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II
–¿Nosotros? –preguntó Koshmín–. Nosotros no
hicimos nada.A ustedes debíamos preguntarles qué
han hecho.
Continuó el desfile de infelices tras la ventanilla;un
hombre anciano con una gordura enfermiza y un
rostro noble y desconcertado se acercó hasta las
rejas mismas.
–Señores –decía con voz quebrada–,señores,por
Dios… yo no soy de aquí, no soy como ellos…
Entiéndanme,estoy aquí por casualidad.No lo imaginé,
estoy por casualidad. Llevo tres meses sin poder
salir de aquí,se lo ruego,señores.Abran un segundo,
no dejen entrar a nadie más.Señores,no me pueden
dejar aquí… entiendan… soy un intelectual,yo soy
igual que ustedes.Es insoportable…
La voz se fue debilitando,se convirtió en un susurro
y por último se quebró.El hombre lloró con fuerza.
Vasíliev podía jurar que él lloraba desesperanzado
y abandonado,como un bebé olvidado en un jardín
de la infancia.
–Yo lo entiendo todo –de nuevo empezó aquel a
hablar–, los entiendo muy bien. Pero les ruego, les
ruego… les juro por lo que más quieran… ¡Miren!
–de pronto se le ocurrió una idea y sacó del bolsillo
una certificación toda estrujada–. ¡Aquí está escrito
todo! Estaba en viaje de trabajo,señores,viaje de trabajo,
se lo ruego… se lo ruego… –Él miró hacia la
izquierda y en su rostro se reflejó el terror. Alguien
horrible en un traje de buzo se acercaba a él implacablemente,
desprendió de la reja del vagón los temblorosos
dedos del otro y se lo llevó,lo arrastró consigo.
Era un monstruo del lugar,o un guardián del orden.
–¡Ahh! –el anciano dio un grito penetrante sin
dejar de mirar y aún con esperanzas de que le llegara
alguna ayuda desde el vagón–. ¡Sálvenme! ¡No!
–¿Quién es ese? –en un susurro preguntó Vasíliev.
–¿A quién te refieres?
–A ese… en traje de buzo…
–¿De qué traje hablas?
–Bueno,de aquel… que se llevó a ese…
–Era seguramente un policía –encogió los hombros
Koshmín–.¿Por qué de buzo?, esa es la protección
normal… Aquí sin protección no llegas muy
lejos…
La estación se llenó de gente. Pasaron sólo cinco
minutos,y a lo largo de todo el andén se arrastraban,
reptaban y se deslizaban indigentes y lisiados. En
ellos no había nada horrible, nada que los hiciera
parecer salidos de una película fantástica y loca.Eran
ancianos, mujeres y niños comunes, típicos de una
película soviética sobre la guerra: la multitud despidiendo
a los soldados,sin esperanza en su regreso.Se
van los soldados, llegan los alemanes y nadie los
salva. En cada mirada se podía leer la inquietante y
temerosa impotencia del enfermo que vive en una
casa ajena por caridad y siente miedo de ser una
carga. Esas personas se espantan ante la idea de
molestar a alguien con cualquier petición porque en
respuesta les pueden quitar lo último que les queda.
La que más conmovió a Vasíliev fue una muchacha,
muy joven,de unos quince años; ella se acercó más
al vagón que los demás, apoyada en dos muletas
ordinarias. No pidió nada, sólo miraba, con tanto
dolor que Vasíliev tuvo que separarse de la ventanilla.
Su mirada prácticamente le golpeó la cara.
–¡Qué me queda por hacer! –dijo ella sin implorar,
más bien empleando un tono imperativo,explosivo,
como instando con esas palabras a que Vasíliev
pegara un salto y se lanzara al andén,para salvar a esa
multitud atormentada–. ¡Qué hacer, oh Dios! ¡Acaso
es imposible hacer algo,acaso todo tiene que continuar
igual! ¡No puede ser que no haya piedad en ninguna
parte! ¡Qué les hemos hecho! No es posible
que traten así a personas vivas…
Vasíliev no pudo contenerse.Él había estado en el
ejército,además era alpinista,así que logró derribar a
Koshmín de un puñetazo fuerte que le dio por la
izquierda,y salió corriendo al pasillo;pero ya allí estaba
el conductor, al acecho. El conductor resultó ser
muy profesional:en los ferrocarriles,al igual que en el
Ministerio de la Agricultura, no por gusto comían
paté de Estrasburgo. Dos días después todavía
Vasíliev no podía mover su mano derecha.
–No se puede –le dijo en voz queda el conductor,
torciéndole el brazo y empujándolo de nuevo al
compartimento–.Se le dijo que no se podía.Esto es
lo mismo que estar en un submarino.Lo debe saber
bien.¿Sabe lo que ocurre en un submarino?
