Decidme cómo es un árbol (fragmento)
Marcos Ana
El libro Decidme cómo es un árbol. Memoria
de la prisión y la vida, será presentado por la
Editorial de Ciencias Sociales en la próxima
Feria Internacional del Libro Cuba 2010.
MARCOS ANA (Fernando Macarro Castillo)
nació en Alconada, una pequeña aldea de
Salamanca en 1920. Desde su juventud
luchó del lado republicano en la Guerra Civil
Española, a cuyo término fue detenido y condenado
a muerte. Permaneció 23 años en
prisión, durante los cuales su poesía fue conocida en todo el mundo. Liberado en
1961, recorrió Europa y gran parte de
América, promoviendo la solidaridad con los
presos políticos y sus familias.
LAS MUJERES.Y en medio de tantas
actividades políticas y solidarias,saltando
de un país a otro, apenas
tenía tiempo para atender al proceso
de mi adaptación a la vida, que
era muy complicado y tenía sus
momentos inciertos y hasta traumáticos.
Esa difícil adaptación se agudizó de manera
especial en mi relación con las mujeres.Mi inseguridad
y mis complejos me creaban bloqueos psicológicos
que se iban encadenando, dando lugar a
situaciones cómicas, dramáticas para mí, que me
hicieron sufrir mucho antes de recuperar la confianza
en mí mismo.El amor me perseguía, aparecía
de pronto,me envolvía en su tembloroso misterio.
Era feliz en "sus afueras",merodeaba en torno
suyo,excitado y anhelante,pero temeroso de caer
bloqueado a la hora de la verdad.
Acudía a mis amigos,les contaba mis problemas,
pero no podían ayudarme,aunque quisieran:eran
víctimas de una mal entendida cultura masculina.
Me respondían con bromas y bravuconerías,me
contaban sus hazañas en la cama,en las que alcanzaban
cotas tan altas que yo me sentía aún más
desgraciado,casi como un ser inferior.
Sin embargo, esas situaciones que sufrí me permitieron
descubrir y conocer la comprensión y la
ternura de la mujer, su sensibilidad en ese campo,
tan diferente a la de los hombres basada,casi siempre,
en el alarde y la prepotencia.
En una ocasión estuve tres días en Gothenburg,
una ciudad portuaria al sureste de Suecia, invitado
por la Universidad. Elsa, la traductora, era una
muchacha inteligente y agradable y,como mujer,tan
excesiva en sus encantos que su cercanía me apetecía
y turbaba al mismo tiempo.
El último día,cuando al anochecer terminamos el
coloquio que cerraba mi visita,me atreví a descubrirle
mis deseos,que no eran otros que pasar un rato a
su lado conversando.
–Elsa, me voy mañana y me gustaría
que, como despedida, me enseñases
las bellezas de esta ciudad.
Me miró extrañada, quizás porque
en los tres días que pasamos juntos en
la Universidad yo "forcé" una indiferencia
que venía precisamente de la atracción
que me producía.
–Claro, si lo deseas, lo haré con
mucho gusto. Mira, estoy separada y
tengo un hijo de tres años, se lo voy a
llevar a mi madre y después paso a
buscarte al hotel.
–Será un placer –respondí con el
corazón temblando.
En efecto, una hora después llegó con
su coche a recogerme y yo me sentí feliz
sólo con su presencia.Aparcamos el coche
y callejeamos por la ciudad, tomamos
algo en un café de la Plaza de España y terminamos
en el Parque Liseberg.
–Este parque es nuestro orgullo, el
más extenso y verde de Escandinavia. Una delicia
para los niños y los enamorados.
Paseamos un rato, descubriendo caminos, algunos
alumbrados por la luna y después nos sentamos
en un banco.Otras parejas,cogidas de la mano,cruzaban
delante de nosotros.Aún recuerdo el perfume
verde y el sortilegio de aquella noche de primavera.
Yo estaba como viviendo en la realidad uno de mis
tantos sueños carcelarios. Elsa percibía mi tensión y
en un momento tomó mis manos con dulzura.
Nos miramos a los ojos y nos abrazamos y besamos
en silencio. Perdimos la noción del tiempo y
empezaba a refrescar la noche.
–¿Nos vamos,Marcos? –dijo Elsa mirando su reloj.
–Como quieras –le respondí,aunque me dolía deshacer
aquel encanto...
Recogimos el coche,cruzamos de nuevo la ciudad
y pasamos por delante del hotel sin detenernos.
–Elsa,¡nos hemos dejado atrás el hotel!
–Lo sé,pero te quiero invitar a tomar un té y a que
conozcas mi casa.
Me quedé helado, el fuego que se encendió en el
parque y que todavía me quemaba, se apagó de
pronto.Todo se me vino abajo, empecé a pensar en
mis frecuentes inhibiciones, en la más que segura
posibilidad de un fracaso, y me hubiera tirado del
coche en marcha.
