III

CASA QUE SÍ EXISTE

Luis Yuseff

Lina de Feria aparece nuevamente en las lides poéticas con Ante la pérdida del safari a la jungla (Ed. Letras Cubanas,2009),libro que inaugura una senda completamente novedosa;que se nutre de raíz y tierra propias; quizás las únicas posesiones reales del poeta. Libro que con otros dos anteriores y fundamentales de la autora,Casa que no existía y A mansalva de los años, completa una especie de trilogía, que sitúa a Lina de Feria en un plano espacial que la reconoce y privilegia.

En su nuevo poemario que ahora nos ocupa, la jungla ha adquirido en sus versos connotaciones al estilo de Wifredo Lam;una jungla urbana,donde la mujer casi siempre ha aparecido expuesta al solazo que padecen los desesperadamente sensibles, razones suficientes para que uno le comprenda cuando le conversa a la vida: pues sí Benny Moré/ debería tener "el alma como una roca".

Pero su alma ha adquirido capa protectora, jamás carrocería de blindaje que haya podido restar suerte de intemperie a lo sensitivo de una experiencia poética que se nutre poderosamente de vivencias cotidianas, aunque tampoco ignora, como Enrique Lihn, que el corazón es escaso de palabras. Bien sea de un pasado reciente o de un futuro no tan inmediato,el presupuesto lírico de la obra de Lina, tiene medio de cultivo excelente, tanto en lo que ha sucedido frente a las narices del hombre como en esa otra realidad suscitada de lo ficcionante,siempre sostenida hábilmente por una serie de asociaciones muy personales, que le permite engarzar ideas con imágenes y metáforas con verdades como disparos;verdades sin tapujos,lanzadas a la tinta sin otra apariencia que la de sus estructuras reales.

El resultado de su aprendizaje como escriba ha permitido que sus libros puedan ser leídos como un conjunto armonioso, único (como quería Walt Witman),donde no deslucen extremos dislocantes ni costuras evidentes,delatoras del artífice penoso; porque ese resultado de conjunto parte de una voluntad integradora de voces,de intensidades,de la sumatoria feliz de algo que no alcanzaría mejor definición en otro término que no fuera el de "estilo". Y el estilo,como es natural,está ligado obligatoriamente, en Lina de Feria,a un dominio envidiable de la mejor herramienta del escritor, el idioma, su lenguaje.

Ella ha sabido, y creo que no hay una intención deliberada en esto,vibrar con el temblor auténtico de la época que le ha tocado vivir, el temblor de cada día.Y digo que no hay una intención deliberada porque estoy casi convencido de que sus maniobras poéticas parten de algo mucho más profundo que el hecho simple de zambullirse en las corrientes atractivas de un momento; ella sabe que la posteridad no es el segundo,razón suficiente como para lograr, a fuerza de poemas, situarse con relieve en el día de hoy, asegurándose así un puesto indeclinable en el siempre lejano mañana.

Retomando el punto que hace un momento dejé atrás, digo ahora que, desde aquel iniciático verso,han tomado mi casa,hasta este otro,perteneciente a las jornadas del siglo XXI:efectivamente/ el absurdo es un aire de galerna buceando por entre los ramajes del cerebro,Lina de Feria parece que no ha hecho otra cosa que retomar las riendas de una conversación interrumpida por el colofón inoportuno de cualquier libro suyo anterior. Sí, su muy coloquial "efectivamente", no cumple aquí otra función que la de dar continuidad a su sabia relatoría de lo que ya ha visto su ojazo violeta desde mediados del pasado siglo hasta hoy, fecha en la que vive la vida tensa, y de la que ella la propia escritora sabe que forma parte cuando dice:entronizada estoy/ en esa equis matemática/ que no resuelve los problemas; si descendemos un poco más en la verticalidad del mismo poema nos encontramos con un remate angustioso: Carlos Enríquez/ sigue transparentando a las mulatas/ con el misterio de un safari/ y la violencia intrínseca de la existencia/ cajón de aire por donde respiramos/ mano abierta /que recoge/ mi sudor en la frente/ en los ojos/ en los labios resecos y consumidos.

