II

VIAJES, SUEÑOS Y AVENTURAS

Rogelio Manuel Díaz Moreno

Si a la personita joven le gustan las excursiones por el campo; si correr con libertad entre mascotas, plantas y animales y saltar e imaginarse que vuela forman parte de sus diversiones favoritas;si, además, se complace en contemplar y penetrar en los cuentos e historias que cada ser vivo protagoniza en su ambiente natural, entonces Aventuras ciencifantásticas es un libro hecho para esta persona.

Las Aventuras… son el resultado de la complicidad de la bióloga Gricel Alfonso Cassola con un personaje con el grado justo de pintoresquismo,la abuela Yoyimaruquina Pintasueños Cantaflor.Esta abuela de nombre moderno y carácter aventurero y cordial,al estilo de una Mary Poppins criolla pero más familiar, tiene mucha inspiración de Julio Verne, y bolsillos de donde salen maravillas. Yoyimaruquina tiene muy presente la imperiosa necesidad de entregar a sus nietos un mundo mejor y más sano, en el que la ecología es una esencia fundamental,a manera de círculo virtuoso transgeneracional. Por todo lo anterior, sus cuatro nietos van a disfrutar de las oportunidades únicas que ofrezca un viaje por paisajes especiales de nuestra geografía, y las páginas de este libro recogerán las peripecias de nuestros aventureros por la calificada como Isla de la Esperanza.

El hilo narrativo parte de un ¿sueño? y enlaza varias reservas de la biosfera de la mayor de las Antillas. La frescura en las interacciones entre los personajes y los elementos de la naturaleza que ocupan su atención se gana generalmente la empatía de los posibles lectores,aunque resulta un poco difícil de asimilar que unos niños estén tan interesados en los enrevesados nombres científicos de las plantas o animales.

Gricel Alfonso Cassola, profesional de experiencia en los temas de la Biosfera, intenta además intercalar, durante las distintas paradas del viaje, detalles de otras disciplinas. Las pinceladas de historia encajan muy bien,mientras que la referencia a la nanotecnología hace una útil aparición estrechamente asociada a los artilugios de los que se auxilia abuela Yoyimaruquina. La explicación de la inercia como fenómeno físico, mejor se la hubiera ahorrado pues no concreta felizmente la idea.

Este texto ratifica el acercamiento de la Editorial Academia al tema de la divulgación científica para el público infantil, que tiene como antecedente Viaje al interior de una computadora (Anel Hernández,2008).El empeño encomiable y la calidad del texto están a la altura del esfuerzo necesario al dirigirse al público infantil, no así la edición, que causa tristeza.La lectura resulta incómoda por la fuente empleada, sobre todo cuando te disparan palabras como carriolielastipatineta y minimicrocomputadorapulserareloj. Por la imposibilidad de insertar colores, todas las figuras de este libro para chiquilines son en blanco y negro, ¡hasta cuándo van a representar un tocororo!

Al tornar la última página, al final del sueño y la aventura, quedan los inquietos personajes con la duda sobre la realidad de lo sucedido. El conocido recurso abre caminos a toda clase de fantasías y estímulos para la reedición de peripecias, quién sabe si acompañados de los entusiasmados lectores.

TRASPASAR LA FUGA

Liuvan Herrera Carpio

No hallarás otra tierra ni otra mar. / La ciudad irá en ti siempre.Volverás / a las mismas calles.Y en los mismos suburbios / llegará tu vejez / […] / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra. KONSTANTINOS KAVAFIS

Sólo una mujer traspasó el primer jardín, el iniciático umbral de los hombres. Otra, quizá padeciendo un temblor semejante, sostiene en su poemario Los inciertos umbrales (Ed. Sed de Belleza, 2004; Ed. Benchomo, Islas Canarias, 2009), una particular bitácora de la fragilidad, afianzada en tres resortes discursivos: la ciudad como metáfora del cuerpo, la familia asida por la duplicidad desazón-fe y la memoria como único don verdadero.

El sujeto lírico de Ileana Álvarez (Ciego de Ávila, 1967), plural en su obsesión de adoptar pieles disímiles, evoluciona en este texto desde la utopía confiscada de la niñez, transitando por la visita del ángel de la maternidad, hasta entroncar con una línea intimista de profundo desgarramiento, herencia y presencia innegable en el mapa femenino insular.

