
La fuerza que hay entre nosotros
(Una
conversación
con Margaret Atwood)
Daniel Díaz Mantilla
Cierto día de 1956, en Toronto, una estudiante de secundaria
regresaba de la escuela. Atravesaba un campo de fútbol vacío de
camino a casa y tomó una inusual decisión: sería escritora.Muchos
pensaron que estaba un poco loca.Toronto no era entonces la ciudad
cosmopolita que es ahora.Los cursos de escritura creativa que
luego se hicieron comunes todavía no existían y, para aquella
muchacha de apenas dieciséis años, los únicos modelos a seguir
que encontraba eran autores ya muertos. Pero ella insistió en su
empeño y continuó escribiendo. Su nombre es Margaret Eleanor
Atwood.
Hoy, con más de cuarenta títulos publicados entre novelas,
colecciones de cuentos, poesía, ensayos y libros para
niños, Margaret Atwood es conocida en todo el mundo. No
fue un camino fácil, nunca lo es, y uno se pregunta qué la
llevó a escribir, y qué la hizo seguir escribiendo durante
todos estos años.
"Todas las personas son creativas.Nacemos con inclinaciones
y habilidades artísticas, eso es algo que se puede ver en
el comportamiento de los niños. Las teorías actuales dicen
que seleccionamos y fijamos esas inclinaciones en el
Pleistoceno, durante cerca de ochenta mil generaciones,
porque con ellas dimos un salto en la evolución. Los niños
pequeños cantan, bailan, dibujan, cuentan historias... Al crecer
comprendemos que no necesariamente podremos
ganarnos la vida de ese modo, pero nuestro amor por esas
actividades no muere; por eso son tan populares los cantantes,
los bailarines, los que se dedican a la decoración, al cine
y otras expresiones visuales.Creo que en realidad la pregunta
no debería ser por qué yo, y algunos afortunados, seguimos
haciéndolo, sino por qué otros dejan de hacerlo.Y no es
que dejen de hacerlo en verdad, pues en sus corazones y en
sus vidas privadas el interés permanece. Así que los 'artistas'
y los 'escritores' somos simplemente quienes hacemos esas
actividades en público."
Quizás por modestia, o porque muchas veces en biografías
y entrevistas se ha hablado de su precoz aptitud para el
arte, Margaret Atwood evita hablar de sí misma. Sin embargo,
su inusual infancia es un excelente ejemplo de creatividad.
Su padre era entomólogo y solía llevarla en sus viajes
por las extensas e inhabitadas regiones naturales de
Canadá, de modo que no fue hasta octavo grado que asistió
a un curso completo de clases. Había comenzado a escribir
a la edad de cinco años y, aunque por un tiempo abandonó
la escritura para dedicarse a las artes plásticas, la ópera e
incluso el teatro de títeres, leía con avidez cuanto llegaba a
sus manos, desde historietas hasta Edgar Allan Poe.
"La escritura —explica Margaret Atwood—es sólo un método
para codificar la voz,como las partituras son un método para codificar
la música.Cuando un lector lee o un músico toca,lo que hace es
traducir de nuevo en música o en voz ese código,esas marcas negras
en la página.'Necesitamos' la poesía y las historias de ficción porque
son lo más cercano a estar dentro de la cabeza de otra persona en el
acto de hablar/pensar/crear,de igual modo que cuando un violinista
toca revive en sí a Mozart o a Beethoven. Es sólo a través de esos
eventos interactivos, en los que participan tanto el lector como el
escritor,que logramos entender a otra persona y,por extensión,comprendemos
lo que es el ser humano. Un único ejemplo, el de uno
mismo,no resulta suficiente.Necesitamos más,y buscamos más."
En 1972 Margaret Atwood comenzó a vivir de su
literatura. Quedaban atrás quince largos años de estudio y
trabajo durante los que escribía en su tiempo libre, robándole
horas al descanso. Los numerosos premios que ha
recibido desde entonces -entre los que se cuentan el
London Literature Award y el Booker Prize, de Inglaterra;
Le Chevalier dans l'Ordre des Arts et des Lettres, de
Francia; la Orden al Mérito Literario, de Noruega; la
Medalla de Honor del National Arts Club, de los Estados
Unidos; y el Premio Príncipe de Asturias en Letras- no son
sólo el reconocimiento a una obra de innegables valores
literarios, sino el fruto de un esfuerzo sostenido. Escribir es
un riesgo, no es el tipo de trabajo para quien espera una
paga segura, aumentos y una pensión a la hora de retirarse;
implica una gran dosis de incertidumbre. Sobre la utilidad
de esta incertidumbre Margaret Atwood nos dice:
"Sin incertidumbre no creamos. O no creamos bien.
Podemos hablar mucho sobre el porqué esto es así, pero
creo que es en ese presionar y ser presionados donde emerge
la fuerza que hay en nosotros. Para decirlo de una manera
muy simple: los árboles cultivados en un invernadero son
débiles. Necesitan que el viento los fortalezca."
Su más reciente novela, The Year of the Flood (2009), vuelve
sobre uno de los temas recurrentes en su literatura: el
desarrollo de nuevas tecnologías, la acumulación y el uso
egoísta del poder, los cambios climáticos y sus efectos para
la vida en La Tierra; cuestiones ya abordadas desde distintas
perspectivas en The Handmaid's Tale (1985) y Oryx and Crake (2003). The Year of the Flood no es, sin embargo, un relato
más sobre catástrofes medioambientales. Es una reflexión
profunda sobre el destino de la humanidad y una invitación
al cambio. En la minuciosa descripción del desastre aflora
un hondo optimismo.
"La esperanza está incorporada en nosotros. Aquellos de
nuestros ancestros que no la tenían, tampoco tuvieron una
motivación para enfrentar los tiempos difíciles. Si no tienes
esperanzas, la situación está de hecho perdida. Pero lo más
esperanzador de un libro como The Year of the Flood es precisamente
eso: que es un libro. Lo que en él se cuenta no ha
ocurrido aún. ¡Todavía estamos a tiempo!"
Continua...
|