Mozhárovo

Dmitri Býkov

El cuento que publicamos,del reconocido narrador,poeta y ensayista ruso Dmitri Bykov, está incluido en la selección Narraciones rusas contemporáneas, que la Editorial Arte y Literatura presentará en la Feria Internacional del Libro Cuba 2010.

DMITRI BYKOV nació en Moscú en 1967. A partir de 1985 trabaja en importantes revistas (Sobesednik, Ogoniok, Profil). Entre sus obras figuran: la biografía Boris Pasternak, y las novelas Encargado de la evacuación y Los amortizados. Ha sido galardonado con varios premios literarios de Rusia: Premio Best-seller Nacional (2006),Premio ABS (2004,2006,2007),Premio Gran Libro (2006).

 

En homenaje a Valeri Frid

–Y bien, lo repito por última vez –dijo Koshmín, hombre enjuto,alto,más parecido a un investigador presumido que a un inspector de las ayudas humanitarias–. En Mozhárovo la parada es de cinco minutos. Esto resulta suficiente para que ellos puedan desenganchar el vagón con la ayuda humanitaria.Ante el primer intento de ustedes de querer abrir las puertas o las ventanillas,actuaré conforme a las instrucciones. Luego no se sientan ofendidos.

A Vasíliev ya de por sí todo le resultaba horrible, máxime cuando a eso se sumaba que por la ventanilla se veía el cielo encapotado por una tormenta de julio: se agrandaban los nubarrones lilas hasta casi tocar el muy tupido bosque de abetos.Las aldeas grises deshabitadas que quedaban a ambos lados de la vía tenían una apariencia sombría:ni animales ni personas, sólo sentado en los escalones de la entrada de una casa se veía un niño pálido,cabezón,que seguía al tren con una mirada atenta y malévola, en la cual no había nada de infantil. En algunas ocasiones, Vasíliev había observado esa mirada en locos de atar que estaban conscientes de su lamentable estado, pero que no tenían fuerzas para cambiarlo.