A veces impositivos, a veces rogantes, sus personajes tienen una cualidad que los define y a la vez los mantiene vivos: la búsqueda. Pesquisa que quizá tenga su matriz en la ansiada Ítaca, ciudad metáfora, tan atractiva para comulgar hacia ella el desarraigo de todo extranjero:

Volvían con la costra del miedo en las espaldas. Oscuros signos desde antiguo habían anunciado aquel regreso.Mas no así […]. El desasosiego de la duda como un inmenso fuego en cada mano. Nadie fue a recibirlos […]. Al centro de la plaza un agua helada,de hojas podridas,les calmó apenas el calor de la garganta, mas no el corazón, que ardía como nunca ante el encuentro definitivo de la Casa.

La ciudad de la memoria destrona definitivamente a la real,que gravita dentro del muro, dentro del margen que a su vez la marchita. Pero la persona lírica decide abandonar su patria, región donde el odio,especie de madre nutricia,construye abismos entre los padres,entre los hijos de los hijos.La salvación estará en no volver el rostro, pues aunque la sal bíblica penda como una culpa para lo femenino, para la primera transgresora, una libertad peculiar -de matiz estoico, es cierto- se alcanza en el poema.

El hombre se refleja como eco inevitable.Su hijo tiene la marca de un Caín universal. Reflexión humanista la de este poemario, franciscano tal vez en ese afán de contención,de preferir el escapismo ante la permanencia.

Pero la mujer en su condición logra comulgar una defensa. Cuando el silencio nocturno la sobrecoge,siente el impulso de otras, que en igual espacio,evocan levitar sobre la cotidianidad,pero lo que en un instante fue brillante ópalo se trueca en burdo carbón:

Nos levantamos con una sonrisa ensayada en el ijar de la costumbre y nos vamos a la cocina, como cualquier mujer […] es bueno sentir cómo sube el aroma del café por las piedras descalzas, por la piel del corazón, por las palabras que no diremos.

Poemario donde la imagen de la muerte se ejerce desentonando la común;muerte en el insomnio,muerte en la añoranza por lo desconocido,muerte como el amor por fin conquistado.

El contraste y la paradoja, tropos dominantes en el discurso barroco, transitan estas prosas poéticas,que aprovechan su forma para incluir una narratividad,un drama,difícil de insertar con originalidad en el versolibrismo o las estructuras clásicas. Ahora, en el libro no se utilizan generalmente de la manera más textual sino que engloban toda una situación: controversia del hijo ante los árboles talados, ante los ancianos, talados igualmente, controversia del sujeto individual ante el ser universal, a manera de un Heredia ante el Niágara,pues "digna soy de contemplarte",parece decirle al Cosmos imperecedero.

Una y otra vez los espacios familiares son evocados desde la pérdida, quimera atrapada en círculo vicioso, donde la figura del padre se interroga al mismo tiempo que se lamenta.

Un recurso tan explayado intencionalmente en las últimas generaciones de poetas cubanos como la intertextualidad, no viene a ser, digamos en este cuaderno, solución efectista ni estridencia enciclopédica, sino que los pocos textos o poetas aludidos dialogan con la trama del sujeto femenino que responde misivas a una amiga innominada.Similar situación proustiana, el biscocho mojado en café, se adecua a la acostumbrada ya evocación de la quiebra; la aldeana del cuento popular ruso resulta paradigma de la inocencia, pues quizá la luz la visite de manera más contundente; el título trastocado de la célebre novela de Reynaldo González, Siempre la muerte, su paso breve se pone en boca de un personaje adolescente.

Momento cumbre del libro -a mi modo de ver- es la reescritura del conocido drama de la poeta rusa Ana Ajmátova: bien ha sabido "nadar su llama en la agua fría",ante el fusilamiento de su esposo y el encarcelamiento de su hijo durante el Stalinismo, el hallazgo poético del texto se encamina por un contraste primigenio: la nieve -emparentada aquí con el silencio- y el fuego, metonimia geográfica del trópico isleño, emulan una comedia lacerante:

A Ana Ajmátova le florece la nieve y la nieve enseña los brillantes frutos, los cristales que hechos racimos le cuelgan de los ojos,de sus pechos y le brotan aún más blancos, traslúcidos del útero todavía tibio […]. El hijo adentro, bien adentro escucha las manzanas de nieve de su madre desvanecerse en la soledad.

La imagen de la rosa arrancada de raíz, separada de su alma, pudiera encubrir a Los inciertos umbrales, allí donde una página agoniza de blancura por esa "lucha del éxtasis con el discurso", allí donde el tajo de la flor deviene cauce para la esperanza.