Lo que viene

II

DURANTE MI ESTANCIA EN MOSCÚ tuve la ocasión de establecer relaciones con personajes muy interesantes.

En aquel, mi primer viaje a la Unión Soviética, en 1962,me resultó especialmente entrañable conocer al poeta Nazim Hikmet, un año antes de su dura muerte.Fue un encuentro de los que recordaré siempre, por la densidad humana de su vida y de su obra. La bondad de sus ojos azules y su frente pensativa hablaban en silencio de las cárceles turcas en las que había pasado muchos años encarcelado.

Un gran poeta popular, de versos entrañables, una voz cálida y profunda para la paz,para el amor, para "la inmensa humanidad", un término que le gustaba utilizar con la mayor ternura.

Nos unieron enseguida historias semejantes, palabras conocidas,palabras de hambre,de piedra y hierro, de dolor y esperanza e intercambiamos los mismos sueños urdidos en las prisiones de Turquía y España.

No conocía aún su noble y grandiosa poesía, después apresé entre mis manos, como agarraría el pan la avaricia de un hambriento,un ejemplar de su libro Duro oficio el exilio,traducido por el escritor argentino Alfredo Varela. Me invadió su poesía, abrió en mí un camino muy hondo.Lo tengo, con otros libros amados, en la mesilla de mi alcoba y me sigue desvelando muchas noches y no pocas madrugadas, porque sus versos están muy cerca de mi corazón y del corazón del mundo.

Durante las sesiones del Consejo de la Paz, Ilya Ehrenburg me invitó a pasar un fin de semana en su "dacha". El autor de España República de Trabajadores, No pasarán y El deshielo fue uno de mis ídolos en la juventud, así que me sentí muy motivado. No pude aceptar su invitación en ese viaje, tenía que salir para asistir en Helsinki al Festival de la Juventud,pero le prometí que volvería. Así lo hice uno o dos años después.

Su dacha era un retiro silencioso y verde y estaba enamorado de su jardín, al que cuidaba cada día durante horas. Cuando llegué amontonaba con un rastrillo las malas hierbas que acababa de arrancar.Me estrechó la mano con firmeza.Con un impulso de su cabeza echó hacia atrás la rebeldía de su pelo que brillaba sudoroso y turbulento sobre su frente y me dijo,mirándome con fijeza:

–Así teníamos y tendremos que limpiar cada día el hermoso jardín soviético.
Tomé esa aseveración en el sentido más simple: la maleza eran los espías imperialistas,los traidores, los enemigos del pueblo... Pero a lo largo de las horas que pasamos juntos,se iban sucediendo críticas, desde un indudable y doloroso amor a la Unión Soviética, sobre el funcionamiento del propio Sistema que expresaba con amargura y que me llenaron de estupor. Yo no estaba maduro todavía para asumir los errores básicos que anidaban en la sociedad soviética y en los mismos engranajes de la máquina del Partido y del Estado. Tardé algunos años en descubrirlo por mí mismo con infinita tristeza.

LA PRIMAVERA DE PRAGA.Años después,con Vida y nuestro hijo Marquitos, fuimos con el pintor Ceballos y su esposa Conchita a una casa muy agradable que tenían en el campo, en el pueblecito de Dourmelle, a una o dos horas de París.Allí Ceballos, que era un gran paisajista, podía extender su vista, adentrarse en los espacios y retener los colores naturales que después llevaría a sus lienzos.Para mí,entre tantos viajes, la quietud y soledad de aquel lugar verde y silencioso y la compañía entrañable de mi mujer y mi hijo,de los que con tanta frecuencia estaba separado,eran un placer balsámico y necesario.

