Reynaldo González: salvarnos del tiempo y sus inclemencias

María Antonia Borroto Trujillo




LLorar es un placer fue una de las primeras lecturas de mis días universitarios. No aparecía en ningún plan de estudios; sin embargo, como casi siempre aquello que los profesores no orientan o, incluso, prohíben, termina por ser lo mejor, me sedujo grandemente ese libro que aun me parece tener frente a los ojos. Hablo en pasado porque el ejemplar de marras me fue hurtado, o para decirlo en buen cubano, descaradamente robado por alguien que decía "ser mi amigo". Ya esa circunstancia, unida a mi entusiasmo por su lectura, debió haberme alertado y obligarme a recuperarlo. Solo ahora, cuando por razones de trabajo debo volver la mirada al universo de las industrias culturales, caigo en la cuenta del porqué de tan temprana sugestión por Llorar es un placer.

En aquel entonces -hablo de los terribles inicios de los noventas-, la bibliografía al uso sobre la llamada cultura de masas solía abordar el tema como una telenovela más, o sea, en términos de buenos y malos. Así, el público era visto como una suerte de damisela, de tules y alcoba rosada, y los medios de comunicación, como un despótico y seductor señoritingo rico. No exagero: los enfoques de los setentas y ochentas acentuaban ese lado del fenómeno: debíamos, por tanto, vacunarnos contra el pernicioso dominio de los medios, cuya punta de lanza solía ser una telenovela de incontables capítulos y simpáticos personajes en busca del amor y la felicidad. La vacuna consistía en estar prevenidos, en notar lo tendencioso de cada hechura para, revestidos con armas muy racionales, desafiar las trampas de lo aparentemente melifluo y ñoño.

No es hasta bien entrados los noventas que nace la desconfianza, entre nosotros, respecto a este enfoque tan simplista. Debimos esperar a Jesús Martín-Barbero para reivindicar la resistencia de lo popular, o mejor, su sutil replanteo en otros terrenos. Hasta ese sonriente diablillo que es Umberto Eco —quien se preguntaba si el texto apocalíptico no era el más sofisticado producto de la industria cultural, y a su modo, vuelta al entusiasmo de los integrados—, cayó en la tentación de apreciar en los productos de la cultura de masas versiones simplificadas de la llamada alta cultura. Se silenciaba cuánto de lo popular permanece en tales productos y algo aún más importante: cómo, si responden a la maldad imperialista, las clases subalternas los hacen suyos.

El libro de Reynaldo González, con el que nunca pude, por cierto, responder ningún examen universitario -quizás por eso lo recuerdo con tanta nitidez-, enfocaba el asunto desde una arista peculiar. Su título es una advertencia. No en balde el propio Félix B. Caignet le confesó en cierta ocasión a García Márquez: "Ay m'ijo, a la gente le gusta llorar, yo solo le doy el pretexto".

Gústenos o no, esa es parte de nuestra sensibilidad. Aun cuando seamos muy avant-garde, defensores de Lars von Trier y Kim Ki Duk, amantísimos de la novísima trova y hasta de Sabina y Aute, y en público confesemos huirle a las telenovelas como el diablo al agua bendita, nos corre por la sangre. No por la roja sangre de nuestras venas, ni por la azul que algunos pretenden en cuanto a gustos, sino por otra, más intangible y etérea, pero no menos real: la cultura. En esa sensibilidad fueron educados muchos de nuestros mayores: para mí Llorar es un placer fue el reencuentro,en otro plano, con las historias que me hacían de niña en torno a un Albertico Limonta de dudosa cuna, el larguísimo tiempo en que demoró el viejo Rafael del Junco en hablar y la extrema bondad de Mamá Dolores. Fue tal el furor que —según me cuenta mi papá— algunos se iban a la pelota con un radio portátil, forma de resolver el dilema que aún amenaza la tranquilidad de ciertos hogares.

Espiral de interrogantes, suerte de bitácora para seguir el pulso de la amplia obra ensayística de Reynaldo González, incluye un grupo de textos deliciosos sobre otro fenómeno que también alimenta nuestra sensibilidad: el cine mexicano. Y menciono esta cinematografía como fenómeno no por su rareza, sino por devenir una industria portentosa, cuyas estrellas eran tan o más conocidas que las hollywoodenses. El cine mexicano era, a su modo, una expresión de lo que hoy llamamos resistencia cultural. No en balde nos refiere Reynaldo que la Doña nunca quiso ir a filmar a Hollywood, pues allí solo le ofrecían papeles de india, y esos los hacía en su tierra. Las páginas que Reynaldo le dedica a la María Bonita de Agustín Lara son acaso uno de los más bellos homenajes dedicados a la actriz, homenaje que no se circunscribe a la remembranza o la nostalgia, sino a la asunción consciente y culta -no ya comprendida la cultura en el sentido usual de acervo personal, sino desde una definición de índole antropológica-, asunción consciente y culta, decía, de uno de los símbolos del continente, configuración incluso de nuestros deseos más ocultos: con tremendísima humildad reconoce que a las despampanantes imágenes del cine mexicano, surgidas de la lente de Gabriel Figueroa, debió una crisis de adolescente:

[…] ensimismado en la luneta del cine, perdido en la nada de mi insignificancia, frente a la enormidad de la pantalla y los rostros que él acariciaba con la luz. Los rostros estatuarios de María Félix en la secuencia de la serenata en Enamorada. La ingenua frescura de Dolores del Río en María Candelaria. La perfección sin estatura humana de Pedro Almendáriz, bondad y vigor de indio y de criollo, magnitud de bestia perfecta que en La Malquerida supo sacarle bajo la línea pródiga del sombreo alón. Nunca se lo he perdonado. Si aquel era un hombre, ¿por qué me dejaba a mí un saco de imperfecciones, arrinconado en mi luneta, incapaz de alzarme a grandeza tan terrible? Fue injusto Gabriel Figueroa por crear ese nimbo supremo, herida que no sana. Cuando obsequió la perfección de su mirada debió tapar los espejos de los simples mortales. Era un mundo demasiado bello, odiosamente bello. Solo me dejaba el recurso de comprar otra entrada y caer postrado ante la ventana de María Félix, con los tímidos cristales de un trío que permanentemente entona La malagueña.

 

Continua...