LOS CONFINES DE LA MUERTE
(Premio Iberoamericano de cuento Julio Cortázar 2010)
Félix Sánchez
El Premio Iberoamericano de Cuento Julio Cortázar,en
su novena edición,del año 2010,ha sido otorgado al
escritor cubano Félix Sánchez por su relato "Los
confines de la muerte",sobre el cual el Acta del Jurado
destaca que "le fue conferido,por unanimidad,tanto
por la riqueza idiomática como por la excelente
estructura de su anécdota".
El Premio fue creado en homenaje al gran escritor
argentino por iniciativa de quien fuera su
compañera, la prestigiosa intelectual lituana Ugnès
Karvelis. Lo coauspician el Instituto Cubano del
Libro, la Casa de las Américas y la fundación ALIA.
Su presidente de Honor es el escritor Miguel
Barnet. En esta oportunidad se presentaron al
concurso más de cuatrocientos cuentos,enviados
desde diferentes países de América, Europa y Asia,
lo que confirma el prestigio que ha alcanzado este
galardón.
Además del cuento premiado, el jurado,
compuesto por los valiosos intelectuales María
Elena Llana, Daniel Chavarría y Eduardo Heras
León, quiso reconocer la calidad tanto literaria
como conceptual de la gran mayoría de estos
trabajos, por lo cual ha recomendado la
publicación de un amplio número de ellos:
"Tragar una montaña" de Federico Novak
(Argentina), "Simbiosis" de Camila Peñalver
(Cuba), "La furia de los leones" de Lioman Lima
(Cuba), "El río malo, el río bueno", Carla Prauisani
(Costa Rica),"Una reina de mala calidad" de René
Vázquez Díaz (Cuba), "Cómo hacen el amor los
osos" de Rafael de Aguila (Cuba), "Los juegos" de
Jesús Cano (España), "La esposa del minero" de
Yurisel Tamayo (Cuba) y "Deja tu cuerpo aquí" de
Anisley Negrín (Cuba); otorgó además las
Menciones, "Mañana nunca hablamos" de
Eduardo Halfón (Guatemala), "Metales furiosos"
de Pedro Vargas Hernández (Colombia) y "La
culpa la tiene Menard" de Gabriel Gil Pérez
(Cuba), y una Primera Mención a "Thálassa" de
Marina Porcelli (Argentina).
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Te empuja a los confines de la muerte
o a los desastres de tu propia casa.
RAÚL LUIS
Hacía más de una semana que no subía al apartamento
de Marcelino,en el edificio de los trabajadores
del SINCRET, al otro lado de la calle.Pero esa
tarde,no recuerdo por qué motivo –ahora no tiene
ninguna importancia–,llegué hasta su balcón en el
último piso, metí un brazo por la reja pintada de
blanco y oprimí dos veces el timbre.
Mientras esperaba que respondieran,Marcelino
o su mujer –a veces están en el fondo,en la terraza
que da a la calle G y no escuchan las campanadas–,
sentí deseos de volverme, un brusco deseo. Y al
hacerlo, al girar, sujeto a la baranda del balcón de
Marcelino, como atenazado por el vértigo, sentí el
golpe demoledor de aquella idea terrible,la de que
la casa,nuestra vieja casa,se nos iba a morir.
Fue una reacción instintiva,esa que nos provoca
siempre la palabra morir. Pero respiré con fuerza,
cerré los ojos, rechazando el hecho, y lo único de
ella, de nuestra casa, que me quedó fijo entonces
en las pupilas, gracias a la desventaja de la altura,
fue su cubierta de tejas criollas salpicadas de moho
y una canal estropeada, inservible, que como un
apéndice del que no depende nunca la salud de
una casa, habíamos dejado así, sin un mínimo
intento de recuperación jamás, ni siquiera en
aquellos otros años, mucho más prósperos, cuando
nuestra situación, tanto la de Larisa (hija del
coronel retirado V. Sheremenko) como la mía, fue
entonces mucho mejor y hasta pudimos darnos el
lujo de algunos gastos, pequeñas y puntuales
reparaciones, ciertos cambios en sus vestiduras y
en sus colores,para sentirnos felices en ella –nuestro
nido de amor,como se dice todavía en algunas
telenovelas–,Larisa y yo.
