PREFERIRÍA UNA CHULETA,
UN BIFE… CARNE ROJA CRUDA
Alberto
Garrandés
Fragmento de Las nubes en el agua,novela de
Alberto Garrandés merecedora del premio Ítalo
Calvino 2010.
Todo el mundo sabe que visitar The Toffee
Apple sin advertencias de ninguna índole significa,
de cualquier manera,reparar en la curaduría
del color con un asombro por lo general
escandaloso.La curaduría había sido una faena
colosal cuyos orígenes se encontraban en un
conocimiento muy hondo y muy pop de la
decoración, sin descontar el gusto especialmente
díscolo por los tonos apastelados. The
Toffee Apple era una repostería célebre gracias
al ilusionismo combinatorio de los pigmentos.
Legumbre entraba en ella por primera vez.No
le agradó.
Eran apenas las 9:30 y ya se sentía mareado.
Pidió,bajo el zarandeo de los efectos visuales y
la gracia empalagosa de la música, un café
turco con panetela frutada.Cuando le trajeron
el pedido, notó que en aquel lugar había un
montón de chiquillos silenciosos, acompañados
por cuatro o cinco damas de aspecto triste
y vampírico. Todos sin excepción consumían
helados de chocolate y bizcochos de jengibre.
La panetela estaba a la altura de los elogios
que decían por ahí,pero el café turco se había
arruinado por el exceso de extracto de coñac.
Sin embargo, la depresión moral de Legumbre
era tan grande que no se dio cuenta de nada.
Bebió el café hasta la última gota, mecánicamente.
Estaba asustado.
(Más bien aterrorizado.)
Porque no todos los días te convierten, sin
que lo sepas, en el protagonista de tus intercambios.
Y nada menos que con una niña de doce
años.
Bueno… Una hechicerita jadeante y resbaladiza.
Sintió que un buche de café reptaba por su
esófago y se le aposentaba,podrido, en la garganta.
Respiró profundamente y pidió un vaso
de agua.
El agua es uno de los objetos más bellos que
existen.
¿Dónde había leído eso? ¿O lo habría escuchado?
Entre las personas que conocía, ninguna era
capaz de forjar semejante meditación.
Maldita película.
Y maldita ella,Valaria.
No podía imaginar cómo se las había arreglado
para filmarlo todo.Hasta los detalles más
bravíos y cerriles. Homo Pistonicus per angostam
viam.(Ese pormenor.Justo ese.) El culito de
Valaria tragándose su verga centímetro a centímetro.
Legumbre pensó en Dios.¡Y eso que no creía
en Dios! De vez en vez lo invocaba, pero sus
ruegos no pasaban de ser meras frases adornadas
por la tentación de lo ignoto.
Era un oportunista de Dios.
Aunque le gustaba la idea de la existencia
del Espíritu Santo.
¿Qué podía hacer?
Nada.
Salvo esperar.
A lo mejor la niña quería prolongar, de un
modo puerilmente siniestro, aquellos intercambios.
Tan sólo eso. Conferirles el don de la
elasticidad, de la persistencia, y transformarlos
en la posible nostalgia del futuro.Un complicado
espejo para Narciso,por así decir.Pero él no
estaba a tono con las evanescencias mitológicas.
Se sentía en poder de Valaria.Y aunque la
intención de la niña no fuera la de sojuzgar su
cuerpo y su alma, ella ya estaba sojuzgando,
¡esclavizando!, su cuerpo, su alma y, además,
sus pensamientos, sus actos y sus sueños.
Su vida entera.
Y algo más.
Porque siempre habría más.
Vio que ella entraba en el local, echaba un
vistazo en derredor y caminaba hacia él balanceando
su jaula.
–Buenos días –dijo.
–He sido puntual –observó el detective.
–Le agradezco eso. La puntualidad es algo
que casi siempre echo de menos.
Legumbre se impacientó.
–Dime qué quieres de mí –demandó en voz
muy baja, soportando otra vez el ácido del
buche de café.
–Espere –le pidió ella.
Y se cubrió la cara con las manos. Con este
gesto, que en apariencia significaba cansancio
o pena,la niña disimulaba un molesto dolor en
el ojo derecho. Legumbre no podía conjeturar
la presencia de ese dolor. Mucho menos su
causa.Sin embargo, sí notó cierta irregularidad
en el posicionamiento del ojo dentro de la
cuenca.
–Te han golpeado, ¿no es así? –dijo con inocencia
y desdén.
Valaria se destapó la cara.
–No,no me han golpeado.
–Eso te pasa por andar chantajeando a la
gente como si tal cosa.
–Nadie me ha golpeado –repitió ella.
–Pero tienes algo ahí, en ese ojo –se extrañó
Legumbre y extendió una mano en busca de
comprobación.
–Quite –se defendió Valaria,echándose hacia
atrás–. Ni se le ocurra.
Estaba como engrifada. Escamas metálicas
que, en el cuerpo del dragón, de pronto se
erguían recalentadas por el miedo o la cólera.
Se veía bella a su aire.Los dos ojos movilizaban
con brillantez el apacible tono esmeraldino del
principio. El detective volvió a observarla con
curiosidad.Se sacó el disco de un bolsillo y,con
él en la mano, le preguntó:
–¿Por qué me has hecho esto?
–Porque necesito su silencio.
–¿Mi silencio? ¿Qué silencio?
–Su silencio futuro.Simplemente me he adelantado
a lo que va a ocurrir –le explicó la niña.
