La pena del cristofué
(selección)


Edmundo Aray

En este año del Bicentenario de la Independencia de América Latina y el Caribe, queremos evocar a quien fuera uno de sus más grandes libertadores y el fundamental en su consolidación,el venezolano Simón Bolívar.Y lo haremos a través de una selección de los textos de La pena del cristofué, libro escrito recientemente por un autor también venezolano, Edmundo Aray, reconocido por su labor como escritor, como fundador de las emblemáticas revistas El Techo de la Ballena y Rocinante, como uno además de los más activos gestores del Nuevo Cine Latinoamericano, y por su compromiso con la liberación de nuestro continente y con su historia.Son testimonio de ello sus libros Simón Bolívar, ese soy yo (1992), que fue seguido por la serie José Martí, ese soy yo (1997), Simón Rodríguez, ese soy yo (2000), Manuela Sáenz, esa soy yo (2000), Manuela, libertadora (2000) y Bolívar.De San Jacinto a Santa Marta (2005), entre otros títulos de similar carácter.

"La pena del cristofué es una narración no convencional, grata e incentivadora, capaz de retar tanto la imaginación como la conciencia,a la vez que ofrece una alternativa tanto a la expresión literaria como a la lectura de una memoria nacional que todavía presenta muchos aspectos por desentrañar". Esto ha escrito Alberto Rodríguez Carucci en su prólogo,y prosigue señalando:"Su elaboración responde a una visión fragmentada de las vivencias internas del Libertador en los más diversos aspectos de su existencia: sus angustias ante los sucesos propios de las luchas independentistas, sus impresiones socio-políticas,sus decepciones ante las deslealtades y traiciones de algunos de sus correligionarios,sus malestares ante las calumnias que pretendían desacreditarlo; sus afectos admirativos hacia sus compañeros y colaboradores más fieles, su amor pasional por Manuela,sus soledades y cavilaciones humanas durante sus travesías a lo largo y ancho de la que llamó Patria Grande".

EL ALMA DE TRAICIONES VIVE

Temía, una vez más, por los desórdenes
que ocurrían en el Sur. Seca la boca.
Secas las venas. Amarga retama.
Extendida la nada. Extinguidas las lámparas.
Sólo un cañito de luz en un candil.
Soportemos juntos las oleadas de la miseria humana,
la negrura inaccesible de la vida
-escribió mascullando las palabras.
En el aire un desfallecido perfume de begonias.
Silencio. Silencio. Lóbrego silencio.

CALORONES

Sintió sed, calorones en la nuca, sudores en las
piernas.
Bebió de la jarra del aguamanil. La indignación
invadía su cara.
Encendió el farol que un golpe de viento había
apagado.
La pasión decae -dijo- por el martirio vencida.

POR PURA SOLEDAD

Oyó ladrar a los perros y pensó que había luna llena,
noche para cometer disparates, acostumbrado a
contemplarla desde cualquier peladero de Colombia,
encaramado en la montaña, vuelto noche, fragor de
escaramuza, casa en ruinas, nube negra, fugitivo de
la muerte, desmedido amante por pura soledad.
¡Cómo quisiera,Manuela, que me tocaras los párpados
y soplaras sin cordura en mis oídos!
Hurgarte toda al mediodía,Manuela, con todo y sopor.
Cremarte.Mi llama tuya. Degustarte palmo a palmo.
Cuando me haces falta,Manuela, como ahora, mi alma
es una ruina. Pena inconsolable, como la del cristofué.

MAR ADENTRO

El Nuevo Mundo no es más que un mar borrascoso que en muchos años no estará en calma. Algunos me atribuirán parte del mal, otros la totalidad, y yo, para que no me atribuyan más culpa, no quiero entrar mar adentro.Me conformaré con la parte que me adjudiquen en esta diabólica partición.