Lina no se ausenta de su selva citadina para internarse en la sombra bonachona de nuestros bosques orientales (vivir a diario es un examen raro:/ ahora digo mi nombre/ y en el recinto suena una campana de aguas), sino que lidia con las acechanzas de su época,consciente de que no se diferencia del conjunto paisajístico que la contiene y disuelve para luego arrojarla a las calles: ¿qué tal Havana City? Dice.Y soy yo, ahora, quien dice "habana siti" como lo hubiera dicho la mismísima Celia Cruz o Julián del Casal en medio de estruendosas carcajadas;un "habana siti" en inglés muy español; un(a) "habana siti" donde es posible advertir molienda de cal en las paredes; una "habana siti" de cibernautas, metrobuses, grafitis, percings, amantes y tatuados; una "habana siti" de ceibas y framboyanes y aguacates (voy volando amarrada a una sábana de lino/ y casi paracaídas alcanzo la nubada agorera/ para depositarme/ entre el galán de noche y los rosales); una "habana siti" que la ve regresar a su casa de Línea, con "la cabecita baja" de Pilar/ conmovida y llameante.

Asoman en las páginas de este safari,como antes sucedió en otros libros suyos, la cabeza martiana.Y no la inmóvil estatuaria con lechadas de cal y pioneros muy serios, sino el hombre revitalizado que puede recibir el reproche amatorio de María Granados (atiéndeme José Martí/ para que evites de una vez ese poema/ que no soy el cadáver de hielo…) Es a su poeta-héroe al que ella, Lina de Feria, hace honores, y el citatorio discreto pasará casi inadvertido, al extremo de que la palabra del prócer quedará conforme al cuerpo del poema con resonancias novedosas y connotaciones tan genuinas que uno no puede menos que empezar a amar de nuevo al hombre del canario amarillo; en su "cubanía", es decir,desde la "cubanía" de Lina de Feria.

Cubanía, término que se arroja al caldero nacional con irresponsabilidad y desparpajo, pero que en la obra de nuestra poeta es savia capilar que sube apretada por el tallo de una nación.Han pasado más de cuarenta años y esta casa aún existe. Lina ha descendido con su ojo milenario a los estratos más insospechados de nuestra isla, a su núcleo incandescente,y lo ha hecho con serenidad admirable. Quizás su Brindis y nuestra "fiesta" de ignorancia sean breves, muy breves, después de advertirnos: he visto la botadura de algún barco / desde la tierra al mar / y es igual a esos actos del hombre / en los que coloca un nido caído / en el árbol de los presagios.

Qué podrá venir de manos de Lina de Feria, después de esta lectura de reconciliaciones; de este libro que se le escapa a uno de las horas como pez atrapado con los dedos. Quisiera demorar el último verso con tal de no quedarme con la boca ácida, cuando en el banquete silencioso ya se iluminan sorpresivamente los cubiertos.Y es que ha acontecido el instante del relámpago que me deja definitivamente sin apetito frente a cualquier otro libro; un mal presagio, quizás.Mañana, a lo mejor, sea el paso de la bestia apocalíptica.