–No haré nada –dijo Vasíliev enojado–.Ya lo advirtieron cinco veces en Moscú.
–A todos se lo advertimos –refunfuñó Koshmín–, pero así y todo algunos abrieron.
–Bueno,a nosotros ni se nos abre la ventanilla. –Pero Gorshenin,que viajó antes de ustedes,rompió la ventanilla con una botella –recordó sombrío Koshmín.
–Bueno,nosotros no tenemos ni botella… y,además, hay una reja por afuera…
–Por esa reja se puede meter fácilmente una mano, dar pan u otra cosa. Y algunos se colaron. Ustedes no lo han visto,yo sí lo vi.
A Vasíliev le daba rabia que Koshmín,quien había visto tanto,no contara nada a ciencia cierta.No podía soportar la ambigüedad.
–Mejor avísenos con tiempo, Gueorgui
Valentínovich.–Vasíliev tenía sólo veinticinco años y se dirigía al inspector con respeto–. ¿Qué son esas sirenas ante las cuales uno no puede resistirse? Con la verdad,todo será más fácil.Guerra avisada,no mata soldado.
–¿Y qué es lo que ustedes no saben? –se puso en alerta Koshmín–.Ya se les ha dicho todo:a la estación se acercarán personas, les pedirán que los dejen pasar,que les abran las ventanillas para entregar cartas o recibir pan.No pueden recibir nada y bajo ningún concepto se pueden abrir ventanillas o puertas. Mozhárovo está en la lista de lugares poblados donde se prohíbe bajar del tren. ¿Qué es lo que no entienden?
–Lo sé. Pero no puede aunque sea decirnos qué ocurrió allí.¿Es acaso una zona contaminada?
–¿Cuando a ustedes los enviaron no les dieron una conferencia? –preguntó Koshmín.
–Sí,nos la dieron.
–¿Les dieron la lista de poblados?
–Sí,la dieron.
–¿Y qué es lo que no entienden? ¿Qué es eso de zona contaminada? Es una zona de ayuda humanitaria común como parte del proyecto nacional de apoyo al interior de Rusia.Todo normal.Pero existen reglas determinadas, ¿entienden? No estamos aquí por gusto,para hacer bulto.Nos regimos por un proyecto estatal.Hay que cumplirlo.Si no lo cumplen,ya les haré saber cuáles serán las consecuencias.
–Entendí,entendí –dijo Vasíliev.Él no podía soportar que lo obligaran a entender algo.Eso lo sacaba de quicio. Tampoco soportaba algunas palabras pronunciadas por Koshmín en un ruso…–. ¿Por qué entonces no cerrar por completo las ventanillas todo el tiempo? Poner alguna persiana de hierro,postigos, no sé…
–Pero de qué habla –se molestó Koshmín–. La prensa,y usted es uno de ellos,viaja.Los observadores extranjeros viajan.¿Cómo van a ir en un vagón cerrado por completo como si fueran ganado? En el siete viaja el representante de ese Fondo para la Infancia,Myerson o algo así.Ya él empezó a preguntar con insistencia por qué estaban puestas las rejas. No le gusta mirar a través de rejas.Él no sabe,pero yo sí sé. Debe dar gracias a Dios de que esas rejas estén ahí.
Las personas como Koshmín siempre estaban convencidas de que todos debían sentirse agradecidos por sus rejas, pues de no estar ellas, podría ser mucho peor.
–Y, además, no todo el tiempo es así –dijo él en tono tranquilizador–.Esta es una zona única en nuestro camino,en total son seis,bueno,siete… La pasamos, y después todo será normal hasta los Urales.Se pueden bajar,comprar papas cocidas con eneldo… conversar con la población, si lo desean…, ver las zonas protegidas, la naturaleza… ¡Todo normal! ¿Para qué hacen falta postigos? Sólo en dos puntos hay que observar las instrucciones, Mozhárovo y Króshino; el resto del tiempo salgan y caminen; por favor,no me opongo…

Vasíliev trató de imaginar qué estaba sucediendo en Mozhárovo. Cuando su grupo –tres de la televisión en el vagón vecino y él de Vedomosti– recibió las instrucciones antes de partir el primer tren humanitario que atravesaría Rusia en cumplimiento de un proyecto nacional, estaba claro que el instructor se había callado una parte de la información. A cada periodista se le designó un representante del Ministerio de la Agricultura con porte y maneras de un guardaespaldas profesional.¿Por qué tanta seguridad en un viaje común?

Cierto que en los últimos tiempos viajar de una ciudad a otra ha sido peligroso:por todas partes destripan los trenes eléctricos, asaltan los trenes de carga… Qué se le va a hacer,también era un proyecto nacional el desarrollo priorizado de siete megalópolis, entre las cuales se extiende más o menos una zona agreste. No necesitamos tanta tierra… El que pudo,se fue a la ciudad;y en cuanto a lo que sucedió al resto en el inmenso territorio ruso, Vasíliev tenía una idea muy vaga.Pero él era un reportero,además con experiencia en el ejército,y lo enviaron con el primer tren humanitario a escribir un reportaje sobre cómo comparten las magalópolis los excedentes con el resto de los territorios donde,según cuentan, ha habido hasta fallas en la electricidad. Verdaderamente,en algunas estaciones no se podía ni asomar la nariz en el andén y sobre eso en Moscú nadie los previno.La simpática de Vestie,si lo hubiera sabido, de seguro que no habría venido. Ella ya de por sí se estaba lamentando todo el tiempo de que en el vagón no tendría bañadera.Eso únicamente lo tenía el vagón especial de Myerson,porque él era un filántropo y sólo Dios sabe qué clase de multimillonario, que hasta ha dejado atrás a Bill Gates…

