El gran escritor nicaragüense Rubén Darío –cuyo nombre real
era Félix Rubén García Sarmiento– (1867-1916) es considerado
uno de los principales representantes del Modernismo literario en
nuestra lengua y uno de los mayores renovadores de la poesía
iberoamericana. Fue además un brillante narrador, ensayista y
periodista. Entre sus obras fundamentales figuran Azul, Los raros,
Prosas Profanas y otros poemas y Cantos de vida y esperanza.
Dentro de su obra prosística figura una serie de cuentos que
próximamente aparecerán en Cuba, editados por Arte y Literatura
bajo el título de Cuentos macabros. Fueros seleccionados y
prologados por Elízabeth Díaz, quien, al definirlos, expresa: "El
misterio y una especie de terror por lo desconocido.Un miedo
que se remonta a la infancia, de supersticiones y leyendas
populares, indeleble en el imaginario de Darío,mezclado al afán
de exploración de lo que nos trasciende, traspasando los límites
de la experiencia permisible. El orfebre modernista, que cinceló el
lenguaje para darnos otras sensaciones, colores, aromas, ritmos,
musicalidad, que amplió el horizonte de la expresión y el
pensamiento, nos dejó estos originales cuentos fantásticos, de
horror, de misterio, de terror, para el disfrute de la posteridad".
Como un anticipo publicamos ahora "La larva"..
Como se hablase de Benvenuto Cellini y
alguien sonriera de la afirmación que hace
el gran artífice en su Vida, de haber visto
una vez una salamandra, Isaac Codomano
dijo:
-No sonriáis. Yo os juro que he visto,
como os estoy viendo a vosotros, si no una
salamandra, una larva o una empusa.
Os contaré el caso en pocas palabras.
Yo nací en un país en donde, como en
casi toda América, se practicaba la hechicería
y los brujos se comunicaban con lo
invisible. Lo misterioso autóctono no
desapareció con la llegada de los conquistadores.
Antes bien, en la colonia
aumentó, con el catolicismo, el uso de
evocar fuerzas extrañas, el demonismo, el
mal de ojo. En la ciudad en que pasé mis
primeros años se hablaba, lo recuerdo
bien, como de cosa usual, de apariciones
diabólicas, de fantasmas y de duendes.
En una familia pobre, que habitaba en la
vecindad de mi casa, ocurrió, por ejemplo,
que el espectro de un coronel peninsular
se apareció a un joven y le reveló un
tesoro enterrado en el patio. El joven
murió de la visita extraordinaria, pero la
familia quedó rica, como lo son hoy
mismo los descendientes. Apareciose un
obispo a otro obispo, para indicarle un
lugar en que se encontraba un documento
perdido en los archivos de la catedral.
El diablo se llevó a una mujer por una
ventana, en cierta casa que tengo bien
presente. Mi abuela me aseguró la existencia
nocturna y pavorosa de un fraile
sin cabeza y de una mano peluda y enorme
que se aparecía sola, como una infernal
araña. Todo eso lo aprendí de oídas,
de niño. Pero lo que yo vi, lo que yo
palpé, fue a los quince años; lo que yo vi
y palpé del mundo de las sombras y de
los arcanos tenebrosos.
En aquella ciudad, semejante a ciertas
ciudades españolas de provincia, cerraban
todos los vecinos las puertas a las ocho, y
a más tardar, a las nueve de la noche. Las
calles quedaban solitarias y silenciosas.
No se oía más ruido que el de las lechuzas
anidadas en los aleros, o el ladrido de los
perros en la lejanía de los alrededores.
Quien saliese en busca de un médico, de
un sacerdote, o para otra urgencia nocturna,
tenía que ir por las calles mal empedradas
y llenas de baches, alumbrado
apenas por los faroles de petróleo que
daban su luz escasa colocados en sendos
postes.
Algunas veces se oían ecos de músicas o
de cantos. Eran las serenatas a la manera
española, las arias y romanzas que decían,
acompañadas con la guitarra, las ternezas
románticas del novio a la novia.Esto variaba
desde la guitarra sola y el novio cantor, de
pocos posibles, hasta el cuarteto, septuor, y
aun orquesta completa y un piano, que tal o
cual señorete adinerado hacía sonar bajo
las ventanas de la dama de sus deseos.
Yo tenía quince años, un ansia grande
de vida y de mundo. Y una de las cosas
que más ambicionaba era poder salir a la
calle, e ir con la gente en una de esas serenatas.
