
El arte fuera de sí (fragmento)
Ticio Escobar(Asunción, Paraguay, 1947)
Este ensayo forma parte del libro La Mínima Distancia de
Ticio Escobar, publicado por Ediciones Matanzas
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El pensamiento moderno recuerda, insidiosamente, la desavenencia
entre el sujeto y el objeto;se regodea en el desajuste de la subjetividad y
el aplazamiento crónico de la presencia objetiva. La evidencia de una
imposibilidad esencial traumatiza la experiencia estética, pero no la
remueve;al fin y al cabo,no hace más que exponer los secretos recursos
sin los cuales no prosperaría ella.Esta cuestión tiene graves consecuencias.
Provoca la crisis del modelo simbólico de la bella forma,que ya no puede
transparentar por entero los contenidos del arte ni constituirlos en una
totalidad;ya no puede rescatar una verdad exterior y previa para ofrecerla
a la percepción.Es decir,ya no tiene lugar la belleza,como sello complaciente
de una conciliación, como testimonio del cumplimiento de una
presencia plena.Se rompe,de este modo,la tradición clásica de belleza.
Cuando Kant hace ingresar lo sublime en el terreno hasta entonces
sereno de la estética,está apurando esa ruptura.Ya se sabe que,a
diferencia de la placentera contemplación que promueve lo bello,lo
sublime (enfrentado a lo desmedido,lo irrepresentable) genera conflicto
e inquietud,la mezcla de deleite y pesar que conforma el goce
melancólico. Ya no basta la alianza de la imaginación con el cauto
entendimiento: ante lo sublime, Kant fuerza a aquella a buscar la
complicidad o el auxilio de la Razón.
La Razón:esa facultad que asomada al infinito,mantiene suspendida
la clausura,abierta la herida de la distancia.
Lo sublime cruza soterradamente todo el itinerario moderno,pero
sólo adquiere reconocimiento pleno en el contexto de la crítica de la
modernidad. Una crítica que no hace más que radicalizar la
negatividad de la experiencia moderna: la discusión de sus propios
expedientes,el duelo por la pérdida de la conciliación final,la conmovedora
insistencia de su pasión.
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A pesar de su renuencia a aceptar sus propias paradojas,a contrapelo
de su pretensión de conciliarlo todo,el arte de la modernidad es
contradictorio, como lo es el de cualquier otro momento histórico.
Por una parte, es formalista: opera resguardado en los apartados
claustros del lenguaje;por otra,se lanza a la intemperie,quiere incidir
en lo extra-artístico, rectificar el extraviado rumbo de la historia. Por
un lado, su voluntad negativa y su temperamento irónico le llevan a
desconfiar de sus propios instrumentos de significación y, por eso,a
aceptar sus restricciones, su imposibilidad de dar cuenta cabal de lo
que nombra.Pero,por otro,su vocación utópica y su ilustrada filiación
historicista le impulsan a mantener un porfiado afán conciliador: la
esperanza de una síntesis redentora y total.
El arte contemporáneo (una cara de la modernidad) asume sus
aporías con entusiasmo: se detiene justamente en ese momento
negativo que impide la clausura y allí trabaja.No considera la oposición
entre signo y cosa (forma-contenido, apariencia-verdad, etc.)
como una disyunción esencial que se filtra,desde afuera,en el curso
de la historia, sino como una tensión insoluble que continuamente
genera forcejeos y reposicionamientos variables:un factor de enfrentamientos
diversos que habrán de ser asumidos mediante prácticas
contingentes.Y que nunca podrán ser cabalmente zanjados.
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(Ante esta escena, la fruición estética ha perdido la inocencia. Al
placer reparador del encuentro sucede el goce perverso,el doloroso
deleite que la falta propone.)
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No hay salida: supuesta en su mismo juego tramposo, el gesto
que critica la representación es enunciado desde dentro de la
escena y,por eso,termina por afianzarla.La (romántica) melancolía
moderna (el equívoco sentimiento ante una cuestión esencial
que no puede ser resuelta) es asumida por el pensamiento y la
práctica del arte actual, que hacen de esa imposibilidad credencial
eficiente.
El arte desplaza su posición: ya no privilegia la escena de lo
estético-formal, lo aparencial; ahora recupera su interés por el
momento ontológico; vuelve a emplazarse en el lugar desde
donde se convocan sus contenidos de verdad. Pero éstos -ya
se sabe- no terminan de aparecer. Están más allá (apenas más
allá, quizá) del alcance de la forma simbólica.Y desde ese lugar
desplazado envían señales: exigen reparaciones, retornan,
amenazantes, se acercan hasta el límite, producen una tensión
desesperada. Sus vestigios, sus indicios, sus visiones espectrales,
apelan a una sensibilidad rastreadora de huellas, ansiosa
siempre.
Ahora ya no bastan los poderes componedores del símbolo;la alegoría
resulta más apta para asumir la paradoja de la insatisfacción
que mortifica y seduce al arte.
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La alegoría desconoce un significado original revelable en la representación:
por eso suelta irresponsablemente, derrocha, un juego
infinito de significaciones fragmentarias y provisionales y por eso
mezcla promiscuamente géneros, estilos y medios: en cuanto no
reconoce trascendencias ni fundamentos, no admite jerarquías.Y, al
impedir la coagulación del significado,produce una hemorragia de
significación.
