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Cartografiando identidades: imaginario y colectividad*
Ambrosio
Fornet
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Uno de los más famosos diferendos en la historia
de la cultura occidental giró en torno al
tema de la formación de identidades. Tuvo
como centro la condena que de los poetas hizo
Platón en La república, acusándolos de ser fabricantes
de ídolos y fantasmagorías. Confieso
que sólo comprendí los fundamentos éticos y
gnoseológicos de ese extraño rechazo al leer el
minucioso estudio de Havelock, Prefacio a Platón.
Para mí,como para cualquier lego en el campo de
la psicología o la pedagogía, el poeta –es decir,el
fabulador, el ser capaz de crear sensaciones y
mundos ficticios gracias a su especial dominio de
la palabra– sólo puede decir su verdad mintiendo,
de modo que al producir "mentiras" no hace
más que cumplir honestamente el encargo
social. Yo daba por descontado, claro está, que
su función primera era de índole estética y culminaba,
en el acto mismo de la comunicación,
con el consumo espiritual. Es Havelock quien
me advierte que entre los griegos, dentro de
una tradición que se remonta a Homero y al
mundo de la cultura ágrafa,la poesía –en especial
la épica–, mucho antes de ser vista como "arte"
fue considerada "un instrumento de formación
docente" cuyo papel socializador se cumplía en
el proceso de aprendizaje del ciudadano. "¿De
dónde le viene al divino Homero el honor
y la gloria –se preguntaba retóricamente un
personaje de Aristófanes– sino de haber enseñado
a los griegos cosas tan provechosas como
el orden de las batallas, las virtudes guerreras y
el equipamiento de los hombres?" Aunque en
tiempos de Platón el privilegio de la función
didáctica había pasado de la poesía a la prosa y
de los poetas a los filósofos, la épica conservaba
restos de aquel prestigio que había tenido
antes de la invención de la escritura, porque
seguía asociándose a la memoria de los antepasados.
De hecho, operaba aún como una
especie de "enciclopedia tribal" cuyo funcionamiento
garantizaba el equilibrio y la continuidad
de la cultura más allá de las diferencias regionales
y sectoriales. "Mediante una sola epopeya
–observa Havelock– se podía recordar toda un
área de la historia y las costumbres" que remitía
a los orígenes mismos de la comunidad. Los
héroes homéricos servían de modelos: quien
no fuera capaz de aprender y memorizar,por lo
menos en parte, los códigos y normas de conducta
que ellos encarnaban, difícilmente podía
considerarse, aun en la Grecia de Pericles, un
ciudadano cabal. Pero Platón tenía en mente
un tipo de ciudadano muy distinto al de los
tiempos homéricos. Ya no se trataba sólo de
memorizar e imitar, sino también de pensar
con la propia cabeza; en la formación de la
conciencia ciudadana había que introducir
ahora el ingrediente de la racionalidad. En
suma, lo que Platón impugnaba era el derecho
de los poetas a extender cartas de ciudadanía
con medios tan espurios –digámoslo así–
como las metáforas, los ritmos y todo ese
arsenal de procedimientos retóricos que
Havelock llama "la plástica verbal".
(Anticipándose a Brecht en veinte siglos,
Platón rechazaba escandalizado el mecanismo
de la identificación, ese juego aparentemente
inofensivo que consiste en educar al ciudadano
hipnotizándolo.)
Ahora permítanme una breve y oportuna
digresión. La identidad –aquello que nos hace
iguales a otros– presupone la diferencia –el
modo en que nos definimos ante quienes son
distintos, o, para decirlo en la jerga de los
griegos, ante quienes son bárbaros– de manera
que puede decirse que identidad y otredad
son términos complementarios e inseparables.
Ya el orador Isócrates –para quien el enemigo
principal de los griegos eran los persas– había
arrimado la brasa a su sardina al decir que, en
su opinión, "si la poesía de Homero se hizo
célebre fue porque hizo un gran elogio de
aquellos que lucharon contra los bárbaros". Y
Platón, en La república: "Sostengo que el linaje
helénico [es decir, el de los pueblos griegos]
tiene entre sí relaciones de sangre y de parentesco;
pero afirmo también que es ajeno y
extraño al linaje de los bárbaros."
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Hoy sabemos que los fabricantes de ídolos,
apelando a sus inagotables poderes hipnóticos,
acabaron imponiéndose sobre los defensores
de aquella dura ética del discurso racional. Si
ese triunfo necesitara ser documentado yo no
vacilaría en remitirme a una investigación dirigida
hace apenas medio siglo por el sociólogo
norteamericano David Riesman para tratar de
averiguar cuáles eran los rasgos distintivos de
sus compatriotas en el período de la inmediata
posguerra. Y todo parece indicar que eran los
propios de una sociedad que,en el curso de dos
generaciones, había pasado de la escasez a la
abundancia, de la psicología del productor a la
del consumidor, de una discreta circulación a
una verdadera explosión de mensajes orales y
visuales o, como dice Riesman, al más alto nivel
de consumo de palabras e imágenes en toda la
historia de la humanidad. Téngase en cuenta
que por entonces la televisión era desconocida
en la mayor parte del mundo; ni siquiera en
los Estados Unidos constituía un verdadero
fenómeno social.Estamos hablando,pues,de la
prehistoria de los medios masivos, cuando sólo
el cine, la radio y la prensa escrita –apoyados,
claro está, por la familia y la escuela, eternos
guardianes de los valores tradicionales– operaban
como agentes de socialización,por lo menos en
los grandes centros urbanos. Se iniciaba así un
proceso de uniformación en gran escala,basado
en los esquemas de la producción en serie,
que en menos de veinte años haría surgir ese
curioso espécimen conocido como vidiota. No
es casual que Riesman utilice un símil tecnológico
para referirse al proceso de formación
de la personalidad en el nuevo contexto. Lo
llama la "cadena de montaje" del carácter
social. Sin embargo, el individuo objeto de esas
manipulaciones no solía percibirlas como tales
y mucho menos como algo coercitivo,porque a
través de los ritos y las ceremonias de la vida
cotidiana la sociedad le inculcaba valores
semejantes –gustos, creencias, patrones de
conducta...– que él, a la larga, acababa interiorizando
como expresiones de su propia
personalidad. En efecto, las clases y los grupos
sociales forjan el carácter de sus miembros
–según observa agudamente Erich Fromm–
haciéndoles desear lo que deben desear. Se
trata, por decirlo así, de una manipulación
inconsciente –o más bien impersonal–, donde
las fronteras entre lo obligatorio y lo espontáneo
no siempre están bien delimitadas.
