Muerte en Venecia
Thomass Mann
De uno de los grandes artífices de la novela contemporánea,el alemán Thomas Mann
(1875-1955),Premio Nobel de Literatura 1929, la Editorial Arte y Literatura prepara la edición
de Muerte en Venecia,uno de sus libros más notables y más reveladores de sus ideas
estéticas,del cual ahora adelantamos un fragmento.
Entre las principales obras de Thomas Mann figuran Los Buddenbrook, La montaña
mágica,Las cabezas trocadas, José y sus hermanos y Doctor Faustus..
Von Aschenbach,nombre oficial de Gustavo Aschenbach a partir
de la celebración de su cincuentenario,salió de su casa de la calle del
Príncipe Regente, en Munich, para dar un largo paseo solitario, una
tarde primaveral del año 19... La primavera no se había mostrado
agradable.Sobreexcitado por el difícil y esforzado trabajo de la mañana,
que le exigía extrema preocupación,penetración y escrúpulo de
su voluntad,el escritor no había podido detener,después de la comida,
la vibración interna del impulso creador, de aquel motus animi
continuus [movimiento continuo del alma] en que consiste, según
Cicerón,la raíz de la elocuencia.
Tampoco había logrado conciliar el sueño reparador, que le iba
siendo cada día más necesario, a medida que sus fuerzas se gastaban.
Por eso, después del té, había salido,con la esperanza de que el
aire y el movimiento lo restaurasen, dándole fuerzas para trabajar
luego con fruto.
Comenzaba mayo y, tras unas semanas de frío y humedad, había
llegado un verano prematuro. El Englischer Garten tenía la claridad
de un día de agosto,a pesar de que los árboles apenas estaban vestidos
de hojas.Las cercanías de la ciudad se inundaban de paseantes
y carruajes. En Anmeister, adonde había llegado por senderos cada
vez más solitarios, se detuvo un instante para contemplar la animación
popular de los merenderos,ante los cuales habían parado algunos
coches.Desde allí,y cuando el sol comenzaba ya a ponerse,salió
del parque y atravesó los campos. Después, sintiéndose cansado,
como el cielo amenazaba tormenta del lado de Foehring, se quedó
junto al Cementerio del Norte esperando el tranvía,que lo llevaría de
nuevo a la ciudad,en línea recta.
No había nadie, cosa extraña, ni en la parada del tranvía ni en sus
alrededores.Ni por la calle de Ungerer,en la que los rieles solitarios se
tendían hacia Schwaling; ni por la carretera de Foehring se veía venir
coche alguno.Detrás de las verjas de los marmolistas,ante las cuales
las cruces, las lápidas y los monumentos expuestos a la venta formaban
un segundo cementerio, no se movía nada. El bizantino pórtico
del cementerio se erguía silencioso,brillando por el resplandor del día
expirante.Además de las cruces griegas y de los signos hieráticos pintados
en colores claros, se veían en el pórtico inscripciones en letras
doradas,ordenadas simétricamente,que se referían a la otra vida,tales
como "Entra en la morada de Dios" o "Que la luz eterna te ilumine".
Aschenbach se entretuvo durante algunos minutos leyendo las inscripciones
y dejando que su mirada ideal se perdiese en el misticismo
de que estaba penetrada,cuando,de pronto,saliendo de su ensueño,
advirtió en el pórtico,entre las dos bestias apocalípticas que vigilaban
la escalera de piedra,a un hombre de aspecto nada vulgar que dio a
sus pensamientos una dirección totalmente distinta.
¿Había salido de adentro por la puerta de bronce,o había subido
por fuera sin que Aschenbach lo notase? Sin dilucidar profundamente
la cuestión,Aschenbach se inclinaba,sin embargo,por lo primero.
De mediana estatura, enjuto, lampiño y de nariz muy
aplastada, aquel hombre pertenecía al tipo pelirrojo, y su tez era
lechosa y llena de pecas.Indudablemente,no podía ser alemán,y el
amplio sombrero de fieltro, de alas rectas, que cubría su cabeza, le
daba un aspecto exótico de hombre de tierras remotas.