La alegoría delata la paradoja de la representación (la
búsqueda imposible de manifestar una esencia), pero no
puede erradicarla. Debe partir de ella aun para cuestionarla.
Esa es la trampa que la desconstrucción asume con
entusiasmo: no se puede nombrar la representación
desde fuera de su propio terreno. No se puede captar la
cosa sin representarla, sin desprenderla de su reflejo,
despellejarle de su propia imagen, que es ella misma y
más que ella misma. Heidegger recuerda el significado
original de la voz "alegoría": allo agoreuei, según el cual
ella "dice algo más que la mera cosa".
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"La realidad no sería solamente aquello que es,aquello que ella se
desvela en la verdad,sino también su doble,su sombra,su imagen",
dice Lévinas .Por eso, las cosas se encuentran selladas por su propio
reflejo, manchadas por la sombra que ellas mismas proyectan. (Se
encuentran escindidas por la representación: son cosas y no-cosas,
cosas y apariencias de cosas).
En su intento de expresar un ser que coincida consigo mismo, la
representación clásica disimula su lado oscuro.Busca,así,corregir "la
caricatura del ser",el defecto de la diferencia.Para presentarlo entero,
para disipar su sombra y apagar su reflejo, el aura ilumina directa,
cenitalmente,el objeto.
El arte actual,asume el costado umbrío del ser,el que muestra,oblicuamente,
en su retirada.
La alegoría supone "un comercio ambiguo con la realidad en el
que ésta no se refiere a sí misma sino a su reflejo,a su sombra..." .De
allí su insatisfacción,(de allí,su melancolía...)
"El arte deja,pues,la presa por la sombra." Pero desde el rodeo de
la sombra,que es aura nocturna del exceso o la falta,desea desesperadamente
la presa distante,distinta.
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El arte contemporáneo apuesta menos a las virtudes totalizadoras
del símbolo que al talante diseminador de la alegoría.Se interesa más
por la suerte de lo extra-estético que por el encanto de la belleza;más
por las condiciones y los efectos del discurso que por la coherencia
del lenguaje.
El arte contemporáneo es antiformalista.Privilegia el concepto y la
narración en desmedro de los recursos formales.El devaluación de la
bella forma se origina en la crisis de la representación:ésta deja de ser
concebida como epifanía de una verdad trascendente y se convierte
en un sistema de juegos entre el signo y la cosa: un juego de lances
contingentes que,aunque no logrará dirimir la disputa entre ambos
términos,generará el confuso excedente de significación que requiere
el arte para seguir funcionando como tal.
La forma pierde su poder de convocatoria (ya no despierta
la materia, ya no representa el objeto entero) pero no se retira:
sigue siendo un personaje clave en la representación estética.
Ella guarda la (mínima) distancia: asegura el margen que
requiere la mirada.
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La forma guarda la distancia.Retengamos esta figura y mentemos
otro gran principio antiformalista contemporáneo:la reacción ante el
esteticismo generalizado. Paradójicamente, la vieja utopía de estetizar
todas las esferas de la vida humana se cumple no como conquista
emancipatoria del arte o la política sino como logro del mercado
(no como principio de emancipación universal sino como cifra de
rentabilidad a escala planetaria). La sociedad global de la información,
la comunicación y el espectáculo estetiza todo lo que encuentra
a su paso, que es todo. Este desborde de la razón instrumental
niega posibilidades revolucionarias a la pérdida de autonomía del
arte.Y,así,de golpe,el viejo sueño vanguardista es birlado al arte por
las imágenes del diseño,la publicidad y los medios.
Ante esta importante derrota, el arte debe refundar un lugar propio,
sede de su diferencia.Como ya no puede esgrimir las razones de
la forma estética para demarcar su territorio (autónomo,hasta entonces),
dirige su mirada grave a lo que está más allá del último límite:lo
extra-artístico, el mundo de afuera, la historia que pasa, la cultura
ajena; en fin: la confusa realidad.El arte inclina su eje vertical, diacrónico
(el de las formas) hasta volverlo horizontal,sincrónico,y poder así
escurrirse hacia el mundo de los contenidos sociales,los circuitos discursivos
y las redes informacionales.Allí ya no es considerado en su
coherencia lógica,su valor estético y su autonomía formal sino en sus
efectos sociales y su apertura ética,en los usos pragmáticos que promueve
fuera de sí.
El arte ya no interesa tanto como lenguaje sino como un discurso
cuya performatividad lo descentra de sí y lo empuja hacia fuera.Por
eso,cada vez más se evalúa la obra no ya verificando el cumplimiento
de los requisitos estéticos de orden o armonía,tensión formal,estilo
y síntesis sino considerando sus condiciones de enunciación y sus
alcances pragmáticos: su impacto social, su inscripción histórica, su
densidad narrativa o sus dimensiones éticas.
Es más,no sólo se ha vuelto anestético el arte sino que gran parte
de sus energías subversivas, de sus viejos impulsos vanguardísticos,
se define ahora como crítica del esteticismo globalizado.
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Si para escapar del esteticismo el arte tumba su eje enhiesto y
se desliza fuera de sí, al hacerlo se topa de nuevo con el problema
de indiferenciación,equivalente a la que produce la metástasis
de la forma. Se han invertido los términos del dilema, pero su
mecanismo lógico continúa igual. Tanto el exceso como la falta
de forma dejan sin lugar al arte. |