II

¿Cuántos de nosotros tendríamos igual honestidad para confesar nuestros gustos más queridos y secretos? Dejemos la pregunta en suspenso, pues de lo que se trata no es de responder, sino como propone el autor desde el título, tener siempre cercanas y prestas preguntas de igual talante, incómodas si se quiere, como suelen serlo todas las que vale la pena hacerse a uno mismo.

La honestidad también obliga a mirar de frente a nuestra historia, no con complejos de inferioridad ni de superioridad. Muchas veces nos creemos a salvo de todo y con el derecho, por ende, de fustigar cuanto nos antecede. En otras, miramos nuestro pasado con ternura de recién casados y nos luce igual que un novio en amaneceres de luna de miel. Ni lo uno ni lo otro, como en La fiesta de los tiburones, verdadero muestrario no ya de hechos cruciales de la historia, sino de nuestro más íntimo modo de ser.

Allí uno puede apreciar que aquello que en ciertas aulas y ciertos días era descrito como un enfrentamiento entre intereses socioclasistas, situación revolucionaria y disparidad entre el desarrollo de las fuerzas productivas y el sistema social, era sentido por los protagonistas anónimos como "una bronca de machos (…) Un macho en Palacio y otro en la Silveira. A ver cuál de los dos llevaba mejor puestos los pantalones", que el Presidente José Miguel Gómez, el mítico Tiburón, era visto como "un macho de verdad" por los trabajadores que fomentaban el central Stewart. Uno de ellos resume muy bien el estado de la nación:

El americano lo mismo daba que quitaba bendiciones. Era así. Cuando no estaba decidido a meterse, hacía como la gatica del cuento: tiraba la piedra y escondía la mano. Lo veías agachadito y estaba esperando para saltarte encima. Cuando ya el potaje estaba cocinado, se aparecía con mucha fanfarria y muchas leyes nuevas, y acaparaba lo mejorcito. Eso lo hizo aquí cuando la guerra con España y cada vez que los gobernantes cubanos se lo permitieron. Ya tenía lo principal, que era la Enmienda Platt, lo otro se hacía solo. Los gobernantes brutos, cada uno a ver quién era más macho, le preparaban el salón. Cuando caían medio muertos, como los chivos que se fajan en el basurero, entraba él en el baile. […] Los políticos liberales y moderados no hacían más que adularle cada vez que hablaban en el mitin de turno y ponerse a esperar a que entrara por cualquiera de los puertos. Los moderados que si los liberales. Los liberales que si los moderados. Y cada cual tratando de menearse dónde y cómo sabía para enredar al otro ante los ojos del poderoso.

Y no es que un enfoque deba suplantar al otro, sino que ambos deben complementarse, que nada ganamos con tener de la historia la idea de un movimiento de fuerzas abstractas, cuando es todo lo contrario: vida que palpita. Únicamente así comprendemos nuestra propia historicidad, y que el presente es confluencia de todos los tiempos.

Amén de lo terrible de su entramado, es delicioso el sabor que deja la lectura de La fiesta de los tiburones. Allí es posible advertir, de cuerpo presente, a esos hombres y mujeres gracias a una de las propiedades más queridas de lo humano: el habla. Podemos verlos porque podemos oírlos. Y ello -lo sabe todo aquel que haya transcrito una entrevista- es particularmente difícil: la frase que parece más natural es la más trabajada. No quiere ello decir que se deba ser infiel a la expresión del entrevistado. Antes bien: por rara paradoja, tal fidelidad exige un esfuerzo supremo, pues el texto tal como es transcrito casi siempre es prácticamente ilegible. Ya el mero hecho de copiar obliga a un ordenamiento primario: ese que nace de los simples y sutiles signos de puntuación. Pero no solo eso, sino el muestrario de palabras vivas, sabrosas, identitarias que sazonan el volumen: hacía tiempo, por ejemplo, que no oía el termino güelelé, que mi computadora enmienda una y otra vez. Me recuerda a cierta correctora renuente al uso de determinadas palabras porque no aparecían en el diccionario, como si las palabras, o lo que es igual, la vida, cupiera en diccionario alguno.

Y junto al habla de la gente esa otra forma de sentir que es un periódico, desde los anuncios —que en la concepción martiana de la prensa tienen tanta importancia—, hasta el texto acusador y anónimo, o lo crónica social, barómetro de una sociedad, según gustaba decir Dulce María Loynaz. La mirada de la prensa, como otras, con la misma humildad de otras, muestra la complejidad de cualquier asunto, o lo que es igual, la imposibilidad de su reducción a una simple fórmula.

El fomento de un central azucarero es también el fomento de una forma de ser muy particular del cubano, de un espacio que, me atrevo a afirmar, tiene rasgos de cronotropo: el batey. Algunos conocí de niña, todos, curiosamente, entre Ciego de Ávila y Camagüey: Punta Alegre -de donde es mi papá, con un bar llamado pomposamente El Capitolio y hasta con un campo de golf, Falla, Velazco, Violeta —con su camino de palmas pintadas justo hasta el central—, Patria y Cunagua, el más lindo, el de portales amplísimos y mejores columpios. También he visitado Stewart, como insisten en llamarle en mi casa, cuando no el quince y medio, curioso nombre tomado de la extensión de la línea férrea. Hace años que no los visito. He llegado incluso a preguntarme si los reconoceré, como apenas reconozco a Esmeralda, mi pueblo, con su línea férrea y su cine América, que pudo conservar su denominación por la coincidencia entre el nombre de la esposa del dueño y el de nuestro continente. Cine América, justo frente a un crucero, crucero él mismo, donde me apropié de las primeras imágenes de mi vida.

Quizás, junto a la persistente memoria, o incluso, cuando esta comienza a fallar o se muestra incapaz de guardar todos los sucesos —pues a fin de cuentas es una y bien flaca—, como completamiento de la memoria propia, está la que me ha prestado Reynaldo González, páginas donde puedo reconocerme, completarme y afianzarme.

Páginas en las que me veo a mí en mi cultura, en las que veo la cultura de la que soy parte en toda su complejidad. Solo así podemos enfrentarnos, míseros mortales, al tiempo y sus tantas inclemencias.