–Si te refieres a lo de ayer –torció los labios–,
puedes tener la seguridad…
–No,no me refiero a lo de ayer.Usted estuvo
estupendo.¡Maravilloso! Y lo haría de nuevo,se
lo aseguro.Usted podría hacerme suya hasta el
fin de los tiempos, hasta que el planeta
muera… ¡Hasta que la Tierra desaparezca,evaporada
por la nube de fuego que avanza
desde las Pléyades! ¿Sabía eso? Todavía faltan
catorce años para que la nube llegue… Y va a
llegar, créame. Pero puede suceder algo como
esto –levantó la jaula del suelo y le mostró el
ajolote a Legumbre–,y yo no me lo perdonaría
nunca.Nunca nunca nunca.Aun así, cuando le
hablo a usted del silencio…
El agente no la dejó continuar.
–Explícate mejor. No entiendo una palabra
de lo que dices.
Valaria devolvió la jaula al suelo sin apartar la
vista de Legumbre.
–O usted es un poco burro, o está fingiendo
para ganar tiempo –exclamó.
Dos niños que parecían hermanos se acercaron
a mirar el ajolote.Uno de ellos,emprendedor,
acercó una mano a los delicados y
relucientes barrotes.
–No pongas los dedos
ahí –intervino Valaria–.
Hasta ahora no ha mordido
a nadie, pero no
dudo que lo haga. Está
hambriento.
–¿Puedo darle algo de
comer? –preguntó el niño
emprendedor.
–¿Bizcochos y helado? –se
burló ella–.Hmm… No creo que le
gusten. Scardanelli preferiría una chuleta,
un bife.Carne roja cruda.
Legumbre seguía el diálogo con detenimiento.
–¿A qué te referías cuando me mostraste
eso? –apuntó hacia el ajolote.
–Olvídelo –negó Valaria, cerrando
los ojos un instante–. Es una
historia de sangre ocurrida en
El Sitio. Un crimen
atroz. Tengo entendido
que ustedes jamás
se aventuran a visitarlo.
Pero todos los policías
son unos
miedosos… sin excepción.
–Qué mujercita más
extraña eres –dijo el detective, herido en su
amor propio–. ¿Así que el nuevo monstruo se
llama Scardanelli?
Valaria volvió a taparse la cara con las manos.
El dolor había aumentado.En ese momento no
le importaba que él hubiera dicho que
Scardanelli era un monstruo.
–Escúcheme, tengo poco tiempo –demandó–.
Dentro de poco, si no ha sucedido ya,
usted estará metiendo la nariz en un asunto llamado
Red Snake. Y yo voy a impedírselo porque
eso –señaló el disco– es algo que no
debería andar circulando por ahí,¿no es cierto?
A Legumbre se le hizo un nudo en la garganta
y una parte del malvado buche de café le remojó
la base de la lengua.Sintió un asco infinito.
–Así que tienes que ver con ese lío –susurró.
–No,no tengo que ver… Yo soy el lío –confesó
Valaria.
El agente pensó en el disco, en la película:
–Llevas las de ganar y tienes razón –dijo
moviendo el disco y buscando el tornasol de
sus reflejos–. Esto no debe andar circulando
por ahí.
–Entonces nos entendemos –dijo Valaria.
–Claro que nos entendemos,niña –ironizó él,
al tiempo que recordaba una película pornográfica
de las antiguas, filmada en secreto por
Leni Riefenstahl en Treblinka II, en 1943, y
donde un oficial nazi le decía a un subordinado,
después de tener sexo con una exuberante
prisionera judía: "Gaséela ahora mismo". La
judía alimentaba, filantrópica, el mito de la
vulva maciza,bien pilosa y altamente delimitada,
y además era una de esas cautivas de ojos
color café, caderas angulosas, tetas redondeadas
y pezones oscuros y sobresalientes.
–Hemos avanzado mucho hoy -observó
Valaria–. A diferencia de Roberto, usted sabe
comportarse.
Legumbre la miró sorprendido, pero como
quien se enfurece por no haber dado con una
solución tan sencilla.
–Entonces fuiste tú. . .
–Tome esto –la niña le alcanzó otro disco–.
Para que vea la confianza que usted me inspira.
Aquí está la totalidad del proceso. Él era muy
tozudo y soltaba palabrotas… No soporto las
palabrotas,¿sabe? Decir palabrotas es un defecto
inaceptable. Incluso le había dado a Roberto
la oportunidad de involucrarse en el negocio,
pero no nos entendimos. Antes de que se me
olvide:yo soy quien maneja el taladro.
El agente,con el vómito acechando gracias a
una endemoniada peristalsis, no alcanzaba a
formarse una idea del asunto.Divagó un poco:
–Un taladro Red Snake, unos sables Red
Snake, una mascota Red Snake –enumeró sin
convicción–.¿A qué te dedicas,por fin?
–Todavía no puedo decírselo, señor
Legumbre –declaró con la misma vocecita que
había empleado durante los jugosos intercambios-.
Por cierto, no tengo que recomendarle
que no divulgue el contenido del disco que
acabo de darle.Recuerde:uso personal.
–Espérate –le pidió él,al ver que se levantaba
con intenciones de marcharse–. ¿Puedo estar
seguro de que no harás nada con la película?
Legumbre iba a decir "nuestra película",pero
semejante frase no salía de su boca. O, al
menos,no iba a salir sin antes precipitarlo a una
risotada grandiosa y enfermiza.Valaria recogió
la jaula y enfrentó al agente con una mirada
repentinamente dura:
–Algo haré –aseguró.
–¿Qué cosa? –preguntó él.
Ella se inclinó hasta tocar con los labios la
oreja izquierda del detective.
–Mas-tur-bar-me –susurró una a una las
sílabas.