Por la ventanilla se observaba un paisaje despoblado y nada interesante,eso precisamente lo hacía tan espantoso: siempre las mismas aldeas grises y desiertas,a veces una cabra aislada con un trapo rojo en el pescuezo; en ocasiones, un segador tranquilo segando en un barranco en completa soledad,quien también seguía con la vista al tren; no era frecuente ahora ver pasar un tren y Vasíliev no tuvo tiempo de verle bien la cara; pasaba rápido un campo con un tractor herrumbroso y solitario,y de nuevo se extendía un bosque de abetos sombrío y encima de este el mismo nubarrón lila. Desfilaban rápido ante sus ojos los restos de una fábrica detrás de un muro de hormigón semidestruido, las chimeneas oxidadas, una grúa de caballete;se veía un boscaje dentro del cual Vasíliev logró detectar lo que en otros tiempos fue una unidad militar tras la cerca de alambre de púa toda oxidada,en la cual quedó colgada una chaqueta acolchonada que de seguro los muchachos utilizaban para saltar la cerca y ver lo que quedaba adentro… El tren redujo la velocidad.

–Pero, ¿había algo antes en Mozhárovo? –preguntó Vasíliev para alejar el terror que estaba creciendo en él. Sabía que el Ministerio de la Agricultura no ponía custodios así como así.Allí trabajaban ahora personas serias,dirigentes de algún ministerio represivo–. ¿Acaso hubo industrias de extracción de algo?
–Una fábrica de ladrillos –respondió Koshmín sin deseos, después de una pausa–. Hace tiempo que se destruyó, unos treinta años. Existían unas pequeñas fábricas de calzado, muebles… Un teatro de títeres… o algo por el estilo.Yo no estuve allí en esa época.
–¿Y ahora hay algo?
–Si viven personas, quiere decir que hay –dijo Koshmín tan irritado que Vasíliev consideró que era mejor callarse.
–Bueno,ya se lo advertí –apuntó Koshmín al rato–. Es mejor no acercarse a la ventanilla.Si tiene los nervios débiles, deje que le baje las cortinas, aunque pienso que usted por ser periodista debería mirar. Pero trate de no hacer nada. –Está bien,está bien –apuntó de manera mecánica Vasíliev sin quitar la vista de la estación de Mozhárovo que pasaba lentamente ante sus ojos. Primero no había nada.Él esperaba cualquier cosa –monstruos,engendros que se tiraran sobre las rejas del vagón–,pero por el andén solamente se veía una vieja que con un cubo miraba a la ventanilla como pidiendo ayuda.
–¡Cangrejos! –gritaba ella–. ¡Quién quiere cangrejos! ¡Cangrejos frescos,quién los quiere!
A Vasíliev le encantaban los cangrejos de río y tenía tremendos deseos de comerlos,pero ni se movió.La vieja se acercó al vagón de ellos,pegó al cristal su cara noble y demacrada, y por mucho que Vasíliev miró no pudo descubrir nada horrible en ella.
–¡Cangrejos! –repitió ella con dulzura–. ¿Hay alguien que quiera cangrejos?
–Cállese –dijo Koshmín mascullando. Su cara se desfiguró del sufrimiento, más terrible aún porque ante los ojos de Vasíliev no tenía sentido alguno.No era posible que él deseara tanto comer cangrejos y se debatiera entre el apetito y las instrucciones.
La vieja se dio vuelta y con tristeza continuó su camino.La estación se fue llenando poco a poco de personas débiles, evidentemente desnutridas, que caminaban muy despacio,como en cámara lenta.A la ventanilla se acercó una joven madre con un niño en brazos; el niño estaba amarillo, arrugado, flojo como un muñeco de trapo.
–Por Dios, denme algo –dijo ella bajito, en un lamento.A pesar del grosor del vidrio,Vasíliev escuchaba cada una de sus palabras–.No tengo trabajo, no tengo esposo.¡Por amor de Dios,denme algo!
Vasíliev miró con vergüenza la comida que le habían dado para el viaje y que no tuvo tiempo de recoger. En los trenes de ayuda humanitaria daban muy buena comida, el Ministerio de la Agricultura no escatimaba recursos.En la mesita del compartimento había embutidos de dos variedades,queso holandés fresco y paté de hígado de ganso con nueces, marca Estrasburgo.