No había previsto la decisión de Elsa, aunque era
un desenlace natural después de lo sucedido en el
parque.Subimos a su casa,situada en una calle arbolada
y silenciosa.
–Siéntate,mientras preparo el té –me dijo señalándome
un sofá que había entre las dos ventanas de la
sala–.¿Qué música te gusta?
–La que tú prefieras –dije con la voz apagada de
un vencido.
Volvió con el té,puso las tazas sobre una pequeña
mesa y se sentó a mi lado, tan cerca que sentí de
nuevo el calor joven de su cuerpo.
Tomé el té en silencio, replegado sobre mí mismo,
buscando una salida, alguna excusa para evadirme
y volver al hotel,sin atreverme a mirarla a los ojos por
miedo a ver en ellos la invitación que temía.
Elsa me miraba preocupada y sorprendida ante
mi repliegue y mi silencio.
–¿Qué te ocurre,Marcos? –Y comenzó a besarme.
Después me tomó de la mano y me llevó hacia su
alcoba. Yo estaba tenso y frío como un témpano,
completamente bloqueado y me dejaba arrastrar
como si me llevasen al patíbulo. Empezamos a quitarnos
la ropa,ayudándonos mutuamente y yo casi
deseando un infarto repentino que me salvara del
ridículo.Elsa llevaba una blusa de seda y primavera y
no fui capaz de desabrocharla.De no haberla sufrido,
es imposible imaginarse una situación semejante.
Desnudos, abrazados, y yo sin poder reaccionar a
pesar del ardor de sus besos y el fuerte aroma que
desprendía su cintura.
Fue Elsa,con la mayor delicadeza,quien vino en mi
ayuda.
–Vamos a dormir,estás cansado y tienes que viajar
mañana.
La besé una vez más,cerré los ojos y fingí que me dormía,
aunque no podía ni quería,desvelado por la vergüenza.
Elsa tomó mi brazo, lo puso cariñosamente
sobre su cintura y al poco rato dormía plácidamente.
La sentía respirar,dormida y despreocupada,mientras
yo ardía entre el deseo y la impotencia. Se había
vuelto de espaldas a mí, pero sostuvo mi brazo en su
cintura y mi mano descansaba tímida sobre su vientre.
Y al ver que su voluntad no podía actuar sobre la mía,
me acerqué suavemente, por miedo a despertarla.
Pegada a mí se extendía la dulce ternura de su piel (la
piel es a veces lo más profundo del amor) y aquella
ardiente impunidad provocó en mí una inesperada
reacción.Entre sueños,Elsa percibió lo que sucedía y se
volvió sin abrir los ojos enlazando mi cuello con sus brazos.
Pero nada más moverse aquella mujer, al sentirla
de nuevo consciente y viva, caí de nuevo abatido al
fondo de mi vergüenza.Intenté balbucear una explicación
pero Elsa puso una mano sobre mi boca:
–No digas nada, tranquilo Marcos, intenta dormir
un poco –me decía con voz íntima sin dejar de besarme.
Por la ventana empezaba a clarear el día. Me
besó una vez más,con una piadosa sonrisa y volvió a
dormirse,acurrucada entre mis brazos,aburrida quizás
de aquella inútil batalla.
Al día siguiente Elsa y unos profesores me llevaron
al aeropuerto.Me despedí de ella,aliviado por la presencia
de los demás y con la esperanza de no volver a
encontrármela jamás. No me atrevía a mirarla: en
mis ojos llevaba la vergüenza de aquella noche.
Pero me esperaba una gran sorpresa.A los cuatro
o cinco días, lo que tardaba en llegar un correo de
Suecia a París,recibí una carta de Elsa que leí muchas
veces,confuso y feliz,pero sin comprenderla del todo.
"Marcos,he conocido lo imposible y no puedo olvidarte".
Era una carta de amor y de nostalgia, recordando
la ternura de la noche que pasamos juntos y
su deseo de viajar a París para encontrarnos.
Yo no entendía nada,a mí me sobrecogía todavía
el ridículo del fracaso y para Elsa había sido una
noche de una ternura inolvidable.
Poco después vino a París,y todo fue maravillosamente
posible.
Este episodio,sufrido y vivido con Elsa,me ayudó a
comprender a la mujer y a valorar su sensibilidad,tan
distinta a la nuestra.
Desde entonces, con esa experiencia, mi relación
con las mujeres se hizo más fácil. En lugar de esconder
mis miedos y complejos, comenzaba por explicarles
mis posibles problemas,con la mayor confianza,
seguro de ser comprendido y aceptado,lo que me
daba seguridad y añadía al amor una ternura muy
especial,intensamente compartida.
Tengo que reconocer que las mujeres han sido
muy generosas conmigo.
Gracias, Elsa, por todo lo que me diste y aprendí a
tu lado. Allí donde te encuentres, te deseo todo el
amor y la felicidad del mundo.
Continua...
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