ELOGIO DE ALFONSO REYES
Modesto Milanés
Cuentan del autor de Niebla que estando en el barco que
lo llevaba de Fuerteventura a París se encontró con cierta
señora que de tiempo en tiempo le preguntaba –en mal
español– si él era "Unamuno, el poeta".Don Miguel,que
había respondido con claridad y prontitud,se impacientaba
porque no podía entender las razones de aquella insistencia.Al
cabo de la tercera o cuarta vez,Unamuno –que escapaba del dolor de
un destierro al dolor de otro– ya no pudo más y respondió,con triste
reconvención: "Señora, también soy lo demás". La anécdota viene al
caso,porque la vida de Alfonso Reyes –tan unida por lazos de afecto
y amistad a la del ilustre español– sería en cierto modo un viaje constante.
Una vida que,además,siempre tuvo que "rendir cuentas" y dar,
más o menos,la misma respuesta:"También soy lo demás".
Nacido en Monterrey,Nuevo León,el 17 de mayo de 1889, Alfonso
Reyes estudió en la Escuela Nacional Preparatoria y en la Facultad de
Derecho de México,donde se graduó en 1913.Antes de ese año fatídico
–que significó la trágica muerte de su padre, el general Bernardo
Reyes,y el autoexilio que lo llevaría en funciones diplomáticas durante
más de veinte años por tierras de Europa y América–,Reyes dio muestra
de su extraordinaria precocidad intelectual con la publicación, en
1911, de Cuestiones de estética, libro de ensayos que anuncia toda su
obra futura como escritor y estilista.Esa obra,cuyas marcas más notables
son la amplitud de intereses y la variedad de los tratamientos, lo
definió,desde el mismo principio,como un completo humanista:condición
que subraya José Alvarado con precisión y agudeza:
Si [Reyes] sólo hubiera escrito sus ensayos de imaginación,sería un
prosista sutil de carne y hueso; si nada más los poemas, un poeta
singular;si los estudios helénicos,un sabio grato;si las investigaciones
literarias,un erudito luminoso;si las exposiciones históricas,un
profesor;si las travesuras,un frívolo;si las páginas sobre América,un
americanista;si las Memorias de cocina y bodega,un cronista sensual;
si sobre México,un nacionalista.Pero él tuvo la culpa.Escribió
toda su vida,sobre todo lo que puede amar y entender un hombre.
Fue un humanista,es decir,un fantasma.(1)
Ese humanismo, ese carácter cosmopolita de su obra, más el
hecho de sus largos años en España,Francia,Brasil y Argentina,trajeron
a la vida de Alfonso Reyes algunas consecuencias de diversa
índole.La más señalada:los reproches velados –y finalmente las acusaciones
explícitas– de ser "extranjerizante" y no interesarse por los
problemas de su país.Este clima tuvo su culminación
en un artículo publicado en El Nacional de México el
26 de junio de 1932 y que dio a Reyes la ocasión para
una réplica excelente ("A vuelta de correo"),en la que
plantea con claridad meridiana sus puntos de vista:
su comprensión de lo mexicano lejos de una visión
folclórica, y el derecho de lo mexicano a su cuota de
universalidad:
Creer que sólo es mexicano lo que expresa y sistemáticamente
acentúa su aspecto exterior de
mexicanismo es una verdadera puerilidad […].
Porque tampoco hay que figurarse que sólo es
mexicano lo folclórico,lo costumbrista o lo pintoresco.
Todo esto es muy agradable y tiene derecho
a vivir, pero ni es todo lo mexicano, ni es
siquiera lo esencialmente mexicano. La realidad
de lo nacional reside en una intimidad psicológica,
involuntaria e indefinible.
La respuesta de Reyes, siempre brillante en su
argumentación, pasa con ligereza y facilidad del
registro más grave a lo burlesco y humorístico:
Así, pues, en México no podríamos trabar conocimiento con las
matemáticas,porque no hay una manera mexicana de multiplicar
el dos por dos,ni puede sacarse otro producto que el universal
número cuatro. No podríamos escribir novelas, porque la
novela es una importación tan extranjera como lo fue el verso
endecasílabo en la España de Garcilaso.¿Qué más?
Y aquí debemos señalar,como al paso,que esta réplica de Alfonso
Reyes alimentó,sin duda,a otra más famosa,escrita veinte años después.
Hablamos de "El escritor argentino y la tradición", conferencia
en la que Borges trata los mismos problemas y casi con los mismos
argumentos que su maestro mexicano. Pero volvamos al texto de
Reyes,en el que nos deja,casi al final,como un resumen luminoso de
su pensamiento:
¿Qué tendremos los mexicanos que no podamos ir adonde
todos los pueblos van? ¿Quién nos impide hurgar en el común
patrimonio del espíritu con el mismo señorío que los demás?
