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Historia y cultura de América en Alejo Carpentier
Luis Álvarez Álvarez
Uno de los ángulos menos
frecuentados en la obra de
Carpentier es el que tiene
que ver con su pensamiento
sobre la cultura y, en particular,
sobre los procesos que
han marcado la formación,consolidación
y desarrollo de ella
en América Hispánica, donde, sin embargo, la
reflexión sobre los fenómenos culturales se inició
desde muy temprano, incluso durante la propia
Conquista, con Bartolomé de Las Casas, Bernal
Díaz del Castillo y,en particular,con Cieza de León,
la cual se despliega,con fuerza mayor,a partir del
siglo XIX,en la obra de una serie de autores entre
los que descolló José Martí. El siglo XX cubano
marcó una focalización teórica de gran envergadura,
donde destacan en particular los trabajos
etnológicos de Fernando Ortiz.
Carpentier no estuvo ajeno a la reflexión cubana
y latinoamericana sobre la cultura. Esa fascinación
suya por el tema estaba ya presente, de
modo explícito o no, en varios de sus artículos
periodísticos de juventud,y puede, sin la menor
duda, identificarse también como subtexto de
su obra narrativa. Su aproximación a la problemática
de la cultura continental se manifestó
de modo particular en una conferencia suya de
1979,dictada en Yale,en la cual se encuentra una
nítida formulación de su personal apreciación.
Se trata de "La novela latinoamericana en vísperas
de un nuevo siglo", donde el gran novelista
subraya que la evolución de la narrativa continental
había tendido "[…] hacia la adquisición
de una cultura cada vez más vasta,más ecuménica,
más enciclopédica, para decirlo todo, que
ha brotado de lo local para alcanzar lo universal".
Por otra parte,se percibe aquí una conexión profunda
con la idea que Martí expresara en su ensayo
Nuestra América en cuanto a la necesidad
de injertar el mundo en el tronco de las flamantes
repúblicas del continente mestizo. Ese ecumenismo
que Carpentier defiende se advierte
también en figuras claves de América, como
Lezama Lima, Ernesto Sábato, Carlos Fuentes,
Darcy Ribeiro y otros. Carpentier asumía en el
ensayo citado una voluntad universalista que,en
su idea de la creación narrativa, se pone en función
-a la vez como síntoma y como resultado
creativo- de una peculiar manera de comprender
la cultura. Carpentier, incluso, se expresa en
términos de una definición sintética: "Yo diría
que cultura: es el acopio de conocimientos que
permiten a un hombre establecer relaciones,por
encima del tiempo y del espacio,entre dos realidades
semejantes o análogas,explicando una en
función de sus similitudes con otra que puede
haberse producido muchos siglos atrás". Es fácil
observar que este juicio trasciende la consideración
–no por trivial menos extendida– de la cultura
como mera acumulación de saberes: para
Carpentier lo esencial es la condición no solo
funcional, sino también dinámicamente dialógica
–como subrayaron en su día Lotman y la
Escuela de Tartu. Carpentier agregaba a renglón
seguido:
Simone de Beauvoir,poco admiradora de
Malraux, dijo en uno de sus libros, para
zaherir al autor de La condición humana,
que "cuando éste veía una cosa, esa cosa
le hacía pensar en otra cosa". Y yo diría
que esa facultad de pensar inmediatamente
en otra cosa cuando se mira una
cosa determinada, es la facultad mayor
que puede conferirnos una cultura verdadera.
En realidad, esta convicción suya no proviene
solo del punzante mot d´esprit de Beauvoir.Una
serie de textos carpenterianos tempranos,de los
años veintes a los cuarentas, dan cuenta de su
insaciable voluntad de identificar vasos comunicantes
entre los hechos y procesos culturales.
No se trataba,para él,de operar literalmente por encima del tiempo y del espacio,sino,en realidad,
de trascender lo estrechamente sincrónico y
local,para alcanzar una perspectiva integradora
de las raíces profundas de la dinámica cultural.
