EL HOMBRE QUE AMABA A LOS PERRORS
Leonardo Padura
Fragmento de la más reciente novela de Leonardo Padura, El hombre
que amaba a los perros, que aparecerá próximamente bajo el sello de
Ediciones Unión
A lo largo de la última semana de
noviembre y el mes de diciembre de
1977 tuve seis encuentros, todos pactados
de antemano, con el hombre
que amaba a los perros. El invierno,
indeciso, se iría disolviendo hasta el fin de año en
dos o tres frentes fríos que se agotaron en su tránsito
sobre el Golfo de México y sólo trajeron a la isla
alguna llovizna incapaz de alterar los termómetros
y unas olas turbias que quebraron la placidez del
mar ante el cual sostuvimos nuestras conversaciones.
Arrastrado por las palabras del hombre, yo
corría de mi trabajo a la playa y apenas si pensaba
en otra cosa que en el nuevo encuentro acordado.
Oír y tratar de deglutir aquella historia donde casi
todas las peripecias constituían revelaciones de
una realidad sepultada, de una verdad ni siquiera
imaginada por mí y por las personas que yo conocía,
se había convertido en una obsesión. Lo que
iba descubriendo mientras lo escuchaba,sumado
a lo que había comenzado a leer,me turbaba profundamente,
mientras la llama de un miedo visceral
me laceraba, sin que fuera capaz, a pesar de
todo,de quemar mis deseos de saber.
Desde que el hombre empezó a dibujar el tránsito
de su amigo Ramón Mercader partiendo de su
niñez y juventud en Barcelona, comenzaron a
abrírseme las puertas de un universo de cuya existencia
hasta ese momento había tenido nociones
vagas y ortodoxas, con tajantes divisiones entre
buenos y malos,pero cuyas entretelas desconocía:
profesiones de una fe sincera y devoradora mezcladas
con intrigas,juegos sucios,mentiras siempre
creídas verdades y verdades nunca sospechadas,
que alumbraban mi inocencia y mi ignorancia con
unos flechazos deslumbrantes. A medida que
López avanzaba en la historia, en varias ocasiones
estuve a punto de rebatirle,de gritarle que aquello
no podía ser,pero siempre me contuve y me limité
a hacer alguna pregunta cuando mi credibilidad o
mi entendimiento se sentían superados, y seguí
escuchando una narración que derretía muchas
creencias y recolocaba otras de las nociones que
me habían inculcado.
Después de la segunda conversación, yo arrastraba
la insidiosa certeza de que algo muy importante
no acababa de funcionar en el relato del
hombre que amaba a los perros.Aunque todavía
no había desarrollado por completo la desconfianza
cósmica que adquiriría, precisamente, como
consecuencia de aquellos encuentros (esa vocación
por la sospecha que tanto molestaría a
Raquelita y a mis amigos, pues me llevaba a reaccionar
de modo casi mecánico y a calificar de
imposible, de pura mentira, cualquier historia
capaz de desafiar mínimamente la verosimilitud),
en lo que iba oyendo había una inquietante pero
ubicua falta de lógica que,para empezar,me haría
pensar si algunos episodios de la historia de
Ramón no estaban siendo manipulados por su
amigo y relator Jaime López.Pero sólo al final de la
tercera conversación, ya en pleno diciembre, vislumbré
con cierta claridad dónde estaba la grieta
por la que se fugaba la lógica: ¿cómo era posible
que López tuviera una información tan precisa de
la vida y sentimientos de su amigo? Por más explícito
y detallista que hubiese sido Ramón durante
las conversaciones sostenidas en Moscú unos diez
años antes, cuando se reencontraron luego de
tanto tiempo sin verse, y el decepcionado Ramón
Mercader le abriera a su viejo camarada Jaime
López todos los conductos hacia los más increíbles
recovecos de su existencia,el conocimiento exhibido
por el narrador resultaba sin duda exagerado y
sólo podía deberse a dos razones.La primera ya se
calentaba en mi cabeza desde el diálogo inicial:
López era un fabulador redomado y podía estar
coloreando el relato con brochazos de su cosecha;
la segunda me sorprendió como un flechazo,
mientras viajaba en la guagua hacia La Habana
después del tercer encuentro, y casi me enloqueció:
¿Jaime López no sería el mismísimo Ramón
Mercader? ¿Todavía podría existir aquel ser fantasmagórico
encajado en una esquina procelosa y
perdida de la historia,protagonista sin rostro de un
pasado plagado de horrores? Aunque las únicas
respuestas posibles para aquellas preguntas eran
dos negaciones rotundas, la semilla de la duda
había caído en tierra húmeda y allí se mantendría,
pues una persistente sospecha me impedía cultivarla:
si el hombre que amaba a los perros era
Ramón Mercader, ¿qué coño hacía en Cuba?, ¿por
qué carajo estaba contándome a mí su historia?,
¿qué cojones era todo aquello de Jaime López y su
misterio?
