ESA, LA ANFITRIONA)

Enid Vian

ENID VIAN. Poeta, narradora y editora cubana, nacida en Santiago de Cuba. Ha obtenido diversos premios en el género de Literatura para niños y jóvenes: 13 de Marzo, 26 de Julio, Ismaelillo (por Fangoso) y Casa de las Américas (por Las historias de Juan Yendo). Le ha sido otorgado, en cuatro ocasiones, el Premio La Rosa Blanca, auspiciado por la UNEAC; además, la Rosa Blanca Especial por el conjunto de su obra, en el 2001; y el premio de reseña Aguijón convocado por Gente Nueva.

Desde el principio lo arrojé fuera todo, por eso puedo contar el cuento. Fue la manteca rancia con que frieron los alimentos. La tensión, los olores raros. Fue también Esa. La dueña. La pródiga. La propietaria. Y había que oírla ponderar, prometer, elogiar. Ofrecería manjares del paraíso comprados a precio de oro. Pero, ¿dónde hay oro, dinero, riquezas, tesoros, fortuna, plata? Esos eran pormenores. Habría abundantes platos y costosas bebidas. Todo estaba previsto y asegurado. Ella era Esa y con eso bastaba.

Esa todo lo ponderó. Presente, pasado y futuro. Tiempo y espacio. El lugar que eligió para su fiesta era de primera, bien diseñado, costoso, chic. Y podría haber muchas celebraciones.Muchísimas. La maravilla de la abundancia inundaría el recinto, y sobre todo, reinaría una gran mesa, adornada con flores frescas, y un gran puerco relleno con manzanas y palomas fritas, como en las cenas de Trimalción, según Petronio. Esa lo prometía. Se lo prometía a todos, sin distinción de credos, razas o géneros.

Caviar. Pargos. Patos. Langostas. Quesos. Cremas agrias. Coliflores.

Camarones. Caguamas. Salsas verdes. Higos. Peras. Aceitunas. Coco glacé. Fresas silvestres. Helados con almendras. Dulces de guayaba y frutabomba. Pavos asados. Uvas criollas. Mangos de exportación. Pasteles cremosos. Anchoas. Turrones.

"Habrá un plato –dijo– que los hará flotar en una nube olorosa a especies exóticas, caminar hacia rutas celestes, un plato ligero y al propio tiempo consistente, aromático, de sabores vírgenes". Eso dijo Esa. La generosa. La iluminada.

Sin embargo, me consta que la pasta de bocaditos era de recortes de carne de tercera o de última clase; y el pastel, hecho con harina barata, agorgojada.

Todos le advertíamos, recuerdo que le advertíamos –los viejos, los jóvenes, los niños–, eso va a quedar horrible, las ensaladas ya, a esta hora, están marchitas y el mobiliario es escaso. Hay olor a humedad y los latones de basura se desbordan próximos a la puerta de la cocina.

Hay insectos. Cucarachas. Falta de aseo. Pero Esa insistía: "Esos olores son los nuestros, los que el hombre genera". Eso decía la diestra. La visionaria. La heroica. Le señalamos un pernil color verdoso. Y Esa argumentó: "Esta carne se derrite en la boca, huelan, prueben". "Probablemente se derrita en la boca porque tiene su tiempo de podrida", me dije. Pero Esa, la fraterna, replicó: "Yo siempre pienso en lo mejor para mi gente". La solidaria, la entrañable, la mi, mi, mi, acentuó el mi.

¿Por qué recalca el mi? ¿Por qué siempre dice mi gente, como si las personas le pertenecieran? Esa. La propietaria. La dueña. La matrona. Su gente no se ha enterado de que ella es artista. La diva. La estrella. La diosa. Aunque haya traído fotógrafos a sueldo, de la cofradía no pasará. No ha tenido ni un éxito en toda su carrera. Una canción tal vez, repetida mil veces por la radio en tiempos remotos que, por suerte, ya olvidamos. Un CD arrinconado.Una carrera de globo y pinchada.

