Alberto Marrero

ALBERTO MARRERO (La Habana,1956). Poeta y narrador.
Premio Julián del Casal 2009 de la UNEAC y premio de
Cuento de La Gaceta de Cuba de ese mismo año.Ha publicado
los poemarios El pozo y el péndulo (1994),La cercanía
infinita (2004)
y los libros de cuentos Último viento de
marzo, Los Ahogados del Tíber y Efecto Babel
. Los poemas
que aquí se publican son de su libro recién premiado El límite
del tiempo abolido..

 

 

 

 


LOS CABALLOS DE CARVER (6 PM)

A Marilyn Bobes

Ruidos en la espesura, siluetas de caballos corriendo desde las colinas, salidos de la niebla, con ojos encendidos, crines blancas, relinchos dilatados. Entran al jardín, uno a uno, como si temieran.Mastican hierbas y flores con lentitud. Son los caballos de Carver. Los malditos y a la vez mansos caballos del cuento de Raymond Carver. No me explico cómo han llegado hasta aquí. Alarmado, también invito a una mujer a contemplar la escena. Ella no cree lo que le trato de revelar. Dice que jamás ha visto una manada de caballos en plena ciudad, mucho menos en su jardín, que no es más que un exiguo balcón con vista a nada. Qué cosas tienes, protesta y se hunde en el apartamento todavía envuelto en penumbras.

QUERIDAS COSTUMBRES

Sentado en la mesa del café, con letanía incisiva, como si espantara cuervos con el paraguas, el pobre, el incurable Virgilio, pesó la sangre de la isla. Abrumadora tarea para un ser tan descreído. Doy vueltas alrededor de una plaza. Lo terrible es que no sé qué voy a hacer en esta
plaza donde nadie sospecha que antes de que asome la tarde este poema será tentativa, contraseña de lo cercano. Deambulo sobre el calor que la gente va derramando sobre el asfalto. Música de altavoces tiñe el aire de vehementes sonidos. Quizás lo mágico es que nadie puede salir, gritó Virgilio para insinuar el tumor o vida del embudo. Entre anaqueles de feria advierto el jadeante camino de la isla: pez de yeso junto a San Lázaro también de yeso, viandas todavía espumosas de heredad (algunas con insalvables puntos negros), cabezas de cerdos colgadas de garfios, moscas frenéticas. Sahumerio de frituras despierta mi apetito. Hambre de irreverencias de las que pocas veces reniego
(o de las que pocas veces logro escapar). Un viejo con extraordinario parecido a Séneca descubre mi avidez y me ofrece una cascada de maní. Adoro el sabor del maní. El olor del maní puede detener a un hombre, diría Virgilio dándole patadas al cuervo que intenta picotearle
los zapatos. De pronto temo que este parque o plaza de mercado o explanada, como quieran llamarle, desaparezca. Avalancha de aguas que retornan e inmovilizan dedos de inocencia, fulgores de tarde que se derrite sobre espejos distantes. Virgilio lloraría por
tanta inclemencia y me invitaría a repasar memoria, a saborear esas queridas costumbres del ser en taza humosa de café, como si fuese el nacimiento de la isla..

PERFORACIONES

Antes de sumergirse en la espuma negruzca del Sena,
Paúl Celan cavó una fosa en los aires,sin estrechez,
para el hombre que jugaba con serpientes
y escribía que la leche era negra y se bebía a disímiles
horas.
Duele rumiar tanta perforación,tanto grito acopiado
durante y luego de matanzas que el tiempo fue
incapaz de cerrar.
Memoria que no se ablandaba ni aun en primavera
de castañas
y lagos apacibles para el ojo sumergido y siempre
anhelante.

 

ESQUINA DE GATOS

Astutos gatos que imitan el llanto de los niños.(No sé
si estoy dormido o despierto).Ahora siento ruidos muy leves en la cocina: mis hijos ya son hombres que imitan la astucia de gatos.De repente me veo en la cerveza del otro,en el libro del otro,en la mujer del otro.No me extraña: los poetas nos envidiamos para escribir mejor. Nos arrancamos pellejo para que otros vociferen y maldigan, revienten con la desolación de páginas copiadas del infierno. Así es el ciclo. Así ha sido siempre. Sigo escuchando. Nada se parece tanto a la vida como los movimientos de estos pequeños felinos. Nada tan preciso como esos velados arrumacos de escape y seducción. Los poetas aman a los gatos. El de Borges se llamaba
Beppo y era de una blancura cegadora.Mis hijos desfalcan lo poco que hay en el refrigerador.Saben que al primer paso en falso despertarán furias y reprimendas. Pienso en colegas afilando estrofas como bigotes de gatos. Taimados colegas que se escurren entre jueces intangibles, poderes intangibles pero tan ciertos como gatos que fingen inmortalidad a ver si los dejamos jugar en paz.

DE CICATRICES Y OTRAS MEDITACIONES

Como si se despojaran de cicatrices,
dibujan cápsulas de frío sobre espalda inocente de
hijos.
El tiempo les puso en la lengua un sabor de monedas
gastadas.
Algunos nunca han dejado de mirar por la ventana
esperando noticias,
otros arman mesas de dominó cerca del mar o al pie
de montes helados.
Da lo mismo con tal de experimentar la lascivia del
juego.
La nostalgia nos envuelve a todos.
Nos tocamos la piel y hay verdugones también, pero
de otra ralea.
Incluso hemos acariciado hendijas que nos lleven a
salto,
a la rareza de un salto después del escozor.
Nada nos reconocen entre tortas, tazas de café y
globos de festejos.
Anuncian que pronto arderá la boca que nos puso
en sedición,
los dedos que trenzaron hebras de amparo.
Demasiado frenéticos para ser esenciales.

LOS JUEGOS FASCINANTES

Será que la noche ya no drena de mi cuerpo y la
mujer afirma que he vivido en el extremo de una
mesa, o a lo mejor de una cuerda, rectifica mientras
se pinta las uñas. Manera de detener el trance del
abandono.No me interesa huir, pero la pequeñez es
agotadora. Lo digo en voz baja para que nadie se
ofenda. Las escaleras no llevan al cielo, es solo una
canción, una inocente canción. Recuerdo golpes de
una ventana abierta en el centro de ráfagas.Una ventana que no puedes cerrar y desde abajo afirman tu impericia con gritos peores que el estruendo del aire. La mujer y yo nos miramos como desconocidos o como viejos conocidos que fingen ignorarse.Al final terminamos añorando los juegos fascinantes*.
*René Char

LA CAÍDA INFINTA

Las agujas no marcan los grados de la esesperación.
Ninguna historia es creíble sin el relato de la arena, sin el rojo atormentado de la aurora. Nada se alcanza sino cayendo.Cayendo a veces de la manera
más inocua,ante miradas lúbricas, serviles o irritadas,
en el envés de un tiempo sacudido, hinchado por
temblores herméticos o defecciones de horror.La lluvia salta sobre los labios, pero no logra disolver el
abismo. El abismo que iniciamos con solo abrir una
zanja para que escurra el aguacero. No nos ven, no
me ven,y lo real no es tan inaccesible como han querido hacernos pensar. Lo real es la vida amenazada por las absurdas burocracias del sueño.