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II
Larisa y yo,y la casa,y Galia que está creciendo y
pronto pensará en la casa, medité, tirado hacia
atrás. Estábamos todos sobre un mismo tiempo.
Un tiempo controvertido, que corría como hacia
un despeñadero. Tres actitudes perfectamente
delineadas, diferenciables. Larisa, sacudida por los
sucesos destructivos de 1990 y su prolongación,
que alguna vez había tocado devota los altos
muros del Kremlin,solo los muros,sin interés alguno
por leer las placas con los datos de los héroes
sepultados, tratando de hacer con su fatalismo
femenino de la enfermedad de la casa un cataclismo.
Y la casa con sus múltiples heridas y achaques,
encorvándose. Y yo restándole importancia a
todos sus crecientes quejidos,sus dolores,aun esa
mañana de las gallinas heridas, desoyendo a mi
vecino,mirando alelado,hipnosis natural,la columna
de hormigas que subía por la pared,a unos centímetros
de mi cabeza, socavando todas
impunemente uno de los marcos de la puerta.
Como se trataba de una puerta interior, un lujo,
no le habíamos dado mucha importancia.
Cansado de ajustarle las bisagras,de hacerla encajar
en un molde que ya no era el suyo,la había desprendido
totalmente una tarde:"Así entra mejor el
aire desde el cuarto del fondo",aprobó Larisa.En el
lugar de la puerta Larisa había colocado entonces
una cortina, una sola pieza de tela muy gruesa e
incómoda,que a veces te envolvía como si hubieses
tratado de penetrar a escondidas en un circo,y
hacía reír a Galia.
Todo eso nos había estado sucediendo hasta
hoy, bastaba recordarlo. Pero, claro, nos era difícil
dar una fecha de comienzo."¿Cuándo y cómo descubrieron
que la casa se iba a morir?" Si el arquitecto
de la comunidad nos preguntaba algo así
–sospechan, preguntan suspicaces todo– no
podríamos responderle,a nadie podríamos satisfacerle
una duda como esa,establecer una fecha de
inicio de la convalecencia,porque una casa nunca
enferma de golpe, a menos, creo yo, que la sorprenda
un terremoto,un huracán,un suceso como
ese fantástico de los trenes que se salen de la vía.
El día de hoy valdría como fecha solo porque,
mientras pulsaba el timbre de la casa de Marcelino,
en lugar de no volverme,de disfrutar la armonía de
las campanadas (hay unos timbres así,con campanadas,
y también con fragmentos de Bethoveen,
para escoger),de oler el barniz de su puerta tallada,
de madera preciosa (recordé a los carpinteros
colocándola unas semanas atrás), había echado
esa mirada sobre ella, como si una única
mirada desde arriba, desde la casa de
Marcelino, hubiera podido hacer milagrosamente
el diagnóstico.
"He visto hoy que nuestra casa se va a morir".Era
lo único que había atinado a decirme, mientras
esperaba que alguien escuchara el timbre. Y, por
supuesto, había cerrado los ojos, asustado, impotente.
No esperé que Marcelino abriera,"y ese milagro,
estás perdido,hermano",me invitara a pasar,hiciera
lo de siempre en los últimos tiempos, alcanzarme
una cerveza, una Heineken, su preferida –una
Heineken es mejor que el Vodka, aunque este criterio
no lo comparte Larisa–, contarme de cuánto luchaba,de lo que hacía para prolongarle la vida a
la suya,una vida saludable por demás.
"Esta casa no puede tener quejas de mí", había
dicho Marcelino con verdadera arrogancia. Una
nueva persiana metálica, azulejos para la cocina,
cielo raso en el cuarto de Melisa. "No apartarla un
solo momento, ahí está el secreto. Luchar, hermano,
luchar, esa es la clave. Ella lo agradece. Nadie
mejor que tu casa lo hace".