Uno de aquellos días, el 20 de agosto de 1968, sentados en el jardín, escuchábamos en la radio una música agradable cuando, de pronto, se interrumpió la emisión para dar una noticia que sonó como un brutal aldabonazo:las tropas del Pacto de Varsovia estaban invadiendo Checoslovaquia. Nos quedamos anonadados. Sabíamos que los soviéticos no veían con buenos ojos el proceso democrático abierto en ese país conocido como "la primavera de Praga". Pero nos parecía un error político y una barbaridad impensable la ocupación militar de un país hermano para aplastar con las armas un proceso de "humanización del socialismo" que estaba dirigido por los propios comunistas checos. Suspendimos nuestro descanso y nos volvimos inmediatamente a París para seguir de cerca los acontecimientos, muy preocupados por las graves consecuencias que aquella invasión iba a producir y que al final dañó mucho la credibilidad de la misma Unión Soviética y del Sistema Socialista y el desconcierto que iba a crear en el movimiento comunista internacional.

Viajé varias veces a la Unión Soviética por razones de trabajo y otras de vacaciones con mi mujer y mi hijo.

Era imposible no reparar en las contradicciones existentes entre los fundamentos del socialismo y la vida real de la sociedad. No había que apartar muchas ramas para verlo.Pero era tan entrañable y a veces tan ciego nuestro amor a la Unión Soviética y creíamos tan necesaria su existencia ante la injusticia del mundo que nos tapábamos con un tupido manto de esperanza.

Había que regenerar muchas cosas,hubo intentos fallidos,sin continuidad,como el de Kruchev,haciendo públicos los errores y horrores del estalinismo. En aquella época apareció El deshielo del escritor soviético Ilya Ehrenburg, un título lleno de significación y expectativas.Pero no fue posible,había demasiados intereses creados.

Las deformaciones eran muy profundas.Había que limpiar a fondo el aparato del Estado y el Partido,recuperar valores y principios del socialismo que se habían ido desnaturalizando poco a poco.Restaurar la democracia socialista,la libertad y la crítica creadora.

Yo me he preguntado muchas veces con perplejidad y amargura ¿qué pasó durante esos setenta años de poder soviético? ¿Dónde están aquellas tres generaciones educadas en el socialismo y para el socialismo?

No pretendo y no estoy en condiciones de hacer un análisis de fondo, ni nadie lo hizo todavía. Hay muchas luces y sombras en ese proceso sin deslindar aún,pues no fue todo negativo.No soy un historiador y,además,no quiero desviarme del tiempo en el que trascurren estas memorias.

Lo que sí tengo claro es que la desaparición de la Unión Soviética, aunque fuera por sus propios errores, es una desgracia para la Humanidad que ha quedado en las agresivas manos del imperialismo norteamericano y para muchos pueblos que hoy se sienten desamparados y a merced de los poderosos.Yo viví siempre con la esperanza,aunque cada vez más dudosa,de que el socialismo se regeneraría y volvería a sus fuentes,que sería un problema de tiempo y que las nuevas generaciones resolverían. Me resultaba impensable que la Unión Soviética, el país que fue capaz de aplastar a la gran potencia del nazismo,se viniera abajo como un castillo de naipes y que todo terminara tirando al niño con el agua sucia de la bañera.

Sin embargo,el espíritu de la Revolución del 17 permanece, fue el acontecimiento mundial más trascendente del siglo XX,como en su tiempo el espíritu liberal de la Revolución francesa, y contribuyó a que los pobres de la tierra se pusieran en marcha y alcanzaran las conquistas sociales y políticas de nuestro tiempo.

El socialismo, su ideal, está por encima de quienes lo desnaturalizaron y sigue siendo la única alternativa al sistema capitalista para cambiar al mundo. El capitalismo, basado en la ley del máximo beneficio, genera de manera creciente las desigualdades e injusticias más brutales,la explotación y el expolio de otros pueblos,las guerras interesadas y,por su propia naturaleza,no puede asegurar un futuro de paz,solidario y justo para la Humanidad.