Esto lo puso en situación, muy pronto, de
enfrentarse a una categoría que,en particular en
la segunda mitad del siglo XX, tendría que ser
examinada con una mayor profundidad teórica:
la tradición cultural, en la medida en que, con
palpable intensidad de especial relieve, en ella
se manifiesta la confluencia de tiempo y espacio
en la cultura, no en términos de congelar un
producto, sino como fuerza dinámica. Ya en
1946,al publicar un texto fundador,La música en
Cuba, Carpentier situaba como preludio de su
libro una frase reveladora de Igor Stravinsky:
"Une tradition véritable n´est pas le témoignage
d´un passé révolu; c´est une force vivante qui
anime et informe le présent".La percepción carpenteriana
de un nexo profundo, pero sobre
todo,activo y enérgico,entre historia y cultura,es
un campo de dimensiones desmesuradas para
la presente comunicación.Así pues, se prestará
atención solamente a algunas facetas de especial
relevancia.En realidad,la tradicionología era
aún en tiempos de Carpentier un área poco
desarrollada en las ciencias de las humanidades.
Tanto es así, que todavía en 1975, la destacada
musicóloga Zofia Lissa hacía constar en sus
Nuevos ensayos de estética musical que se carecía
de una teoría general de la tradición. Esta
autora,al esbozar aspectos iniciales en esta área
del conocimiento señalaba:
Cada periodo realiza nuevamente una
selección de las reservas culturales del pasado
halladas a su llegada,y solo lo que él
ha seleccionado deviene para él la tradición.[…]
La esfera del concepto "cultura"
abarca la totalidad de cierto género de
fenómenos producidos en el proceso histórico
en un medio dado, mientras que
las tradiciones abarcan solamente algunos de ellos: los que en la fase dada de la
historia han sido aprobados reconocidos
como valores.
Carpentier tenía una percepción muy definida
acerca de la tradición como factor impulsor
del devenir histórico de la cultura, y la necesidad
de encararlo no en calidad de un dato
inerte,sino como una zona que estimula la búsqueda
de sus vínculos con el entramado
mayor de la cultura.Insiste muchas veces sobre
este tópico, por ejemplo, en una hermosa crónica
de 1940 sobre la iglesia de Santa María del
Rosario, donde, luego de una descripción
minuciosa y objetiva del interior del pequeño
templo, el autor se siente obligado a trascender
los límites de la percepción sensorial, para
proceder a una interpretación cultural en la
que, en efecto, devela cómo una cosa
–la pequeña iglesia de las afueras de la
Habana– lo lleva de modo inevitable a la operación
cultural de pensar en otras:
¿Dónde había yo encontrado una atmósfera
perecida?… ¿Dónde había gozado
ya esta calma de provincianismo suntuoso
y polvoriento, que hace pensar en las
conventuales decoraciones de la sonata
de primavera de don Ramón del Valle
Inclán?... ¡Pardiez!... en ciertas iglesias vascongadas,
parecidas a la de Santa María
del Rosario en lo sobrio de la arquitectura
exterior y en el estallido de oros, azules,
flores,aureolas y arabescos del altar…
Carpentier percibió muy pronto que la realidad
latinoamericana se manifestaba a partir de
infinitas confluencias que,más allá de los límites
estrictos de un género artístico, constituye una
profunda mezcla de carácter cultural en su más
amplio sentido. Si bien en los últimos veinte
años comienza a resultarnos menos inusitada la
reflexión acerca de fenómenos que, bajo términos
diversos que se refieren a procesos confluyentes
de manera total o parcial –tales como
transculturación, mestizaje, hibridación, sincretismo,
usados de acuerdo con determinadas
perspectivas de investigación o según cada tendencia
teórica–, se trata de llamar la atención
sobre zonas de la creación –no necesariamente
artísticas– que tienen que ver con los contactos
y mezclas culturales, tales estudios no eran
moneda corriente en los críticos de las diversas
artes en la época de Carpentier.
Continua...
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