Las niñas del café
Laura Conyedo
Barral
Esteban Durán pensaba en
los buenos tiempos.El humo
en su taza le nublaba cálidamente
los espejuelos y la
temperatura ambiente los
volvía a su transparente normalidad… nevado, claro,
nevado,claro…
Tiempos mejores de pocos años; sus doce
años, sin habilidad para ignorar la belleza, ni a las
muchachas del colegio cercano que algunas tardes
venían a hacer deportes al terreno con pasto
que estaba cerca de su casa.Casi sentía el roce de
caderas, las respiraciones, los alientos ávidos de
pecado y cigarrillos robados. Podía entrever tras
algún movimiento coqueto,un pezón insinuante
o un oscuro pero grandioso resquicio dentro de
los pequeños chores uniformes.
Recordaba que cerca del anochecer las muchachas
corrían a tejerse las trenzas y a lavar sus rodillas,
hasta cierto día milagroso, un momento
antes de ocultarse el sol, en que lo llevaron al
callejón oscuro y cada una, con malicia, esperando
su turno, lo beso… nevado, claro, nevado,
claro…
Es el café de la calle 71,lugar sombrío y pegajoso,
hábitat natural de insectos y antiguos líquidos
derramados. Nadie conversa, solo se esconden
los hombres a ocupar las mesas, escapando a la
monotonía y sumergiéndose en la paz de sus
tazas a pensar;si pueden,en tiempos mejores.
Cinco y veinte de la tarde. La hora en que
comienza la vida, la hora de las niñas bohemias
que buscan el café para hablar de su día.
Estridentes llegan a la puerta haciendo que las
mesas se estremezcan de dicha. Hora de la
conquista.Todas las patéticas sombras acurrucadas
quieren un pedazo. Son como buitres
acechantes.
Las niñas bohemias son lo único colorido en el
café de la calle 71.Rojo sedoso,descarado naranja,
verde pálido, rosa pastel, rico malva de bebé
recién bañado.Son lo único musical del café de la
calle 71, la melodía sublime de un sutil y confuso
orgasmo adolescente. Llegan con todo estilo de
divina ignorancia, las niñas bohemias que todos
esperan.Toman una taza tras otra, con molesta y
excitada frecuencia pues a las seis y veinte se
acaba el tiempo,para ellas y para todos.
No hay nada más triste que verlas partir dejando
el silencio mientras las sombras agrupadas en
la puerta,no pueden dejar de sonreír y despedirlas
con la mano. Pero las niñas bohemias nunca
miran hacia atrás.Se van aventando los cabellos,
apoderándose de la ciudad que se las traga poco
a poco,primero su olor,después sus voces,luego
las manitas aspaventosas y finalmente el color de
sus uniformes que va desapareciendo como
marca de agua. Solo entonces las patéticas sombras
se marchan a sus casas en lenta procesión,
esperando sobrevivir el fin de semana en que el
café descansa, negándoles su ración diaria de
belleza tibia.
Esteban Durán es una silueta. Esteban
Durán es la mancha en la pared que depende
de la bombilla del parque para hacerse notar.
Esteban Durán es el vapor en los espejuelos,es
el soplido leve al borde de una cucharada de
sopa. Es un pensador de tiempos mejores que
ya no crea recuerdos. Es el hueco insospechado
al final del saco por donde se ha ido la vida.
|