"Todo va a funcionar divinamente –afirmaba–, como merecen mis seguidores, mis fieles. No habrá boca sin un manjar exquisito, sin un néctar de los dioses, sin alegría del paladar; tampoco invitado sin una expansión espiritual producida por la música paradisíaca de clavicordio y arpa, que brotará de cada esquina del recinto como una llamada de los ángeles". "Mira –añadía-, hay que traer platos. Trae los platos". Pero, ¿no es su fiesta? ¿Por qué tengo que traer yo los platos? "Y las sillas. Hay que cargar sillas. Además, darle un toque a los arreglos florales".

A mis protestas sobre el deterioro del local, Esa se limitaba a decir: "Este edificio es estilo barroco, nunca se ha tocado ninguna de sus columnatas, ni sus espejos, la escalera de mármol maravilla al visitante, así como sus motivos moriscos. Hay que pasar un paño a los cubiertos y distribuir las copas".

El olor de la fritanga no era agradable, no. Ya lo dije. Rudo. Y el vino sabía a vinagre. Un licor nauseabundo y corrosivo.

"No pueden negar que es extraordinario este vino añejo". ¿Añejo? Debe deducirlo por el polvo que todavía tienen las botellas sacadas de la basura. Extraordinario y plenipotenciario. El vino. "Yo digo que es añejo, de una gran cosecha", afirma Esa. La experta. La perita. La autoridad. "Probarán, además, rones, vodkas y licores excelentes: Chivas Regal, Jameson, Stolichnaya, Beefeater, Ballantine´s Finest, Kahlua, en fin, lo que ustedes merecen".

El vino de frutabomba almibarado me dio una acidez cabalgante, los rones estaban aguados e insípidos, y la música fue oscura y triste. Además, yo rezaba para que no lloviera, porque no me ofrecían mucha confianza ni el techo ni las paredes del salón. Añejos, sí, y descuidados. Rogué y pedí a los más cercanos que rogaran también por una noche seca, porque un alud cuando viene de arriba va directo a la cabeza.

Dice Esa que esta ya es la fiesta más importante del país, tal vez del continente, una fiesta "correcta", sin errores. "Ni conceptuales, ni políticos, ni de diseño, ni de costos. Es una fiesta que enaltece lo mejor de la alta cocina, de la identidad, al tiempo que cultiva la socialización y la amistad". "Ayuda a la camarera con las bandejas". "Y trae servilletas". "Enciende pocas luces".

Pero, ¿no es su fiesta? ¿Por qué no trajo otra camarera? ¿Por qué soy yo la que tengo que servir? ¿Ella no inventó el convite en su honor, no lo convocó? ¿Ella no es la anfitriona? ¿Esa?

Empezaron a aparecer platos llenos con alimentos –y trozos de carne mal cocida– en el patio, en las macetas, en las cornisas de las ventanas, en el suelo, sobre la taza del baño, en los pasillos, sobre las lámparas, en todas partes. Y un presunto fan me ofreció una de las cajitas con puerco propio, que había traído él mismo en una enorme caja. "A cinco pesos –dijo–. Barato".

Hubo una cola discreta para el puerco en caja, mientras Esa –la demagoga, la orate– peroraba frente a algunos invitados que acababan de llegar.

Al cabo de un tiempo, cada vez que miraba para una esquina había cinco o seis seguidores menos. Unos se despedían con un pretexto; otros, ocultaban los platos en bolsas plásticas, y partían sin despedirse. Los más salían por la claraboya del baño, aun con el peligro de quedar atorados. Y hubo hasta quien se disfrazó para escapar con otra personalidad y no comprometerse.

Pero, cuando Esa, la rimbombante, la pomposa, inició su discurso inaugural, algunos huyeron abiertamente de la fiesta. Se fueron haciendo ostentación de que se iban, sin disimulos, manifestando gestos obscenos y escupiendo el suelo. Se produjo como una estampida, una huida en masa. Pero, ya ven, otros, como yo, a riesgo de recibir un golpe proveniente de arriba, de la ira del tiempo, del cemento y la arena del barroco, y de la palabra inflada, le hacemos la media a Esa. La torpe. La embaucadora. La farsante. La descarada. La frustrada. La amiga.