Contribuían a darle esa apariencia la mochila sujeta a los hombros
por unas correas, un cinturón de cuero amarillo,una capa de montaña,
que colgaba de su brazo izquierdo,y un bastón con punta de
hierro,sobre el cual apoyaba la cadera.
Tenía la cabeza erguida,y en su delgado cuello,saliendo de la camisa
deportiva, que llevaba abierta, se destacaba la nuez, fuerte y desnuda.
Miraba a lo lejos con ojos inexpresivos, bajo las cejas rojizas,
entre las cuales había dos arrugas verticales y enérgicas,que contrastaban
singularmente con su nariz aplastada.Así -quizás contribuyera
a producir esta impresión el verlo colocado en alto- su gesto tenía
algo de dominador, atrevido y violento.Y sea que se tratase de una
deformación fisonómica permanente,o que,deslumbrado por el sol
crepuscular,hiciese muecas nerviosas,sus labios parecían demasiado
cortos, y no llegaban a cerrarse
sobre los dientes, que resaltaban
blancos y largos,descubiertos hasta
las encías.
¿Aschenbach pecaba de indiscreción
al observar así al desconocido
en forma un tanto distraída y al
mismo tiempo inquisitiva? En todo
caso, de pronto notó que le devolvía
su mirada de un modo tan agresivo,
cara a cara, tan abiertamente
resuelto a llevar la cosa al último
extremo, tan desafiadoramente,
que Aschenbach se apartó con una
impresión penosa, y comenzó a
pasear a lo largo de las verjas, decidido
a no volver a fijar su atención
en aquel hombre.En efecto,minutos después lo había olvidado.Pero,
bien porque el aspecto errante del desconocido hubiera impresionado
su fantasía, o por obra de cualquier otra influencia física o espiritual,
lo cierto es que de pronto advirtió una sorprendente ilusión en
su alma,una especie de inquietud aventurera, un ansia juvenil hacia
lo lejano, sentimientos tan vivos, tan nuevos o, por lo menos, tan
remotos,que se detuvo,con las manos en la espalda y la vista clavada
en el suelo,para examinar su estado de ánimo.
Era sencillamente deseo de viajar; un ansia tan violenta como un
verdadero ataque,y tan intensa,que llegaba a producirle visiones.Su
imaginación,que no se había tranquilizado desde las horas del trabajo,
cristalizó en la evocación de un ejemplo de las maravillas y espantos
de la tierra que quería abarcar en una sola imagen. Veía
claramente un paisaje:una comarca tropical cenagosa,bajo un cielo
ardiente; una tierra húmeda,vigorosa y monstruosa; una especie de
selva primitiva, con islas, pantanos y aguas cenagosas; gigantescas
palmeras se alzaban en medio de una vegetación lujuriante, rodeadas
de plantas enormes hinchadas,que crecían en complicado ramaje;
árboles extrañamente deformados hundían sus raíces hacia el
suelo,entre aguas quietas de verdes reflejos y cubiertas de flores flotantes,
de una blancura de leche y grandes como bandejas. Pájaros
exóticos, de largas zancas y picos deformes, se erguían en estúpida
inmovilidad mirando de lado, y por entre los troncos nudosos de la
espesura de bambú brillaban los ojos de un tigre al acecho... Su corazón
comenzó a latir aceleradamente,movido de temor y de oscuras
ansias.Al cabo de un rato,se pasó la mano por la frente y continuó su
paseo por delante de las marmolerías.
Por lo menos,desde que tuvo a su alcance medios para aprovechar
a su antojo las facilidades de comunicación,no había considerado el
viaje sino como una medida higiénica, que, en ocasiones, tuvo que
emplear aun contra sus deseos e inclinaciones.Preocupado excesivamente
por los problemas que le ofrecía su propio yo, su alma europea,
sobrecargada por el impulso creador, y con escasa inclinación a
dispersarse para sentir la atracción del complejo mundo interior, se
había conformado con la idea general que todos nos hacemos de la
superficie de la tierra sin apartarnos gran cosa de nuestro círculo,y ni
siquiera había intentado nunca salir de Europa.Además, desde que
su vida había iniciado el descenso lento,desde que su temor de artista
de no acabar su obra, de que llegase su última hora antes de que
realizara lo suyo,sin haber producido cuanto en su interior fermentaba,
desde que su preocupación creadora había dejado de ser preocupación
caprichosa de un instante,su vida exterior se había limitado
casi exclusivamente a deslizarse dentro de la hermosa ciudad en que
fijara su residencia y a escapar de cuando en cuando hacia la recia
casa de campo que hizo construir en la montaña,donde pasaba los
veranos lluviosos.