Era raro escuchar esa forma suave viniendo de una
persona que acababa de inmovilizar a Vasíliev con la
preparación especial de un verdadero profesional.En
el submarino,cuando ocurre un accidente,todos los
compartimentos se cierran herméticamente.Se imagina
que estén tocando las personas en el compartimento
vecino, compañeros suyos. Y usted no los
puede dejar que entren porque así está establecido.
En los reglamentos marítimos está descrito que
durante accidente no se pueden abrir los compartimentos.
Allí mueren las personas y usted no puede
abrir.Aquí sucede lo mismo,sólo que en este caso no
son compañeros.
–¡Canallas! –gritó Vasíliev,perdiendo la cabeza por
el odio y la impotencia–. ¡Son todos unos canallas!
¡Quién no es compañero de ustedes! ¿Los ancianos,
los niños enfermos no son sus compañeros? ¡Qué
han hecho del país, estabilizadores de mierda, qué
han hecho que temen enfrentarse a su propio pueblo!
Este es su pueblo,su pueblo,¿por qué se ocultan
de ellos tras las rejas? ¡Les cuesta darles un pedazo de
pan! ¡Les cuesta desprenderse de un rublo mierdero!
¡Los odio,los odio a todos,bastardos!
–Grita,grita –un poco amenazador,un poco aprobador,
respondió el conductor–, te sentirás mejor.
¿Por qué él está tan nervioso? –se dirigió a Koshmín.
–Periodista al fin –sonrió con sarcasmo
Koshmín.
–¡Ah… bueno, está bien, que vea,
eso le vendrá bien.Aquí en Mozhárovo
hace mucho tiempo que no han estado
los periodistas…
–¿Por qué ellos se demoran tanto
con el vagón? –preguntó molesto
Koshmín al conductor. Ellos hablaban
sin ceremonia como si fueran colegas–.
Deberían haberlo desenganchado
hace rato y ya estuviéramos bien
lejos…
–No pueden hacerlo rápido –dijo el
conductor–. No pueden descargar en
menos de veinte minutos.
–Se han puesto débiles –de nuevo
rió sarcásticamente Koshmín.
En ese momento el tren se estremeció
y arrancó.Varias niñas con harapos
descoloridos corrían detrás del vagón,
en realidad no corrían, más bien se
arrastraban, se agitaban y enseguida
se extenuaban.Vasíliev miró hacia otra parte.
–Bueno, perdónanos, periodista –trató de darle
ánimo el conductor–.Nos estarás agradecido.
–¡Ajá! –dijo Vasíliev frotándose el hombro–. Les
estaremos agradecidos durante toda la vida.Gracias
por no violentarnos hasta morir…,por los ojos,por la
boca… Gracias, no lo olvidaré en un siglo. Hay un
cuento,de seguro que ustedes no lo han leído,pero
yo para su desarrollo general se lo contaré con mis
propias palabras. Se titula "Los que se alejan de
Omelas".El nombre del autor a ustedes les da igual,
no les dirá nada,así que lo obviaremos.En fin,existía
una ciudad próspera llamada Omelas.Y todos eran
felices allí.Y todo era bienestar y se hacían muchas
fiestas populares…
Y sin alterarse interrumpió y continuó Koshmín:
–Y en un sótano miserable estaba encerrado eternamente
un niño oligofrénico hambriento y todo
embarrado en porquería. Él balbuceaba: déjenme
salir,déjenme salir.Pero si lo dejaban salir,toda la ciudad
de Omelas con su prosperidad se iría al diablo.
¿Correcto? Además,el niño no estaba consciente de
su situación y no tenía un desarrollo normal.Era algo
así como un Down. La dichosa lágrima de un niño
torturado. Lo leí. Es de Úrsula Le Guin. En nuestro
Organismo se lee mucho.
–¿En cuál Organismo? –preguntó Vasíliev perplejo.
–En el Ministerio de la Agricultura –dijo Koshmín,le
guiñó un ojo al conductor, y este último enseñó los
dientes alegremente en respuesta.
–Pero si ustedes leyeron todo eso... –Vasíliev fue
bajando la voz.
–Escucha,periodista –Koshmín se inclinó por encima
de la mesita–. ¿Todavía puedes pensar aunque
sea un poco,o ya todo tu cerebro se dañó? ¿Los escuchaste
bien?
–¿A quiénes,a ellos?
–Las voces de ellos,no sé,de esos que tú escuchaste.
¿Los escuchaste bien?
–Bueno –movió la cabeza, sin entender adónde
quería ir a parar el instructor.
–Mira que el cristal es grueso.Muy grueso,periodista.