Oyéndolo traté de pensar en otras casas bien distintas
a la nuestra,en espacios más jóvenes,confortables,
recién inaugurados. También en castillos y
monasterios,palacios de amplios salones con espejos,
en quintas con piscinas y cercas pintadas de rojo.
Abrí las puertas y entré a esos lugares rebosantes de
vida, mientras sostenía la Heineken y veía a
Marcelino gesticular como un mudo ante mí.
Me dije otras muchas más cosas aquella tarde,
escuchándolo. Que es parte de nuestro ego, de
nuestra vanidad, creer que morir es un verbo que
solo a nosotros nos pertenece en toda su macabra,
inconmensurable dimensión.Para evitarlo,para no
reconocer que también ellas,las casas,enferman y
mueren, hemos dado un rodeo, esquivos, inventando
palabras menos dolientes: demoler, desmantelar,
derrumbar, reconstruir."Ha llegado a un
estado que la hace casi inhabitable".Para los arquitectos
sería una propuesta de rutina."No se puede
hacer nada. No vale la pena invertir en ella. ¿Por
qué no han pensado en su demolición?"
Si alguien, cuando remataban sus portales y
pasillos, hubiera grabado la fecha, marcado su
nacimiento,como hacían algunos, nos habría sido
más fácil. Pero nadie lo había hecho con ella y
ahora sabíamos de su estado,pero su edad exacta
seguía siendo un misterio."Debe de ser de 1896 o
1902,unos cien años cuando menos".La edad era
algo decisivo en nuestras aspiraciones."Si se comprobara
que data de antes de 1902 la incorporarían
al Plan Central de Restauración Doméstica.Vino
ese plan solo para las casas centenarias,las nacidas
antes de 1902".Según Larisa,a pesar de esa reciente
circular de la Dirección de Vivienda, de mi consuelo,
aquella edad de nuestra casa era apenas una
débil esperanza.
Con esa inseguridad sobre su edad y su destino,
acabamos Larisa y yo hablando cada vez más a
menudo acerca de ella. A cualquier hora, en la
cama, sentados a la mesa. Se trataba de ese parte
penoso que los médicos evitan, no saben cómo
dar a los familiares con un mínimo de firmeza.Algo
que ocurre sin aparentes sobresaltos, mecánicamente,
tratándose de las casas. El arquitecto, estatal
o el amigo de un buen amigo, que la camina
toda, penetra en sus sitios más íntimos, golpea
aquí y allá, escarba, ausculta, medita, y nos lo dice
sin rodeos, sin simular que lo siente mucho, con
una frialdad que ningún galeno, ni el peor, asumiría
en un caso parecido.Una frialdad que,mirándolo
bien, no debieran merecer ellas, esas casas que
nos han acompañado en las buenas y en las malas,
a la sombra y el calor de las cuales hemos vivido,
como un útero de paredes y ventanas, y que de
repente,sin un grito,sin una lágrima,apenas con su
imagen cansada, nos comunican una tarde, aprovechando
que se les observa como si reposaran en
un lecho de convaleciente, que ha llegado el
momento y que se van a morir.
No, no lo merecían ellas.No debía importarnos
su origen y alcurnia: residencia con garaje,o techo
a dos aguas de guano volátil, paredes muy próximas,
de cartones acarreados desde los puertos.
Cualquiera de ellas, incluso una de esas sin personalidad
propia, prefabricada como le llaman hoy,
un tipo de clonación constructiva,de misericordia,
para asaltar y vencer las intemperies.
Tampoco las de emergencias matrimoniales,
divorcios,llegadas de nuevos hijos,o aquellas nacidas
con superior linaje, de un parto del dinero, la
arquitectura mejor de la época y el deseo de legar
a los descendientes, hijos, nietos y bisnietos, una
casa de la que puedan sentirse orgullosos, una
casa como obelisco para el apellido, una casa que
podrán recorrer saludando a sus fantasmas de dos
o tres generaciones,ordenando los minutos de su
historia:la cocina donde tuvo el infarto el bisabuelo,
el baño donde se cortó las venas la primogénita,
el cuarto grande donde concibieron al hijo que
llegaría a capitán, el cuarto pequeño donde temblaron
los herederos ante la voz de despedida del
padre autoritario y avaro.