Pero lo que me interesa subrayar es la permanencia
del factor imaginatio:Riesman reconoce,
en efecto, que existe un vínculo entre los viejos
y los nuevos modos de formación de la
conciencia social,basados ambos en las virtudes
didácticas o,si se prefiere,en el poder persuasivo
de las imágenes verbales. De hecho, al hablar
de los nuevos agentes de cambio, sitúa a los
"narradores de cuentos" en posiciones de
vanguardia. Los cuenteros, dice, son "los precursores
de los medios masivos", que a su vez
desempeñan un papel importante en la educación
de los niños,como "narradores" por antonomasia
de la experiencia de la modernidad y sus conflictivos
nexos con el pasado.Estamos hablando
–repito– de un mundo anterior a la televisión,
aunque situado en la frontera misma de este
otro mundo que llamamos aldea global y del
universo ilimitado que conocemos como
ciberespacio. Pero volviendo al tema:
[L]as culturas [dice Riesman] difieren mucho
en cuanto a las percepciones que enfatizan
cuando enseñan al niño a distinguir unas
imágenes de otras y unas personas de otras.
Pero,en general,parece justificado decir que
los narradores de cuentos constituyen
agentes indispensables de socialización.
Ellos le describen el mundo al niño y así
dan forma y límite a su memoria y a su
imaginación.
El Imaginario, pues, mantiene intacta su
virtud generadora, ahora multiplicada por el
vertiginoso desarrollo de los medios electrónicos
de comunicación. Se trata de un fenómeno
inevitable y, bien mirado, positivo. El problema
se plantea cuando descubrimos que eso ocurre
en una etapa del desarrollo tecnológico e
industrial donde "lo más importante ya no es el
manejo de las herramientas sino la manipulación
de las personas". El hombre, como temía
Thoreau, se ha convertido en instrumento de
sus propios instrumentos. Un simple análisis
clasista nos permitiría identificar fácilmente a
los sectores sociales involucrados en la operación,
pero desbordaría el objetivo de este preámbulo.
Tratándose,además,de un drama tan conocido,
nos bastará aludir a algunos de sus conflictos
y personajes. Beatriz Sarlo ha fijado los ejes
del debate en lo concerniente a su país y a la
gestión cultural. Lamenta, por ejemplo, la
incapacidad del Estado argentino para enfrentar
el autoritarismo del mercado, y compara la
fuerza arrolladora de la televisión –veinte horas
diarias en el aire, a través de cincuenta canales–
con el abandono y el descrédito en que ha
caído la escuela pública. ¿Estaremos ya en el
umbral de un mundo de rumiantes? "El mercado
audiovisual distribuye sus baratijas –comenta
Sarlo– y quienes pueden consumirlas se
entregan a esa actividad como si fueran
habitantes de los barrios ricos de Miami. Los
más pobres sólo pueden conseguir fast-food televisivo..."
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La diferencia en las formas de concebir la
educación cívica en tiempos de Homero y de
Platón tenía que ver no sólo con una nueva
concepción del futuro ciudadano –del arquetipo
ideal de ciudadano– sino también con el
tránsito de una cultura oral, basada en la
repetición y la memoria, a una cultura escrita,
que consideraba el aprendizaje como un
modo de apropiación y reflexión más centrado
en lo individual. Entre las prácticas orales y las
escriturales había fraguado el Imaginario de lo
que hoy conocemos como la Grecia clásica.
Será otro vuelco, también relacionado con la
escritura, lo que haga fraguar el Imaginario de
un sujeto para nosotros mucho más entrañable:
el portador de una conciencia nacional.
Benedict Anderson tuvo la feliz ocurrencia de
titular Comunidades imaginadas su estudio
sobre los orígenes y la difusión de las ideas
nacionalistas. Si hubiera decidido moverse en
un plano estrictamente simbólico habría podido
iniciar su libro con un epígrafe de Lezama,para quien, como sabemos, "la imagen es la causa
secreta de la historia".Pero Anderson aclara que
para "imaginar" esas nuevas comunidades,
entre los siglos XVI y XVIII, era preciso que se
dieran ciertas condiciones socioeconómicas.En
efecto, fue la acción recíproca de tres factores
–un sistema de producción (el capitalismo),una
tecnología de las comunicaciones (la imprenta)
y una multiplicidad de lenguas vernáculas,
pujantes pese a la hegemonía del latín– lo que
hizo posible "una nueva forma de comunidad
imaginada,que en su morfología básica preparó
el escenario para la nación moderna." […]
Continua...
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