Y tú los escuchaste, como si hubieran estado
junto a ti,¿no? Y viste exactamente lo que podía afectarte
con más intensidad… ¿es así? Apuesto un diente,
cualquier cosa que guardaste de tu infancia.
–¿Y ustedes? –balbució todo conmocionado
Vasíliev–.¿Qué vieron?
–¡Lo que yo vi tú no tienes que saberlo! –vociferó
Koshmín–.¡Qué importa lo que yo haya visto! ¡Aquí
cada uno ve algo diferente, ellos saben lograrlo! Lo
interesante es escuchar después,lo que pasa es que
con frecuencia no tienes a quién contárselo. Abres
aquí una ranura en el vagón,y sucede…
–Está bien –dijo Vasíliev cansado. Él lo entendió
todo–.Vayan a manipular a otro.El Organismo suyo,
el Ministerio de la Agricultura, el Ministerio de la
Sicosis,o como quieran llamarlo,
sabe muy bien cómo lavar los
cerebros, de eso estoy bien al
tanto.Y han leído ciencia-ficción,
lo veo.Pero ya ni los locos les creen,¿entendido? Y ya
en la televisión nadie mira lo de los espías en las
escuelas y lo de los saboteadores en las minas. Y
sobre los engendros en Mozhárovo,que sólo yo veo,
no necesito que me digan nada, ¿está bien? No lo
necesito.De todos modos no escribiré nada,porque
de hacerlo,ustedes me lo censurarían.
–¡Miren qué payaso! –rió el conductor, pero de
pronto se puso el radio al oído–.¡Ocho,escucho!
Su cara se tornó seria,flaqueó y se desplomó en el
asiento.
–Abrieron el doce –le dijo a Koshmín tan bajito
que casi no se escuchaba.
–¿Los periodistas? –preguntó Koshmín, levantándose
bruscamente.
–No,los de la televisión.Cretinos.
–Y qué,¿todo? ¿Se acabó todo?
–¿Y tú qué creías? ¿Acaso puede ser de otro
modo?
–¡Loca! –balbució Koshmín enfurecido–.Yo se lo vi
en la jeta,que era una loca.Nunca se puede aceptar
a gente así.
–Bueno, está muerta, ¿no? –le reprochó el
conductor.
Vasíliev todavía no acababa de entender que de la
muerta que hablaban era de la simpática de Vestie.
Todo le llegaba como a través de un filtro de guata.
–Aquí las mujeres no tienen nada que hacer –repitió
Koshmín–. Nunca más acepto a una. Qué harán
ahora con el jefe del tren en Moscú,es horrible…
–Está bien, vamos –dijo el conductor–, hay que
hacer un informe,limpiar aquello…
Salieron del compartimento y Vasíliev los siguió.
–¡Siéntate! –se viró Koshmín.
–Está bien, déjalo que mire. Puede que entienda
algo –salió en su defensa el conductor.
–Bueno,ve –se encogió de hombros el instructor.
Pasaron a través del vagón salón donde estaba
Myerson, asustado. "Sorry, a little incident", en un
inglés irreprochable le espetó Koshmín.Myerson balbució
algo sobre las condiciones acordadas sobre la
seguridad personal. Los cinco vagones que debían
atravesar para llegar al doce le parecieron a Vasíliev
un tren expreso infinitamente largo.Miraba por la
ventanilla y se divisaban las mismas aldeas grises; el
nubarrón lila continuaba encima de ellos,sin caer.
En la entrada del vagón doce ya estaban otros tres
conductores. Ellos le abrieron paso a Koshmín.
Vasíliev se asomó al pasillo.
La mitad de las ventanillas estaban arrancadas;las
puertas que iban al compartimento, rotas; los tabiques,
destrozados,como si un gigante,implacable y
horrible, hubiera retozado en el vagón después de
quedar satisfecho. El techo del vagón estaba ligeramente
arqueado hacia arriba, como si lo hubieran
soplado desde adentro. En los cristales que quedaban,
había manchas de sangre;restos de ropa aparecían
regados por todo el pasillo; una tibia roída se
veía en el compartimento más cercano.Un olor raro
flotaba en el vagón,mezclado con el hedor repugnante
de la sangre: como de algo podrido, de cosa
vieja, el vaho de una isbá vacía donde desde hace
tiempo se pudren trapos grasientos y pululan los
ratones.
–Tres minutos –dijo uno de los conductores–,apenas
tres minutos.
–¿Con qué la habrán engatusado? –dijo el segundo,
algo más joven.
–Ya no lo sabrás –se encogió de hombros el primero–.
No lo contará.
–Ve a tu compartimento –Koshmín se viró hacia
Vasíliev–.Ve a fumar, que tienes una cara… Nada,
sólo nos falta pasar por Króshino,y luego todo será
normal.
Traducción: Noemí Díaz Vilches

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