Una de las razones que habían dado aliento a
mis dudas sobre el lugar que ocupaba Jaime
López en aquel relato provenía del hecho de que,
en el momento en que yo lo escuchaba, tenía
algunas claves con las que no contaba cuando lo
conocí.Había sido después de la segunda conversación
cuando,sabiendo ya hacia dónde apuntaba
aquella historia,decidí ir a ver a mi amigo Dany
a las oficinas de la editorial donde él había empezado
a trabajar como "especialista C en promoción
y divulgación". Aunque aquél no era el
trabajo con el que Daniel soñaba, lo había aceptado
con la esperanza de que, una vez vencidos
los dos años de servicio social, se liberara una
codiciada plaza de editor, a la que tendría más
opciones de acceder si se hallaba en la plantilla
administrativa de la editorial.
Como Daniel Fonseca ya se ha asomado y va a
aparecer en otras etapas de esta historia, debo
decir algo sobre este amigo que había sido,en cierta
forma,mi único pupilo literario,si es que puedo
llamarle así. Dany había matriculado Letras en la
universidad justo cuando yo cursaba mi último
año de periodismo. Recomendado por un primo
mío que era su vecino, un día se apareció en mi
casa de Víbora Park con la siempre peligrosa intención
de que yo le prestara algunos libros que necesitaba
para sus clases. Contra toda lógica, se los
presté y,para disponer que en el futuro todo fuese
como sería, él forzó más aún la lógica y me los
devolvió al terminar los exámenes. Así habían
empezado sus visitas,por lo general los sábados en
la tarde,y de los libros de texto pasamos a las novelas
que le fui sugiriendo y con las cuales comenzó
a llenar su enciclopédica incultura. Por aquella
época Dany me escuchaba y me miraba como si
yo fuera un cabrón gurú, sólo porque él era un
ignorante absoluto, aunque inteligente, y yo un
tipo cinco años mayor, con varios kilómetros de
lecturas delante de él y,sobre todo,con un libro de
cuentos ya publicado. Ni Dany ni yo hubiéramos
podido soñar por aquellos tiempos que alguna
vez aquel animalito voraz,que antes de matricular
la carrera de Letras había dedicado cada hora de su
vida a jugar pelota y ahora leía como un verdadero
condenado, llegaría a ser escritor, más aún, un
escritor sagaz y notable -lo cual equivale a algo
más que
aceptable y
varios escalones
menos que
brillante- que por
momentos parecía
dotado de una mayor
capacidad literaria de la
que alcanzaría en sus
libros publicados.
A pesar de que, por la época
de mis conversaciones con López,
Dany y yo apenas nos veíamos, él no
se extrañó al verme aparecer en la casona
de El Vedado donde radicaba la editorial.