¿Quién, en Cuba, en el Brasil, en la Argentina, echa en cara a sus
escritores el tener autoridad, digamos, sobre el tema de
Maquiavelo, la antigua Grecia, las monedas romanas o el culto
errabundo de Astarté durante el pasado siglo? No y mil veces no:
nada puede sernos ajeno sino lo que ignoramos.La única manera
de ser provechosamente nacional consiste en ser generosamente
universal,pues nunca la parte se entendió sin el todo.
Sin embargo, a pesar del brío con que Reyes desarrolla sus
argumentos y defiende su punto de vista, no existe en su réplica
el riesgo de irse al otro extremo:el de la defensa a ultranza de lo
nacional.Percibimos, en cambio, una cualidad consustancial a la
vida y obra del gran escritor mexicano: la del equilibrio. Pues si
otros renombrados intelectuales de ese tiempo convulso –y
aquí es inevitable pensar en José Vasconcelos- representaron lo
"irreductible del ser nacional, su oscura y violenta originalidad",
la obra y personalidad de Alfonso Reyes tuvieron la virtud de
ubicar lo mexicano en unas coordenadas que lo hicieran inteligible
para el resto del mundo.
Esa misma visión equilibrada que libró a Reyes de supersticiones
nacionalistas le permitió,además, ubicar la posición de América en el
comercio y la historia de la cultura,valorando con total justicia la importancia
de "lo americano" desde todas las perspectivas,pero sin dejar de
señalar,al mismo tiempo,aquellas cuestiones que no correspondían a
un estado real de nuestras conquistas sino sólo al de nuestras previsiones
y esperanzas.De todo ello dejó su claro testimonio en textos que
valdría la pena repasar de vez en cuando,para que no olvidáramos ni
lo uno ni lo otro:"El sentido de América" y "Notas sobre la inteligencia
americana",ambos de 1936;"Valor de la literatura hispanoamericana",
de 1941,y,sobre todo,"Posición de América",de 1942.
Pero si la formación y el espíritu auténticamente humanistas de
Reyes lo situaron en una posición privilegiada a la hora de evaluar
todo lo humano y lo divino, tanto de nuestras tierras como de otras
latitudes, ello también ha tenido un saldo menos feliz en el conocimiento
real de su obra.Porque la vastedad de esa obra, la amplitud
de sus intereses,han conspirado de cierta manera contra su lectura,
pues resulta una tarea titánica y seguramente ingrata para el lector
no especializado –para el lector común,sea esto lo que fuere– tener
que arreglarse con unas Obras completas que ya rebasan los veintiséis
volúmenes y en las que aún quedan materiales por recoger.
De ahí que debamos confesar,sin merma alguna de nuestra admiración,
una verdad de rango común para autores de obra generosa:
que Reyes gana mucho al ser antologado. Pero si en el caso de
Alfonso Reyes una buena antología puede conjurar los peligros que
representan el cansancio y el esfuerzo baldío de las Obras completas,
la verdad es que a Reyes se le antologa muchas veces en función de
intereses que,aun sin ser ajenos a su obra,ofrecen una imagen muy
parcial de ella y dejan frecuentemente a la sombra aquellas virtudes
que mejor la definen:la variedad,el encanto,la curiosidad permanente,
el afán amistoso.Así,probables antologías como:"Reyes,la política
y el pueblo","Reyes y la utopía de América","Reyes y el pensamiento
pedagógico", y otras de títulos menos representativos pero con
idéntica intención, nos llevan a la paradoja de tener que defender a
Reyes de sus compiladores. (En una de esas antologías, leída hace
unos años, traté de descubrir –con tenacidad y buena fe dignas de
mejor empresa– al Reyes tantas veces elogiado por otros escritores
de primer orden, y no lo conseguí.Todavía conservo aquel libro de
lectura ingrata y lo muestro a los amigos como un perfecto ejemplo
de lo que nunca debe hacerse en una antología:traicionar el espíritu
de su autor.) Otro punto de no menos importancia es que las antologías
temáticas y las que se realizan para estudiantes universitarios
presuponen, de alguna manera, a un lector que ya conoce de
Alfonso Reyes. ¿Qué hacer entonces por el lector que nada conoce
de Reyes y va a su encuentro por primera vez? Recomendaríamos a
ese hipotético lector virgen que huyera de los títulos orientados a
una zona específica y que optara por otros más genéricos: algo así
como "Las mejores páginas de Alfonso Reyes" o "Páginas escogidas"
(aunque debe saber ese indefenso y confiado lector que los títulos
más "genéricos" pueden ser algunas veces un sutil y refinado engaño).
En América Latina (particularmente en México) y España existen
numerosas antologías de Alfonso Reyes.De entre aquellas que conocemos,
nos arriesgamos a recomendar estas que siguen:Antología de
Alfonso Reyes, con selección y prólogo de Ernesto Mejía Sánchez y
publicada por Promexa Editores en 1979; Textos.Alfonso Reyes, con
selección y prólogo de José Luis Martínez,México,SEP/UNAM,1981,
y, de manera especial, la realizada por Emmanuel Carballo para la
UNAM en el año 2002.Se titula simplemente:Algunos ensayos.