Ya era tarde para ocultar la comida,la mendiga lo había visto todo.Vasíliev estaba muy abochornado. Junto al tren caminaba una niña con carita conmovedora y serena, que parecía salida de una de esas postales navideñas en las cuales las niñas pobres vendiendo fósforos parecían ángeles rozagantes que,antes de ir a parar a las calles heladas,vivían en familias de bien,donde comían en abundancia y se bañaban todas las mañanas.A Vasíliev su cara le resultó familiar, de alguna postal que la familia conservaba de antes de la Revolución –la postal en que el tatarabuelo felicitaba a la tatarabuela por el nuevo año 1914–. La niña se acercó a la ventanilla, levantó los ojos y esperanzada dijo:

–Mi mamá está enferma. Está muy enferma, no puede ni levantarse.Tíos,¿pueden darme algo,aunque sea?
Ella pedía sin gimotear, sonriendo sin querer provocar lástima y apenada por su situación.
–Yo me sé una canción –dijo ella–,y se la cantaré: No ha terminadooo el invierno, todavíaaa hay nieve, pero ya la golondrina quiere volver a su casaaa.Debe atravesar montañas y mares, vuela, vuela,golondrina míaaa...

Vasíliev conocía esa canción del círculo infantil y cuando era niño siempre lloraba al escucharla. Él miró a Koshmín.Aquel no le quitaba la vista de encima ni un minuto, captaba cada uno de sus movimientos, no existía la más mínima esperanza de engañarlo y a hurtadillas tirarle dinero o un embutido entero,además estaba la reja…

–Pero,dígame –quiso saber Vasíliev,odiándose por emplear un tono suplicante–,explíqueme:¿qué hay de malo en darle a ella ahora un pedazo de pan o tres rublos?
–¿A quién? ¿Quién es ella? –le preguntó Koshmín con dureza.
–Mire ahí,esa niña...
–¿Niña? –le repitió Koshmín.
Qué le pasa,se volvió sordo,o qué,pensó Vasíliev. Puede que esté mal de la cabeza,loco de mierda,me pusieron en manos de un monstruo y por su culpa no puedo darle de comer a la niña.
–¿Es que acaso usted no ve?
–Veo –lentamente respondió Koshmín–.Siéntese tranquilo o no respondo.
En ese intervalo se acercó a la ventanilla otra anciana pequeña,encorvada,cuatro ojos,y carita de maestra provinciana.Con la mano temblorosa y engarrotada puso frente a la cara de Vasíliev unas pequeñas zapatillas tejidas que todavía se nombran chapines, iguales a las que su fallecida abuela le tejió a crochet y que están guardadas en su casa.Si no hubiera sido por la pensión del abuelo y que no vivían en Moscú, la abuela en su vejez habría estado igual que esa anciana.
–Cómpreme las zapatillas –le rogaba la anciana–. Son buenas, de pura lana. Por favor, para su hija, o para cualquiera… Cómpreme las zapatillas…
¡Miren quiénes son las sirenas de Mozhárovo! No nos dejan bajar a verlas. Nos hemos aislado de nuestro propio pueblo con rejas de acero y estamos sentados comiendo paté de Estrasburgo. Vasíliev se paró; pero, con su dedo de acero, Koshmín lo tocó de tal modo debajo de la costilla que lo hizo doblarse del dolor y al momento desplomarse en el asiento.
–Te lo advertí –dijo Koshmín con una detestable y maligna satisfacción.
–Él lo advirtió, sí –masculló Vasíliev–. Todos son unos hijos de p..., hijos de p… infames. ¡Qué hicieron…?

Continua...