Pero sí lo removió de pies a cabeza la causa que
me había llevado hasta allí: necesitaba conseguir
una biografía de Trotski y, entre la gente que yo
conocía, él era quien la podía tener más cerca de
sus manos.Antes de que Dany consiguiera salir del
asombro por la insólita petición,le expliqué que en
la Biblioteca Nacional y en la Central,la de la universidad,
únicamente había unos libros sobre Trotski
publicados por la editorial Progreso, de Moscú,en
los que sus autores se dedicaban a devaluar cada
acto, cada pensamiento, incluso cada gesto que
aquel hombre había hecho en su vida y hasta en
su muerte -el falso profeta, el renegado, el enemigo
del pueblo, lo llamaban, y siempre eran varios
autores, como si uno solo no pudiera con la carga
de tantas acusaciones-, y a mí me interesaba conseguir
algo que no fuese aquella propaganda frontal,
tan burda que obligaba a sospechar de su
justeza.Y si alguien podía tener el material que yo
necesitaba leer, ése era el tío de Elisa, la mujer de
Dany, un viejo periodista y militante comunista,
muy activo en el país desde los años cuarenta,que
en los tiempos convulsos de la década de los
sesenta incluso había estado varias semanas preso,
con un grupo de simpatizantes trotskistas con los
que sostenía relaciones personales y dijeron que
hasta filosóficas.
Ahora se impone volver a recordar que estábamos
en 1977,en el apogeo de la grandeza imperial
soviética y en la cúspide de su inmovilismo filosófico
y propagandístico, y que vivíamos en un país
que había aceptado su modelo económico y su
muy ortodoxa ortodoxia política: con esas importantes
precisiones,tendrán el contexto más exacto
de la espantosa sequía bibliográfica, de información
y hasta de pensamiento que sufríamos en
temas como ése,especialmente sensibles para los
queridos hermanos soviéticos, y se imaginarán el
pavor que provocaba la sola mención de algún
asunto álgido –y Trotski era la algidez política personificada,
la maldad ideológica elevada a la enésima
potencia–. Por todo eso creo que entenderán
la respuesta
de Daniel:
–Pero,
¿qué coño
tú dices? –Saltó al
conocer mi intención
y de inmediato
agregó, en voz más
baja y con mirada de
preocupación clínica–:
¿Tú te volviste loco, mi
socio? ¿Te estás emborrachando
otra vez o qué carajo te pasa?
En esos años casi nadie en la isla, al
menos que yo conociera, tenía el
menor interés confeso por Trotski ni por
el trotskismo, entre otras razones porque aquel
interés –si es que le surgía o le resurgía a alguien
tan enloquecido como para además revelarlo– no
podía acarrearle más que complicaciones de todo
tipo.Y muchas. Si escuchar cierta música occidental,
creer en cualquier dios, practicar yoga, leer
determinadas novelas consideradas ideológicamente
dañinas o escribir un cuento de mierda
sobre un pobre tipo que siente miedo podía
significar un estigma y hasta implicar una
condena,meterse con el trotskismo hubiera
sido como colgarse una soga al cuello,
sobre todo para los que se movían en el
mundo de la cultura, la enseñanza y las ciencias
sociales.(Después sabría que sólo algunos refugiados
uruguayos y chilenos de los que por esos años
vivían en la isla se atrevían a hablar del tema con
cierto conocimiento de causa, aunque hasta ellos
mismos, sometidos a la presión atmosférica, lo
hacían en voz baja.) De ahí la reacción casi violenta
de mi amigo.
–No comas mierda, Dany –le contesté cuando
empezó a calmarse-.No voy a meterme a trotskista
ni un carajo.Lo que necesito es saber...,s-a-b-e-r,
¿me entiendes? ¿O es que también está prohibido
saber?
–¡Pero es que ya tú sabes que Trotski es candela!
–Ése es mi problema. Consígueme algún libro
de los que debe de tener el pariente de Elisa y no
me jodas. No le voy a decir a nadie de dónde lo
saqué...