–Los albañiles lo saben bien y se aprovechan.Ya
uno no tiene ni idea de lo que puede costar el
repello de una sola pared –dijo Marcelino y acarició
con la mano muy abierta, con cada dedo, esa
pared a su lado,de piel rosada,y puso la Heineken
vacía sobre la repisa de cristal, junto a las otras sin
abrir. Su cara salpicada de pecas, por una coincidencia
que yo acentué moviéndome hacia la
izquierda, quedaba en el centro, rodeada por la
aureola de un enorme reloj de bordes dorados,
sortija de la otra pared que la casa disfrutaba lucir.
Larisa volvió al atardecer y acomodó los papeles
sobre el escaparate,como para que me olvidara de
ellos.
–La madera que entró no es para reparaciones.
Esperan que llegue para el otro semestre.
Se estaba ocupando personalmente de ella.
–¿Y qué te dijeron de las losas?
–Las losas vinieron por el plan C67.
–¿Qué es el plan C67?
–Internacionalistas,colaboradores.Algo de eso.
En ese lugar donde Larisa había puesto los papeles
caía una gotera y en este país puede llover en
cualquier momento.Corrí los papeles hasta el otro
extremo del escaparate, y me fui a la cocina a pelar
unos mangos recogidos en el patio esa mañana.
Como ya no utilizábamos el fregadero (habría que
levantar el piso y cambiar todos los tubos de desagüe)
los había vaciado en él.A Larisa le encantaban,
y luego de cuatro horas en Vivienda los comería
más que con placer con auténtica furia.
Alcé la Heineken,bebí,entraba la luz por los ventanales
del castillo, no tenía razón Larisa, no siempre
una casa debe asociarse al dolor.Y volvieron los
gestos mudos de Marcelino,que se alternaban con
sonrisas, con movimientos hacia delante, intento
de convencerme,de tocarme las manos.
Pensé esa tarde,escuchando a Marcelino,que sí,
que si aceptábamos todos que las casas mueren,
tendríamos entonces que reconocer mucho más,
que ellas enferman, envejecen, sufren cotidianos
achaques, recaídas a nuestro lado, y eso nos hace
más responsables por su cuidado,por sus destinos.
"Vivimos cuatro.Tres y nuestra casa". Sería lo justo
declarar a los arquitectos.Cómo olvidarnos de ella.
Ahora solo Larisa, Galia, ella y yo. Cuatro, sí, antes
éramos cinco, pero mi madre había fallecido.Y si
lográbamos preparar el viaje,Galia tal vez se quedaría
allá, no volvería nunca de la fría Karelia,
encantada con sus abuelos que comían gachas y
bebían kvas.Entonces seríamos únicamente tres,y
eso la beneficiaría sobre todo a ella, se convertiría
en un miembro especial, un miembro respetable,
ocupando el lugar de los ancianos y los hijos que
ya se habían marchado.
Como si no bastara con tanta preocupación por
la familia viviente,esposa,padres,hijos.Como si no
fuera una responsabilidad tener a alguien más a
nuestro cuidado, alguien a quien también le duelen
los órganos, los huesos, con la diferencia
–mejor o peor,cómo saberlo– de que,eso sí,nos da
una lección de silencio,de humildad,envejeciendo
sin planes de marcharse a otro sitio, sin un solo
grito ni una queja,junto a nosotros,ofreciéndonos
el espacio y la cobija que le continuamos exigiendo
con la misma entereza de aquellos sus años de
juventud ya vencidos por la humedad, el roce de
nuestras manos,el calor.
Marcelino no estaba hoy.
No toqué más, me volví y bajé. Lo lamenté.Me
habría venido tan bien esa cerveza de siempre.