SANTA FE

Las campanas de la iglesia de predicadores, como él, iglesia de Santo Domingo, anunciaron las tres de la tarde. En la calle el pueblo le gritaba ¡Vivas! hasta poner en peligro el gañote. Sintió aire puro en los pulmones. Liviano el cuerpo.Deseos de saltar del caballo y caminar confundido con el pueblo, metido en el llanto de muchos, florecido en los ojos de todos, con la chamarra dando vueltas por el aire, montado en el campanario, disputando con el campanero por rebatos más sonoros.Y unas ganas enormes de corretear como un muchacho detrás del caballo dando vivas a sí mismo, como si fuera un alboroto de circo. En sus ojos la imagen de su entrada a Santa Fe luego de la batalla de Boyacá. ¡Dios te bendiga, fantasma! Su temeraria impaciencia de entonces. La chaqueta pegada a sus carnes.De pronto la blanca fachada frente a él. Sintió severo el semblante, brillar sus ojos, crecerle la bravura en el pecho.

DE BUEN HUMOR

El buen humor cosquilleaba sus desusadas intenciones: Curiosear por la Calle del Comercio.Hacer un par de compras en el mercado o en alguna tienda de ropa europea, sin la intervención de nadie.Conversar con la gente de la plaza.Acaso entrar en una Fonda, para sorpresa de los aficionados a las mesas de billar y los jugadores de naipes,empedernidos apostadores, y beber algún guarapo caliente.Pasear por la ciudad en el landó.Leer las papeluchas injuriosas que los amigos del vicepresidente adosaban a las paredes, darle un vistazo a la frondosa alameda de vetustos álamos que seguramente Manuela -ya la imaginaba a su ladofrecuentaría los domingos en algún negro caballo adiestrado en el paso de ambladura.

PRESAGIO

Aclamado por el pueblo, salió de la Catedral, y fue conducido a un "elegante templo" construido en la plaza mayor. Le acariciaban los ojos de la multitud. Lloraron por él los de Manuela.Gemidos, encantamientos, apogeos del corazón. El amor colectivo es ofrenda, que lo dicen las manos alzadas, las inclinaciones, el deslumbramiento, oraciones y vértigos a su paso hasta alcanzar la escalinata. Humilde silencio, desbordada angustia, suspenso el aire para escuchar su palabra. Manuela encontró en la arrugada frente desgastada al guerrero en medio de un caño perseguido por la muerte.

VISITACIÓN

Dejó caer su cuerpo sobre la cama. Cruzó sus
manos debajo del cuello. Cerró los párpados para
escuchar el silencio.
Oyó unos pasos: de húsar, pero de mujer.
Sobre sus labios otros labios, oh fervores,
ardientes, precipitados como abejas en el arte de la
miel.
Abrió los ojos para encontrar los de Manuela,
húmedos.
Escuchó sus manos desnudándole, el pecho
jadeante, respiración de golondrina.
Oyó su camisa crujir, sus pantalones
arrastrando sus tobillos.
Sintió su cuerpo desnudo arropado por otro
cuerpo desnudo y unos dientes mordiscándole su
piel desvencijada.
Respiró penosamente.Olor de lirios en las
axilas.
Intentó mover los brazos buscando la cintura
conocida, pero un desmadejamiento le inundó las
arterias.
Ella le acarició el costillar, las arrugadas
piernas, los malabares de sus pies.
Tosió, tosió, tosió hasta que la boca de
Manuela le recibió sus miserias.

EL LIBERTADOR VIVE

La vio regresar, saltar la calle a zancadas, correr hasta
su casa y empujar la puerta entrecerrada.
La mirada torna a los disfraces en el vestíbulo
del Teatro.Desde el interior Urdaneta avanza hasta
llegar al portal iluminado, y emprende sus pasos tras
de Manuela.
El guardia mira de reojo.Oye atrancar.Mira al
frente. En el Teatro los compases de una cachucha.
Una copa recibe al general.
--Esta vez quedaron con el puñal en su vaina
--dice Manuela. En el aire su pelusa.
Urdaneta sonríe.De los dos el abrazo en un
solo temblor. Los gatos y una mecedora confunden su
alborozo. Son de Ferguson los toques.De los tres las
copas levantadas.De Jonatás un grito despedazado.
¡El Libertador vive!