A pesar de sus protestas, yo había tocado una
fibra de la curiosidad inteligente de Dany, pues
más rápido de lo que esperaba (teniendo en cuenta
la no muy cercana relación que sostenía con el
viejo ex trotskista) me puso en contacto con un
autor y una biografía de los cuales yo jamás había
oído hablar: Isaac Deutscher, y su trilogía sobre "el
profeta":desarmado,armado y desterrado, en ediciones
publicadas en México a finales de la década
de los sesenta. La mañana en que me entregó los
tres tomos, después de obligarme a hacerle todas
las promesas concebibles de que le devolvería los
libros lo antes posible,pasé por mi trabajo y pedí el
resto del mes de vacaciones.Fuera de los viajes a la
playa, lo que mejor recuerdo de esos días fue la
intensidad devoradora con que leí aquella voluminosa
biografía del revolucionario llamado León
Bronstein, y la consecuente comprobación de mi
monumental desconocimiento de las verdades
(¿verdades?) históricas de los momentos y los
hechos en medio de los cuales había vivido aquel
hombre, hechos y momentos tan rusos y lejanos,
comenzando por la Revolución de Octubre (nunca he entendido bien qué pasó en Petrogado aquel
7 de noviembre que en realidad era el 25 de octubre
y cómo se tomó un Palacio de Invierno que al
final casi nadie quería defender y que automáticamente
marcó el triunfo de la Revolución y dio el
poder a los bolcheviques) y siguiendo,entre otros,
por unas también extrañas luchas dinásticas entre
revolucionarios en las que sólo Stalin parecía dispuesto
a tomar el poder y por unos casi silenciados
procesos de Moscú (que para nosotros
parecían no haber existido nunca) en los que los
reos eran sus peores fiscales.Al final de todo aquel
desfile de manifestaciones del "alma rusa" (si no
entendemos algo de los rusos siempre parece ser
por culpa de su alma),estaba la corroboración del
asesinato del viejo líder,algo que se había difuminado
en los libros soviéticos dedicados a él, pues
Trotski (quizás porque era ucraniano y no ruso)
más bien parecía haber muerto de un catarro o,
mejor aún, devorado un día cualquiera por una
tembladera, como si fuera un personaje de las
novelas de Emilio Salgari.
Gracias a esa biografía,la persona que viajó hasta
la playa a partir del tercer encuentro ya empezaba a
ser alguien mínimamente capaz de asimilar distintos
elementos de aquella historia desde un prisma
diferente.Ahora mis oídos se empeñaban en interpretar
una información que,con un somero conocimiento
de los hechos y de sus actores, intentaba
colocar en un tablero de cuyas coordenadas empezaba
a tener una primera noción.
Unos días después de que se me inoculara la
peregrina pero lógica sospecha de que López no
fuese López y de que Mercader no estuviera
muerto,llegué a la playa dispuesto a tratar de forzar
al hombre para que me confesara la verdad
sobre su identidad –si es que esa verdad existía,
algo de lo que yo no estaba seguro–.
Cautelosamente aceché el resquicio apropiado
para colar mi duda y hallé la ocasión cuando
López me hablaba de la conmoción que provocó
en su amigo Ramón y en su madre, Caridad
del Río, el polémico pacto Molotov-Ribbentrop.
–¿Sabes? –le pregunté, sin mirarlo–, en todo lo
que me has contado hay algo que no me creo.
López dio fuego a uno de sus cigarros con la
valiente fosforera de bencina. Ante su silencio,
seguí:
–Nadie puede saber tanto de la vida de otra persona.
Por más que le hayan contado.Es imposible.
López fumaba sin prisa,y me dio la impresión de
que no había escuchado mis palabras. Después
entendería que un tipo como yo apenas hubiera
podido mover aquella roca: el hombre era
un especialista en responder sólo lo que deseaba,
y su estrategia fue quitarme la sartén, aferrarse
al mango y darme un golpe en la cabeza
con la plancha.
–¿Qué estás pensando? ¿Que es mentira lo que
te he contado? –Se quitó unos momentos los
espejuelos,los miró a trasluz y los mojó con la lengua,
para limpiarlos del salitre que se le había
adherido.
–No sé –dije, y dudé. Su voz había adquirido
un tono capaz de enfriar mis impulsos y
por eso elegí muy cuidadosamente mis palabras–:
¿Cómo es posible que sepas tanto de
Ramón? ¿No es mucha casualidad que
Caridad y tu madre, las dos, hayan nacido en
Cuba? Estoy pensando que...
–¿Que soy el hermano de Ramón? ¿O que fui su jefe?
Sopesé rápidamente aquellas posibilidades, sin
darme cuenta de que con ellas el hombre no
hacía más que aflojarme en mi convencimiento.
Pero no me dejó mucho tiempo para pensar,pues
de inmediato fue al grano.
–¿O acaso crees que yo soy Ramón? –preguntó.