Para refrescar,poner mi cabeza en condiciones de
pensar.El calor es horrible,corroe.Las casas,aquí en
este país,envejecen también por el calor.Este calor
del trópico que recalienta las tejas, las paredes, los
cines, y año tras año acorta la vida de las casas,
empujándolas por una pendiente irreversible.
Así envejecían, padecían ellas. Era muy duro
aceptarlo.Y si se trataba de una casa ordinaria,una
de esas que no pasa de los cien años,que no albergó
jamás cunas, lechos, mesas de trabajo, habitaciones
donde nacieron, vivieron, murieron,
escribieron seres ilustres –era precisamente nuestro
caso,por lo menos es lo que sabemos Larisa y
yo, lo que habíamos podido demostrar,porque el
abuelo Crecencio Gamboa abandonó la guerra en
el mismo 1931– nadie movería un dedo para contribuir
a su salvación.
El aviso radial nos puso a todos en alerta.Desde
temprano empezó a oírse el clavetear. Esta vez el
país tenía reservas,y contaríamos con madera para
los tranques, con clavos para las ventanas y alambre
para fijar los techos. Pasaron chequeando los
de la Defensa Civil y Larisa entreabrió la puerta de
la sala y les dijo que trabajábamos incansablemente,
que nos faltaba poco. Mientras Larisa daba
nuestros nombres,les decía que ya habíamos protegido
los equipos y los muebles,y nos refugiaríamos
como precaución en casa de Marcelino,
martillé con más fuerza,apoyando sus palabras.
–Si lo necesita puedo cederle un poco de alambre.
Para su casa nunca estaría de más –me gritó por
sobre la cerca mi vecino de las gallinas. No pude
apreciar el tono que había rodeado sus palabras.
A las cuatro complacimos a Galia enviándola a
casa de Idalmis, su amiga de la escuela, en quien
había hallado esa hermana que no tenía. Larisa
preparó su mochila esmeradamente, como para
una larga excursión de pioneros exploradores. La
casa de Idalmis, una casa maciza, de placa,uno de
esos chalets expropiados en los sesenta,quedaba
al final de nuestra misma cuadra.
Volvimos a nuestra tarea.A las seis ya no quedaba
nada sólido de ella.Todos los puntales que a lo
largo de los tres últimos años habían contenido su
caída estaban en el piso. Las hormigas, agoreras,
abandonaban sus refugios. Golpeé hacia arriba
con uno de los puntales y el boquete en el techo
quedó listo.Tomé una de las maletas y salí bajo la
llovizna que empezaba a arreciar.Detrás me siguió
Larisa conteniendo las lágrimas. "Pobrecita", dijo
Larisa al quitar sus pies del portal,como quien interrumpe
un largo abrazo.
"¿Una Heineken?", preguntó Marcelino, una vez
nos habíamos sacado las capas, estábamos acomodados
en la sala, secos.Podía desde mi ángulo
ver las paredes recién pintadas de la cocina, con
sus chillones adornos frutales,el ancho pasillo que
comunicaba con los cuartos. "Esa casa es fuerte,
ustedes verán que resiste", dijo la mujer de
Marcelino, sonriendo mentirosa, el ventilador de
techo batiendo su pelo de bruja. "Es una casa de
antes,de cuando se construía bien",dijo Marcelino.
"Sí,es muy fuerte,vieja pero fuerte",añadí con frialdad
y alcé la botella.
La lluvia golpeaba ya las persianas metálicas y
murmuraba su uuuhhh fantasmal.Marcelino me
pasó la segunda botella. Era mejor estar así, con
unos tragos de cerveza en el cuerpo,para cuando
llegaran las ráfagas más fuertes de viento y encontraran
el boquete, para cuando ante el bamboleo
de las gruesas ramas de la mata de mango sembrada
por el abuelo Crecencio, la único testigo, se
consumara nuestro piadoso crimen.

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