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II
Ah, hoy la novela que quisiera escribir está más lejos. Oigo
sus tacones, en otra calle, en otra ciudad, fumando un marlboro
rojo frente al graffiti de Chalo, el graffiti ese que dice mami
perdóname, no me dejes.Y aunque estoy convencida de que es
una novela corta a veces la presiento tan extensa, tan inabarcable,
o peor, incomenzable. Seré yo, que estos meses ando
sordomuda, desprovista de ese estar empedernido para
renombrar la versión de aquello que me nombra a mí, sótano
donde se van almacenando las desganas, la flojera de los bombillos
de doce vatios. La dispersión tiene la fuerza de los
agujeros negros. Una cucaracha marrón, radioactiva, mastica
lentamente mi novela, rompe esa funda, ese estómago, ese
alambique donde las cosas van almacenándose y destilándose
en uno.Enhorabuena que la autoestima sea un producto renovable.
Cierro los ojos y prometo no morir sin antes escribirla, se
lo prometo a mi novela, que me estira los brazos mientras la
cucaracha le devora el estómago, y duermo, duermo para olvidar,
para evadir, para no encontrarme con que sospecho terriblemente
sobre el novelar, que de cierta forma me da lo
mismo, y que quisiera que todas las voces que salen de las
cosas me dejaran en paz, sobre todo cuando la literatura me
cansa, cuando sube a mi triste ego en su elevador y lo tienta
como tentó el diablo a Jesucristo, y le ofrece cosas, la literatura
ofrece cosas, las mismas cosas que ofrecen los genios de las
botellas, prestigio, fama, y mientras más deseos pides más
endeudado quedas, porque los genios no regalan deseos; los
fían. Pero después, cuando las cosas se callan, ¿qué sucede
cuando las cosas se callan?, ¿a qué clase de perversión me
enfrento? Humilla sospechar que no eres bueno para escribir, y
que tu vida se resume en una simple actitud para escribir una
gran novela que se halla muy por encima
de ti. En cierto modo sólo escribo
cuando me siento joven, cosas de vieja.
A la novela que quisiera escribir le
gusta sentarse en la jardinera del museo Los Clavo, frente a una máquina de escribir
Olimpia del año 1876. Es que se
aquieta contra lo antiguo.Por otra parte,
mi novela huele a engrudo. A engrudo
seco. Y tiene la textura del silicón. No es
agua. No es chicle. No es saliva. Es un
engrudo al que se le pega lo inútil, lo
bárbaro, lo cotidiano. Clásica, ligera, vanguardista,
no sé. Sé que se halla atascada
entre dos tiempos, como la mujer, atascada
entre el tiempo de la madre y su propio tiempo. La gente
no cree que las ideas puedan olerse, escucharse, que tengan
formas físicas aunque se rijan con leyes de otro mundo. Si confesé
que a mi novela le agrada caminar entre antigüedades
puedo atreverme un poco más y decir, por ejemplo, que es
blanca, y que me atormenta en las noches, cuando los párpados
caen y mi cuerpo se niega a teclear nada más en lo imaginario.
Esta poética de la confesión me anima a revelar un terror
alcalino, es un terror supremamente ácido y relampagueante, y
es como pegar la lengua a una batería de radio:¡Me aterra pensar
que alguien se adelante y escriba la novela por mí!
Los libros que vamos a escribir se presienten. Pasó una
vez, hace bastante tiempo, a finales del noventa. Me
hallaba en una provincia trujillana al amparo de una
edad prolífica en naderías. Para entonces la idea de un
libro me rondaba y ya comenzaba a descender lentamente
hacia los dedos de mis manos. Podía ver su espíritu
caminando sobre las aguas y olfatear su olor a niebla.
