LA EXTRANJJERA
Marcial Gala
La editorial Letras Cubanas prepara la publicación de Es muy temprano, libro de cuentos de
Marcial Gala, de los que se señala que sus personajes obedecen a una fatalidad que los
vuelve empecinados y verosímiles, y nos conducen a dialogar con un mundo en el que tal
vez moramos todos sin apenas notarlo.También confirman la preferencia del autor por
reflejar el lado marginal de la sociedad.De este volumen les adelantamos el relato "La
extranjera".
MARCIAL GALA nació en la Ciudad de La Habana en 1963. Ha publicado los libros de cuento Enemigo de los ángeles (1991), El juego que no cesa (1993) y Dios y los locos (1995).
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Los cabellos eran rojos y la cara larga. Decía cosas
extrañas, extendiendo sus dedos finos, como si
desease palparnos. La voz también era rara, cargada
de ecos. Nunca supimos si se llamaba Carla,
Ingrid o algún otro nombre europeo.Nos bastaba
conocer que estaba allí, con aquellas maneras tan
corteses que parecían ridículas. Aún me acuerdo
del vestido amarillo, de las sandalias y de la sonrisa.
La sonrisa era algo secreto, algo para nosotros,
sus niños, así nos decía y nos invitaba a una partida
de ajedrez, todos contra ella en la sala de la casa
que le alquilaba Olga. Luego nos ponía música,
siempre la misma, Pink Floyd, y nos leía poesía en
su idioma, mezcla de inglés con alemán. Nos gustaba
oírla, aunque no entendíamos nada, nos gustaba
que nos mirase a los ojos y nos echara el
aliento al rostro y que nos siguiera diciendo niños
aunque el menor de nosotros tuviera quince años.
Sabíamos que si lo deseábamos podíamos verla
desnuda, que bastaría con pedírselo y que los
senos serían del mismo color bronceado oscuro
de las manos. De sus manos, con las que a veces
soñaba yo y en el sueño eran duras, elásticas y con
uñas afiladas como bisturís. Mis padres nunca la
conocieron, para ellos siempre fue la yuma rara.
Nunca supieron cuánto me dañaba oírles decir
que las axilas le hedían como si hubiese acabado
una pelea de boxeo. Nunca lo supieron y mentían,
el olor de sus axilas era el perfume de la tierra fresca,
de ese olor me acuerdo cuando llueve y estoy
solo, entonces una extensa nostalgia me va
ganando.
En fin, la amaba, por eso cuando me dijeron que
por robarle el reproductor de DVD ella no era más
que un residuo esperando el turno en la sala forense,
no quise creerlo y cuando me dijeron que al día
siguiente sería el entierro,tampoco quise creerlo.Los
otros vinieron a verme y a decirme que la vida continúa.
Se sentaron conmigo en el balcón de la casa y
Milagros me rogó que la olvidara,que,si deseaba,nos
íbamos y nos metíamos a hippies y que a los treinta
años haríamos un testamento muy sonado para después
pegarnos candela, juntos y agarrados de las
manos. Yo no pude contenerme y le grité que se
dejase de comer mierda, que si la extranjera había
muerto,ahora no éramos más que los sobrevivientes
de una cohorte de ángeles.No somos más que pájaros
desplumados, dije, y me levanté y salí a la calle,
segundos antes de que empezara a caer un aguacero
como nunca.La Tormenta del Siglo la llamaron los
viejos y se volvían locos mirando al cielo que cada
vez traía más agua. No dejará de llover, pensaba yo,
encerrado en el cuarto acometiendo el
imposible de tratar de entender aquel
maldito idioma en que estaban hechos los
poemas de Laura. Laura, así la llamaba
ahora en mis recuerdos e iba a buscarla al
cementerio y me sentaba ante la tumba
que no parecía de un ser real.Su tumba era
una cueva de ángeles, decidimos juntos
de nuevo. Entonces íbamos a fumar marihuana,
tomar parkisonil o lo que consiguiéramos.