La frondosa mata de mango del patio era también
un poco culpable. Se lo había oído decir
muchas veces a mi madre, con una bondadosa
resignación porque ese árbol lo había sembrado
personalmente su padre, mi abuelo Crecencio
Gamboa,a los veintidós años, antes de marcharse
a la guerra –una extraña guerra, en 1931–, y era
cuanto nos quedaba de él. Calculó lo mejor posible,
plantarlo lejos de la casa para que no la dañaran
las raíces al crecer,pero tal vez no había previsto
las dimensiones que alcanzarían sus ramas.
Debido a ese mal cálculo familiar, en un ángulo al
fondo, correspondiente al techo de la cocina, se
apiñaban durante años hojas,gajos secos,mangos
podridos, y por ahí mismo había comenzado la
epidemia,el destrozo recurrente de la balaustrada.
Los pedazos de balaustrada, desprendidos, jirones
muertos, los habíamos encontrado algunas
mañanas en el patio y el jardín.Caían diariamente,
como una flagelación,como una lluvia autodemoledora.
Alguien había tocado a mi ventana una
mañana para quejarse, y gritado que esos desprendimientos,
esos descosidos de la casa que
caían como lanzados desde el infierno, podían
matarle sus gallinas. La primera vez que ocurrió
–dos esbeltas gallinas de carne, un cruce de hembras
plymouth rock y machos cornish blancos,
maceradas por los barrotes–, mientras mi vecino
continuaba sus protestas sin valor jurídico –mi
patio era mi patio y sus gallinas unas intrusas que
se aprovechaban de un generoso espacio ajeno–
nos habíamos asustado, creyendo en la presencia
de los ladrones, pero luego nos sucedió lo peor
que podía ocurrir, nos acostumbramos poco a
poco Larisa y yo a esos molestos ruidos, y hasta
empezamos a ser insensibles a ellos.
Ella más,por una sencilla razón, porque cuando
nos conocimos ya la casa tenía sus muchísimos
años,no sé cuantos,y no se debía sentir atada igual
a la casa, al menos no tanto como a la verdaderamente
suya,un apartamento de tres habitaciones
allá en el Moscú viejo, en un callejón a doscientos
metros de la plaza Tagánskaya."Preferiría que acabara
todo de un golpe, sí, que se cayera de una
vez".
Una expresión irresponsable, impensada aquella
de Larisa, y desesperada también. Una justificación
suya para los turnos de los lunes con la
siquiatra (algo ocurrente,buena estaba la siquiatra
para dar consejos si llevaba once años construyendo
su casa),como si pudiésemos volver a los montes
o a las cavernas,o la Dirección Municipal de la
Vivienda, confundiendo mis irrelevantes datos
personales (lo mejor: mi condición de yerno del
coronel retirado V. Sheremenko) con el de algún
trabajador vanguardia,nos tuviese lista la solución.
"Aquí tiene las llaves de su casa nueva.Muchos no
lo entienden,pero el mérito es el mérito,y en nuestra
sociedad el mérito es lo decisivo, compañero".
Mérito de ciudadano ejemplar, sudante, homo
laborantis. Una maravilla de caverna, un apartamento
nuevo para Larisa y para mí, estrecho,pero
nuevo, con tupiciones precoces, pero nuevo, y a
nuestro nombre. Para mí por vanguardia, a Larisa
por el cierto abolengo de su apellido ruso de Larisa
auténtica,con cosacos y bolcheviques en las ramas
de su árbol genealógico, y un coronel instructor,
Vladimir Sheremenko, padre severísimo gracias a
cuyos cursos y desvelos habían volado los migs en
el cielo amenazado de la isla.
"Si seguimos así, si no hacemos nada se nos irá
transformando en una pila de escombros. ¿Lo
aceptaremos cruzados de brazos?" Yo la había oído
claramente, su voz nerviosa salió del cuarto y se
entretuvo, como una nube, sobre el pasillo semihundido.
"Las casas son como nosotros, tienen su
propio destino y su muerte", añadió Larisa serenamente,
eslavamente,seguro deprimida y recordando
algún verso de sus muchos poetas, alguna isba
cálida de su infancia, entre los brazos de su madre,
mirando los leños arder al fuego de la estufa.