LA UNIDAD Y LOS COMUNISTAS. Fui y soy un hombre abierto y razonable, en el Partido y fuera de él, en la cárcel y en la libertad, también en mi vida personal.He valorado y respetado siempre,sin sectarismo, la ideología de los demás. No soy un comunista acuartelado en mis ideas. Confío en ellas y por eso me gusta sopesar las de los otros. Quizás me ayudó bastante a ser así el ambiente tan participativo y plural en el que se desarrolló mi trabajo solidario desde que salí en libertad.Traté con las personas más diversas,de credos distintos o sin ninguno, pero con valores coincidentes, como el respeto a la libertad y a la defensa de los derechos humanos. Lo que se manifestaba prácticamente en la solidaridad con España.

Soy un ferviente partidario de la unidad porque solos no podemos construir el futuro. También en lo coyuntural, en el día a día, con los que no quieren o no pueden ir más lejos, para alcanzar objetivos parciales y andar juntos una parte del camino, ganar posiciones palmo a palmo, defender y resolver los problemas inmediatos de la gente.Pero además de esos objetivos sucesivos hay que ir preparando y construyendo esa unidad más profunda,necesaria y consciente, para llegar al objetivo final, con todas las fuerzas de la izquierda,socialistas y progresistas,y con los nuevos movimientos juveniles,que quieren cambiar la base de esta sociedad y el futuro de un mundo más justo y posible.

Y precisamente por esa abierta actitud de valorar la historia de los demás, creo que los comunistas también merecemos un respeto. Cometimos errores, pero los cometimos luchando, quizás bastantes porque luchamos mucho y ni un solo día nos sentamos a la puerta de nuestra tienda para ver pasar el cadáver de nuestros enemigos.Nadie puede olvidar, sin olvidar tampoco y respetar la lucha y el sacrificio de los demás,los miles de años que los comunistas dejamos en las cárceles y los cientos y cientos de camaradas fusilados en la lucha por la libertad. Es una realidad histórica incuestionable.Merecemos ese reconocimiento y debieran tener cierto rubor los que se apuntan a un anticomunismo oportunista y comercial, que parece estar de moda.Se puede discrepar de nuestras ideas, o cambiarlas por otras, es un derecho legítimo y democrático que yo también aplico para reconocer y superar mis errores.Pero una cosa es no estar de acuerdo con los comunistas y otra bien distinta es la cultura o la enfermedad del anticomunismo.

Además,las ideas del comunismo,tan malversadas hoy,siguen siendo esencialmente justas y permanecen, porque su noble utopía está por encima de las equivocaciones de los hombres,de los partidos y sus errores y de los Estados que las desnaturalizaron y ensombrecieron la esperanza de una gran parte de la Humanidad.

El anticomunismo, y todo lo que se hizo y se hace en nombre de él, sirvió y sirve para justificar los golpes de Estado, las dictaduras y la represión de los demócratas. Es el gran comodín de las fuerzas más reaccionarias. Ellas es natural que agiten el fantasma del comunismo y traten de amedrentar a los pueblos incluso hoy, aunque no seamos una posible amenaza. Lo que duele y a veces indigna es que sectores o personas de la izquierda contraigan esa enfermedad que sólo sirve para dividirnos y justificar la violencia y la opresión de nuestros enemigos.

En mis largos años de prisión he vivido muchas historias,y algunas bastante aleccionadoras. Una noche, en el penal de Ocaña, un preso que tenía bastante ascendiente entre los suyos, muy conocido por sus posiciones antiunitarias y enemigo visceral de los comunistas, fue señalado para morir aquella madrugada.

Cuando al día siguiente fuimos a limpiar la celda de capilla, quedamos sorprendidos porque sobre la pared,a grandes y hondos trazos, estaba escrito su último grito: "¡Unidad, compañeros!". Aquel hombre, cuando se vio solo y desnudo ante sí mismo,frente a la muerte,cuando ya no servían los cálculos personales, quizás pensó que la unidad podía habernos salvado del naufragio en el mar de sangre que nos ahogábamos y se pasó las últimas horas de su vida grabando con un clavo,o con las uñas, aquel grito postrero. Mandaron pintar la pared, nos lo hicieron repetir varias veces, pero los surcos eran tan profundos que bajo la cal seguía clamando aquel angustioso llamamiento que no pudieron apagar y que seguramente sigue vivo todavía.