En torno a la obra de Alfonso Reyes,su difusión y conocimiento,hay
supuestos problemas que –a fuerza de repetidos– son ya lugares
comunes.Uno de ellos es la imagen difuminada del autor mexicano,el
bajo nivel de identidad entre esa imagen y su obra,el hecho de que no
podamos encontrar un Alfonso Reyes de cuerpo entero en ninguno
de sus libros; dificultad ilusoria o inexistente, ya que si la textura y la
naturaleza más auténtica de esa obra responden a su carácter disperso,fragmentario,de pequeño formato,¿a qué buscar entonces una definición,
una "cifra total" de su autor en tal o más cual libro? Quien redacta
estas líneas se permite disentir de esa errónea o injustificada
exigencia.No hay que buscar la clave secreta de Alfonso Reyes en ninguno
de sus libros,porque tal "clave" no existe;leer a Reyes como si estuviéramos
leyendo a Dante, Shakespeare o Cervantes –autores
firmemente unidos al símbolo de una obra específica– sólo significaría
un hecho notorio por su injusticia: que estamos, con la mejor de las
intenciones,pidiendo peras al olmo;que estamos buscando lo que no
vamos a encontrar. Habría que buscar, y esto sí puede encontrarse,el
"tono" de Reyes, la "voz" de Reyes. Esos libros donde está, de manera
inconfundible,la voz de Reyes,el "sabor" de Alfonso Reyes,sí existen,y
ellos pueden variar según la sensibilidad de quien los visite.Para este
agradecido lector, esa pequeña biblioteca estaría compuesta por los
títulos que siguen: El suicida, 1917; El cazador, 1921; Calendario, 1924;
Última Tule, 1942; Los trabajos y los días, 1946; Grata compañía, 1948;
Memorias de cocina y bodega, 1953;las tres series de Marginalia (1952,
1954 y 1959) y los tres cientos de Las burlas veras (1957, 1959 y 1989).
Pero si hubiera que viajar ligero y no quedara espacio para tanto, este
comentarista se daría por feliz con sólo tres títulos:El cazador,El suiciday
Grata compañía.
El destino final de Reyes,el trazado que nos dejan los avatares de su
vida y obra, puede resultar algo contradictorio.Por sólo señalar algunos
de estos equívocos, podríamos decir que Reyes no sólo fue un
escritor increíblemente prolífico sino también un viajero incansable y
un infatigable gestor de empresas culturales (nunca fue un escritor de
gabinete,un intelectual en su torre de marfil);sin embargo,este hombre
que debió tener una vitalidad sobrehumana para llevar a buen término
todo aquello que hizo, nos deja la imagen de un hombre
reposado,enfermo en sus últimos años,poco menos que sedentario.
Reyes, por otra parte, sufrió dos tragedias personales que de alguna
manera marcaron su vida para siempre:la muerte violenta de su padre
y el autoexilio al que se vio obligado después de esa muerte;pero,con
una decisión que precisaba más valor que el de entregarse al bajo rencor
y a la más baja venganza, no dejó que estos hechos marcaran su
obra, una obra signada por la búsqueda del equilibrio, el sentido del
humor y la vocación de felicidad.Reyes,para terminar con una lista que
podría ser interminable,fue sin duda alguna el escritor de lengua española
más grande de su tiempo;pero aun con todos los premios y distinciones
que le fueron otorgados, no dejamos de sentir, con cierta
tristeza,que no recibió todos los que merecía (el Nobel incluido) y que
hasta la voluble posteridad le ha cicateado un favor que le hubiera
correspondido como al primero de nuestros hombres de letras: el
favor de los lectores.
Borges,que a lo largo de toda su vida sintió por Reyes una admiración
constante e inalterable,dijo de él:"Menos (¿?) que un individuo es ya un
arquetipo. Amigo de Montaigne y de Goethe, de Stevenson y de
Homero,nada hay que pueda equipararse a la delicada hospitalidad de
su espíritu".Ese mismo Borges –que se refirió a Reyes como el "mayor
estilista de la prosa española" y a quien dedicó un poema memorable
("In memoriam A.R.")– escribió el 19 de diciembre de 1959 unas líneas
a su maestro mexicano que eran como una despedida:"Querido Reyes:
No quiero concluir el año sin decirle el placer que me han dado sus
libros y su querida amistad […]". Alfonso Reyes murió ocho días después,
el 27 de diciembre de 1959. Nunca sabremos si pudo leer esas
líneas.Para terminar estas páginas imperfectas,que de alguna manera
se han dedicado a recordar a Reyes como un ciudadano del mundo,no
encontramos mejor final que este elogio que lo regresa, de cuerpo
entero,a la tradición de su sangre y a la fidelidad de su espíritu:"Las dos
virtudes de todo lo mexicano están en su obra:el valor y la cortesía".
( 1) José Alvarado:"El fantasma de Alfonso Reyes",en Escritos,México,FCE,1976,
pp.123-126
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