No recuerdo exactamente las razones de mi permanencia
en aquel lugar montañoso, durante aquella belle époque viajar representaba una profunda pasión, a la cual se
sumaba un encanto por la geografía y la gente contrastante
de mi país. Sólo me veo esculcando la biblioteca
del señor Antonio González, un campesino amenazado
por la soledad y la sarna de su perro. ¡Cuando de pronto
lo vi! Portaba funda color verde, un verde aterciopelado
donde las letras doradas de la marca editorial iban
borrándose, como metiéndose en la tapa interior, reposada
sobre una contraportada amarilla y sucia, y donde
estaba impreso el nombre de Publius Ovidius Nason, justamente
encima del título Ars Amandi, traducido a un
español lento y pesado como una procesión de escarabajos.
Quise hojearlo, pero las hojas contenían el ruido
de las galletas de soda, temí deshacer el libro cuando la
esquina de la página trece se quebró. Ése era, confieso, el
libro que yo quería escribir, El Arte de Amar, y que no
debía tener menos de dos mil años de escrito.
Ridiculizada, herida, vencida por dos rotundos milenios
de anticipación, le compré el ejemplar a Don Antonio
por una suma ridícula, envidiando el compendio de magnánima
biblioteca que había sido heredada sin esfuerzo,
pero cagada desde el rodapié hasta los últimos entrepaños
por las gallinas y los gansos que se movían entre la
casa como objetos salvajes. Apetecí aquella biblioteca
avivada por el analfabetismo del señor Antonio, al que
mi necia juventud despreciaba, valiéndome de ella para
arrancarle varios clásicos franceses y mucha literatura
rusa. Ya en la plaza leí lo que me pareció una dolorosa y
humillante coincidencia, tomando en cuenta que a esa
edad las ideas propias parecen originales, y no mascadas
o vomitadas de perros.
A veces, muy a veces, mi novela me abandona. La oigo
cuando se va, los perros le ladran hasta que ella dobla la
esquina y la falda le hace ¡jash!-¡jash!, como jalonazos de
espada. Se va molesta, en parte aburrida, en parte huyendo
de algo, de mí, de la miseria que arrasa al verbo y a la madre,
juntos los dos, revolcándose en un colchón del sexto piso.
Porque la madre y el verbo son la misma cosa, tienen la
misma materia para joderse en uno. Mamá se burló de mí
aquella noche, cuando la arropé, cuando le besé la frente y
le dije hasta mañana mamita, y apagué la lámpara, y caminé
a oscuras preguntándome si alucinaba o en verdad mi
mamita leía El Capital. ¡Mamá se acostaba con Marx! Veía a
Karl, a Karlito, salir en las mañanas del dormitorio de mami,
con ese aspecto de daguerrotipo, con su barba de niebla
donde a veces buscábamos los peroles que se perdían, y
donde JAMÁS buscamos los libros que comenzaron a faltarnos.
Mi mamá se cogía a Marx y yo me sorprendía de que
hubiera un pene debajo de su gabardina alemana, me
sorprendía que los filósofos tuvieran pene, sin saber lo afortunados
que éramos mis hermanos y yo por tener de
padrastro al padre del materialismo histórico (aún no sé si
era Marx, pero se parecía mucho). Desde entonces la filosofía
y las barbas trabajan en el mismo thriller de Hitchcock, la
filosofía es un hombre de barba inescrutable, uno los besa y
los besa y nunca les consigue la boca, besarlos es un puro
chupar de pelo, ruidosa búsqueda de una lengua imaginaria
que tiene ese intenso sabor a algo guardado.
El chorro de agua del baño comunal aún sigue abierto.
Salgo de mi caverna y atravieso descalza el pasillo ajedrezado,
me detengo frente a la puerta, por las rendijas se escapa
el vapor del calentador de agua. Nadie responde, nadie oye
que llamo y llamo. Busco a Doña Veda pero tampoco la
encuentro, ha debido salir, la furgoneta no se halla aparcada
en el estacionamiento. Derribo a golpes la puerta, tengo
miedo, el vapor del agua caliente me sofoca, lo aparto a
manotazos, preciso a Claudia entre la niebla, dentro de la
tina, sumergida hasta la mitad en el agua enrojecida por la
sangre. He debido gritar, los suicidas me producen un terror
primitivo. |
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