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Pórtico
de la decima
César
López
Elegir una forma cerrada como la décima supone
un riesgo poético, una aventura signada aparentemente
por el referente conceptual tradición. Tradición
de lo culto y lo popular. De Calderón de la Barca a
los repentistas cubanos. Todos con deslumbrante vigencia.
Pero habíamos desligado un simpático adverbio:
aparentemente y ello se explica porque en algunos casos en
esa misma tradición está contenida la ruptura.
De eso se trata en este libro, decimario heterodoxo si se
quiere. De la tradición y la ruptura de la estrofa
elegida.
En Cuba no resulta sorprendente oír hablar -y cantar,
desde luego- a los decimistas, de poesía, me atrevería
a usar mayúsculas altísimas, cuando están
limitando la enunciación a la décima. Dicen
saber sólo de décima. La poesía es la
décima. La décima es la poesía. Lo demás,
caso de existir, es otra cosa. No es la ocasión de
profundizar en esta enrevesada situación y deslindar
espacios y tiempos... y mucho menos precisar aquello de décima
culta, como si existiera o pudiera existir una décima
inculta y la juglaría y la clerecía estuvieran
a su vez reñidas con la cultura, la gracia y la sabiduría.
Es, sin embargo, natural enfrentarse a estos problemas cuando
se participa en la lectura de un conjunto de decimarios que
compiten por alcanzar un premio de prestigio como el Iberoamericano
Cucalambé de décima escrita. Y ya aquí
sí aparece una distinción que matiza la convocatoria:
Décima escrita. La gracia ligera del canto y la improvisación
han de ser fijadas al andamiaje, a los cimientos dados por
la palabra escrita.
Y en esta ocasión, con (In)vocación por el paria,
llegó el deslumbramiento. Es este libro una fiesta
de la estrofa, de la palabra, de la poesía. Para el
oído y para el pensamiento. Y lo primero es ese título
que revela audacia en su actualización moderna o postmoderna,
qué más da. La invocación no es al paria,
ni del paria y mucho menos para el paria. El paria ya está
presente, fue convocado con anterioridad y se presentó.
O estuvo siempre acechado por el poeta que ahora lo aborda,
lo sacude, lo hace suyo en su propia transformación.
Diurno doliente. Y sufriente en el verso y su proyecto.
Si en los inicios de estas líneas descubríamos
una cierta oscilación, aspecto de una misma trama,
entre lo culto y lo popular, ahora asistimos a la confirmación
de lo culterano. Y a su verosimilitud.
Pedro Péglez no teme al verbo y se embriaga en una
tropología propia, muy suya y, por lo mismo, paradoja
lírica, perteneciente a la tradición que asume
y a la vez rompe.
Neobarroco transgongorino que parece guiñar divertidamente
a lo insular, en arco, desde Zequeira y Rubalcava, que pasa
por Tristán de Jesús Medina, se regodea en Martí
(con aquel entronque vallejiano del bien, yo respeto)
que acaricia con las cadencias de Mariano Brull e inquieta
y espanta en las honduras de José Manuel Poveda. Se
aferra el poeta a su tradición, la asume y asimila
y a la vez la tritura para volver a ella en una nueva manera.
Pero, tal vez, en su misma esencia.
Continua...
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