovechar para asuntos de dramas y
romances. Por lo que ha hecho Nicolás de
Cárdenas en [¿honor?] a Diego Velázquez,
puede usted barruntar lo inagotable de
esta mina. Sea usted poeta como Heredia,
como Echeverría, como Villaverde, como
Palma: poeta cubano. Más gloria obtendrá
usted siendo astro en Cuba, que satélite o
parte de una pléyade en los horizontes de
Madrid.
Por lo demás, al pedirle a Milanés que no
tomara sus modelos de la literatura sino d'apres
nature, Del Monte no hacía más que seguir la
táctica de los maestros de pintura que obligan
a sus discípulos a dibujar torsos y manos del
natural no tanto para adiestrarlos en los
secretos del oficio como para que aprendan a
mirar la realidad con sus propios ojos.Ese primer
paso en el camino de la formación artística se
asemeja a los que suele dar el adulto en el
proceso de consolidación o reformulación de
su propia identidad.
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El magisterio vivo de Del Monte apenas se
extiende por unos años,pero ya a principios de
siglo había en Cuba una clara conciencia del
papel que desempeñaban los intelectuales y
artistas en lo que hoy suele llamarse "la construcción
del sujeto nacional". En efecto, nuestro
sentido de la identidad no hubiera sido el
mismo sin los artículos de Varela,los poemas de
Heredia o los ensayos de Saco, para no hablar
de ciertas expresiones de la cultura popular
que han formado parte del Imaginario cubano
desde los tiempos de la Ma Teodora. Conviene
tener presente, sin embargo, que Martí
–aludiendo a la posibilidad de una expresión
original en América– hizo hincapié en el
papel desempeñado por los factores objetivos,
en detrimento de la subjetividad: "No hay
letras, que son expresión –apuntó–, hasta que
no hay esencia que expresar en ellas. Ni habrá
literatura hispanoamericana hasta que no haya
Hispanoamérica." Es obvio que se trata de una
idea trunca; para completarla hubiera sido
necesario añadir que, fuera del ámbito
estrictamente geográfico, tampoco habría
Hispanoamérica –ni como categoría histórica,
ni como visión,ni como proyecto– sin los textos
hispanoamericanos que contribuyeran a
"expresarla", a definirla.Sabemos que la esencia
precede a la conciencia pero también que hay
una relación dialéctica, no mecánica entre
ambas. El sentido común nos indica que la
nación, por ejemplo, como entramado de
factores objetivos y subjetivos, es el producto
de dos historias, la que se forja en la práctica y la
que se diseña en la teoría. Los intelectuales
–aquellos miembros de la comunidad cuya
función se cumple en el terreno de las ideas y de
la producción simbólica– no crean la identidad
pero sí la conciencia de la identidad; no forjan la
nación pero articulan su imagen. De ahí, por
cierto, lo peculiar de la actividad fundadora
de Martí, en la que se despliegan a la vez,
hasta el punto de hacerse inseparables, el
acontecimiento y el discurso.
En Cuba, donde el sentido de patria precedió
en casi medio siglo a la conciencia de
nación –entendiendo por tal una comunidad
formada por todos los nacidos en ella–, suele
decirse que la nación sólo pudo fraguar en el
crisol de la guerra. En efecto, fue a partir de
1868, en el contexto de una lucha en que
blancos y negros murieron peleando por la
misma causa, cuando la nacionalidad se erigió
en valor supremo, por encima de las diferencias
étnicas y culturales. Martí lo subrayó al
decir que desde entonces, gracias al sacrificio
común, cubano era "más que blanco, más que
mulato, más que negro". Y por su parte asumió
el compromiso histórico de "acabar la obra
del 10 de Octubre",aquella epopeya que,pese
a quedar inconclusa, había desempeñado
–como diría años después Ramiro Guerra–
un papel trascendental "en el proceso de
la definitiva creación y consolidación de la
nacionalidad cubana".
