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II
El día en que cumplí veintisiete años, un
funcionario apático del gobierno tocó timbre
en casa,se presentó,y me pidió que le mostrase
la pulsera.La vio y se aseguró de que fuera
yo.Entonces,no quiso entrar,sólo me dijo que
era tiempo de hacer algo por Argaires, nuestro
país;me habló de un compromiso y de un
premio: sólo seis meses para mejorar la
nación con una idea trascendente,para llevar
al Partido y a mí misma hasta lo más alto.No
necesité preguntar.Por sus modos, supe que
era hora de justificar la pulsera. Tampoco le
consulté sobre la clase de idea a la que se refería,
qué sucedería si no alcanzara a ser brillante,
ni qué pasaría si no presentaba nada.Sabía
todas las respuestas; todos los desenlaces
eran igual de oscuros.
Finalmente, el hombre me hizo firmar un
papel y se fue.Y creo que papá escuchó y vio
todo, incluso el momento en que firmaba,
porque cuando me di vuelta se sostenía contra
el marco de la puerta del living.Y se agarraba
la cabeza.Y creo que los vecinos también
vieron todo,porque a partir de ese momento
me observaron con más atención.
Me sentí acorralada. La única oportunidad
de extender mi privilegio era colaborando.
Pero, ¿y si el diagnóstico fuera erróneo? No
sería justo que,si en algún momento,en alguna
vez,en alguna oportunidad,se comprobaba
que no era superdotada, me condenaran
por sostener un engaño del que nunca quise
ser cómplice.
Unas semanas más tarde, recibí un sobre
con la invitación para formar parte de la asociación
"Mejores mentes del mundo", una
suerte de club cuyos miembros habían
demostrado cocientes intelectuales elevados.
La propuesta era interesante, consistía en
compartir experiencias y escuchar y comulgar
con las ajenas.El requisito obligatorio para
obtener la membresía era la confección del
test de admisión, una lista de cuarenta preguntas
a responder en igual cantidad de
minutos. Los minutos se distribuían según la
voluntad propia.
A pesar de poseer la pulsera casi desde que
tenía memoria,siempre había evitado la confirmación.
Tenía miedo de que me hicieran
trampa, de fallar en preguntas de gente normal,
de fallarle a papá, de fallarle a la predicción,
de que el Estado lo tomara como una
falta de respeto a sus decisiones.Pero estaba
decidida a hacerlo. Era el empujón necesario
para comenzar el desarrollo de la idea trascendente,
para honrar la pensión. La prueba
de que no había llegado mi momento de
superdotada o el indicio de que no llegaría
nunca.
Cuando le conté a papá, casi se muere.
Incluso tiró un manotazo para quitarme el
sobre. Estaba rojo.Me dijo que no, muchas
veces, y hasta me trató de loca.
"Inconsciente", fue la palabra. Y después, al
ver que no podía disuadirme y que el próximo
escalón era la violencia, quedó repitiendo
y negando, como un disco rayado, "El
riesgo, el riesgo, el riesgo…".
Necesitaba consultar la decisión. Estaba al
límite: no sabía quién era yo, de lo que era
capaz.
¿Merecía semejante cartel? Pensé en arrancarlo
y destruirlo,odié la palabra "dotada". La
envidia había favorecido mi introspección:era
una persona hosca, hermética. No confiaba
en nadie. Necesitaba consultar la decisión.
Deseé haber tenido un hermano.
Martín no era un hermano, tampoco un
amigo.Era,era Martín.
Algunas horas más tarde, cuando le conté,
me apoyó incondicionalmente. Dijo que sí,
que lo hiciera, que sería bueno formar parte
de ese club. Hasta se ofreció a hacer el examen
él también.
Seguramente,lo del test previo fue causado
por la ansiedad: un test piloto antes del que
tomaban en "Mejores mentes del mundo"
me ayudaría a saber dónde estaba parada.
Martín imprimió dos copias de un examen
modelo que bajó de internet, y lo hicimos.
Cada uno en una punta de la mesa, resolvimos
como pudimos lo que proponía el papel
mientras se me cruzaba la imagen del dedo
acusador de papá.
Al terminar, no sin cierto nerviosismo, realizamos
los cálculos finales de cada una de las
respuestas.Y luego,la sentencia,el resultado,y
la sorpresa: uno de nosotros era más del
doble de inteligente que el otro: ochenta y
siete;doscientos dos.
El rango normal de cociente intelectual va
de ochenta a cien. Más de ciento treinta es
superior. Más, es superdotado o genio.
Doscientos es tan impresionante como poco
común.
Miré a Martín: estaba atento a mi reacción.
Levanté las cejas y no supimos qué decir,
cómo felicitarnos o consolarnos.
Y a pesar de que el ensayo no tenía más que
el valor de un juego,fui la primera en llorar.
Él me imitó.Fueron sonrisas y llantos,como
arco iris y lluvia.
La angustiosa felicidad al fin se apagó cuando
nos dimos un beso. Un beso por encima
del promedio.
Casi un mes más tarde, fui con Martín a la
cita en la asociación "Mejores mentes del
mundo". Papá no vino; ya no me hablaba,
estaba en desacuerdo con cualquier exposición
de mi cociente intelectual. Así que fuimos
nosotros, como nos habíamos prometido,
fueran cuales fueran los resultados del
examen piloto.Aunque, para mí, la cosa estaba
clara.
Al ver mi pulsera, el representante se negó
de forma rotunda a tomarme el test; sin
embargo, luego de mucha insistencia, el
hombre cedió. Entramos en una oficina
gigante donde nos esperaban otros candidatos
a la membresía:al igual que Martín,ninguno
llevaba pulsera verde.Nos mezclaron, nos
dividieron en grupos, y nos sentaron en
ambientes más chicos. Con un bolígrafo, y
bajo vigilancia extrema,hicimos nuestros exámenes.
Entregaron los resultados por escrito
unos minutos después de haber finalizado
el último aspirante, apenas pasado el
mediodía.Cuando recibí el sobre que tenía
mi apellido, lo abrí, lo leí, y sonreí. A continuación,
Martín y yo fuimos con esa misma
hoja y mis ochenta y uno de cociente intelectual
como comprobante a ver al funcionario
apático. Quería la cancelación de la
idea trascendente, de mis beneficios, de la
pulsera verde. Que me permitieran una
vida normal.
Martín, que me llevó en el auto, ni siquiera
se preocupó por abrir su sobre:sabía que esta
vez tampoco había llegado a los noventa.
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