Lo miré en silencio. En las últimas semanas, el
hombre que amaba a los perros perdía peso a
ojos vistas,su piel se había vuelto más opaca,definitivamente
verdosa, y con frecuencia sufría de
dolor de garganta y lo asaltaban ataques de tos
que calmaba con buches de agua endulzada con
miel de la botella que ahora también lo acompañaba
siempre. Pero en aquel instante en sus ojos
había una intensidad que quemaba y,debo admitirlo,
que me daba miedo.
–Ramón está muerto y enterrado,muchacho.Y
lo peor es que se ha convertido en un fantasma.Si
buscas en todos los cementerios de la Unión
Soviética no encontrarás su tumba. Ni yo mismo
sé con qué nombre lo enterraron... Ya te lo dije:
entre las cosas que Ramón entregó a la causa,
estaban su nombre y su libertad de tomar cualquier
decisión...Además,si te estoy contando todo
esto,¿para qué iba a engañarte en lo demás? ¿Qué
importa quién sea yo? Es más:¿qué cambiaría si yo
fuera Ramón?
Las respuestas acudieron a mi mente:
importa porque lo que me estás contando es
la Historia del Engaño, y todo habría cambiado
si tú fueses Ramón, pues nadie (al menos
eso pensaba yo) hubiera querido ser Ramón
Mercader. Porque Ramón provocaba asco y
producía miedo... Pero de más está aclarar
que no me atreví a decírselas.
–Sé lo que estás pensando, y no me asombra
–me dijo el hombre,y yo sentí un nuevo corrientazo
de temor–. Ésta es una historia repulsiva, que
devalúa ella sola millones de discursos que se han
hecho durante sesenta años...Y también es verdad
que Ramón terminó repugnando a mucha
gente –hizo una pausa, aunque permaneció
inmóvil–. Pero intenta entenderlo, coño, aunque
no lo justifiques. Ramón es un hombre de otra
época,de un tiempo muy jodido,cuando no estaba
permitida ni siquiera la duda. Cuando él me
contó su historia, la situé en su mundo y en su
tiempo, y entonces la entendí. Aunque, eso sí,
nunca le tengas compasión,porque Ramón odiaba
ese sentimiento.
–Si jamás viste su tumba ni fuiste a su entierro,
¿cómo estás tan seguro de que Ramón está muerto?
–pregunté,echando mano a mi última posibilidad
de perseverancia,a pesar de que ya me sabía
derrotado por las razones de López.
–Sé que está muerto porque lo vi unas semanas
antes de que muriera, cuando ya lo habían
desahuciado... –dijo y sonrió, con visible tristeza–.
Mira, para que estés tranquilo, te voy a dar una
razón que no vas a poder rebatirme: ¿crees que
Ramón,después de prometer que guardaría silencio
para el resto de su vida,y de haber sostenido su
compromiso contra viento y marea, le contaría su
historia al primer..., al primero que se encontrara?
Si yo fuera Ramón, ¿crees que me hubiese arriesgado
a hacerlo? Y,además,¿para qué?
En un segundo conté diez adjetivos con los que
López pudo haberme calificado (desde los comemierda
o sapingo cubanos hasta el gilipollas que
alguna vez él mismo había usado), y pensé en
otras tantas razones para rebatirle a López sus últimas
preguntas (un hombre que,según él mismo,
se está muriendo,¿a qué puede temerle?:la única
respuesta afirmativa implicaría que el miedo también
se trasmite, como una herencia, e incluya el
destino de esos mismos hijos a los que, quizás
para protegerlos, López, o Mercader –si en realidad
aquel hombre era Ramón Mercader–, había
decidido no contarles aquella historia).Pero me di
cuenta de que si deseaba seguir escuchando,mi
única opción era creerle;de hecho,en ese instante
yo le creía.Me impuse olvidar o por lo menos posponer
mis dudas,hasta que de algún modo tuviera
la certeza absoluta de que López era López y
Mercader un fantasma sin tumba. O lo contrario.
Pero, ¿cómo coño iba a llegar a cualquiera de
aquellas certezas si unos días antes ni siquiera
sabía que había existido un hombre llamado
Ramón Mercader del Río?