Ya quedábamos solamente
cuatro. Lo cierto es que un día Rosa nos
dijo que fuéramos al hospital, que John
deseaba decirnos algo importante,y aquel
algo importante era muy sencillo. Yo sé
quién mató a la extranjera, pero el miedo
sabe a cristal molido,susurró con un ángel
posado en el pecho.Ángel que con las alas
abiertas también nos miraba como si estuviese
perdonándonos de antemano.Yo sé quién fue,
repitió John, pero si desean no se los digo y así
podrán seguir gozando de vuestra primaveral inocencia.
Afuera caía una de esas ingratas tardes tropicales
de un calor de horno panadero.La enfermera se
acercó para decirnos que lo sentía mucho,pero que
John estaba muy mal.
¿Quién fue?, inquirí.
Don Giovanni, dijo John y al otro día cuando volvimos
al hospital, la misma enfermera nos preguntó
si éramos familiares.
No, dijo Rosa.
Entonces lo siento, pero no pueden entrar, el
paciente acaba de morir.
Don Giovanni era un mulato alto y cada vez más
gordo que usaba uno de esos sombreros de película
de mafiosos, manejaba un Chevrolet del 59
que pertenecía a Urrutia, uno de los macetas más
importantes de Cienfuegos,y se pasaba el día alardeando
en la casa de Telma, donde venden bistec
y cerveza. Luego salía borracho y al vernos pasar
gritaba: Ahí van las niñas.
Nosotros lo tirábamos a broma y cuando John
nos dijo eso,los demás dijeron que era mejor dejar
el asunto así. El que la hace la paga y quiénes
somos nosotros, unos infelices, si vamos a la policía
en vez de creernos empezarán a preguntar si
estamos integrados a la defensa y el trabajo, y a lo
peor nos echan cinco años por peligrosidad,opinó
Gustavo. Los demás asintieron.
Estábamos sentados junto a la tumba de Laura y
hacía un día caluroso, lleno de guasazas y extrañas
moscas grises. Teníamos hambre y no había dinero
para nada, ni para comprarse una infusión de
naranja. Yo empuñé la armónica mientras los
demás me miraban, toqué tres notas que hubiese
deseado azules,
tres notas por
Laura.
Yo sí voy a hacer algo y me
importa un carajo lo que me pase,
para mí Don Giovanni está muerto. Los demás
movieron la cabeza con tristeza y me supe solo y
no por un tiempo breve. Solo para siempre, pensé
mientras los demás se iban escurriendo y allí estábamos
Laura y yo. Ella con tres metros de tierra
encima y una lápida en la que habíamos pintado
signos de heavy metal, y yo con una misión que
cumplir, sabiendo que no me alcanzarían las fuerzas
y que el mundo era un asunto arduo y jodido.
Aquella misma noche, cuando pude escapar de
los gritos de mi madre preguntándome: ¿Cuándo
empiezas a trabajar, puñetero?, me encerré en el
cuarto y afilé una cuchara, hasta dejarla parecida a
un estilete. Aún la tengo conmigo.
Todas las tardes veo a don Giovanni y todas las
tardes me juro que esa va a ser la última, pero no
me decido. Solo una vez me le acerqué y le dije:
Usted y yo tenemos algo que hablar. Él me miró
con unos ojos donde nadaba un líquido peligroso,
se rascó una oreja y arrastrando mucho las palabras
me preguntó si deseaba venderle a mi hermana
y rompió a reír.Yo no era nadie y los dos lo
sabíamos.No había nada que hacerle, nunca sería
capaz de matar a un hombre y menos a ese que
me conoce, que sabe que con esas manos cargadas
de anillos podría partirme en dos. Con esas
manos mató a Laura, pensé.
¿Qué?
Me gustaría trabajar para ustedes.
¿Tú qué sabes hacer, tocar la armónica?
Y yo cumplía dieciséis años y hacía poco había
conocido a una muchacha alta que no sé por qué
me recordaba a Laura,y nos sentábamos juntos en
la biblioteca provincial y pedíamos libros de poetas
raros, libros de suicidas.