Prometía ser aquel un domingo apacible. Sin
planes,sin reloj despertador,dejando a la luz del sol
la tarea de sacarnos de la cama.Larisa,acurrucada,
todavía bajo el efecto de las tantas pastillas que
tomaba al acostarse, se había tapado los oídos
para no oír a nuestro vecino de la derecha.Me despertó
su odio de granjero urbano.Lo escuché reanimando
a sus gallinas heridas en los intervalos de
aquellas palabras contra la casa, una casa que
según él,para colmo esa desfachatez,se desmoronaba
negligentemente, criminalmente sobre la
naturaleza, representada por sus inofensivas aves
de corral."No llores, no se morirá por eso",calmé a
Larisa pasándole además una mano por el pelo.Mi
mano cayó sobre su cuello delgado, continuó
cuerpo abajo por su propio peso y se detuvo sobre
una de sus tetas. "La cornisa no es algo vital. Es
como temer que alguien vaya a morir por la caída
de las uñas o del pelo,o porque pierda un brazo en
algún accidente".
"Nuestra casa se va a morir. La caída de la
balaustrada y la cornisa es solo el comienzo", había considerado yo realmente, compartiendo
en secreto el sentimiento de Larisa, parado esa
tarde ante el apartamento de Marcelino.Y Larisa,
hoy lo creo, había empezado también a adivinar
mi premonición.
No siempre fue así,como ahora,la relación nuestra,
de Larisa y mía,con la casa.Antes de los noventa
nuestra conducta había sido diferente, nos
gustaba mucho,y creo que a la casa también,que
le coloreásemos su fachada para la navidad, reaviváramos
el barniz de sus puertas, de la persiana
única, pequeña, frontal, que años después sería
como un ojo cerrado. Su único ojo y cerrado, al
menos no había mirado y sentido envidia por
aquel apartamento en alto, al otro lado de la calle,
que había contado con mejores atenciones y hoy
–también había reparado yo en eso esta tarde, al
subir– lucía picaporte dorado, rejas pintadas de
blanco,timbre que llamaba a los inquilinos con las
suaves notas de un vals.
Bastaba, en aquellos años felices, mientras no
adoptamos esa táctica de sobrevivencia extrema,
que Larisa lo insinuara.Una señal suya y ya estábamos
los dos entusiasmados, haciendo gestiones,
legales y con trabajadores de la construcción,para
unos galones de vinil azul celeste o verde claro,
algún color oscuro para las puertas y ventanas.Era
una práctica saludable que no solo acometíamos
Larisa y yo, se llevaba a cabo en las demás casas
vecinas, un tipo de ritual como si todas ellas cumplieran
años en ese diciembre (tal vez sin darnos
cuenta tomábamos todos ese mes como el del
nacimiento remediando así el olvido en los documentos
de la fecha exacta en que las casas habían
empezado a existir).
Lo que ocurrió después,a fines de aquel 1990,no
fue una absoluta sorpresa, nos manteníamos al
tanto de todo por las cartas que Larisa aún recibía
de su padre. A lo largo de 1993 (no celebramos el
cumpleaños de mamá, tampoco los de Larisa y
Galia) invertimos las energías preparando un corral
bajo la mata de mango,para empezar con la cría de
cerdos (uno para iniciar, si lográbamos cinco o seis
podríamos venderlos), y por supuesto, no le pudimos
brindar a la casa la atención que merecía.Unas
tablillas de la persiana del cuarto de Galia se desprendieron,
y no les concedí mucha importancia,es
decir una importancia sensible,de respeto a la integridad
y la salud de la casa."Un carpintero te cobra
hoy veinte o treinta pesos por una tablilla de esas".
Con frases como aquella solo nos escudábamos,
justificábamos la inacción. Tal vez ya nos parecía
vieja y condenada: "No es una persiana, las otras
están también podridas".Ese "están",cuando lo dije
a Larisa, me hizo pensar en la magnitud de aquel
padecimiento fulminante que se había instalado
en ella, porque veinte años (las persianas tenían
apenas veinte años) no era edad para tales tipos de
achaques, no lo explicaba ni que fueran esas las
persianas del cuarto de Galia, unas de las que más
recibían año tras año los embates de la lluvia.
Larisa no me dijo nada más esa mañana en que
una de mis manos se detuvo sobre alguna de sus
tetas y no progresó un dedo más. Se levantó y
puso a hacer malhumorada el café. Es que no le
interesaban la arquitectura ni las metáforas sobre
la muerte, solo la casa.Volvió.Se volteó en la cama
y sacó hacia fuera la cabeza para mirar otra vez el
piso. A los pies de Larisa, cuando se sentaba para
ponerse las chancletas,quedaban cuatro mosaicos
semihundidos,y por ahí parecía respirar el piso en
los días de calor.
Continua...
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