Una patria –subrayaría el citado historiador,
en ocasión del 60 aniversario de La
Demajagua– es en su esencia un ser histórico,
una entidad moral con un pasado y un
porvenir. Requiere poseer un patrimonio
espiritual de gloria y heroísmo, de epopeya y
de leyenda.No hay pueblo fuerte ni nacionalidad
robusta que no lo posea.A Cuba le faltaba
antes del 68,en gran parte,ese patrimonio,y la
Guerra de los Diez Años se lo creó riquísimo
e insuperable.Después del Zanjón y no obstante
éste, Cuba poseyó una alta tradición
patriótica que reverenciar y amar.
Martí rescató para el discurso de la identidad
el espíritu de esa tradición y lo difundió por
todos los medios a su alcance: la tribuna, el
periódico, las cartas, los proyectos editoriales,
la polémica pública, la conversación privada…
De aquella gesta en la que no participó, pero
que estaba resuelto a coronar, extrajo sus
modelos de patriotismo y las reservas morales
necesarias para reanudar el esfuerzo bélico.
Reescribió el Génesis de la nación, basado en
la capacidad de sacrificio y en la promesa de
una república "con todos y para el bien de
todos", es decir, forjada por una voluntad
colectiva libre de egoísmo y parasitismo. Al
establecer ese vínculo entre pasado y porvenir,
entre nación y justicia, enfatizó en su prédica
aquellos rasgos que parecían contener gérmenes
de futuro, y cuando estos no se percibían a
simple vista insistió tercamente en afirmar
que, como las corrientes subterráneas, se
hallaban ocultos. Su credo –reforzado por el
empeño en forjar una alianza estratégica,
primero, entre los distintos sectores étnicos y
sociales del país, y después, entre los patriotas
cubanos y puertorriqueños para obstaculizar,
con la independencia de Cuba y Puerto Rico,
la expansión de los Estados Unidos hacia el
Sur– pasó al acervo cultural de la nación
como el rasero que en lo adelante permitiría
medir la distancia entre lo real y lo ideal,
entre la teoría revolucionaria y la práctica
política. En este sentido puede decirse que
logró situar el modelo de la identidad nacional
en el marco histórico del Humanismo, es
decir, dentro de un horizonte de expectativas
en que se asociaban las ideas de libertad,
solidaridad y justicia. Una meta muy difícil de
alcanzar, cierto, pero "¿quién –se preguntaba
Martí– no ha reconstruido en su cerebro la
Utopía de Moro...?"
6
La formación de la conciencia nacional y
cultural ha sido una de las pocas tareas recurrentes
e insoslayables de la intelligentzia latinoamericana, como lo demuestra el
hecho de que, durante un lapso que abarca
las dos terceras partes del siglo veinte –el que
media entre el Ariel (1900), de Rodó, y el
Calibán (1971), de Retamar– se produjera una
incesante exploración de los rasgos de
nuestra identidad a través de los múltiples
prismas de la literatura –tanto imaginativa
como reflexiva–, así como de la música y las
artes plásticas. Los movimientos indigenistas,
negristas y criollistas que se sucedieron entre
las décadas del veinte y el cuarenta –alentados
en parte por las controvertidas vanguardias
latinoamericanas– son la más inquietante
expresión de ese asedio sistemático. A la
sintaxis de la perplejidad ("¿Quiénes y cómo
somos?"), en la que suelen articularse ciertos
discursos genesíacos, se respondió con una
reflexión de raíces ideológicas dispares pero
siempre tan legítimas, en su contexto, como
las propias preguntas. Lo que en España
habían representado En torno al casticismo (1895), de Unamuno, y Meditaciones del Quijote (1914), de Ortega y Gasset, lo representarían en
América, en un lapso de poco más de medio
siglo, una docena de reflexiones capitales en
las que estarían involucrados antropólogos,
sociólogos, ensayistas, narradores y poetas.
* Tomado de Narrar la nación.Ensayos en blanco
y negro. El volumen, que recoge un conjunto de
ensayos del autor, será presentado por Letras
Cubanas en la Feria Internacional del Libro,donde
también se le hará entrega a Ambrosio Fornet del
Premio Nacional de Literatura 2009.
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