Pero, ¿cómo hacerlo?
La tía abuela que cuidó de mi niñez, una
vez rezado el rosario, tenía cuidado de
recorrer toda la casa, cerrar bien todas las
puertas, llevarse las llaves y dejarme bien
acostado bajo el pabellón de mi cama.
Mas un día supe que por la noche habría
una serenata. Más aún: uno de mis amigos,
tan joven como yo, asistiría a la fiesta,
cuyos encantos me pintaba con las más
tentadoras palabras. Todas las horas que
precedieron a la noche las pasé inquieto,
no sin pensar y preparar mi plan de evasión.
Así, cuando se fueron las visitas de
mi tía abuela -entre ellas un cura y dos
licenciados- que llegaban a conversar de
política o a jugar al tute o al tresillo, y una
vez rezadas las oraciones y todo el mundo
acostado, no pensé sino en poner en práctica
mi proyecto de robar una llave a la
venerable señora.
Pasadas como tres horas, ello me costó
poco, pues sabía en dónde dejaba las llaves,
y además, dormía como un bienaventurado.
Dueño de la que buscaba, y
sabiendo a qué puerta correspondía,
logré salir a la calle, en momentos en que,
a lo lejos, comenzaban a oírse los acordes
de violines, flautas y violoncelos. Me consideré
un hombre. Guiado por la melodía
llegué pronto al punto donde se daba la
serenata. Mientras los músicos tocaban,
los concurrentes tomaban cerveza y licores.
Luego un sastre, que hacía de tenorio,
entonó primero A la luz de la pálida luna, y
luego Recuerdas cuando la aurora… Entro
en tantos detalles para que veáis cómo se
me ha quedado fijo en la memoria cuanto
ocurrió esa noche para mí extraordinaria.
De las ventanas de aquella Dulcinea, se
resolvió ir a las de otra. Pasamos por la
plaza de la Catedral. Y entonces… He
dicho que tenía quince años, era en el trópico,
en mí despertaban imperiosas todas
las ansias de la adolescencia… Y en la prisión
de mi casa, de donde no salía sino
para ir al colegio, y con aquella vigilancia,
y con aquellas costumbres primitivas…
Ignoraba, pues, todos los misterios. Así,
¡cuál no sería mi gozo cuando, al pasar por
la plaza de la Catedral, tras la serenata, vi,
sentada en una acera, arropada en su
rebozo, como entregada al sueño, a una
mujer! Me detuve.
¿Joven? ¿Vieja? ¿Mendiga? ¿Loca? ¡Qué
me importaba! Yo iba en busca de la soñada
revelación, de la aventura anhelada.
Los de la serenata se alejaban.
La claridad de los faroles de la plaza llegaba
escasamente. Me acerqué. Hablé; no
diré que con palabras dulces, mas con
palabras ardientes y urgidas. Como no
obtuviese respuesta, me incliné y toqué la
espalda de aquella mujer que no quería
contestarme y hacía lo posible porque no
viese su rostro. Fui insinuante y altivo. Y
cuando ya creía lograda la victoria, aquella
figura se volvió hacia mí, descubrió su
cara, y ¡oh, espanto de los espantos! aquella
cara estaba viscosa y deshecha; un ojo
colgaba sobre la mejilla huesosa y saniosa;
llegó a mí como un relente de putrefacción.
De la boca horrible salió como
una risa ronca; y luego aquella "cosa",
haciendo la más macabra de las muecas,
produjo un ruido que se podría indicar así:
-¡Kgggggg!…
Con el cabello erizado, di un gran salto,
lancé un gran grito. Llamé.
Cuando llegaron algunos de la serenata,
la "cosa" había desaparecido.
Os doy mi palabra de honor, concluyó
Isaac Codomano, que lo que os he contado
es completamente cierto.
* Su primera publicación fue en Caras y
Caretas, Buenos Aires, 1910, posiblemente en
septiembre, según Ernesto Mejía Sánchez.
Como dato curioso diremos que también se
publicó casi de inmediato en El Fígaro, La
Habana, el 16 de octubre de 1910. En su
Autobiografía Darío expresó: "En Caras y
Caretas ha aparecido una página mía, en que
narro cómo en la plaza de León, en
Nicaragua, una madrugada vi y toqué una
larva, una horrible materialización sepulcral,
estando en mi sano y completo juicio". |