LAS RATAS. SOMBRAS SUELE VESTIR

Modesto Milanés

José Bianco (1908-1986), uno de los escritores argentinos más importantes del siglo XX, debe gran parte de su fama literaria a dos admirables noveletas:Sombras suele vestir –publicada por primera vez en el No. 85 de 1941 de la revista Sur– y Las ratas, publicada por la Editorial Sur en 1943.La primera, que fue incluida por Borges en la memorable Antología de la literatura fantástica,es una historia inquietante y ambigua: cuenta la relación –hermosa, sórdida, quizá imposible– entre Bernardo Stocker (un acomodado corredor de bolsa) y Jacinta Vélez (una mujer prostituida, "de rasgos inocentes y finos,todavía joven,con ojos de un gris indeciso" y que dice de sí misma: "tengo ojos de muerta"). Una historia en la que al final nunca sabremos si esta Jacinta Vélez era un mero fantasma o la reencarnación de otra Jacinta Vélez que había en su familia ("la tía Jacinta", una mujer de "mala conducta" que murió en Europa). Tampoco sabremos con seguridad de quién se enamoró Bernardo Stocker, con quién conversó, con quién tuvo relaciones íntimas, pues salvo él, nadie más pudo ver a Jacinta Vélez en su compañía. Un extraño relato que es, sin embargo, por la magia de su construcción, no sólo verosímil sino además perfectamente inteligible.Una historia de fantasmas y presencias veladas,como en Otra vuelta de tuerca, de Henry James; El viajero sobre la tierra, de Julien Green, y La amortajada, de María Luisa Bombal. Una historia de dobles y de amor imposible, como La invención de Morel, de Adolfo Bioy Casares o Aura,de Carlos Fuentes –quien dejó dicho con admirables y precisas palabras: "En Sombras suele vestir, la ausencia es una realidad paralela, espectral y profundamente turbadora, porque carece de la finitud de la muerte. Bianco nos introduce magistralmente en una sospecha:la muerte no es el final de nada".

Las ratas, por su parte, cuenta la historia de un crimen donde lo terrible no es el hecho en sí mismo, sino la trama de motivos, suposiciones y sospechas que el narrador devela paso a paso, oblicuamente. En las primeras líneas de este relato nos enteramos de que Julio Heredia se ha suicidado; en la última página, Delfín Heredia nos descubre la monstruosa verdad: lo que todos aceptaron como un inexplicable suicidio no ha sido tal,sino un crimen:Delfín ha envenenado a su medio hermano. La historia –que es contada con un estilo frío y tranquilo– no ha sido pensada para obtener una sorpresa final;lo importante es la prehistoria del crimen, las graduales circunstancias que conducen a la muerte de Julio.Esas graduales circunstancias abarcan los celos (Delfín admira y envidia la suerte de Julio con las mujeres;en algún momento se deja traslucir que Julio ha sido amante de la madre de Delfín) y una creciente y desesperada necesidad de identificación, pues Delfín pasa largas horas dialogando con un retrato de su padre que, según el consenso de todos, es idéntico al rostro de Julio.Al final de este relato, que es un despiadado ejercicio de introspección, nos quedan, como en todas las historias de Bianco, muchas preguntas sin respuesta. Nos queda, como en tantas historias de dobles –William Wilson,El retrato de Dorian Grey,El socio–,la certeza inquietante de que la muerte de nuestras imágenes es también la muerte de nuestra persona. Pero quizás, y al final de todo, esta historia de muerte y simulación, de imágenes que se desdoblan, no sea más que un pretexto para indagar sobre la verdad y la mentira de nuestras creencias, sobre lo verosímil y lo falso de lo que percibimos: "Pero acaso nunca lleguemos a mentir" (se nos dice en un pasaje revelador)."Acaso la verdad sea tan rica, tan ambigua, y presida de tan lejos nuestras modestas indagaciones humanas, que todas las interpretaciones puedan canjearse y que, en honor a la verdad,lo mejor que podamos hacer es desistir del inocuo propósito de alcanzarla".

Unidas por el tópico del doble y la eficaz ambigüedad, elogiadas sin reserva desde su misma aparición, famosas por el logrado equilibrio entre la singularidad de sus tramas y el perfecto ajuste de su escritura, Las ratas y Sombras suele vestir constituyen –sin lugar a duda– dos clásicos del relato hispanoamericano.Su reciente publicación por la Editorial Gente Nueva coloca en nuestras librerías no sólo un título más que prestigia a ese catálogo, sino también un sobrio y hermoso volumen que será fuente de satisfacción para el cada vez más exigente lector cubano.