En efecto,aquel impulso oscuro que tan inesperada y tardíamente
lo acometía, fue pronto dominado y reducido a justas proporciones
por la razón y por el dominio de sí mismo,adquirido a fuerza de ejercicios.
Se había propuesto llegar, antes de irse al campo, hasta un
punto determinado en la obra que entonces lo absorbía. El pensamiento
de un viaje por el mundo,que por fuerza tendría que ocuparle
demasiado tiempo,le parecía cosa absurda,contraria a sus planes,
e indigna de ser tomada en consideración.Sin embargo,comprendía
perfectamente la razón de aquellos súbitos deseos. Era un ansia
indudable de huir,una necesidad de cosas nuevas y lejanas, de liberación,
de descanso,de olvido.Era el deseo de escapar de su obra,del
lugar cotidiano,de su labor obstinada,dura y apasionada.Cierto que
la amaba y que casi amaba también la lucha renovada todos los días,
entre su voluntad orgullosa y terca,probada ya muchas veces,y aquel
agotamiento creciente que nadie debía sospechar, y del cual no
podía quedar en su obra huella alguna. Pero parecía razonable no
aumentar demasiado la tensión del arco ni ahogar por capricho un
ansia tan vivamente sentida. Pensó en su trabajo, pensó en aquel
pasaje que siempre había tenido que abandonar, sin que le valiesen
su paciente esfuerzo ni sus atrevidos ímpetus. Lo examinó una vez
más, tratando de vencer o desviar el obstáculo y, con un estremecimiento
de impotencia,hubo de confesarse vencido.Lo que le molestaba
no era una dificultad insuperable, sino cierta falta de
complacencia en su obra, que se le manifestaba como disconformidad.
Cierto es que desde joven,esto había sido para él la íntima naturaleza,
la esencia del talento, y que por ello había dominado y
enfriado el sentimiento, sabiendo que este se inclina a satisfacerse
con un "poco más o menos" optimista y con una semiperfección.
¿No sería que el sentimiento así dominado se vengaba abandonándolo,
negándose a animar su arte,anulando de esa manera toda
complacencia,todo encanto en la forma y en la expresión? No es que
produjese cosas malas;los años le habían traído la ventaja de encontrarse
cada vez más dueño y más seguro de su destreza.Pero,mientras
la nación rendía acatamiento a esta maestría, él no estaba
satisfecho por ello.Y era como si a su obra le faltase el fervor de esa
alegría ágil que,como ninguna otra cualidad,produce el encanto del
público. Le temía al veraneo en el campo, solo, en la reducida casa,
con la muchacha que le preparaba la comida y el criado que servía la
mesa;tenía miedo de las siluetas,conocidas hasta la saciedad, de las
cimas y laderas de las montañas,que,como todos los años,serían testigos
de su cansancio y su desasosiego.Necesitaba un cambio, una
vida imprevista, días ociosos, aire lejano, sangre nueva.Así, el verano
sería fecundo y productivo.
Había que emprender, pues, un viaje. No muy lejos, no hasta los
lugares de los tigres precisamente. Bastaría con una noche en cada
cama,y un descanso de tres o cuatro semanas en una playa cualquiera
del Mediodía deleitable...Así pensaba,mientras el ruido del tranvía
iba acercándose por la calle de Ungerer.Ya subiendo al vehículo,decidió
consagrar la noche al estudio del mapa y de la guía de ferrocarriles.
Al encontrarse en la plataforma, se le ocurrió buscar al hombre
exótico que había visto hacía algunos instantes, y que había tenido
ya cierta trascendencia para él.Pero no pudo verlo,pues aquel no se
encontraba ni junto al pórtico, ni en la parada, ni tampoco en el
coche.
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